viernes, junio 21, 2024
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Onetti: El escritor confinado

El escritor no desempeña ninguna tarea de importancia social. La literatura jamás debe ser ‘comprometida’. Simplemente debe ser buena literatura. La mía sólo está comprometida conmigo mismo. Que no me gusta que exista la pobreza es un problema aparte… La literatura es mentir bien la verdad”.

Por Jorge Montero/El Furgón

Siguen llegando los estudiosos de su obra, los exegetas, los que lo conocieron ‘como nadie’. Arrojarán más luz sobre sus textos, sus teorías literarias, la oscura raíz de esas declaraciones sobre la literatura y el mundo que parecieron siempre un golpe impiadoso, una imprecación: “El otoño del Patriarca está llena de milagros, de todos los milagros que le sobraron a García Márquez en Cien años de soledad”, o “muchos escritores latinoamericanos amigos están casados con la literatura, cumplen con sus deberes maritales; yo tengo una relación de amante, con ella, escribo cuando tengo ganas”, por ejemplo.

Debe ser uno de los escritores latinoamericanos sobre el que más se ha escrito. Se analiza cada una de sus obras, se habla todavía de su personalidad e incluso de su leyenda, alimentada por aquel personaje -que construyó con la complicidad de críticos y lectores- de escritor mítico tirado en una cama, confinado por años en Madrid, fumando y consumiendo grandes cantidades de alcohol.

Juan Carlos Onetti

Onetti lo sabía. En algún lugar todavía se encuentran rastros, señas, apuntes no escritos que, tal vez, apunten al corazón de su literatura, donde no hay lugar para el realismo mágico, desde esas tumultuosas selvas latinoamericanas en que se preparan cataclismos planetarios. La suya, a pesar de su eco de Faulkner, que amaina en las últimas novelas (todo con título de despojo, de despedida: ‘Dejemos hablar al viento’, ‘Cuando ya no importe’), es la escritura del laconismo, ese laconismo de los habitantes rioplatenses que expresa su fatalidad -las cosas son como son, nadie las cambia- y un convencimiento: el mundo, la condición humana, no pueden ser mejorados. Solo queda en vida, entonces, meterse en las historias cuya verdad está en la falsedad, en el simulacro.

Allí está Kirsten, la de ‘Esbjerg en la costa’, varada en Buenos Aires, acudiendo al muelle para observar la partida de los barcos hacia Europa y recordar, de este modo, el país lejano donde ella había nacido, donde había bailado con un hombre por primera vez, donde había visto morir a alguien que quería, “era un lugar que ella había perdido como se pierde una cosa, y sin poder olvidarlo”. O el narrador de ‘Bienvenido, Bob’ que dedicará sus noches a vengarse de la rabiosa juventud del personaje, y con los años, tendrá su revancha cuando la decadencia y la vejez se instalen en Bob y comience a ser carcomido por la lúgubre vida adulta: “Lo he visto lloroso y borracho, insultándose y jurando el inminente regreso a los días de Bob. Puedo asegurar que entonces mi corazón desborda de amor y se hace sensible y cariñoso como el de una madre. En el fondo sé que no se irá nunca porque no tiene sitio donde ir…”

Portada de “Juntacadávares”.

El protagonista de ‘El posible Baldi’, que cuenta infames historias cada vez más violentas para impresionar a una mujer. Ora traficante de drogas, ora asesino de esclavos: “Ella no sufría suspirando por el pobre negro descomponiéndose al sol. Sacudía la triste cabeza inclinada para decir: -Pobre amigo. ¡Qué vida! Siempre tan solo”. O los lances de Jacob van Oppen, el ex campeón de boxeo y su representante, el príncipe Orsini, que en ‘Jacob y el otro’ viajan apostando dinero a quien resista con el campeón tres minutos sobre el ring. Con este reto llegan a Santa María, pero Van Oppen está viejo y fuera de forma, y el Príncipe, sin efectivo para la apuesta. Las luchas son arregladas con anterioridad por Orsini, que monta una magistral puesta en escena que simula un desarrollo usual de combate, y despliega un manto de ostentación -económica, familiar- sobre su miseria definitiva, mientras el tiempo se dilata en el cansino ritmo sanmariano. “Toda esta carne -pensaba Orsini, con el dedo en el gatillo del revólver-; los mismos músculos, o más, de los veinte años; un poco de grasa en el vientre, en el lomo, en la cintura. Blanco, enemigo temeroso del sol, gringo y mujer. Pero esos brazos y esas piernas tienen la misma fuerza de antes, o más. Los años no pasaron por allí; pero siempre pasan, siempre buscan y encuentran un sitio para entrar y quedarse. A todos nos prometieron, de golpe o tartamudeando, la vejez y la muerte. Este pobre diablo no creyó en promesas; por lo tanto el resultado es injusto.”

Tapa de “El astillero”.

Personajes soñadores, pergeñadores de historias que pueden contar mientras están acostados en una cama, o confesarse, o inventar o simplemente escribir, nunca son abandonados. Pero son fabuladores que también encuentran, al final del sueño, la frustración de ese mundo absurdo y la muerte. Y en la muerte, es la otra realidad la que se ocupa de uno, como escribió Onetti cuando murió Faulkner, como si adelantara su propia necrológica: mañana, hoy mismo -escribía desde Montevideo– la gente hablará de cómo Wanderers viene de ganarle a Peñarol. “El difunto sigue llamándose William Faulkner y ése será su nombre hasta que explote la primera bomba nuclear. Nadie, nada después, como es fácil de comprender (…) un hombre que, en el fondo, en la última profundidad, no de importancia a su obra. Porque sabe, no puede olvidar –y ésta es su condena y su diferencia– que todo terminará como en este 6 de julio que comentamos; o en cualquier otra fecha que alguien se moleste en elegir por nosotros”. Y el mundo sigue andando.

Onetti y Galeano.

Refugiado ante ese mundo, en el que no creía, Onetti decidió tomar, allá en Madrid, el mismo confinamiento, la misma posición horizontal, que se había visto obligado a tomar en la cárcel, durante los ochenta y un días en que la dictadura uruguaya lo tuvo encerrado por haber premiado un cuento “subversivo”. La anécdota es conocida, pero la tentación es inevitable: “Pero ¿quién mierda es este Onetti que todo el mundo pide por él?”, vociferaba un preocupado funcionario policial ante la acumulación de protestas internacionales que llegaban a su despacho. No mucho después Onetti y los otros jurados del Premio Anual de Narrativa que organizara ‘Marcha’, fueron liberados. Todos menos Nelson Marra, autor del galardonado “El guardaespaldas”. Fue duramente torturado y sentenciado por los militares a cuatro años de prisión.

“El guardaespaldas”, cuento de Nelson Marra”.

De algún modo, como si de antemano hubiese querido saber si la muerte le sentaba bien, Juan Carlos Onetti decide pasar el resto de sus días en la cama. “Se lo comuniqué a mi mujer y no me dijo nada -explicó el escritor en una entrevista-. Entonces fui, busqué unas revistas, unas botellas de whisky, algunas novelas policiales y cigarrillos. Todo como para aguantar una temporada. Me sentí cómodo y me fui quedando…”

Onetti y García Márquez

Y allí se quedó nomás, sostenido por DollyDorotea Muhr– su última compañera, gastando colchones en aquella habitación del número 31, piso 8, apartamento 3 de la Avenida de América. Su reclusión voluntaria, su hosquedad, su falta de compromisos con el mundo literario, contribuyeron a ensanchar el misterio que lo rodeó a lo largo de su vida.

Onetti y Dolly.

En su confinamiento de Madrid volvió a ese pasado real que había inventado en su escritura, retomó sus personajes, visitó los paisajes de su costumbre y se despidió. No es casual que ‘Dejemos hablar al viento’ comience por una agonía: “El viejo ya estaba podrido y me resultaba extraño que sólo yo le sintiera el agridulce, tenue olor”. Extraño, sí, que el hombre que imaginó la ciudad de Santa María junto al río, la creó irredenta, lo suficientemente duradera para que pudiera recibirlo en sus bares y olvidarlo un día, como cualquier ciudad indiferente al trasiego de sus habitantes; termine con el implacable soplo del viento. Una devastación, la confirmación de un mundo que se deshace en medio del desamparo. Pero también el despliegue de una amarga belleza.

Onetti y Rulfo.

A propósito de esta novela, uno de sus editores, Juan Martini, ccontó como acompañó a Onetti -antes de su reclusión- a firmar ejemplares del libro en Madrid. Corría 1979. Entonces una multitud lo esperaba en El Corte Inglés, obediente y piadoso, firmó sin chistar. Hasta que una mujer le pidió una dedicatoria en ‘Dejemos hablar al viento’ para su sobrino de catorce años. Onetti levantó su mirada estrábica, le pidió otro whisky a una asistente de la librería, y dejó que se le escapara una sonrisa: “Este libro es muy amargo para un chico de catorce años -le dijo a la mujer-. Llévele esto, si le parece”. Y le firmó un ejemplar de ‘La isla del tesoro’.

Tapa de “Dejemos hablar al viento”.

Convencido de que la literatura es algo más, que “escribir jugando es fácil” -como anotó en uno de sus cuentos-, habiendo leído ya todas las novelas policiales y sabiendo que en algún momento el cuerpo es definitivamente triste -él, que a tantas mujeres amó, que por tantas mujeres fue amado- se levantó por una sola vez, para ir a un hospital de Madrid, una ciudad tan distante como todas, y se murió un 30 de mayo, porque tal vez ya nada importaba… ya no había ninguna historia que contar y él ya había hablado en su propio entierro.