lunes, abril 22, 2024
Cultura

El maravilloso mundo de Silvalandia

“¿De qué nos valdría enojarnos con las criaturas de Silvalandia? Son formas, colores y movimientos; a veces hablan, pero sobre todo se dejan mirar y se divierten. Son azules y blancas y se divierten. Aceptan sin protesta los nombres y las acciones que les imaginamos, pero viven por su cuenta una vida amarilla, violeta, verde y secreta. Y se divierten”.

Julio Cortázar, Silvalandia

Carolina Uribe*/El Furgón – Una tarde en la que el sol entibia las veredas del Boulevard Brune, Julio Silva abre para Sudestada las puertas de Silvalandia: un universo poblado de dibujos, grabados, esculturas, máscaras, piezas arqueológicas de diversas culturas, pinceles, libros y plantas rodeando la vida cotidiana del pintor y de su compañera. Silva nació en Buenos Aires y a los 25 años se fue a París, de donde nunca regresó. Además de su inmensa obra plástica, trabajó como diagramador de libros entre los que se encuentran los de su tocayo, Julio Cortázar. Los dos Julios fueron muy amigos, compartieron la pasión por los libros, desde que se conocieron Silva diseñó las tapas de todas las obras de Cortázar y trabajaron juntos en la creación de La vuelta al día en ochenta mundos, Último round y Territorios. También editaron dos libros con textos de Cortázar y dibujos de Silva: Silvalandia y Los pinchajetas. “El trabajo que hicimos con Julio yo lo había realizado ya con otros artistas, usando otros elementos. Él se quejaba un poco de la manera en que imprimían sus libros y yo modestamente me ofrecí. Entonces vio las cosas que hacía y dijo: ‘¿Por qué no?’”, recuerda Silva, que además vivió un tiempo en la casa de campo que tenía Cortázar, y la correspondencia entre ambos, donde el escritor llamaba Patrón al pintor, da cuenta del afecto y el entusiasmo creativo que los unía. Cuando falleció Carol Dunlop, la tercera esposa de Cortázar, este le pidió a Silva que hiciera una escultura –basada en un dibujo de Silvalandia– que sigue estando sobre la tumba que alberga a la pareja en el cementerio de Montparnasse.

Pero la historia de Julio Silva comenzó mucho antes de que conociera a Cortázar, y si abrió las puertas de su mundo, lo mejor es entrar en él.

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-¿Cómo empezó su camino en la pintura?

-El primer camino que tuve fue por Leopoldo Marechal, que era maestro de escuela de sexto grado en la calle Trelles, al lado de donde yo vivía. En la escuela nos daban clases de dibujo y a él le llamaban la atención las cosas que hacía; por ejemplo, una vez había que dibujar la Batalla de San Lorenzo y yo puse una cabeza de caballo, una espada y unas cosas haciendo humo, entonces le dije al profesor “es el humo que tapa lo demás”… Él se rió y con el tiempo me recomendó que fuera a estudiar a la escuela de Bellas Artes, donde era profesor de literatura a la noche. Pero cuando comenté esas cosas a mi familia… no lo veían como un destino, porque para ellos el artista era tuberculoso u homosexual, entre esas cosas había que elegir. Así que tomé otro camino, trabajé en fábricas. Mi familia era más que modesta, en casa no había un solo libro. Iba mucho a la biblioteca del barrio, donde como era el único joven me aconsejaban qué leer. La lectura fue mi salvación. Yo creo que las editoriales son las trincheras contra la ignorancia.

-Y aunque hiciera otras cosas, ¿paralelamente seguía dibujando?

cortazar-silva-Sí. Si bien no pude entrar en Bellas Artes, estudié en una escuela nocturna dibujo mecánico e industrial. Al lado había una Mutual de Bellas Artes, donde encontraba gente que pintaba, que dibujaba, modelos, un clima especial y gente para dialogar; unos me pasaban un libro, otros me daban algún consejo, el dato de alguna exposición.

Cuando tenía cierta edad hubo una exposición muy bella de Juan Batlle Planas. Fui y estuve muy emocionado con eso, charlamos, me ofreció que pasara a verlo en su taller, y le pedí asistir a sus clases. A esas clases iban muy pocas personas entre las que estaban Roberto Aizenberg y Jorge Kleiman, y a la noche iban los psicoanalistas, todo ese mundo que pululaba por el surrealismo, el automatismo… Ahí empezamos a hablar y me mostró una revista, Cabalgata, donde había hecho un dibujo para un cuento de Cortázar, “Lejana”, y me lo dio a leer. Ese año [1951] salió Bestiario y también me lo dio para leer. Primero no se conseguía en librerías, después encontramos una que tenía un stock, y a partir de ese momento las cosas se fueron encadenando, porque nos íbamos pasando uno al otro a Macedonio, a Borges, a Cortázar, a Oliverio Girondo; además estaba el Teatro del Pueblo, traductores… Los libros no costaban caros, se podían adquirir. Encontramos librerías que nos daban un poco de consideración por ir con Batlle Planas. Buenos Aires era el centro, todo pasaba ahí entre las calles Corrientes, Florida, Suipacha, las librerías, la gente que se reunía, los cafés, era iniciático al mismo tiempo, te encontrabas con Aldo Pellegrini que te hablaba de surrealismo, a Olga Orozco, a Enrique Molina.

-¡Ya no necesitaba ir a la biblioteca!

-En Buenos Aires había una librería, Galatea, cuyo dueño venía a comprar libros menos caros que algunos argentinos mal impresos, porque en esa época los libreros tenían un cambio preferencial con el dólar. Claro, los libros estaban en francés, pero yo los compraba y me los hacía traducir. Me iba a la puerta de la Alianza Francesa para buscar alguien que me los tradujera, a veces eran un poco agresivos conmigo y recibía alguna bofetada, era gente de familias burguesas y ya cuando veían los títulos que llevaba… Si no, me ayudaban amigos míos que tenían mi edad pero habían estudiado francés en la escuela o en la universidad, hacíamos reuniones y leíamos o me traducían algunas páginas.

-¿En esa época decidió venirse a París?

julio-silva-x-laura-basualdo22-Sí. Y bueno, si dicen que los niños vienen de París, por qué no venir uno para aquí… Vendí todo lo que tenía, me tuve que casar porque mi compañera era menor y si no, no podía viajar. No teníamos nada, era venir y ver, encontrar un amigo que te esperaba, te orientaba con las calles y la manera de conseguir sobrevida, y así. Pero, bueno, estabas en París…

-Era el lugar ideal…

-Y lo sigue siendo, lo que pasa es que ahora hay más estatutos. Antes encontrabas a un gran escritor y con una sonrisa te preguntaba de dónde venías, que hacías; con tu pequeño francés le explicabas, y así te ibas relacionando.

-¿Cómo subsistieron al principio?

-Fui vendiendo algunos de aquellos libros franceses que me ayudaron a sobrevivir. Una vez lo conocí a André Bretón. Le dije que tenía libros de él y que iba a venderlos en una librería y me recomendó: “No vaya ahí que pagan mal, vaya a otra”. También tenía un dibujito de Max Ernst, que era un original pero estaba sin firmar. Lo llevé a una librería para venderlo y el librero me dijo “acá arriba está Max, lléveselo para que lo firme”. Y me lo firmó con una Bic (cosa que en la época del dibujo no existía) y me recomendó una galería de arte donde podía venderlo. Lo hice y me dieron 600 francos, que los convertí en carnets para el restaurant universitario y para pagar alguna cosa más. Me di cuenta de que tenía una fortuna pequeñita ahí amontonada en libros, y de tanto en tanto los llevaba y me los compraban porque eran libros agotados, que ya no se conseguían.

-¿Y en alguna de esas librerías o bares conoció a Cortázar?

-No, fui a la Unesco, donde él trabajaba. Unos amigos me dijeron que fuera, y él me recibió. Yo era joven y atrevido, tenía 25 años. Le dije que iba de parte de gente que lo conocía y que le mandaba saludos, gente que se acordaba mucho de él y lo quería. Él me invitó a su casa, fui y empezamos a relacionarnos. De eso habla en La vuelta el mundo...

Este Julio lápiz siente ahora que tiene que decir algo sobre Julio Silva, y lo mejor será contar por ejemplo cómo llegó de Buenos Aires a París en el 55 y unos meses después vino a mi casa y pasó una noche hablándome de poesía francesa con frecuentes referencias a una tal Sara que siempre decía cosas muy sutiles aunque un tanto sibilinas. Yo no tenía tanta confianza con él en ese tiempo como para averiguar la identidad de esa musa misteriosa que lo guiaba por el surrealismo, hasta que casi al final me di cuenta de que se trataba de Tzara pronunciado como pronunciará siempre, por suerte, este cronopio que poco necesita de la buena pronunciación para darnos un idioma tan rico como el suyo. Nos hicimos muy amigos, a lo mejor gracias a Sara, y Julio empezó a exponer sus pinturas en París y a inquietarnos con dibujos donde una fauna en perpetua metamorfosis amenaza un poco burlonamente con descolgarse en nuestro living-room y ahí te quiero ver” (Julio Cortázar, “Un Julio habla del otro”, en La vuelta al día en ochenta mundos).

Silvalandia

-¿Y cómo se dio ese paso de que empezaran a trabajar juntos?

-Empezamos a hablar de tipografía y yo le mostraba cosas que me gustaban, incluso hechas por otros editores. Cortázar tenía pasión por la tipografía. Yo siempre digo que la tipografía es el arte de ayudar a leer: cuando tenés que forzar la vista para leer, perdés un poco la concentración sobre lo que está escrito. Hice varios libros a mano para Julio, como por ejemplo Los pinchajetas. Se componía una página y luego se descomponía para armar la siguiente, porque no había suficientes caracteres…

-¿Los discursos del pinchajeta fue el primer libro que hicieron en conjunto?

-Sí, y es el único que Cortázar escribió directamente en francés. Recién ahora se publicó en español. Son textos que él hizo a partir de litografías mías. Este, por ejemplo, es muy lindo: “¿Es que es una falta, en esta tierra poblada de espinas, ser un unicornio?”. Cuando estuvo listo, se lo mandé por correo y me escribió: “Me gustó tanto que lo leí dos veces”. Nadie había hecho hasta entonces libros así para él, yo fui el primero. Después otros artistas vieron que tenían el aval de que se podían hacer cosas, y a Julio le gustaba la aventura.

En casa tengo un pinchajeta muy raro. Apenas se apagan las campanas de Saint-Roch, mi pinchajeta se endereza sobre las patas y empieza a dirigirme su discurso cotidiano. Hundido en mi sillón de mimbre, hace años que trato de fingir indiferencia puesto que las frases de esa criatura no deberían preocuparme, pero hasta ahora mi pinchajeta ha sido siempre más astuto que yo” (Julio Cortázar, Los discursos del pinchajeta).

julio-silva-x-laura-basualdo17-En esos libros a cuatro manos se nota mucha creatividad en la diagramación…

-Sí, pero es el contenido el que te da la manera de trabajar. Si no tenés contenido, no va… Y el hecho de que fueran así tan ilustrados era porque los textos eran escasos y muy diversos, entonces la imagen te iba orientando para el camino, ¿te das cuenta? Y a veces imágenes que no tenían nada que ver con el texto, pero desde la sorpresa entrabas igual en la dinámica.

-¿Cómo fue la experiencia con Último round?

Último round se hizo en Italia, porque ese tipo de imágenes que teníamos no podía imprimirse en México, que es donde estaba la editorial, Siglo XXI; no tenían ni la calidad, ni el papel, ni el fotograbado, hubiera sido un desastre. Así que fuimos juntos a Torino para corregir las pruebas y armar el libro. Cortázar me decía: “Julio, me faltan cuatro líneas aquí” y se concentraba, agarraba su pluma, escribía, se lo daba al tipógrafo, el tipo iba, lo componía, tiraba la prueba, la controlábamos otra vez…

-Y él estaba entusiasmado con esa participación en el proceso de creación del libro…

-Por supuesto, estás ya impregnándote con el ruido, el “chuc-chuc-chuc” de las máquinas, el olor de las tintas, y como tenía ese oficio de corrector, no se le escapaba nada. En un momento me puso la mano en el hombro y yo cerré los ojos porque pensé “qué va a largarme ahora”, pero no, me dijo: “Patrón… Sabés, es la primera vez que asisto al nacimiento de un libro mío”.

Estaba muy emocionado porque siempre mandaba sus manuscritos, se los enviaban armados, corregía las pruebas, pero del resto no participaba. Los libros se vendían igual, no había problema, pero a él le gustaba otra cosa.

Un poco cansado de tanto hablar, Silva convida café y muestra un libro que hizo hace poco: Las llaves equidistantes. Esta vez, no solo los dibujos son suyos sino también los poemas, que tenía escritos desde su juventud. “Cuando éramos jóvenes hacíamos espiritismo y jugábamos al juego de la copa, a cada uno le salía una frase y la guardaba para uno, a mí me salió esta, la guardé, y ahora la usé como título. En otras épocas todos escribíamos poemas y nos reuníamos para leerlos. Yo le daba formas a la escritura para que los blancos fueran silencios, pausas, como una partitura de música, que ya lo utilizaban Apollinaire y compañía, pero bueno… El libro está formado como un tríptico, con textos, viñetas y dibujos míos, y cada ejemplar tiene dos dibujos originales para dar un precio al libro. Se hizo con dibujos que tenía, porque no podés ilustrarte a vos mismo, es absurdo. Busqué entre mis dibujos y fui pensando ‘esto puede ir ahí’. Es como un encuentro fortuito y es maravillosa la concordancia que tienen”.

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-Quizás son imágenes que están ahí, dentro suyo…

-¿Imágenes persistentes? Puede ser, pero los poemas son de 1950 y los dibujos de 2012, 2013… No sé… Yo creo que tengo tal cantidad de dibujos que si no encuentro algunos que vayan con los textos…

-¿Y ahora sigue pintando?

-¡Sí! Dibujar es para mí como para otros escribir a máquina. Me gusta usar papel japonés, que mi hijo me envía desde el Japón. En el siglo XIX, los comerciantes tenían cuadernos donde anotaban sus cosas –“20 kilos de patatas”, por ejemplo–, yo les corto los hilos y al abrirlos se hacen hojas grandes. Es un papel que está hecho para la tinta, al ponerle la tinta la absorbe como una gota de rocío. Y la escritura japonesa queda en el fondo, como una mácula, como una especie de materia alrededor.

La manera de trabajar para mí es dejar que la tinta se vaya esparciendo… porque si usás el lápiz podés arrepentirte. Y arrepentirte es lo peor que podés hacer, porque ya es cerebral. En cambio acá las cosas salen porque están inscriptas dentro de mí.

-O sea que usted no tiene una idea previa de lo que va a hacer, sino que desde las manchas va surgiendo.

-Sí… No quiero hacer nada. Porque mi sistema de trabajo en la pintura, en el dibujo, en todo lo que hago, es diferente de otros artistas. Mi manera de trabajar se parece más a la arqueología que a la pintura. Como ellos hacen un cuadrado con hilos, con la palita y la escobilla limpian, encuentran un pedacito de algo, después otro, van cuajando y terminan componiendo un jarrón, una taza, un collar. Mi manera de trabajar es esa: dejar durante meses y años que salgan los residuos que hay en mi sistema atávico, aceptarlo, y después las cosas se van domesticando y se plasman en el dibujo…

Teoría estética que Cortázar había comprendido a la perfección a lo largo de años de amistad y comunión artística. En el texto sobre Silva que escribió para La vuelta al día en ochenta mundos lo explica con total claridad: “¿Puedo terminar esta semblanza con una muestra de las teorías estéticas de Julio, que preferentemente no deberán leer las señoras? Un día en que hablábamos de las diferentes aproximaciones al dibujo, el gran cronopio perdió la paciencia y dijo de una vez para siempre: ‘Mirá, che, a la mano hay que dejarla hacer lo que se le da en las pelotas’. Después de una cosa así, no creo que el punto final sea indecoroso”.

*Artículo publicado en revista Sudestada N° 129-Julio 2014 / Fotos: Laura Basualdo