jueves, julio 18, 2024
Cultura

“No me gusta la literatura con representaciones políticas y mucho menos morales”

Martín Latorraca/El Furgón* – Pablo es un joven periodista que deambula por las calles del barrio porteño de Monserrat en busca de trabajo; que entra y sale de una relación amorosa que en definitiva lo perturba; una oportunidad de cambiar de vida en un pueblo de campo del interior de la provincia de Buenos Aires. Son apenas algunos disparadores que atrapan al lector en La manzana de las luces, la primera novela de Alejandro Galay que aparece por estos días en las librerías, publicada por editorial Malisia.

Con una escritura trabajada hasta encontrar el adjetivo justo, donde la importancia de la puntuación produce una lectura fluida, hace de La manzana de las luces una bocanada de aire fresco en el anquilosado micro mundo literario local. Galay ya había mostrado algunas de sus cartas en su anterior libro de cuentos Pánico de trinchera, publicado en marzo de 2016 por la editorial Zona Borde.

Manzana luces

Paradojalmente, el protagonista que no logra entablar relaciones amorosas estables por fuera del estereotipo novia-madre acepta una propuesta familiar para ir a trabajar a un pueblo perdido en la pampa bonaerense donde hombres parcos y con historias pesadas pasan sus días entre la aceitera y las mesas silenciosas del bar.

Sin embargo, Galay utiliza a la belleza femenina como una herramienta literaria muy potente para describir la vida de Pablo, cuando dice: “En cambio el cuerpo de Julia no podía ser igual sin esas manchas, acomodadas en ese orden, en el que el tamaño y la distancia hacían la medida de equilibrio, la asimetría como forma identitaria de la desnudez”.

-¿Cómo surge la motivación, el impulso interior del que hablaba Faulkner, que te lanzó a escribir La manzana de las luces?

-Creo, si mal no recuerdo, que Faulkner hablaba de una suerte de compulsión, de instinto voraz, irrefrenable, ¿algo así, no?, que lo llevaba a poner las palabras en el papel, parecido o igual que la pulsión psi… Yo no sé si lo mío es tan visceral. Fue más o menos así: un profesor muy capo me dijo que uno tiene que escribir sobre lo que sabe, en el sentido de la experiencia inmediata, lo que podríamos llamar lo “prosaico”, lo “vulgar”, no de un saber privativo, singular, académico, científico, y yo había barajado todas las opciones menos esa. Fue en el 2005, la escribí de un tirón y la desempolvé en el 2011/12, y ahí está un poco el personaje de Pablo Salvatierra: un pibe de veintipico que deambula por el sur de Buenos Aires, sin laburo estable, sin un mango, con mal de amores, todo me venía a pie y juntillas para una llamada Bildungsroman (novela de iniciación).

Galay 3

-¿Por qué elegís un pueblo como Demócrito Rivero como lugar del exilio interior de Pablo?

-Es una invención, algo necesario para sostener el mito, porque dar una referencia geográfica real hubiera conspirado contra el verosímil y me traía otros problemas, y también porque tenía que romper con el realismo plano de la primera parte. Además lo importante era hacer la inversión: en el siglo XIX la literatura narra el viaje del campo a la ciudad, y acá es al revés: el personaje va de la civilización a la campaña. En la ciudad, al principio, no pasa nada, pero en ese pueblo de mierda pasa de todo; Pablo se va a la nada y empieza la experiencia, que dura poco. En ese sentido es exacta tu apreciación de “exilio interior”, la intensidad comienza con la llegada al desierto, y concluye bajo otro mito, aunque urbano, que es el de la manzana de las luces como origen fundacional de la ciudad de Buenos Aires. Alguien me dijo que hay un pueblo en la región pampeana llamado Demócrito Rivera. La verdad que no lo chequeé, pero sería insólito inventar algo que ya existe.

-¿Cuál es la relación que tiene Pablo con las mujeres? Pareciera un vínculo conflictivo que lo lleva a frustraciones

-Sí, claro, incluso al principio era una novela de amor, un novelón sentimental con dos personajes, porque el de Julia continuaba toda la historia con un narrador omnipresente; es decir, era una novela de dos personajes, se llamaba La guerra fría, después Zona sur, y tenía el doble de páginas. Pero pasaron dos cosas: primero se me presentaron algunas dificultades con el uso de la tercera persona y segundo, me lo hizo ver una amiga que la leyó, el personaje de Julia tenía mucha menos fuerza que el de Pablo y el ritmo de la lectura se cortaba muy seguido, lo que me di cuenta cuando la edité, así que la recorté a la mitad borrando la peripecia de Julia. La cagada en estos casos es que el soldado que huye ya no sirve para otra batalla, y fue todo a parar a la papelera de reciclaje.

Galay 2

-¿Por qué introducís la cuestión del genocidio armenio dentro de la historia de Pablo y su trabajo en el pueblo?

-Por una cuestión meramente práctica y funcional al personaje, no por otra cosa. No me interesa traer cuestiones de la historia a la literatura ni me gusta la literatura con representaciones políticas y mucho menos morales. Intenté evitar a toda costa esos clichés de personajes como el obrero explotado, el joven que llegó tarde a la revolución o el esteta decadente. Si a los fines literarios de la novela convenía traer a colación la revolución sexual de una tribu congoleña, habría sido exactamente igual. Lo mismo la referencia a la revista Restauración, cuyos datos son reales, era la literatura de ultraderecha de su época, al estilo Cabildo, esos panegíricos de católicos fanáticos, que el narrador parodia con tono burlón. Ahora bien, en aquel tiempo, cuando la empecé a escribir, por otra razón tuve que hacer una investigación para producir un programa de radio y pasé varias semanas recopilando info y leyendo sobre el tema, el cual desconocía, del genocidio armenio y la inmigración armenia en Argentina. Hasta lo entrevisté al embajador de Armenia que me regaló varios libros que aún conservo. También conocí a un fotógrafo rarísimo que se apellidaba igual que el personaje, Berberián, no sé si aún vive, que me contó esa misma historia de su infancia en Beirut. Era increíble, el tipo sacaba fotos a los árboles pero captaba las representaciones de formas humanas o animales, como cuando uno mira las nubes que parecen caras de personas o formas vivientes, ¿viste? Bueno, todo ese material me quedó y fue a parar ahí. El punto es que sirve y es funcional a la trama en la que está envuelto Pablo, que es la típica ilusión que mantiene vivo a un desesperado: la de salvarse abrazando una causa justa, redentora y ajena, un sueño emancipatorio que lo saque de la miseria. Para no ser políticamente tan correcto hay una vuelta de tuerca y acá el armenio es el malo y el turco es el bueno, así como puse en boca del primero esa frase terrible de Hitler: “¿Quién recuerda el genocidio armenio?”.

-Cuando estás trabajando un texto, ¿cuáles son las reglas de trabajo diario?

-Depende el momento. En general las reglas aparecen cuando el texto está encaminado y hay que terminarlo y corregirlo; de lo contrario, me siento a escribir solo si se me ocurre algo y un tono apropiado para hacerlo. No tengo disciplina ni me interesa esa figura del escritor profesional y ultradisciplinado que se levanta al alba y pone el culo en la silla diez horas seguidas. Te diría que la regla es que no haya muchas reglas o, al menos, la menor cantidad posible.

*Fotos: Norberto Prado