jueves, junio 20, 2024
Cultura

The Lighthouse, entre el mar y la tierra

The Lighthouse, la segunda película de Robert Eggers, una experiencia audiovisual en 35 milímetros y en blanco y negro, fue presentada en mayo de 2019 durante la edición N°72 del Festival de Cannes, donde resultó ganadora del premio de la Federación Internacional de Prensa Cinematográfica (FIPRESCI). En octubre llegó a los cines estadounidenses con excelentes críticas, pero el circuito comercial decidió no llevarla a países periféricos como Argentina y terminó por ser ignorada por las recientes nominaciones de los premios Oscar.   


Por Santiago Brunetto / El Furgón 

“Sus compañeros de barco gritan contra el viejo Marinero

 por matar al ave de buena suerte”

Samuel Taylor ColeridgeLa balada del viejo marinero

Solos, Willem Dafoe y Robert Pattinson, o dos viejos / jóvenes marineros, beben algún alcohol blanco de aguas adentro. Porque el viejo tanque de la isla que los encierra está podrido, el agua sale podrida. Por esta y otras razones, se ven obligados a alcoholizarse. Borracho, Dafoe le advierte a Pattinson que lo ha visto pelear con una gaviota y grita, para ser víctima de un primerísimo primer plano en blanco y negro que recuerda a los primeros experimentos de movimiento de cámara de la historia, que en alta mar no se mata a una gaviota, porque matar a una gaviota en alta mar trae mala suerte.

35 milímetros, blanco y negro, y una presencia continúa de los sonidos del océano. Ráfagas, olas turbulentas, chillidos de gaviota, el permanente ruido de la bocina del faro, que suena cuando la película comienza, que vuelve a sonar siempre, cada un lapso determinado de tiempo, para recordarnos que estamos allí. Durante dos horas nosotros, Dafoe y Pattinson, estamos encerrados en un pedazo de roca, que solo cuenta con un faro, una casa y un tanque de agua podrida.

Si se hace lo que nunca se hace, es decir, dejar que la película continúe luego de su fin para leer los créditos, se puede observar que Robert Eggers basó varios diálogos de The Lighthouse, su segunda película, sucesora de The Witch, en textos de Herman Melville. Lo hizo también en diarios de viaje de marineros de la época en que la historia está ambientada, fines del siglo XIX, y principalmente en una serie de antiguos registros de entrevistas que dejó la escritora Sarah Orne Jewett. De todo ello, según cuenta Eggers en una entrevista brindada al sitio estadounidense IndieWire, el director no solo buscó rescatar el registro fonético original de los marineros de antaño, que tanto Dafoe como Pattinson reproducen con exactitud, sino, en particular, las pasiones ocultas de esos seres especiales que transitaban sus vidas expulsados de tierra firme.

Hay una trampa: ni Dafoe ni Pattinson, de quienes preferimos no mencionar sus nombres ficticios ya que este será un elemento de importancia dentro de la película, son cien por ciento marineros. Dafoe lo ha sido, pero sufrió un accidente que lo dejó imposibilitado y debió recluirse en esta isla donde solo tiene la compañía de un viejo faro al que debe cuidar y que cuida con el amor que no dedicó a sus hijos. Pattinson, en cambio, ha sido leñador toda su vida y ahora, luego de cometer un pecado del que su inconsciente intentará redimirse, con poco éxito, a lo largo de todo el film, busca refugio en la luz del faro. Los dos, juntos, no son otra cosa que una especie humana intermedia: ni pobladores de tierra firme, ni pobladores del agua; ni trabajadores de la tierra, ni trabajadores del mar; ni leñadores, ni marineros; cuidadores de faros.

 

 

Dafoe y Pattinson están incompletos y no les queda otra opción que completarse entre sí. The Lighthouse es una película romántica, pero del romance primitivo, no del edulcorado que se limita a los recursos mercantilizados de un dudoso “amor”, sino del que se permite hacer uso de la amplia variedad del pathos humano. Dafoe y Pattinson gritan, lloran, ríen, se masturban, aman, odian, matan, vomitan, se besan, se abrazan, se golpean. Para hacerlo sin ningún límite más que el que, salvajes, se imponen entre ellos, no solo deben estar lejos de aquello que llamamos civilización, sino también de cualquier tipo de contacto humano.

 

 

Otra de las fuentes de consulta que Eggers utilizó, además de Melville y Jewett, fue Samuel Coleridge. Románticos todos, allí donde nacía o avanzaba el capital, encontraron en el mar, en la lejanía territorial, pero también espiritual, de la amenazante industria, la vía de escape a la maquinización del mundo. Como si aguas adentro las emociones y pasiones humanas pudieran despertar del letargo al que eran condenadas por la cotideanidad de la fábrica y la urbe moderna, los marineros de Coleridge parecen vivir en una realidad por completo abstraída, buscando en la brutalidad del mar las respuestas que no están en la tierra civilizada.

Pero Dafoe y Pattinson no son esto ni aquello. Viven sus días en un punto intermedio, indefinido. Sus vidas mundanas fueron interrumpidas para ser lanzadas al faro. Por eso el joven pero inexperto Pattinson ignora las advertencias del experimentado pero ya anciano Dafoe y asesina una gaviota a golpes contra el tanque que no le permite tomar agua pura. La asesina igual que el viejo marinero de la balada de Coleridge, que ya agobiado de las penurias del mar, hace oídos sordos a las llamadas de sus compañeros y asesina un albatros de la suerte. A partir de entonces, los designios de estos dos hombres se verán entrecruzados en una escalada de pasiones en conflicto, entre dos personas que no han encontrado ni encuentran el rumbo, o quizás, si como propone el film se invierte la mirada ética, dos personas que en el faro han encontrado algo que no pudieron encontrar en ningún otro sitio.

Es común la asociación de la figura del marinero con lo fantasmático. Los espíritus navegantes recluidos en barcos hundidos en el fondo del mar, el alma del pirata que retorna, como retornan los fantasmas, los de mentira y los de la mente. Allí lo muerto, lo que ha sido y no es más, permanece flotando siempre a punto de reaparecer. Pattinson y Dafoe bien podrían estar muertos y el faro ser su purgatorio, uno que flota entre el mar y la tierra, donde inútilmente buscan expiar sus pecados y, por qué no, también los nuestros.