El declive de Estados Unidos
El retroceso del liderazgo norteamericano es reconocido con mayor énfasis que en otros momentos. Actualmente se verifica una generalizada coincidencia en torno a un diagnóstico, que suscitó numerosas controversias en el pasado.
Es importante constatar, describir y explicar ese declive para captar la principal tendencia del escenario contemporáneo. El imperialismo estadounidense intenta contrarrestar con agresiones militares su retroceso económico y su pérdida de primacía geopolítica. Busca preservar por la fuerza un comando que ya no tiene los cimientos del pasado.
Esta caracterización ordena la evaluación de los principales acontecimientos mundiales. Permite reconocer quién es el principal responsable de las tragedias bélicas del planeta y cuál es la causa de esas sangrías.
Si esta evaluación es relativizada o diluida, el debate sobre la regresión estadounidense queda enmarañado en interminables discusiones sobre aspectos específicos, como el retroceso del dólar, la gravitación de Wall Street, el impacto Hollywood o la incidencia del Pentágono.
En esas discusiones, el declive de Estados Unidos ya no es indagado para clarificar las tremendas consecuencias militares de ese descenso para el resto del mundo. El esclarecimiento de ese impacto, queda reemplazado por especulativas evaluaciones del nivel agudo o acotado de la regresión norteamericana.
En esas mediciones, el análisis del principal proceso geopolítico del siglo XXI queda sustituido por ejercicios descriptivos de los factores, que acentúan o contrapesan el declive. Se omite que lo importante de esa caída no es su variable intensidad, sino las guerras imperiales que suscita. Indagar el problema con el foco puesto en esas convulsiones, permite comprender las principales consecuencias del declive imperial.
Cronología del descenso
Estados Unidos emergió de la Segunda Guerra Mundial como la potencia preponderante de Occidente, con un inédito nivel de primacía sobre sus rivales. El fin de las conflagraciones entre imperios y la custodia que asumió del capitalismo, le otorgaron un predominio mayúsculo entre 1945 y 1970.
Esa superioridad se asentaba en la preponderancia bélica y la preeminencia económica. No solo comandaba la OTAN y controlaba un centenar de bases militares distribuidas por todo el planeta, sino que manejaba la mitad del producto mundial y el 60 por ciento de la fabricación planetaria, con un tesoro que albergaba el 80 por ciento de las reservas auríferas totales. Basta observar que esos porcentuales han caído en la actualidad al 25 por ciento, 17 por ciento y 25 por ciento, respectivamente, para notar la magnitud del poder económico que detentó gigante norteamericano y su dramática reducción actual (Torres López, 2026).
El período de auge fue acertadamente denominado la “Edad del Imperialismo” para subrayar esa preeminencia (Magdoff, 1969). Con los marines desplegados por el grueso del planeta, el dólar funcionaba con una moneda mundial, aceptada sin ninguna vacilación por los socios y subordinados del hegemón. Con esa conducción operó el imperialismo colectivo de la Triada (Estados Unidos, Europa y Japón), que consagraba el alto nivel de entrelazamiento y sometimiento de dos grandes aliados al comando norteamericano (Amin, 2004).
Bajo esa dirección se configuró un sistema imperial con jerarquías y funciones definidas por la primera potencia. Las tradicionales diferencias entre los rivales de Occidente perdieron connotaciones bélicas y se procesaron como acotadas controversias comerciales o financieras (Katz, 2023: 28-44).
Ese período de auge estadounidense afrontó varios momentos de erosión. En los años 60, la acelerada reconstrucción de Alemania y Japón restauró la competitividad de ambas economías, que comenzaron a erosionar la superioridad de las empresas norteamericanas. Washington contrarrestó esa amenaza con medidas comerciales y monetarias, que sofocaron el desafío de sus subordinados. El poder del Pentágono sobre los dos grandes perdedores de la Segunda Guerra Mundial bloqueó por completo ese despertar germano y nipón.
En la década siguiente, la descontrolada emisión de dólares y el desbordante endeudamiento del gendarme yanqui, afectaron la confiabilidad de la divisa estadounidense hasta tornarla inconvertible al oro. Frente a esa adversidad, el Departamento de Estado recurrió al sostén de sus subalternos del mundo árabe y apuntaló el mecanismo de los petrodólares para preservar el reinado del dólar. Los monumentales excedentes financieros que generaba la exportación de crudo del Medio Oriente, fueron reciclados en los mercados bajo control yanqui, para asegurar esa continuidad del imperialismo del dólar.
En los años 80, Reagan añadió a ese refuerzo el inicio del modelo neoliberal -con privatizaciones, aperturas comerciales y desregulaciones laborales- que recompusieron los beneficios de las grandes empresas, recortando los salarios y los gastos sociales. Esa agresión contra los trabajadores restauró las ganancias, pero no revirtió la continuada regresión estadounidense frente a sus rivales. La decreciente competitividad internacional de la economía yanqui no fue modificada y el declive persistió como un problema irresuelto.
Estados Unidos concentra dos grandes desequilibrios de la época actual: la desigualdad social y la catástrofe del medio ambiente. Por esa condensación de trastornos sistémicos, también comanda la devastadora salida militarista que tantea el capitalismo para lidiar con su crisis.
Pero ese descenso pareció súbitamente contenido en la década siguiente por la inesperada implosión de la Unión Soviética. El antagonista ruso nunca amenazó a su rival en el plano económico, pero lideró durante décadas un denominado campo socialista, que afectó seriamente el poder de Occidente. La existencia de ese contrapeso facilitó las revueltas sociales contra el capitalismo y las resistencias nacionales contra las agresiones imperiales.
Adversidades autoinfligidas
La imprevista implantación de un orden unipolar a fin del siglo XX -con preeminencia total de Estados Unidos- le brindó a la primera potencia una gran oportunidad, para recrear su preponderancia económica y geopolítica. Pero en lugar de consumar esa restauración, Washington se embarcó en una escalada de aventuras bélicas con resultados adversos. Dilapidó recursos, erosionó su autoridad, socavó sus alianzas y terminó agravando el declive precedente.
Las campañas militares en el Gran Oriente Medio (Afganistán, Irak, Libia, Siria Palestina e Irán), la expansión de la OTAN en Europa del Este, el provocativo rearme en Asia Oriental y el continuado intervencionismo en América Latina jalonaron ese desborde belicista, que sepultó todos los atisbos de recomposición norteamericana. El Pentágono demolió países y destruyó sociedades, sin recrear los procesos de inversión requeridos para rentabilizar a las empresas estadounidenses.
La dinámica del Plan Marshall no se repitió en ninguna de las incursiones de las últimas décadas y la pérdida de posiciones de la economía norteamericana se acentuó con el nuevo despliegue internacional de los marines. A diferencia de lo ocurrido en Europa durante la posguerra, las intervenciones bélicas estadounidenses no dieron lugar a negocios florecientes. Esa incapacidad para transformar acciones militares en beneficios económicos retrata la agudeza del declive.
Ese retroceso se tornó más transparente en los últimos 20 años, con la extinción del espejismo unipolar. Estados Unidos quedó enfrentado a su pérdida de primacía, en un nuevo contexto de creciente distribución mundial del poder.
Ese escenario emergió a la superficie en la crisis financiera del 2008, cuando el socorro estatal evitó el colapso de los principales bancos norteamericanos. El país logró escapar de ese abismo con mayor oxígeno que sus rivales de Europa o Japón, pero quedó como un nítido perdedor frente a China. Desde ese momento, afronta las duras consecuencias del despertar asiático y del surgimiento de nuevos centros de acumulación divorciados (o autonomizados) de la tradicional centralidad estadounidense.
Ese desplazamiento es una consecuencia imprevista de la globalización neoliberal, que Estados Unidos impulsó para recrear su dominio y terminó padeciendo como una gran desventaja. Beijing (y no Washington) fue el gran favorecido por esa expansión mundial del comercio y por esa razón, continúa auspiciado las transacciones globales, contra la reacción proteccionista del auspiciante inicial de ese rumbo. Ningún dato ilumina con mayor nitidez el declive norteamericano, que esa ventaja lograda por el rival chino de un proyecto propiciado por Estados Unidos.
El determinante económico
El retroceso del coloso norteamericano tiene un pilar primordialmente económico. Es un declive perceptible en todos los ámbitos, pero derivado de la regresión industrial y productiva que padece el país. Esa caída se verifica en la financiarización y el consiguiente desborde especulativo. El episodio más reciente de esa secuencia fue el rescate estatal del 2008, que evitó el quebranto de los bancos, pero legó un endeudamiento mayúsculo que mantiene la vulnerabilidad de todo el sistema.
Por esa razón, los temblores que periódicamente afectan a las distintas entidades, suscitan el pánico a un reinicio de las grandes convulsiones. Ese temor fue por ejemplo visible en el 2023, con la quiebra del Silicon Valley Bank y en el 2024, cuando el desplome de la Bolsa japonesa hizo temblar a Wall Street.
El pavor a otro estallido financiero se localiza actualmente en la burbuja tecnológica, que ha inflado con incuantificables inversiones a los títulos de las siete mega corporaciones del universo digital. En el 2023, esas compañías canalizaban la mitad de las ganancias del principal índice bursátil. La capitalización de esas firmas -que comandan la Inteligencia Artificial- supera cualquier cálculo de ganancias o ingresos acordes a su captura de fondos.
Esos indicadores de continuada financiarización de la economía estadounidense son la contracara del deterioro productivo. Los bajos rendimientos en la esfera industrial motorizan la emigración de capitales al ámbito especulativo, recreando la clásica tendencia de los capitalistas a contrarrestar ganancias reducidas en la producción, con altas remuneraciones en las finanzas.
Ese persistente comportamiento de la elite dominante agrava el estancamiento de la productividad, el deterioro de la base industrial y la pérdida de negocios frente a China (Lapavitsas, 2026). En la batalla por bajar costos, aumentar ventas y conquistar mercados -que gobierna la acumulación capitalista- Estados Unidos tiene a quedar relegado.
El pasaje de la globalización neoliberal al estatismo neomercantilista refleja este nuevo escenario, signado por la retracción del capitalismo estadounidense hacia políticas de mayor resguardo interno y menor audacia externa.
El declive económico de la primera potencia también se verifica en una deuda pública gigantesca, que se amplifica con el bajo crecimiento del PBI. Cada recuperación cíclica se consuma con mayores niveles de endeudamiento, financiados por el imperialismo del dólar (Hudson, 2024).
Esa dominación permite solventar las monumentales erogaciones internas, con el sostén de una moneda que preserva su reinado mundial, pero afronta la pérdida de privilegios. La desdolarización es un proceso lento, pero persistente que puede acelerarse súbitamente si se acrecienta la vulnerabilidad geopolítico-militar de la primera potencia.
Las reservas en dólares de los bancos centrales se mantienen en un alto nivel, pero han caído del indisputado porcentual previo. La mitad de todos los pagos transfronterizos se liquidan en dólares, pero esa divisa continúa perdiendo fortaleza, a medida que China compra oro y reduce la participación de los billetes norteamericanos en sus caudales (Roberts, 2023).
La tendencia de los BRICS Plus a desdolarizarse se afianza en los mercados de materias primas, que ya operan con otras monedas y en las transacciones de combustible ese viraje es más llamativo. Todo el circuito del petrodólar que durante décadas sostuvo la primacía yanqui está en revisión y muchos expertos observan con atención, que los extranjeros poseen más activos estadounidenses, que los inversores de ese país en activos foráneos. En este escenario, los desenlaces geopolíticos desfavorables para Washington, tienen un impacto erosivo muy directo sobre el imperialismo del dólar.
La primera potencia emergió del temblor del 2008, sin resolver ninguno de los desequilibrios estructurales que afronta una economía inflada, con capitales sobrantes sin desvalorizar. Los remedios neoliberales y keynesianos -para lidiar en las últimas dos décadas con esa desventura- fueron infructuosos y por esa razón, la guerra en gran escala despunta como la principal salida que avizora el gran capital. El gasto bélico y la reconversión militarista son concebidos como la carta de salvación al continuado deterioro económico.
El declive de Estados Unidos no es una mera regresión de un competidor en desgracia, frente a sus ascendentes rivales. Desde hace mucho tiempo, la economía del norte opera como pilar del capitalismo mundial y su deterioro es un signo de la alicaída salud de todo el sistema.
Estados Unidos concentra dos grandes desequilibrios de la época actual: la desigualdad social y la catástrofe del medio ambiente. Por esa condensación de trastornos sistémicos, también comanda la devastadora salida militarista que tantea el capitalismo para lidiar con su crisis.
El imperialismo norteamericano es experto en esa respuesta, porque compensa desde hace décadas su deterioro económico con belicismo. Ese contrapeso se forjó al calor de la primacía del “complejo militar industrial” sobre toda la estructura económica del país. La posibilidad de financiar con emisión ilimitada en dólares acentuó esa gravitación del dispositivo bélico.
Estados Unidos ha desarrollado una compulsión militarista que lo empuja a guerrear en incontables rincones del planeta, optando siempre por desenlaces guerreros en desmedro de soluciones negociadas. Ejerció durante todo el siglo XX su dominio con actos de fuerza, bombardeos de la población civil y demolición de sociedades. En ningún momento de los últimos veinticinco años introdujo algún paréntesis en ese destructivo accionar. Pero los resultados de su conducta ilustran otro costado del declive norteamericano.
Los fallidos militares
Los efectos económicos negativos del gigantismo bélico se multiplican con el creciente intervencionismo de los marines. El “complejo industrial-militar-digital” acrecienta ganancias, a costa del grueso del sistema productivo, que pierde posiciones a escala internacional. Los beneficios que acaparan los proveedores del Pentágono erosionan la competitividad de las empresas del país.
Los enfoques que subrayan la dimensión multicausal del declive, enfatizan la variedad de procesos que interactúan en esa regresión. Atribuyen la caída, al efecto combinado de la explotación capitalista, el militarismo intervencionista, el hegemonismo político y la ideología misionera. Con esa visión subrayan la multiplicidad de contradicciones que genera esa interacción (Galtung, 2010: 10-29).
Esas adversas consecuencias se han verificado al cabo de incursiones victoriosas (Yugoslavia) y de palpables fracasos (Afganistán, Irak). Estos segundos fallidos han sido la norma de las últimas décadas. En lugar de forjar una nueva supremacía mundial, Estados Unidos se auto inmola, agotando su tesoro en largas y costosas conflagraciones que no logra ganar. Esos contratiempos en el campo de batalla se han corroborado también en los operativos puntuales contra Somalia o Yemen, en las improvisaciones bélicas contra Irán y en las desventuras acumuladas en Ucrania.
Esa impotencia bélica es rigurosamente ocultada por el Departamento de Estado, mediante manipulaciones del sistema comunicativo global. Los medios desinforman para sostener el mito del poderío y la invencibilidad de las tropas yanquis.
Transmiten una imagen inflada de las capacidades del Pentágono, distorsionando la propia historia de esas fuerzas. Lo ocurrido en la Segunda Guerra Mundial quedó incorporado como un patrón de esas deformaciones, que la propaganda estadounidense ha repetido en forma invariable.
En esa oportunidad ocultó que el nazismo fue doblegado por el heroísmo de la Unión Soviética que destruyó al 75 por ciento del ejército alemán, luchando contra las mejores divisiones de la Wehrmacht en el frente oriental. Por el contrario, los Aliados se enfrentaron tardíamente y con gran lentitud a tropas de segundo nivel.
Hollywood desvirtuó ese desenlace con relatos que glorificaron imaginarias gestas del ejército norteamericano y extendió la misma adulteración a lo ocurrido en Vietnam, Irak o Afganistán. En esos casos transformó humillantes derrotas del invasor en insustanciales episodios, carentes de vencedores o vencidos. Siempre eludió contar el revés sufrido por los marines hiper armados, frente a los resistentes mal aprovisionados que enfrentaban (Nolan, 2025).
El Pentágono mantiene un esquema mundial de bases militares forjado durante la guerra fría que ha perdido operatividad. Esa inadecuación fue muy visible en la reciente guerra contra Irán. El costoso gigantismo naval fue totalmente ineficaz, frente a la efectividad y baratura de los drones, que anticiparon la dinámica de las confrontaciones contemporáneas.
Esa inadaptación se extiende también a las pulseadas atómicas. Todo el sistema de control nuclear -establecido durante la guerra fría para contener la proliferación- ha quedado sepultado. Ya hay ocho naciones con armas nucleares y otras treinta con pericia para construirlas.
Los tratados de equilibrio atómico que durante décadas renovaban Washington y Moscú han perdido efectividad y Estados Unidos no sabe cómo gestionar un escenario que escapa a su mando. Esa desorientación conduce a replanteos de todo tipo. Algunos generales proponen reconsiderar la estrategia de la Destrucción Mutuamente Asegurada (MAD) y otros retoman la doctrina del primer golpe, para una eventual confrontación con China (Foster, 2025).
La renovación de la “guerra de las galaxias” que auspician los consejeros de Trump forma parte de esos replanteos. Las cúpulas doradas -con miles de satélites en el espacio orbital controlados por la Inteligencia Artificial- son concebidas para una conflagración atómica, por la empresa de fabricación aeroespacial Space X del milmillonario Ellon Musk.
Ese tipo de proyectos se inscribe en la privatización de las guerras y el creciente uso de mercenarios, que desde hace varias décadas administra el Pentágono. Luego del fracaso de Vietnam, esa preeminencia de los contratistas se tornó dominante.
Pero la conversión de conflictos bélicos en un simple campo de negocios introduce dos problemas al intervencionismo imperial. Por un lado, erosiona la legitimidad política de esas acciones, que son percibidas por el grueso de la población como acontecimientos lejanos y no patrióticos. Por otra parte, multiplica el descontrol de los mercenarios, que tienden a autonomizar sus operativos, privilegiando sus intereses o asumiendo metas propias. Fue lo ocurrido con viejos socios de la CIA como Bin Laden y con otros legionarios del yihadismo.
La capacidad de los imperios para gestionar sus posesiones con tropas de otro cuño, siempre dependió de la vitalidad de esas configuraciones. En su esplendor, Roma otorgaba la ciudadanía a cambio del servicio militar e Inglaterra llegó a manejar casi la mitad de sus fuerzas con reclutas de las colonias. Pero esas modalidades resultaron contraproducentes en el declive de ambas potencias y ese mismo infortunio con los cipayos afecta a Estados Unidos en la actualidad.
La sustitución de la confrontación bélica por el terrorismo es otro indicio de las desventuras que afronta el Pentágono. De la misma forma, que ha optado por delegar en vasallos los operativos más riesgosos y que elude el uso de tropas propias, recurre a los métodos mafiosos del asesinato selectivo en su acción internacional.
Hilary Clinton festejó el crimen de Gadafi y Obama celebró el homicidio de Bin Laden, con la misma naturalidad que Trump exaltó el magnicidio de Jameneí. Israel introdujo y generalizó esa modalidad de ultimar opositores, que tradicionalmente diferenció al hampa de la punición estatal.
Ese desprecio por el derecho internacional parece un acto de dominación, poder o impunidad, pero en los hechos es otro signo de impotencia del declinante imperialismo norteamericano. Como no logra ejercer su tradicional preponderancia, recurre a vetustas modalidades de salvajismo (Chomsky; Prashad, 2012). El uso reciente de la Inteligencia Artificial para programar masacres de civiles en Palestina, Líbano o Irán es otro indicio de la misma tendencia.
Estados Unidos afianza esta variedad de militarismo atropellado, como desorientada respuesta a su pérdida de autoridad geopolítica. Ninguno de sus gobiernos asume que el fin de la unipolaridad obliga a la primera potencia a actuar en un nuevo tablero de disperso poder multipolar.
Los antecesores de Trump ignoraron ese cambio y el magnate ha intentado manejar sin ningún éxito este adverso escenario. No logró ese control con amenazas económicas coercitivas en el 2025 y menos aún con las aventuras bélicas del 2026. Ese bienio aportó nuevas confirmaciones de un declive derivado de tendencias de mayor porte.
Anticipos, percepciones y aciertos
El retroceso de largo plazo que afronta Estados Unidos fue diagnosticado con gran anticipación por varios estudiosos del tema. De ese pelotón sobresalió un pensador, que subrayó la triple dimensión del declive en el plano financiero, económico y militar (Arrighi, 1999: 192-288).
Destacó que el primer indicador era característico del ocaso padecido por todas las potencias en repliegue. Describió cómo en el caso estadounidense, la financiarización socavó el aparato productivo y atribuyó esa regresión fabril a la expansión de empresas transnacionales, que erosionaron la cohesión territorial norteamericana. Precisó, además, la forma en que el neoliberalismo acentuó la sobreacumulación, afectando a la economía del Norte y detalló cómo el languidecimiento de la actividad productiva agravó la caída del beneficio (Arrighi, 1999: 288-390).
Partiendo de esa evaluación, estimó que el ocaso no era contenido con exhibiciones de poder militar, ni por sus efectos en inconsistentes recuperaciones. Recordó, además, que los fracasos bélicos inaugurados con Vietnam, no fueron revertidos por ninguna contraofensiva posterior (Arrighi, 2005).
Ese diagnóstico permitió percibir en forma muy temprana el ascenso de China y señalar la existencia de una aguda contraposición entre dos modelos (territorialismo capitalista y economía mercantil), determinantes de retroceso estadounidense y del ascenso chino. Fue una mirada que capturó en su embrión, dinámicas de largo plazo que desbordaban la mera competencia económica entre Occidente y Oriente (Arrighi, 2007: 217-371).
En contraste con otras visiones, que situaban el declive estadounidense en un tobogán de inexorable autodestrucción de todo el sistema mundial (Wallerstein, 2005: 109-141), ese enfoque avizoró distintos desenlaces posibles, sin postular un devenir predeterminado. Evitó identificar la crisis del capitalismo norteamericano con un derrumbe cronológicamente previsible, señalando que el declive no seguía un patrón de automaticidad económica. Remarcó la conexión de ese retroceso con procesos político-sociales divorciados de cualquier calendario preestablecido (Katz, 2023: 41-42).
Muchos analistas posteriores han destacado las distintas aristas del declive estadounidense, ilustrando cómo la continuada financiarización de esa economía ha obstruido los intentos de recomposición productiva. Recuerdan, especialmente, que la sostenida exacción de recursos del resto del mundo, no logra ser utilizada internamente para contrarrestar el ocaso.
Los enfoques que subrayan la dimensión multicausal del declive, enfatizan la variedad de procesos que interactúan en esa regresión. Atribuyen la caída, al efecto combinado de la explotación capitalista, el militarismo intervencionista, el hegemonismo político y la ideología misionera. Con esa visión subrayan la multiplicidad de contradicciones que genera esa interacción (Galtung, 2010: 10-29).
El declive fue avizorado también por los críticos del comportamiento imperial estadounidense y por personajes de la elite de ese sistema, que en forma circunstancial o sistemática dieron cuenta de esa regresión con el propósito de revertirla.
El registro de esas lecturas enriqueció la compresión del fenómeno, especialmente durante el auge de la unipolaridad. Su análisis permitió confrontar con los erróneos pronósticos de resurrección imperial norteamericana, que al poco tiempo fueron desmentidos de la realidad (Boron, 2014: 8-25).
Analogías con Roma
El declive de Estados Unidos suscita instructivas comparaciones históricas, especialmente con el antecedente romano, que también operó como un sistema de dominación asentado en normas de coerción, expansión y jerarquía. La denominación latina “imperium” alude a esa estructura, contrapuesta con el concepto griego de hegemonía, que siempre fue asociado con formas de sometimiento más consensuadas (Ilkowski, 2015).
Muchas comparaciones resaltan similitudes de Estados Unidos con Roma en el terreno de la violencia autodestructiva. Las semejanzas son extendidas a otras esferas, como el estancamiento productivo, la depredación de los recursos naturales, el despilfarro de las riquezas o la sobre expansión militar.
Las potencias declinantes suelen forzar la extracción de excedentes de sus súbditos para conservar el poder, quebrantando los equilibrios que facilitaban la prosperidad precedente. Por esa compulsión confiscatoria, Roma terminó devorándose a sí misma, cuándo la expropiación de la población circundante no alcanzó para financiar el descontrolado gasto militar. Esa práctica de confiscación guerrera agotó al imperio (Torres López, 2026).
La misma corrosión afecta actualmente a Estados Unidos en el plano de los ingresos y la deuda pública. Roma colapsó cuando el avance de los pueblos vecinos recortó su base tributaria, deteriorando la custodia militar de sus fronteras. Esta misma erosión socava el financiamiento de Estados Unidos, a través de la creciente desdolarización de las transacciones mundiales.
Roma ejercía su poder mediante la fuerza, pero manteniendo contrapartidas de protección, seguridad y beneficios con sus súbitos y aliados. Cuando rompió ese equilibrio, perdió capacidad para preservar su dominación (Norman, 2025). Esa misma fractura de alianzas afecta a Estados Unidos, desde que tiende a transformar a sus socios en vasallos. Ese cambio de relaciones corroe, por ejemplo, el pacto transatlántico que durante toda la segunda mitad del siglo XX sostuvo al sistema imperial.
Un contrapunto esclarecedor entre los efectos de la expansión agrícola romana y la globalización contemporánea, ilustra el boomerang que emparenta al declive de los dos imperios. Al extender sus cultivos fuera de sus fronteras, Roma deterioró su vieja primacía rural a favor de sus vecinos, en un proceso semejante a la mundialización económica que inició Estados Unidos y empoderó a China.
En ambos casos, las ventajas iniciales de la potencia dominante en sectores estratégicos fueron capturadas por sus adversarios, en la propia dinámica expansiva del hegemón. En las dos situaciones, las metrópolis plantaron las semillas de su propia regresión. En la Antigüedad, compartiendo prácticas agrícolas y en la actualidad, exportando industrias, tecnologías y servicios, que fueron recreados con mayor productividad por sus destinatarios (Heather; Rapley, 2024).
Otro rasgo del declive que emparenta a Roma con Estados Unidos es la perduración temporal de ese descenso, luego del propio agotamiento del sistema. Esa decadencia se extendió durante centurias en la Antigüedad y se verifica en las últimas décadas de regresión norteamericana (Galtung, 2010: 10-29).
La analogía entre ambos imperios, se extiende también a la forma en que las contradicciones económicas internas fueron agravadas por la acción militar. La Guerras contra Cartago le permitieron al coloso de la Antigüedad controlar el Mediterráneo y la provisión de esclavos para su economía doméstica. Pero ese suministró incentivó expansiones militares ulteriores que socavaron esas ventajas. El gendarme norteamericano padece el mismo síndrome, como custodio internacional de la opresión capitalista (Roberts, 2026).
Las semejanzas también se verifican en la virulencia imperial. Esa ferocidad es una consecuencia directa del declive, que reduce la capacidad para generar consensos y desplegar la hegemonía, generando formas más inestables y violentas de dominación. Los imperios nunca declinan de manera suave, aceptando pasivamente la pérdida de su poder. Multiplican las amenazas, exigen mayor obediencia y se tornan más agresivos.
Esa conducta de Roma, fue reproducida por las atrocidades de la Corona española para mantener sus dominios americanos, por el genocidio de los armenios durante el ocaso del imperio otomano, por la crueldad de los británicos frente la pérdida de su joya en la India y por el baño de sangre que perpetró el colonialismo francés para evitar la independencia Argelia (Boron, 2014: 8-25). Desde hace décadas, el imperialismo norteamericano repite esa conducta, con guerras que destruyen países, sin generar ninguna contención a su declive.
Otros contrapuntos históricos
La confrontación entre Estados Unidos y China ha recreado también el interés por la moraleja histórica de la trampa de Tucídides. Esa referencia es utilizada para ilustrar el resultado adverso que afronta una potencia emergente, cuando intenta destronar a destiempo a su rival dominante. Atenas era la ascendente ciudad-estado marítima, que tenía todo a su favor para doblegar al antiguo dominador terrestre espartano. Pero esas ventajas no le alcanzaron para ganar su apuesta bélica.
Ese inesperado resultado es recordado, a veces, para imaginar situaciones victoriosas del dominador estadounidense, si el desafiante chino captura Taiwán y termina sufriendo la misma derrota que padecieron los atenienses.
Pero la reincorporación de esa isla al territorio unificado de China, sigue una pauta estratégica de otro tipo y ya anticipada por la asimilación de Hong Kong. Es concebida como un proceso más económico que militar y no se inscribe en políticas imperiales expansivas por parte de China. La analogía con Atenas y Esparta es además forzada, porque en el siglo XXI el agresor (Estados Unidos) es una potencia establecida en declive y el agredido (China) es un emergente, que elude el uso de la fuerza.
Justamente por ese posicionamiento, la trampa de Tucídides fue explícitamente aludida por Xi Jinping en su reciente encuentro con Trump. El presidente chino convocó a evitar el aprisionamiento mutuo en un conflicto bélico. Aludió a esa referencia histórica, como un enredo que todos los involucrados deben rehuir para impedir inútiles sangrías.
Algunos autores han estudiado la enseñanza de Tucídides con esa misma finalidad, distinguiendo cuáles fueron los conflictos entre potencias desafiantes y predominantes, que desembocaron en la guerra y cuáles sortearon ese desenlace. A partir de ese cómputo, destacan que la contienda fue evitada en varios casos y puede ser igualmente soslayada en el futuro. Señalan que el ejemplo más reciente de esa tensión sin guerra final, fue la confrontación que mantuvieron Estados Unidos y la Unión Soviética. Entienden que ese antecedente debería ser reproducido en la disputa actual entre Washington y Beijing (Allison, 2017:1-3).
Ese escape de la trampa de Tucídides sería factible, porque al igual que la Unión Soviética (y a diferencia de Atenas), China no está embarcada en proyectos militaristas ofensivos, sino en desenvolver un escudo defensivo contra el agresor norteamericano.
Otro antecedente ilustrativo -muy distante de lo ocurrido entre la Estados Unidos y la URSS- fue la confrontación que desató el hegemónico imperio británico (retador), contra el desafiante rival alemán (retado), a principio del siglo XX. Pero esa pugna se dirimió en el campo de batalla e involucró a enemigos con estrategias y conductas muy distintas del contexto actual. China no es comparable con Alemania, y Estados Unidos no se asemeja a Inglaterra.
En el primer caso, porque Beijing está embarcado en una expansión económica mundial, que no sigue la pauta del militarismo imperialista. Despliega negocios y no invasiones, con la atención puesta en sostener su crecimiento y no en la ocupación formal o informal de territorios ajenos. Esta conducta se ubica en las antípodas del imperialismo alemán de la primera mitad del siglo XX (Katz, 2023: 100-109).
Por otra parte, varias diferencias separan a Estados Unidos de su antecesor británico, ante todo, en el plano económico. Inglaterra era un acreedor mundial que exportaba capitales, financiando la inversión mundial con fondos que fluían desde la metrópolis hacia la periferia. Por el contrario, Estados Unidos es un deudor que recepta esos capitales. Acumula, además, un monumental déficit comercial con su retador chino que financia con emisión y endeudamiento (Tooze, 2026).
Es cierto que la industria inglesa declinaba con la misma tónica que su sucesor norteamericano actual y que también recurrió al proteccionismo para contrarrestarla, pero nunca afrontó la escala que presentan esos procesos en Estados Unidos. Y esa diferencia de intensidades es muy relevante para una potencia norteamericana, que se expandió a partir de su propia base territorial.
Mientras que Gran Bretaña, que se vio obligada a salir tempranamente al exterior para colocar sobrantes industriales, importar materias primas y asegurar su preeminencia financiera, la economía estadounidense se desenvolvió en forma paulatina con parámetros autocentrados. No emergió de una localización pequeña (como Holanda o Portugal), ni mediana (como Gran Bretaña o Francia), sino de un enorme asentamiento poblado con torrentes de inmigrantes. El declive actual de su industria afecta duramente esa trayectoria.
Estados Unidos no cuenta, además, con la flexibilidad que tuvo Gran Bretaña para consumar su repliegue, amoldándose a nuevas circunstancias históricas. Mientras que Inglaterra pudo realizar su traspaso del comando mundial al socio ascendente, su ahijado no tiene a mano ese candidato y no puede repetir esa transferencia.
La inflexibilidad norteamericana obedece a fuertes determinantes militares, que lo diferencian del antecesor inglés. La primera potencia ha forjado una estructura bélica cualitativamente superior a la construida por Gran Bretaña, puesto que asumió un rol de protección del capitalismo mundial que su predecesor nunca desenvolvió. Por esa razón, Washington no se embarca en los caminos para deshacer el imperio que siguió Londres y refuerza su ofensiva de guerras imperiales, en todos los rincones del planeta.
Existen también comparaciones de la regresión estadounidense con lo ocurrido con la Unión Soviética, pero son contrapuntos poco pertinentes. Omiten que la URSS nunca tuvo una impronta imperial, porque tampoco cobijó un sistema capitalista. Careció de una clase propietaria asentada en la acumulación de plusvalía y sujeta a las reglas de la competitividad entre empresas.
Esa ausencia explica la política conservadora que desenvolvía el Kremlin, evitando el expansionismo y bregando por recrear el estatus quo con su par norteamericano. Por el contrario, Estados Unidos es el imperialismo global más agresivo de la historia, porque concentra en su sistema económico todas las contradicciones del capitalismo del siglo XXI.
Es importante tener presente las diferencias de regímenes sociales en que se asientan las potencias en declive. El poder de Roma descansaba en la propiedad territorial, el trabajo esclavo y la expansión fronteriza, mientras que el imperio del capital estadounidense se sostiene en la explotación del trabajo asalariado, la competencia y la productividad de las empresas. Y lo mismo vale para los contrapuntos con otros casos. Ese reconocimiento es importante, para notar que las semejanzas en los declives de los distintos imperios no suponen desemboques análogos.
El interés por mirar el pasado con preocupaciones de futuro siempre fue el propósito de esas comparaciones. Las primeras analogías de la decadencia de Roma con su posible repetición en Inglaterra (que formuló Gibbon en 1776), eran impulsadas por la pretensión de evitar ese descenso, con mayor estímulo del comercio y la industria.
La trampa de Tucídides es reiteradamente recordada para alertar sobre las inmanejables consecuencias de cualquier chispa bélica, pero también para postular singularidades de Estados Unidos que lo eximirían de cualquier declive. Ese negacionismo constituye otro aspecto clave del escenario actual, que analizamos en el próximo texto.
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Claudio Katz. Economista, investigador del CONICET, profesor de la UBA. Su página web es: www.lahaine.org/katz
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