lunes, junio 17, 2024
Cultura

Calica Ferrer y el nacimiento del Che Guevara, a 70 años del viaje que compartieron por Latinoamérica

“Cuando Ernesto volvió de su viaje con Alberto Granado estaba muy sensibilizado con la pobreza, el nivel de educación y la falta de atención médica que había en los países del continente. Le indignaba la comparación entre la miseria en la que vivían esos pueblos ahora y el pasado de esplendor que habían tenido. Pensaba que había que cambiar esa situación”.

El testimonio es de Carlos Calica Ferrer, quien el 7 de julio de 1953, hace 70 años, acompañó a Ernesto Guevara en el inicio de su segundo viaje por Latinoamérica y que significaría su partida definitiva de la Argentina.

Ernesto Guevara y Calica Ferrer, hace setenta años

Calica nació en 1929 en Alta Gracia, Córdoba, ciudad a la que viajó la familia Guevara buscando un clima seco, favorable para Ernesto, quien padecía de asma. Calica, que cuando llegaron tenía 3 años, uno menos que Ernesto, era hijo de un médico especializado en afecciones pulmonares de mucho prestigio en la ciudad. Las familias, simpatizantes de los republicanos en España y del socialismo, y laicas, se hicieron muy amigas en un ámbito fuertemente conservador, y este vínculo se trasladó a sus hijos quienes compartieron estrechamente sus infancias y adolescencias. Tiempo después, ambos se trasladaron a Buenos Aires.

-Yo había empezado a estudiar Medicina en Córdoba, pero largué la carrera porque me había dado cuenta de que no era para mí. Ernesto comenzó a estudiar en Buenos Aires y cuando le faltaban doce materias me dijo: “Preparate Calica que en un año me recibo y nos vamos de viaje”. El objetivo era ir por Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia y llegar a Venezuela, donde el Petiso Granado se había quedado trabajando como bioquímico en un leprosario. Y de ahí seguir recorriendo juntos otros países.

En el continente predominaban por entonces los gobiernos autoritarios sumisos al imperialismo de Estados Unidos: Manuel Odría, en Perú; Marcos Pérez Jiménez, en Venezuela; Fulgencio Batista, en Cuba y Anastasio Somoza, en Nicaragua, entre otros. Bolivia comenzaba a mostrar una cara diferente.

-Ernesto me propuso ir primero a Bolivia, país en el que no había estado en su primer viaje. Él tenía un doble interés, por un lado era turístico porque quería conocer el lago Titicaca que tiene en el centro a la isla del Sol, donde hay ruinas incaicas y a él le apasionaban las culturas indígenas. El otro motivo era político y social. Allí había tomado el poder el Movimiento Nacional Revolucionario y comenzaban a concretarse medidas que iban en contra de los intereses del imperio: la nacionalización de las minas de estaño, que era el principal recurso del país, un principio de reforma agraria y la disolución del Ejército y su reemplazo por milicias populares.

Calica Ferrer, hoy en un café porteño.

El viaje comenzó en Retiro, donde tomaron el Ferrocarril General Belgrano con destino a La Quiaca. Calica recuerda una frase de la madre de Ernesto que provoca una sonrisa al tener en cuenta la dimensión que tomó tiempo después su protagonista: “Se me acercó Celia, preocupada por la salud de su hijo al que había visto muy grave por el asma en varias situaciones y me dijo: ’Cuidámelo mucho a Ernestito’. Años después me enteré que antes del primer viaje le había pedido lo mismo a Granado”.

Bolivia impactó a los viajeros, quienes decidieron extender la estadía, que estaba prevista en una semana, a poco más de un mes. Durante ese periodo se produjo un hecho que tendría una vital importancia en la vida futura de Ernesto. El 26 de julio un grupo revolucionario liderado por un tal Fidel Castro tomaba por asalto el Cuartel Moncada, en Santiago de Cuba, con el objetivo de derrocar a Batista. El intento fracasó ante la fuerte represión que provocó más de sesenta muertes y la prisión de Fidel, su hermano Raúl y otros combatientes. Los viajeros se enteraron días después y no le dieron importancia al hecho, era un levantamiento más contra un gobierno dictatorial que era reprimido, algo habitual en el continente.

Durante la permanencia en el país, Ernesto y Calica consiguieron una autorización para visitar una mina que había sido nacionalizada. La experiencia quedó grabada en ambos. Calica lo recuerda aún hoy con nitidez: “Estar dentro fue muy interesante, pero la mayor impresión fue cuando al salir vimos unas ametralladoras apuntando a unos ranchos donde vivían las familias de los mineros, que habían sido usadas para reprimir a sangre y fuego cualquier protesta por salarios o por condiciones de trabajo cuando esas minas eran de propiedad privada. El nuevo gobierno había cambiado la situación y les había dado derechos sociales a los trabajadores”.

El paso siguiente fue Perú donde también reinaba la desigualdad social y el mal trato a los indios, que era profundizado por el gobierno de Odría. Al llegar les quitaron los libros que llevaban y que habían sido regalados por simpatizantes de la revolución boliviana. Ernesto quiso ir a Cuzco y Machu Picchu, lugares que ya conocía del viaje anterior, y que lo volvieron a deslumbrar, y luego a Lima, donde Calica pudo presenciar el recuerdo que su compañero había dejado en el leprosario en el que había estado: “Lo querían mucho porque les daba esperanzas, los tocaba. Como íbamos todos los días pasábamos mucho tiempo hablando con ellos, sobre deportes, tango y hasta de cine. Al igual que en otros países, conocían mucho a la Argentina por los jugadores de fútbol, por Gardel, Hugo del Carril, Luis Sandrini y también por Perón”.

Calica Ferrer (abajo a la izquierda) junto a un grupo de mineros armados en Bolivia.

La imagen que tenían Ernesto y Calica del entonces presidente distaba de la que existía en el exterior: “Nosotros éramos muy antiperonistas, nuestras familias y la mayoría del ambiente universitario que habíamos frecuentado lo eran. Pero en países con gobiernos obsecuentes de Estados Unidos, Perón era un símbolo del antiimperialismo que se había enfrentado al embajador yanqui Braden. Y además, la Fundación Evita había ayudado mucho en los lugares donde habían ocurrido catástrofes naturales. Ya en su primer viaje Ernesto había observado esta situación, lo que le hizo tener una mirada un poco más comprensiva del peronismo, y a mí me ocurrió lo mismo”.

Ecuador fue el punto final de la travesía compartida entre los dos amigos. Las penurias económicas, los traslados en segunda y a dedo, los problemas para conseguir visas, la convivencia con los sectores sociales más desprotegidos y a veces también con algunos de mayor poder económico a través de contactos familiares habían marcado el viaje.

Llegaron a Guayaquil en un barco de carga que trasportaba ganado. Allí se reencontraron con Ricardo Rojo, un abogado argentino, radical, defensor de presos políticos durante el gobierno peronista, que se había escapado de una comisaría y se había exiliado. Rojo, con quien ya se habían cruzado en La Paz y en Lima, estaba con tres amigos con los que esperaba conseguir un barco para llegar hasta Panamá y de ahí intentar ir a Guatemala donde el gobierno socialista de Jacobo Arbenz llevaba adelante una reforma agraria. Rojo y uno de ellos lograron embarcarse.

-A Ernesto esa posibilidad le entusiasmó mucho y yo también me sumaba. Pero no era sencillo, no teníamos dinero, se acumulaban las deudas, había que conseguir la visa para Panamá y tener pasaje de entrada y salida. Fue entonces cuando una casualidad cambió mi historia. Después de jugar un picado, un muchacho me ofreció ir a probarme a un equipo de Quito, me pagaban el viaje y me daban pensión y un sueldo. Intenté convencer a Ernesto pero él ya tenía la determinación de ir a Guatemala a pesar de todos los inconvenientes. Quedamos en que me fuera yo y si en una semana no conseguía cómo ir a Panamá se iba a Quito para reencontrarnos. Finalmente él logró embarcarse. Yo dejé Quito a pesar de las promesas de trabajo. Crucé Colombia a dedo en un momento complicado porque comenzaba el movimiento guerrillero y llegué a Caracas donde me encontré con Granado. Había perdido el contacto con Ernesto, pero por una carta que había recibido el Petiso me enteré que ya estaba en Guatemala.

Calica decidió radicarse en Caracas. Una mañana, tiempo después, Granado se le acercó conmocionado con el diario Universal en la mano y se lo mostró. La noticia decía que en México habían detenido a un grupo que estaba preparando una invasión a Cuba, entre ellos estaban los hermanos Castro y había también un médico argentino. Una foto en la que estaba Ernesto ilustraba la información.

Había nacido el Che.