jueves, junio 20, 2024
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“Buscamos crear una izquierda no gorila que reivindique lo mejor de las construcciones populares”

Marcelo Massarino/El Furgón* – El Movimiento Popular La Dignidad (MPLD) es una organización con base en la ciudad de Buenos Aires y presencia en todas sus villas con trabajo comunitario y político. Ahora organiza Izquierda popular (IP), un partido político que se propone competir en las próximas elecciones para cargos en la legislatura porteña.

Un referente de la organización es Rafael Klejzer, que además participa en la Central de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP)  y en la Corriente Villera Independiente (CVI).

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Kleizer tiene cuarenta y cuatro años, es porteño y comenzó su militancia siendo adolescente, cuando se acercó a la traza de la Autopista 3, un proyecto trunco del ex intendente de la dictadura Osvaldo Cacciatore que expropió varios inmuebles. “Los compañeros ocuparon los frentes expropiados, vino el desalojo y la defensa del derecho a la vivienda; así empecé”, cuenta en diálogo con El Furgón en el Bar La Dignidad, en el corazón del barrio de Villa Crespo.

Tras un paso por las juventudes políticas y la universidad a mediados de la década de 1990, “fuimos a construir al territorio por afuera de los partidos en búsqueda de una nueva izquierda que veíamos en otros lugares de América Latina, como la CONAIE (Confederación de Nacionalidades Indígenas de Ecuador), el MST (Movimiento de los Trabajadores Rurales sin Tierra) en Brasil y el zapatismo en México. Entonces, así constituimos una nueva subjetividad de democracia directa y construcción popular más allá de las estructuras orgánicas tradicionales, para sentar las bases de un proyecto a futuro”.

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Los primeros integrantes de La Dignidad vienen del Movimiento Teresa Rodríguez (MTR) que, tras diversas rupturas, fueron MTR-La Dignidad y después de confluir con un sector estudiantil fundaron el Movimiento Popular La Dignidad que administra la Red Puentes (centros de día para tratar a jóvenes con consumos problemáticos), una Central de Emergencias, Bachilleratos Populares y alfabetizadores que trabajan en las villas. La Dignidad también impulsa Empresas de Gestión Social (EGS), una de las cuales cuenta con camiones que distribuyen garrafas que los vecinos adquieren a bajo costo y otra con un vehículo atmosférico, además de fomentar la comercialización de productos y servicios de la economía social.

Entre diciembre de 2016 y enero de este año La Dignidad sufrió el asesinato de dos militantes: César Méndez, que fue muerto por “narcos que buscan apropiarse de nuestros barrios” en Cuartel Quinto, Moreno, y Darío Iki Julián, de Villa Celina, que cuestionaba un negocio inmobiliario y “un puntero del PRO” le pegó un tiro.

“En 2004 y 2005 hacíamos marchas duras, bien piqueteras. Cuando volvíamos al barrio con las cosas que habíamos conseguido en el piquete y los planes de lucha, los vecinos de a pie nos decían ‘che, pero siempre ganan para ustedes…’. Eso generó que diéramos el paso para integrarnos a los territorios y empezamos a pelear por las demandas del barrio, más allá de los límites de nuestra organización. Entendimos que había métodos de participación directa, que no podíamos pedirle al vecino una militancia de veinticuatro horas sino algo más laxo. Y encontramos necesidades históricas como educación y salud. Ante lo que el barrio necesitaba, nos organizábamos y construíamos con mucha lucha en el medio, como los jardines maternales, con autonomía, pero le sacamos al Estado el financiamiento”, relata Klejzer.

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-¿Cómo nació la Corriente Villera Independiente?

-Nació el mismo día que nos desalojaron del Parque Indoamericano. Los villeros servían para llenar las marchas de los partidos políticos pero con reivindicaciones que no eran del sector. Está muy bien el repudio a la guerra en Irak y la demanda de mejores salarios para los trabajadores, pero no había una gremialidad del movimiento villero al que le incorporamos las formas y tradiciones de organización de los compañeros migrantes de los países hermanos y de las provincias, que van de los clanes familiares hasta la construcción comunitaria originaria. Ahí radica la potencia de la CVI y por eso no nos pueden parar. Las tres banderas iníciales fueron: poner de pie al movimiento villero, la urbanización con radicación y la denuncia a los malos gobiernos. Esto se potenció con la construcción comunitaria y con las redes según la necesidad de cada lugar. A dos años de la Carpa Villera que instalamos junto al Obelisco con cincuenta y cuatro días de huelga de hambre, ningún partido político del régimen puede hacer campaña sin incluir la urbanización de las villas.

El desafío que se plantea el MPLD es la participación en las próximas elecciones porteñas. El primer obstáculo será superar el 1,5% que impone la ley electoral en las PASO (Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias), aunque ya tienen algunos problemas adicionales, como la impugnación a la denominación Izquierda Popular que hizo del FIT (Frente de Izquierda y de los Trabajadores).

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En las villas ya tienen una experiencia electoral en los comicios, según las normas de la ciudad, a presidentes y delegados en cada barrio. “Los que se forjaron al calor de las lucha quieren participar en elecciones. Los pibes que hace quince años recibían apoyo escolar hoy están al frente de miles de compañeros, como El Dany en Bajo Flores. Ahí, en 1989, tenías que pedir permiso para entrar porque estaba el Comando de Organización (que fundó Alberto Brito Lima) y hoy damos apoyo escolar, hay bomberos comunitarios, se organiza una feria y hasta una línea interna de colectivos que lleva a las pibas hasta la escuela, en Acoyte y Rivadavia, con las madres como choferes. La militancia está puesta ahí, en esas experiencias. Para nosotros, los espacios prefigurativos van de la mano de la construcción del poder popular, de la construcción de una nueva subjetividad y lo llevamos a la práctica. Nada de chamuyo.

-¿Con el partido político se corre el riesgo de desatender algunas tareas en función de la lucha electoral?

-Sí, puede ser. En algunos lugares potencias y en otros no. Por eso planteamos que no todos los compañeros del movimiento van a participar de Izquierda Popular, nuestra herramienta electoral. No es La Dignidad en su conjunto la que participa. Por ejemplo, los compañeros del barrio Fraga plantearon que tienen una lucha muy fuerte por la ley de urbanización y que no tienen tiempo para IP.

-Ustedes tuvieron una experiencia en las listas de un sector del FIT que encabeza el Partido Obrero ¿Cómo resultó?

–Fue una experiencia muy negativa. Los compañeros del FIT tienen una práctica liberal muy grande, son sectarios y no están abiertos, no permitieron que participáramos de la discusión del programa y nos incluyeron en un nivel de colaboradores, como a Pueblo en Marcha, del Frente Popular Darío Santillán. En el FIT quieren sindicalizar a la policía, que las mujeres en situación de calle se sindicalicen. Tampoco estamos de acuerdo con sus posiciones respecto del consumo de drogas ¡Son muy liberales! A todo eso lo pusimos en un segundo plano, incluido a lo que piensan sobre Fidel Castro. No importaba porque queríamos aportar a la unidad de la izquierda. Pero fue un fiasco. Un destrato. Como chicana nos decían que “lumpenizabamos el marxismo”. Allá ellos.

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-¿Qué es Izquierda Popular?

-Es una corriente política e ideológica, no sólo un aparato electoral. Es la búsqueda de una izquierda no gorila que reivindique lo mejor de las construcciones populares, que rompa con el liberalismo, que dialogue con sectores del nacionalismo revolucionario. Con una posición de nueva izquierda en el aspecto de teorizar a partir de la práctica. Somos de una corriente que indigenizamos el marxismo, porque había que tender un puente con los pueblos originarios. Además, la contradicción capital-trabajo es un Norte. También incorporamos la de pueblo-imperialismo, porque no hay posibilidad de liberación nacional sin la emancipación de los trabajadores y viceversa. Entendemos que la organización está al servicio de los sectores que luchan, de los movimientos que nacen y no nos servimos de ellos para la construcción. Es decir, invertimos la lógica de vanguardia, por eso incorporamos los programas históricos de otros movimientos como el de los trabajadores, el estudiantil, del feminismo, de los organismos de derechos humanos. Nos nutrimos de ellos y esperamos en algún momento hacer una síntesis e interpelar a partir de eso.

-¿Cómo manejan el reclamo de mayor presupuesto del Estado con la independencia política del MPLD?

-Es complejo. Creemos que cuando seamos peligrosos ahí va a haber problemas. Es difícil la independencia económica para un movimiento de estas características. Por ejemplo, tenemos seis jardines maternales en los que el Estado paga los salarios. Los compañeros se rigen por el estatuto docente y el programa lo armamos nosotros. La mitad de la planta docente está sumariada porque ocuparon el ministerio y adhieren a los paros. También hay un juicio penal por el escrache que le hicimos a la ministro. Frente a esta situación, lanzamos el programa NIDO, que es la formación de educadoras populares. Con las ambulancias tenemos 150 mil pesos en salarios porque es algo que no se puede mantener sólo con servicio voluntario.

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-¿Articulan estas actividades con proyectos de la economía social?

-A algunas actividades las podemos integrar. Si bien hay cooperativas de trabajo también tenemos las Empresas de Gestión Social. El caso testigo es el de las garrafas. El que tiene el monopolio de la energía tiene el monopolio de la política, así que en ese camino discutimos cómo resolver el tema del acceso a las garrafas en los barrios. Se resolvió armar una EGS y con una asamblea peleamos por los camiones, y conseguimos cuatro vehículos. Vamos a la planta productora y compramos la garrafa muy barata, porque la parte del león se la lleva el que comercializa, algo así como el cincuenta por ciento del precio final. En la EGS los vecinos se organizan y controlan. Para todas estas empresas, desde lo administrativo hicimos una gestión única para facilitar los papeles. En asamblea se decide qué hacer con el excedente, cómo se reparten las garrafas (en qué lugar, a qué hora), la empresa proveedora. Todo se discute políticamente entre los vecinos. El precio se compone por el valor de planta, el gasto del camión, el sueldo de los trabajadores de todo el circuito y el plus por barrio que se puede modificar según el voto de la gente en la asamblea. El excedente sirve para bancar los alquileres de los centros de salud, algo de los sueldos de los médicos y mantenimiento de las ambulancias.

-¿En qué lugares funciona este método de distribución?

-En Barracas, Villa Celina, Bajo Flores, en el barrio Padre Mujica y en Villa Cildañez. También tenemos un sistema de distribución de agua envasada que llevamos desde una planta en La Matanza. Para concretarlo, hicimos una inversión muy fuerte en bidones. Eso es también una EGS.

-De estos emprendimientos a la discusión política, ¿encuentran resistencia entre los vecinos?

-Hay niveles. Están los compañeros que tienen reservas a la hora del debate, otros se van incorporando y quienes van sólo por la garrafa. Lo que sí hay es una práctica comunitaria que es un piso para comenzar un debate político El compañero ve en la práctica que con solidaridad y fraternidad pueden resolverse problemas materiales muy concretos. Es una batalla cultural frente al individualismo que nos plantean los medios y la política de fragmentación del territorio. Ahí hay una disputa. Si no rodeamos a esta experiencia de un proyecto político podemos estar toda la vida haciendo esto y no pasará nada, no va a haber una transformación real.

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-¿Cómo se compadece el programa político que tienen con la participación en la CTEP, una entidad que negocia con funcionarios por presupuestos y que es reconocida por el Estado de manera formal?

-Hay una tensión permanente. En ese sentido, tenemos algo de los cristianos en el sentido de poner la otra mejilla, la voluntad y el arrojo. Pero también mucho de miliciano, un concepto que nos quedó del MTR, en que así como me toca negociar con un ministro al otro día tengo que estar alfabetizando ¡Cuba te plantea eso! El hombre nuevo es eso. Hoy, el trabajo cotidiano es que las cinco ambulancias salgan todos los días, la organización de las ferias en los barrios donde resolvimos, a través de la CTEP, el gran problema de la economía popular que es la comercialización. Está el caso de los compañeros que producen detergente en Lanús y tenían que salir a venderlo casa por casa. Hoy tienen varios  puestos para vender el producto. En esta etapa de avanzada del capital contra el trabajo vemos que los compañeros, a diferencia de hace una década, en esa pelea se asumen como trabajadores y no quieren volver atrás. Es muy importante, por eso le pusimos fuerza a la CTEP. Hay un piso de derechos que se conquistaron con mucha lucha, entonces la confederación representa a los trabajadores de la economía popular. Nunca entendí lo de estar “excluido”, porque nosotros somos la base de la pirámide social, no estamos excluidos ni somos el lumpen proletariado. Por el contrario, este actor económico ya produce el uno por ciento del PBI (Producto Bruto Interno). Entonces, a los trabajadores de la economía popular hay que constituirlo en un actor político y dinámico. Desde la CTEP logramos entrar en diálogo con la CGT (Confederación General del Trabajo) y no sabés la felicidad que tenían los compañeros al reconocerlos como parte. Ya no somos más los desdendatados que fuimos al centro de la ciudad a protestar, ahora somos parte de la clase trabajadora.

-¿Esta relación con la CGT será coyuntural o duradera?

-En algunos sectores de la CGT hay buenas intenciones, pero sabemos también que hay un “abrazo del oso” por la perspectiva política de la burocracia sindical. Sabemos dónde tributan y a eso lo tenemos muy claro. Por otra parte, nosotros desde la confluencia que armamos a partir del Movimiento Popular La Dignidad somos la CTEP Roja, una corriente interna clasista, feminista, laica y construimos en base a esos pilares.

*Fotos: revista Confluencia (www.facebook.com/RevistaConfluencia/)