viernes, junio 21, 2024
Nacionales

Encuentro con la UTT: Una semilla crece debajo de la tierra

Veintiún mil familias de todo el país se nuclean dentro de la Unión de Trabajadores de la Tierra (UTT), creada hace diez años, produciendo desde horticultura hasta apicultura, con más de mil hectáreas de producción agroecológica, colonias que son un horizonte y el anhelo puesto en el acceso a la tierra. Por tercera vez (2016, 2018, 2020) se lleva al Congreso una Ley que comprende no sólo la necesidad de los productores, sino también la de los consumidores, el control de la inflación y, en consecuencia, detener el abuso demencial del mercado en alimentos básicos, un tema discusión recurrente en los tiempos que corren.

El acceso a la tierra (y su lucha) en Argentina es histórica, se trata quizás de la mayor deuda desde la independencia. El país se construyó sobre una base feudal agropecuaria depositada en unas pocas familias y desde allí su concepción de propiedad, de dueños del territorio nacional. Es decir, el resto del país, con sus habitantes dentro, es parte del feudo, tal vez, el patio trasero de su conciencia colectiva. “El Censo Agropecuario realizado en el año 2018 arroja que desde 2002 desaparecieron 100.000 explotaciones agropecuarias. Confirma que la concentración de la tierra es una tendencia en continuo aumento para todo el territorio nacional”. De esta manera comienza el fundamento de la Ley de Acceso a la Tierra presentada por la UTT.

Quinta sin agrotóxicos. Foto: Emiliano Charna

La propuesta es la Creación del fondo fiduciario público de crédito para la agricultura familiar (CREPAF) y como se expresa en el artículo 1º del proyecto, es “política rural de promoción del derecho a la vivienda, a un hábitat digno, al desarrollo económico y social”, siendo el Estado Nacional el fiduciante, el Banco de la Nación el fiduciario, quedando el fondo a disposición del Comité Ejecutivo, encargado de la administración del fondo, y conformado por un representante de cada ministerio (Interior, Economía, Agricultura, Ganadería y Pesca, Desarrollo territorial y hábitat), uno del ANSES, otro de la Agencia de Administración de Bienes del Estado (AABE) y un representante del INTA.

Entre sus funciones, el Comité Ejecutivo tiene la potestad de seleccionar y controlar a quienes accedan al crédito mediante una serie de normas y condiciones. Lo más destacable: prioridad para mujeres solteras con hijos/as, y jóvenes con previo conocimiento en producción agroecológica. La agroecología es el basamento de un nuevo modelo en expansión.

Agustín Suárez, coordinador nacional de la UTT, cuenta cómo funciona la organización mientras su voz se interrumpe por el canto de un pájaro y la mala conexión telefónica: “En cuanto a la estructura, hacemos hincapié en la democracia de base. En cada región hay una asamblea de base que se encuentra una vez al mes y para ser parte hay que estar”.Después, agrega que “cada base puede ser de treinta o trescientos productores, dependiendo de la densidad del territorio. No es lo mismo el cordón hortícola de La Plata que Bandera Bajada en Santiago del Estero. Pero en todos los casos se eligen delegado, delegada, tesorero y secretario, en forma democrática”. Las realidades son distintas para cada productor y para cada región del país pero hay dos líneas fuertes que atraviesan toda la organización: Género y Agroecología.

Una quinta de la UTT. Foto: Emiliano Charna

“La ley de acceso a la tierra es nuestra bandera principal de lucha”, dice y especifica que entreel 80–85 por ciento de los productores carecen de tierra propia. El costo del alquiler de una hectárea es, en promedio, de unos quince mil pesos mensuales, sin contar los impuestos. El trabajo esclavo es una constante en la vida de miles de familias productoras, por lo que la organización busca paliar no sólo las problemáticas de salud, vivienda y educación, sino también una justa distribución en la cadena comercial. “Usualmente los productores reciben el treinta por ciento de lo que producen, el resto queda en manos de los intermediarios”, explica Agustín y otro pájaro canta detrás del auricular de mi teléfono. “Nosotros hacemos una inversión en la ganancia, el setenta por ciento es para los productores, quienes ponen el precio, el treinta es logística y distribución”. ¿Y el precio? “Los precios se fijan por cuatro meses, así la comercializadora y los consumidores saben que durante ese período los precios se mantienen.” Y aclara: “por cuatro meses la lechuga va a tener el mismo precio”. Resta decir, porque cualquier lector o lectora puede advertirlo, que se tratade una herramienta fundamental para contener la inflación y el abuso del mercado. ¿Y la comercializadora? “Organizamos circuitos locales de comercialización en almacenes, nodos, puntos de distribución. Ciento ochenta personas tienen trabajo gracias a los almacenes. Esto es posibilidad de trabajo para los jóvenes que así tienen la posibilidad de estudiar”. Antes era impensado, en el agronegocio es trabajo esclavo, y no le coloco comillas porque tengo sentido común, como presupongo lo tendrá también el lector o lectora. Cuando pregunté sobre la maquinaria y las herramientas necesarias para la producción, Agustín respondió en forma concisa: “Tenemos cincuenta tractores en todo el país, y es algo clave por el valor. Abaratamos los costos con la colectivización de estos medios, aunque no sean suficientes por el momento”. Y agrega que “hacemos una compra colectiva de insumos y desarrollamos plantineras propias”.

La Colonia Independiente (una metáfora paradójica de 94 hectáreas)

Los grandes medios de comunicación tienen la tendencia a adueñarse de la realidad. Cada suceso, imagen, discusión que exponen, conforma, según éstos, la realidad (escribo con minúscula, aunque la expongan con mayúscula en los spots). Entonces, cuando alguien entra en un lugar como la Colonia 20 de abril, en Jauregui, municipio de Luján, inevitablemente acaba preguntándose qué es lo real.  Acaso ¿esto no es real? Y en cuanto se dan unos breves pasos sobre la tierra, cada concepto abstracto de cambio de paradigma, social, económico, productivo, etcétera, se concretiza, se ve, se percibe y existe en una realidad no mostrada. ¿Hay algo más real que romper, quebrantar, un paradigma establecido? (Imagínense, la tierra era plana… ¡Y vuelven a verse terraplanistas!) es absurdo plantear esto, pero es necesario.

“Nosotros venimos del trabajo esclavo, de la falta de tierra, de enfermedades contraídas por el curado de las plantas con agroquímicos”. Franz Ortega, delegado de la Colonia 20 de abril, señala su casa, humilde pero suya, y luego nos dirigimos, por un camino de barro y piedras, hasta un plantío que reverdece en medio del invierno, bajo la lumbre tibia que atraviesa el techo de nylon, construido para proteger los cultivos de las heladas.

“Cuando llegamos acá no teníamos nada. Acá hicimos todo, desde el desmonte hasta los pozos de agua y el tendido eléctrico” y como si fuera necesario, agrega “somos gente trabajadora”.

Noventa y cuatro hectáreas ociosas, que antiguamente pertenecían al abandonado instituto Ramayon, son ahora cincuenta hectáreas productivas agroecológicas; las hectáreas restantes mantienen el monte nativo, como un pacto entre la UTT y el medio ambiente, casas de familia, el almacén de ramos generales, donde se expenden los productos, y el antiguo edificio, transformado, por ellos mismos, en escuela primaria, secundaria y campesina. Son cincuenta familias, una hectárea de producción para cada familia. “La mayoría de nosotros no sabe leer”, comenta mientras muestra las aulas, con la voz templada y orgullosa, y concluye mencionando haber terminado la primaria y ahora estudia en la secundaria, atendiendo su huerta y militando su lugar como delegado, sin percibir por ésta actividad mayor (ni mucho menos) remuneración que la de su propia convicción y la de sus compañeros y compañeras de la organización.

Una mujer cocina en el campo. Foto: Emiliano Charna

Es mediados de agosto y el frío se hace sentir entre la arboleda y el pasto escarchado. Me indica un sendero y camino tras él mientras conversa sobre todos los logros: “Acá vamos a hacer una plantinera. Esta es una biofábrica donde hacemos los purines para el curado: son naturales y no nos enferma a los trabajadores y tampoco a los consumidores”. El sendero por el que transitamos, apenas en construcción, será destinado para el ecoturismo. “Que la gente venga a ver lo que hacemos acá, que vea el trabajo, que conozca”. Lo traduzco como una invitación amable a observar los cambios de paradigma. Cuenta que cuando recibieron el predio también recibieron el rechazo de los vecinos. Un año después organizaron un verdurazo para darse a conocer y acallar los rumores malsanos de que habían llegado a usurpar y que habrían de delinquir y no sé cuántos decires más, propios de la falta de sentido común, empatía social, y una cuota de xenofobia (los integrantes de la colonia son en su mayoría bolivianos). “Ahora la gente confía, nos felicita.”

La revolución es un sueño eterno

Supongo que tanto Andrés Rivera como Juan José Castelli estarían de acuerdo en permitir la cita del título del encuentro con Josué Trujillo, quintero de El Pato, Berazategui, y su madre, Trifona.

Al entrar nos recibió una jauría. Josué comenta que son para seguridad, que hay mucho robo, que la última vez que se metieron le mataron siete perros. ¿Y la Policía? Josué se encoge de hombros, Trifona me dice que nunca andan porque son calles de tierra y que ella encontró a los perros y dos agonizaban. “Hace once años que estamos acá y seis que trabajamos agroecológicos”, Josué cambia de tema mientras me agacho a acariciar un perraco cabezón y curioso.Alquilan una hectárea y media que produce entre cien y ciento cincuenta bolsones semanales (cada bolsón contiene 6 kilos de verdura). No son dueños de la tierra que trabajan, carecen de respaldo económico para pedir un préstamo en alguna entidad bancaria, y por lo tanto se ven obligados a arrendar, sujetos a aumentos o desalojos. En El Pato son ciento treinta familias y todas, más o menos, se encuentran en la misma situación.Todas pertenecen a la UTT, y como un mantra, Josué y Trifona repiten que la tierra es lo más importante. “Intentamos una toma de tierras en Campana, en el 2015-2016, y la gente misma de Campana nos desalojó. Piensan que vamos a robar, a hacer villas.” Trifona estuvo en esa toma de tierras y recuerda con una sonrisa triste el fracaso. “Otro grupo de la organización fue a Jauregui, ellos lo consiguieron. Por eso seguimos luchando.” Pienso en La Madre de Máximo Gorki, aquella vieja tenaz que acompaña la lucha de su hijo, y a quien años más tarde le llegaría la revolución, el cambio de paradigma.

Volvemos a conversar sobre el trabajo agroecológico, que es fundamental en el proyecto de ley, cuando suena el teléfono de Josué y del otro lado alguien le avisa que ya están casi todos en la asamblea. Sin embargo, señala con un tono calmo y didáctico. “Nuestra forma de comercializar y producir equipara ambos extremos de la cadena: aseguramos un precio y eso acaba con la especulación, el método agroecológico abarata costos y favorece a los productores y a los consumidores. El aumento grosero es en beneficio de los intermediarios.” Después me explica que no todos los productos que dicen ser agroecológicos lo son. Se puede pagar una coima por el sello, y listo. En la UTT existe un órgano, el consultorio técnico popular, llamado por su acrónimo COTEPO, encargado de asesorar a productores, controlar el proceso, las normas, y certificar los productos. Una vez por semana recorren las quintas con el fin de constatar la aplicación del método. La rigurosidad no sólo tiene que ver con la producción, también con la salud. “Esto supera las certificaciones gubernamentales y mejora la vida de los trabajadores. Le demostramos al INTA que se puede hacer esto, aunque un alto porcentaje del INTA está en el agronegocio y ponen el sello…”Ahora sí, Josué saluda y apresura el paso para no llegar tarde a la asamblea. Trifona acaba de mostrarme la quinta, se despide chocando mi puño con el suyo: tiene las manos que pintó Guayasamín.

Una quinta de la UTT. Foto: Emiliano Charna

¿De qué lado de la mecha te encontrás?

El campo es muy distinto entre sí: sus realidades, sus deseos, sus búsquedas. Los que luchan, donan el excedente de su producción a comedores populares. Los que lloran, exigen que no les toquen un mango y se los ha visto tirar la leche a un costado de la ruta. La colonia 20 de abril -así como otras colonias conseguidas por la organización de los productores (San Vicente, Cañuelas, Castelli)- es un claro ejemplo de lo que pretenden conseguir con el proyecto de Ley de Acceso a la Tierra. Entonces, hay una realidad que es un vidrio y otra realidad que es un piedrazo.

Con la pandemia, y el contexto económico que ha traído consigo, se ha puesto en jaque y en boca de muchos organismos internacionales, no sólo el agotamiento de los suelos por el monocultivo y el uso de agentes tóxicos, sino también la falta de sustentabilidad en el orden de lo alimenticio, la carencia de políticas públicas capaces de anticipar problemáticas que no están tan lejos, que ya comienzan a vislumbrarse en las góndolas y en las mesas de todos, menos en la de Mirtha, y la infausta diferencia entre quienes concentran la acumulación de la riqueza y quienes concentran la carencia de la misma.

Según datos del Ministerio de Agroindustria, la agricultura familiar, es decir, aquella que no tiene apellidos rimbombantes, produce entre el sesenta y el setenta por ciento de yerba mate, tabaco, pollos parrilleros, plantas aromáticas, porcinos y hortalizas. También un tercio de la leche, un cuarto del ganado bovino y caprino, y genera en el sector, el cincuenta y tres por ciento del empleo. Estos números, ignorados por el grueso de la población, son a nivel país, en todo el territorio nacional, que por ciento está en manos de unas pocas familias, por supuesto, estas sí con apellidos rimbombantes.

El autor de las fotografìas es Emiliano Charna.