sábado, mayo 18, 2024
Nacionales

El origen de las mujeres

Marcelo Valko*/El Furgón – Más que un descubrimiento en el sentido estricto, el Nuevo Mundo irrumpe en Occidente como una suerte de aparición incomprensible. Todo aquí es novedoso. Las crónicas consignan ciertos árboles que crecen a la orilla de los ríos cuyas semillas, brotan convertidas en pequeñas aves si caen en la tierra, y si tocan el agua, se transforman en peces. Sin embargo, lo más perturbador son sus habitantes, cuyo origen los desconcierta. Para colmo, se presentan desnudos. Colón, el Gran Almirante de la Mar Oceana, en sus cartas de relación donde vuelca todo tipo de pormenores para mantener informados a sus inversionistas, los Reyes Católicos, no logra sustraerse del encanto y menciona sus fermosos y proporcionados cuerpos. Semejante desnudez tan luego impúdica como inocente ante los ojos de los codiciosos navegantes los inquieta sobremanera.

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Durante el segundo viaje de 1494, el panorama se complica. En lugar de las tres embarcaciones de distinto porte, arriba al Caribe una enorme flota de 17 navíos que atracan en la isla La Española. El fuerte Natividad, construido con los restos del naufragio de la Santa María está destruido y sus ocupantes, muertos. La aparición geográfica es más vasta de lo imaginado. Ante la ausencia de tesoros, emerge la extrema violencia de los invasores que utilizan a los habitantes como un combustible biológico renovable en plantaciones y lavaderos.

Es tan escaso el oro que encuentran, que el almirante decide cambiar de táctica. Colón le encomienda a Ramón Pané, un fraile de la orden de San Jerónimo, que estudie el idioma de los indios y averigüe sus costumbres y creencias. Quizás así se descubra algo. De ese modo surge la primera crónica etnográfica de América: “Escribo lo que he podido saber y entender de las creencias e idolatrías de los indios y de cómo veneran a sus dioses”. El texto conocido como Relación de las antigüedades de los indios es relevante por varios motivos. En primera instancia, a poco de estar finalizado en 1498, prácticamente nada quedaba de los tainos, los habitantes que sufrieron el primer embate del “descubrimiento”. Nada, apenas esas páginas y una serie de vocablos que fueron incorporados en el léxico de los conquistadores y que nosotros utilizamos en la actualidad: hamaca, iguana, batata, cacique, caníbal, canoa, caribe, guayaba, yuca o bohío, únicos sobrevivientes de una cultura muda para siempre. Es la crónica de una ausencia, a la que le seguirán nuevas ausentificaciones de presencias. Curiosamente, Pané levanta una tradición oral que proviene de larga data. Habla de los muertos vivientes que caminan por las noches. No olvidemos que la isla La Española, donde se desarrolla la crónica, es el territorio que hoy comparten República Dominicana y Haití, una geografía donde los esclavos negros mestizaron sus creencia con aquellas tradiciones autóctonas que derivaron en el vudú y los zombis que, como forma de dominación por el terror, fueron utilizados por la dictadura de los Duvalier y sus tonton macoutes.

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Pero sobre todo me interesa centrarme en el choque de imaginarios que el manuscrito del fraile pone en evidencia sin advertirlo. Aunque Pané dista una enormidad del nivel intelectual de otros cronistas religiosos como Bartolomé de Las Casas, José da Acosta, o incluso de un soldado como Bernal Díaz del Castillo, y pese a que no ve más allá de lo que tiene frente a sus ojos, esa misma limitación le permite escribir sin autocensuras. Vuelca todo con pelos y señales. Nos exhibe los fatales errores de percepción de unos y otros. Veamos un caso. Menciona que a los efectos de la evangelización, le fueron entregadas a un grupo de indígenas unas estampas religiosas. Estos las llevaron a un campo de labranza y luego tiraron las imágenes al suelo y las cubrieron de tierra y después orinaron encima diciendo: Ahora serán buenos y grades tus frutos. Enteradas del hecho, las autoridades españolas lo interpretaron como que habían destrozado y escarnecido las imágenes. Bartolomé Colón, a quien su hermano había dejado al mando, formó proceso contra los malhechores y, sabida la verdad, los hizo quemar públicamente.

Ramón Pané da por muy bueno el escarmiento que reciben los herejes. Ni por asomo imagina que la historia es al revés. No se trata de una burla, ni mucho menos de una injuria. Enterrar las estampas en el sembradío implica atribuirles un enorme poder y por eso las utilizan en un rito agrario propiciatorio de fecundidad. Los tainos interpretan esos grabados religiosos de los recién llegados como una suerte de semillas mágicas que, tras ser regadas, le entregarían más fecundidad al campo. Desde que tomé conocimiento del manuscrito del fraile nunca dejé de pensar: ¿Qué habrán experimentado esos pobres desgraciados mientras las llamas devoraban sus cuerpos? Murieron sin haber comprendido su falta ni el comportamiento de los invasores.

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Deseo finalizar retomando el comienzo, cuando en 1494 Colón le encomienda a Pané recopilar las creencias de los tainos. El fraile, obediente al mandato del ilustre Almirante, vive durante dos años en una comunidad donde aprende el idioma y comparte el día a día de sus habitantes, y así recopila el material para su Relación. Si bien intenta comenzar por el principio de la creación del mundo según los tainos, a pocos renglones de iniciada, apenas en el segundo párrafo, extravía el rumbo previsto para ensimismarse en el sexo de las hembras. Imaginamos al fraile en medio de una aldea, ante la desnudez bronceada de las mujeres que realizaban tareas domésticas delante suyo. Obnubilado ante esas pieles doradas, la descripción de la cosmogonía debe esperar su turno.

Comienza regodeándose con la historia de un personaje mítico que acapara para sí todas las mujeres de la isla. Una en particular la cual le da gran placer le contagió el mal francés (sífilis) y debió hacer muchos lavatorios para lavarse. A partir de ese momento, en el siguiente capítulo que titula sugestivamente “Cómo hallaron remedio para que fuesen mujeres”, explica el original método utilizado. En medio de su desazón, los varones observan que de los arboles descienden una cierta clase de personas que no tenían sexo de varón ni de hembra. Para encontrar el remedio, capturaron una suerte de pájaro carpintero. Tomaron aquellas personas sin sexo y les ataron los pies y las manos, y trajeron el pájaro mencionado y se lo ataron al cuerpo. Y este, creyendo que eran maderos, comenzó la obra que aquel acostumbra, picando y agujereando en el lugar donde ordinariamente suele estar el sexo de las mujeres. Y de este modo dicen los indios que tuvieron mujeres.

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Sin duda nuestro calenturiento fraile consigna un hermoso relato, más explícito en cuanto a lo sexual que la costilla de Adán de la cual, según el Génesis judeocristiano, surge su compañera. Observemos por otra parte que el pájaro agujerea donde ordinariamente suele estar la vagina. Algo que se presta a suponer que en otros casos menos usuales podría estar en otra parte. Pero veamos qué escribe Pané a continuación: puesto que escribí de prisa y no tenía papel bastante, no pude poner en su lugar lo que por error trasladé a otro. Volvamos ahora a lo que debíamos haber puesto primero, esto es, la opinión que tienen sobre el origen del mar.

Ni bien pone ese último punto y levanta la pluma, advierte su error y se arrepiente. Pero no hay modo de solucionarlo. Él mismo explica que en La Española no tenía papel bastante, debido a ello no tuvo oportunidad de reescribir la cosmogonía de un modo correcto y por eso el origen del mar y demás surgen luego de la aparición de las mujeres. No nos debe sorprender la lujuria del religioso. Medio siglo después en la zona andina, el cronista indígena Guamán Poma acusa con claridad a los curas y padres doctrineros de poseer mancebas y una docena de hijos y multiplicar mesticillos. Viendo al fraile Ramón Pané que se autodenomina pobre ermitaño empantanado en sueños libidinosos, nos sirve de parámetro para comprender el siniestro comportamiento de los invasores que cometerán todo tipo de delitos sexuales. La captura de mujeres y doncellas fue una constante. Algunos españoles tenían verdaderos harenes. Esta es otra arista del cruel genocidio desatado sobre la población originaria.

*Publicado en revista Sudestada, N° 135, Diciembre 2014