lunes, junio 17, 2024
Por el mundo

Medio Oriente: Un solo misil puede incendiar la pradera

Por Jorge Montero / El Furgón – 

“De una chispa el fuego se reavivará”

                                                                                                                Aleksandr Pushkin

Ante su derrota histórica, el imperialismo estadounidense huye hacia adelante por el camino de la irracionalidad, de la violencia sin límites. Estados Unidos ha perdido su hegemonía mundial incontestable. Son los fracasos de Washington, no sus ceñidas victorias del último período en América Latina, los que definen la nueva situación mundial y regional.

El acto de terrorismo de Estado del pasado 2 de enero en que Washington asesinó en Iraq a Qassem Soleimani, el general iraní que comandó la guerra contra el llamado Estado Islámico (Daesh), organización terrorista creada por el Departamento de Estado para completar la destrucción, aniquilamiento y toma de control en todo el Medio Oriente, es sólo el prólogo de catástrofes que acelerarán la ya vertiginosa decadencia estadounidense.

Tweet con el que Donald Trump se adjudicó el asesinato de Soleimani

En primer lugar pesa sobre el imperio declinante la imposibilidad de remontar la economía en el corazón del capitalismo mundial: la abrupta caída de 2008 fue frenada, pero de ningún modo revertida. Allí residió el descontento de masas que dio lugar al triunfo de un personaje como Donald Trump; malestar que se acrecentó durante su gobierno y hoy pone en riesgo su reelección. Esto viene a la par de la disolución de la hegemonía global estadounidense y el inicio del desgranamiento de la Unión Europea. El ascenso de China y el audaz reposicionamiento de Rusia acabaron con el mundo fugaz tras la caída de la Unión Soviética y el ensueño de un capitalismo senil pretendidamente rejuvenecido e invencible. En tercer lugar cabe señalar que la victoria electoral de Trump es la derrota del sistema político estadounidense. La primera en más de dos siglos y a partir de la cual queda planteada la posibilidad de crear una fuerza de masas anticapitalistas en el centro del sistema mundial. Por último está el hecho resonante del cual no quieren hacerse cargo los analistas del capital: Washington viene sufriendo una serie de derrotas estratégicas que pueden dejar exangüe al imperio.

En América Latina la Casa Blanca y sus adláteres se muestran incapaces de derrocar al gobierno del presidente Nicolás Maduro y aplastar la Revolución Bolivariana. Afganistán es una ciénaga para las tropas estadounidenses que se ven obligadas a negociar su inminente retirada con los talibanes. Ucrania no ha podido convertirse en punta de lanza de la ofensiva contra Moscú que diseñaron los estrategas del Pentágono; por el contrario Rusia incorporó Crimea e hizo pie en los territorios del Donetsk y Lugansk. La “diplomacia” de Trump se ha mostrado incapaz de evitar que Corea del Norte se transforme en un estado nuclear sin que Kim Jong-un pague precio alguno por su desafío. China parece indetenible en su estrategia de disputar mercados mediante la Iniciativa del Cinturón y la Nueva Ruta de la Seda.

En pocos días Estados Unidos perdió el control de Medio Oriente, a manos de la alianza antiterrorista. Un mazazo estratégico de cuyas consecuencias no puede reponerse. La magnitud inmediata de esta nueva guerra en ciernes, tras el asesinato del general Soleimani, está por verse.

Pero es en Medio Oriente donde, lejos de sus objetivos, el Departamento de Estado produjo una reacción aparentemente no esperada: la coalición antiterrorista que conformaron Rusia, Irán, Irak, Siria y Hezbollah del Líbano. Hasta el 30 de septiembre de 2015, cuando Rusia hizo su ingreso franco en la guerra de Siria, para frenar su demolición y su ocupación por agentes estadounidenses, la Casa Blanca había recorrido triunfalmente Medio Oriente por los caminos de la diplomacia de los dólares y el garrote, el espionaje ilimitado, las agresiones militares con costo principal para aliados y sin rival militarmente valedero. Por ese rumbo, envalentonado por su triunfo en Libia, Washington ensayó en Siria una combinación feroz de mercenarios y fanáticos religiosos. Esta táctica produjo una catástrofe humanitaria y alimentó un tipo de organización terrorista sin precedentes, Daesh, que cobró vida propia y amenazó con hacer estallar el frágil equilibrio regional.

Comenzó entonces otra fase, en la que los burócratas de las cancillerías tuvieron que dejar paso al combate abierto, con efectos fulminantes: en pocos días Estados Unidos perdió el control de Medio Oriente, a manos de la alianza antiterrorista. Un mazazo estratégico de cuyas consecuencias no puede reponerse. La magnitud inmediata de esta nueva guerra en ciernes, tras el asesinato del general Soleimani, está por verse. En cambio cobra visibilidad como Estados Unidos, con esta acción terrorista, dio inicio a su última fase de decadencia en Medio Oriente y en el planeta. Aun cuando en su caída es capaz de arrastrar a millones de personas, a gobiernos, a países enteros.

Manifestantes iraníes queman la bandera estadounidense durante el funeral de Soleimani Imagen: Agencia Reuters

El avión estadounidense no tripulado lanzó misiles contra dos vehículos que abandonaban el aeropuerto de Bagdad. Además del jefe militar más importante de Irán, que visitaba la ciudad en su tarea de comandante de las fuerzas que aún combaten los restos de Daesh, fue asesinado Abu Mahdi al Muhandis, líder de las Fuerzas de Movilización Popular y otras 10 figuras importantes de ambos países. Un golpe terrorista reivindicado oficialmente por el presidente estadounidense. El mundo se estremeció. Rusia y China condenaron de inmediato la acción. Francia y Alemania también rechazaron la operación. En América Latina, con las obvias excepciones de Cuba, Venezuela y Nicaragua, los gobiernos intentaron pronunciarse sin condenar la agresión estadounidense, mucho menos calificándola como acto de terrorismo de Estado.

La excepción fue Brasil, donde el fascista Jair Bolsonaro vinculó a Qassem Soleimani con actos de terrorismo. Y en una entrevista de la TV Bandeirantes afirmó haber recibido “información” de que el militar muerto estuvo involucrado en el ataque terrorista a la asociación judía Amia en Buenos Aires en 1994. Un delirio que vuelve a comprometer al gobierno argentino, que hace equilibrios en la cuerda floja para no malquistarse con Washington.

En lo inmediato parece inevitable que la escalada de acciones y declaraciones amenazantes desemboque en operaciones militares de envergadura. El estrecho de Ormuz, el mar de Omán y el golfo Pérsico, están en la mira iraní; al igual que Tel Aviv, Haifa y otros centros claves israelíes. Hay que recordar que la derecha israelí insiste no sólo en llevar la guerra a Irán, sino en la posibilidad de usar armas nucleares contra el país persa.

La humanidad asiste azorada a un torbellino de fuerzas ciegas que la arrastran y ponen en riesgo cierto su supervivencia. Es la crisis del capitalismo y la violencia sin límites del sistema como única respuesta de sus clases dominantes.

Ahora Trump debe dar respuesta inmediata a la demanda iraquí, cuyo Parlamento aprobó la expulsión de las fuerzas militares estadounidenses del país donde, violando la soberanía, se cometió el atentado. Irán ya anunció que dejará de cumplir con los límites del acuerdo nuclear firmado en 2015. Y la escalada sigue en flecha. Durante la madrugada del miércoles, Irán atacó con decenas de misiles tierra-tierra al menos tres bases militares donde están desplegadas fuerzas estadounidenses en Irak. Además, el Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica de Irán (CGRI) advirtió a los gobiernos aliados de Estados Unidos que han puesto sus bases al servicio del “ejército terrorista” de Washington que cualquier otro territorio que se utilice parar perpetrar medidas hostiles y agresivas contra Irán será blanco de la ofensiva persa.

No cesa el terremoto geopolítico. La humanidad asiste azorada a un torbellino de fuerzas ciegas que la arrastran y ponen en riesgo cierto su supervivencia. Es la crisis del capitalismo y la violencia sin límites del sistema como única respuesta de sus clases dominantes. Urge el repudio a esta agresión imperialista y el desarrollo de la movilización popular, que ya comenzó en más de setenta ciudades de Estados Unidos, de lo contrario ¿quién podrá predecir la magnitud del incendio?