jueves, julio 18, 2024
Cultura

Entre yerbales y kimonos

Sergio Álvez*/El Furgón – En 1966, Rodolfo Walsh arribó a Misiones en busca de un puñado de historias. El resultado se plasmó en crónicas que fueron publicadas en las revistas Panorama y Adán. La explotación en los yerbales, la colectividad japonesa y la huella de Horacio Quiroga, fueron los temas que Walsh pudo desarrollar durante su estadía en tierra misionera.

“En 1964 decidí que de todos mis oficios terrestres,

el violento oficio de escritor era el que más me convenía”

Rodolfo Walsh

El 9 de enero de 1966, Rodolfo Walsh cumplió 39 años. Unos días más tarde, emprendió un viaje hacia el nordeste argentino que lo llevaría a recorrer, en una primera instancia, Chaco, Corrientes y Misiones. Lo hizo acompañado del fotógrafo Pablo Alonso (“el único que me entiende”, diría el propio Walsh), en busca de un puñado de historias que luego se verían reflejadas en crónicas publicadas por las revistas Adán y Panorama entre 1966 y 1967.

“Mi intención consciente y deliberada fue trabajar esas notas (…) con el mismo cuidado y la misma preocupación con que se podía trabajar un cuento, o el capítulo de una novela, es decir, dedicarle a una sola nota el trabajo de un mes”, explicaría Walsh al regresar.

El itinerario del autor de Operación Masacre por la tierra colorada redundó en tres crónicas periodísticas: “La Argentina ya no toma mate”, “Kimonos en la tierra roja” y “El país de Quiroga”. Estos textos fueron, a su vez, incluidos en el libro El violento oficio de escribir, que reúne una selección de la obra periodística producida por Walsh entre 1953 y 1976.

Entre las plantas verdes

bbbbbbbbbbbbbbbbbbbbbbbbbbbbbbbbbb“Las gremiales de productores echaban la culpa a los gobiernos; dirigentes políticos, a las gremiales; comerciantes, a todo el mundo; tareferos sin trabajo, no sabían a quién echarla”, escribió Walsh en “La Argentina ya no toma mate”, texto en el cual expone –con encomiable agilidad para equilibrar el estilo literario con la redacción periodística– situaciones, paisajes y coyunturas que, a 37 años, siguen sucediendo en los pueblos yerbateros de Misiones.

En su investigación, Walsh y Alonso anduvieron por San José, Oberá, Santa Ana, San Ignacio, Montecarlo y algunos otros pueblos del norte misionero. Visitó yerbales, establecimientos yerbateros y cantinas. Caminó las colonias. Charló y entrevistó a peones, productores, pioneros y colonos, entre otros personajes de su interés. Conoció La Plantadora en San Ignacio, Mate Laranjeiras en Puerto Esperanza, Yerbales en San José y también investigó sobre modos de producción en yerbales familiares.

Uno de los subtítulos de la crónica se denomina “Los herederos del mensú”. Allí, Walsh condensa una descripción que poco difiere  de la caracterización que podría hacer hoy sobre los tareferos en Misiones: “Ahí están, hormigueando entre las plantas verdes, con sus caras oscuras, sus ropas remendadas, sus manos ennegrecidas: la muchedumbre de los tareferos. Hombres, mujeres, chicos, el trabajo no hace distingos. En un yerbal alto como éste, el jefe de la familia trepa al árbol y con la tijera poda las ramas que su compañera y su prole cortan y quiebran en un movimiento incesante, separando la hoja del palo y amontonándola en las ponchadas –dos bolsas abiertas y unidas– que cuando estén llenas se convertirán en ‘raídos’. No hay cabezas rubias ni apellidos exóticos entre ellos. El tarefero es siempre criollo, misionero, paraguayo, peón golondrina sin tierra”.

En 1966, el año en que Walsh recorrió Misiones, un 60 por ciento de la yerba mate que se cosechaba en la provincia se secaba a través del sistema conocido como barbacuá, aún vigente también. Así lo observó el periodista y escritor: “La temperatura es tan alta que parece imposible aguantar más de unos minutos. Pero, ¿qué quiere decir alta? Lo sabremos en el ‘catre’ –una especie de barbacuá perfeccionado y plano– de la Industrial Paraguaya.

Allí el termómetro colocado junto a las bocas de fuego marca inequívocamente: noventa grados centígrados, que significan setenta grados arriba, donde trabajan los secadores.

–Es poco –se lamenta Mr. Bramford, y no sabemos si bromea cuando añade:

–Lo ideal es ciento veinte grados abajo y cien arriba.

Arriba, la escena parece arrancada de un sueño. Sobre una altiplanicie de hojas que se pierde en largas penumbras, flotan los vahos blanquecinos de la yerba secada, su perfume bruscamente intolerable. Como sombras de otro mundo armadas de horquillas, se mueven media docena de hombres.

Este, que sin duda es el trabajo más insalubre del mundo, es también la cumbre del oficio del peón yerbatero, la suprema ciencia y la suprema recompensa: el urú gana la extraordinaria suma de 67 pesos la hora”.

derechos-humanos-1448593w300En el tramo final de “La Argentina ya no toma mate”, Rodolfo Walsh ensaya sus observaciones generales de una actividad –la yerbatera– en crisis, e indaga en las posibles búsquedas y caminos para revertir aquella situación, que en muchos puntos, se mantiene en el presente. “¿Hay solución?”, se pregunta Walsh, al tiempo que observa que “a los males estructurales de la provincia, la falta de caminos, el consumo de energía eléctrica más bajo del país, las cíclicas crisis yerbateras, se suman otras desgracias parciales y acaso inevitables, como la catastrófica caída en el precio internacional del tung”.

El autor, además, esgrime una serie de propuestas concretas:

“Pero en torno de la yerba, todos creen que se puede y se debe hacer algo. Y nadie duda de que, en la base misma de lo que se puede y se debe hacer, está la prohibición, absoluta y para siempre, de importar yerba por cualquier vía que sea. No bastará con eso. La capacidad productiva duplicará durante muchos años el consumo del país. Las zafras deberán ser reguladas, el tambaleante mercado reconstruido. Habrá que extirpar los yerbales improductivos porque su bajo rendimiento influye en la determinación del costo y, por lo tanto, en el precio. Algunos rinden menos de 500 kilos secos por hectárea, cuando el suizo Alberto Roth obtiene diez veces más, inclusive en yerbales viejos, mediante un cultivo ejemplar.

Aun así, será insuficiente. En medio siglo la industria yerbatera no ha invertido un centavo en propaganda eficaz, en investigación. La Comisión de Propaganda de la GRYM es inoperante, con un presupuesto inferior a los cuarenta millones anuales. Para competir con otras infusiones y bebidas, el mate necesitaría un presupuesto publicitario diez veces superior, nada exagerado si se piensa que el mercado de consumo asciende a diez mil millones.

El consumo per cápita disminuye año a año; de diez kilos en 1930, a menos de seis en la actualidad. Para muchos, el mate con bombilla está condenado, salvo en las zonas rurales. Hay que buscar nuevas formas de presentar el producto. Es preciso abrir mercados a la exportación.

Nada de esto podrá hacerlo Misiones con sus propias fuerzas. El colono misionero ha demostrado que es buen negocio financiarlo. Esto se ha hecho hasta la explotación. Por una vez, podría hacerse de otro modo. Si cada uno de esos objetivos se cumple, es posible que el cultivo yerbatero sobreviva”.

No era esta la tierra prometida

El primer arribo de japoneses a Misiones se dio a inicios de la década de 1920, más precisamente en San Ignacio, donde se afincó una familia de apellido Yamaguchi, con el objetivo de producir seda. Los registros de la Colectividad Japonesa cuentan que en 1939, Yuji Watanabe se convirtió en el primer japonés plantador de té en Misiones, cuando arrancó junto a su familia, esa actividad en la ciudad de Oberá, donde por entonces ya se habían radicado varias familias niponas.

Walsh MisionesUna de las temáticas que ocuparon la agenda de Rodolfo Walsh en su viaje a Misiones fue la vida de los japoneses que en ese 1966 vivían y producían en esa provincia. De esa investigación surgió la crónica “Kimonos en la tierra roja”.

Walsh se basó centralmente en las entrevistas y observaciones de campo hechas en Colonia Luján, núcleo que fue fundado en 1959 por la Cooperativa de Colonización Argentina “Ataku”. Las familias japonesas radicadas en esa colonia son consideradas como la primera colectividad japonesa instalada en la Argentina en el marco de un movimiento inmigratorio formal y preestablecido.

Estas familias provenían de la localidad japonesa de Niasak, como tantos miles de inmigrantes que llegaban al país, buscando un pedazo de tierra para cultivar y condiciones de vida más aceptables que las de sus países de origen. Así retrató Walsh la historia de alguno de ellos: “La forma en que llegó aquí Shigemori Matonaga resume la forma en que llegaron los demás. Campesino en la provincia de Niasaki, era dueño de cuatro hectáreas. Le ofrecieron treinta en la remota Misiones. ¿Misiones? Le mostraron películas en colores donde se veían naranjales parejos, suaves colinas cubiertas de pinares, arboledas de tung con sus flores rosadas. Vendió su chacra, pagó la primera cuota de la tierra desconocida que valía dos mil dólares y se vino con su familia de siete personas.

Lo que no le dijeron fue que la mitad de su chacra estaba cubierta de monte, que las piedras que afloran en la tierra harían trizas las rejas del arado, que las lluvias arruinarían una y otra vez su cosecha de tabaco. A SadehiroYamato le pintaron un cuadro aún más idílico. En poco tiempo se haría tan rico que tendría un auto negro, y su mujer un auto rojo, y sus hijos un auto verde. Tres años después mira contrito el grabador Hitachi en que va quedando estampada la historia de su desilusión”.

El hombre barbudo

“En San Ignacio, Quiroga es ignorado, menospreciado, a veces detestado”, concluye Rodolfo Walsh en la crónica “El país de otro Quiroga”, publicada en 1967, un año después de una estadía de varios días del periodista en la localidad de San Ignacio, donde entrevistó a varias personas que en vida habían conocido y tratado a Horacio Quiroga.

En su escrito, Walsh indaga en aspectos variopintos del transcurrir cotidiano de Quiroga, por fuera de su actividad literaria. Uno de los fragmentos de la crónica describe: “La casa está allí con sus piedras desnudas, su mágico círculo de palmeras, el busto del hombre barbudo en cuyo pedestal los estudiantes de visita declaran fugitivos amores, el letrero que pretende rememorar a ‘un peón’ debajo de un árbol raquítico. Hay una hora precisa de la tarde en que el sol pone una explosión de azafrán sobre el Paraná, que visto desde esa altura es un lago apacible encerrado entre lomas amarillas y verdes, y por un momento uno puede suponer que lo está viendo con la mirada de aquel hombre hirsuto y terrible que San Ignacio ya hubiera olvidado –salvo por sus excentricidades inquietantes o risueñas– si el resto del país no se empeñara en recordárselo.

Pero es una ilusión. El mundo de Horacio Quiroga ya no está en ese pueblo tranquilo, disperso y polvoriento. No es que San Ignacio haya cambiado mucho; es que sus personajes se han evaporado, y si existieran no se quedarían. Los encontraríamos tal vez mercando madera en la selva brasileña, ambulando con los trovadores de la frontera, remendando los alambiques domésticos que en el Alto Uruguay destilan citronela y menta, asomados al Moconá, la segunda catarata de Misiones (dos mil metros de ancho), que pocos argentinos conocen. En San Ignacio, Quiroga se ha vuelto anécdota, que es como decir olvido, conmemoración escolar –último fruto del tedio–, homenaje de notables, que es autohomenaje. De toda su gente, los hombres y mujeres que quiso, odió, retrató, sólo encontramos a uno para quien conocer a Quiroga fue el favor más grande de la suerte”.

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Encuentro

Uno de los informantes que tuvo Rodolfo Walsh para delinear sus investigaciones en la provincia de Misiones fue el periodista Antonio Mónaca, quien le recomendó una serie de lugares y personajes que le serían de suma utilidad en la construcción de sus notas. El propio Mónaca había conocido a Walsh a finales de la década de 1950, tal como recordó en un artículo aparecido el 11 de julio de 2012 en el diario El Territorio:

“Tuve el último encuentro con él en 1966 cuando vino a ocuparse del problema de la yerba mate, cuya cosecha se había prohibido. Por supuesto que la presencia de Walsh me sorprendió cuando apareció en mi oficina de la calle Sarmiento casi Colón. Allí, hace 46 años, conversamos animadamente sobre esa crisis y donde a su pedido le di una lista de productores y pioneros de Misiones que iban a satisfacer plenamente su misión y donde incluí también a don Víctor Navajas Centeno, de Las Marías en Virasoro. Por supuesto que en esa lista, por lo que recuerdo, incluí a Narciso Martos Juárez, de Santa Ana; a Andrés Haddad, de San Ignacio; a Alberto Roth, de Santo Pipó; al ex-diputado Armando Waldemar von Zeschau, de Jardín América; a Osvaldo Mario Rey, de Mbopicuá; a Sergio Rojas, de Monte Carlo; a Esteban Roulet, Federico Moser y Carlos Sthreler, de Eldorado y a Ladislao Ziman, de Puerto Esperanza, como así también a Berrondo y don Eligio Aquino, de Oberá”.

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Rastros en el nordeste

En 2012, la productora audiovisual Koldra, de Corrientes, realizó el documental Rastros de Rodolfo Walsh en el nordeste, un trabajo de cuatro capítulos que “vuelve a recorrer los lugares y personajes que reseñó el escritor Rodolfo Walsh, en su viaje por el nordeste estableciendo una dialéctica entre el antes y el ahora”.

La obra fue filmada en los mismos escenarios que Walsh recorrió en sus investigaciones, y fue dirigida por Marcel y Yoni Czombos.

Los capítulos están basados en cinco de las crónicas walshianas por estos pagos: “Carnaval Caté”; “Expreso de la siesta” (sobre el trencito económico en Corrientes); “La isla de los resucitados” (sobre el leprosario en Chaco); y los mencionados “La Argentina ya no toma mate” y “Kimonos en la tierra roja”. Además, aborda los textos que Walsh produjo sobre sobre los esteros del Iberá y la devoción a San La Muerte.

En sus crónicas del nordeste, como en todos sus textos, Walsh dejó huellas para que sus rastros pudieran seguirse a través de los años. Y porque las injusticias se perpetúan, la vigencia de sus escritos sigue intacta. Como son también eternas esas líneas que, por ejemplo, escribió en 1966 sobre San la Muerte: “Las palabras se hacen borrosas en la tinta del papel escrito o tiemblan en la voz de los fieles que a la luz-y-sombra de las velas se arrodillan bajo la mirada sin pupilas de una figurita esquelética, que en los ranchos más humildes del Paraguay y el nordeste argentino preside el destino de sus habitantes, combina sus amores, los guarda de peligros o los hace ganadores en el juego”.

*Cronista y coordinador de revista Superficie, de la provincia de Misiones (revistasuperficie.com.ar)