viernes, junio 21, 2024
Cultura

Literatura y diplomacia. Las marcas de una vida

Por Flavio Zalazar, desde Rosario/El Furgón –

Con la visita, semanas pasadas, del presidente electo argentino al mandatario mexicano, se retoma una dimensión diplomática que gozó de mejores tiempos y un nombre consagrado en la literatura de nuestra América: Alfonso Reyes. En esta oportunidad, el protocolo entre países, nos sirve de excusa para ingresar en la obra del intelectual mexicano, admirado nada menos que por Jorge Luis Borges.

Alfonso Reyes. Fuente: http://www.academia.org.mx/

Si bien las relaciones entre Argentina y México siempre fueron profusas, las gestiones bilaterales asistieron a una especie de “olvido” de la faz política. Distintos motivos alentaron tal abandono, destacando ante todos la marcada alineación en los últimos veinte años de los del norte a la economía de mercado erigida  por los Estados Unidos; no coincidente a los aires progresistas de estas latitudes, por lo menos hasta el 2015. Hoy parece revertirse, así lo titularon las crónicas, en manos de Alberto Fernandez y Andrés Manuel López Obrador. Una sociedad entre dirigentes, donde el tópico de la identidad estudiado por el escritor Alfonso Reyes sobre los países americanos, escribirá nuevas páginas, no ya las de él.

Nacido y criado en un país convulsionado- gobierno de Porfirio Díaz, revueltas revolucionarias, golpes institucionales-, hijo del gobernador de Nuevo León (Monterrey), Alfonso Reyes Ochoa con poco más de veinte años funda junto a José Vasconcelos, Pedro Henríquez Ureña y Antonio Caso el Ateneo de la Juventud, sitio de donde emergió la verdadera revolución cultural mexicana. Ella apuntaló sus bases en la superación del pensamiento indianista, legado del romanticismo europeo, por posiciones indigenistas más orientadas al sincretismo (armonización de ideas contrarias). Lo expuesto, por si fuera poco, además del clima de inestabilidad política de su país, le valió el exilio a España, que lejos de apartarse lo consolidó en sus ideas. Allí se vinculó con Ramón Menéndez Pidal en el Centro de Estudios Históricos, de ese período versa toda su literatura sobre el mundo clásico, el barroco español y las traducciones de Virgilio, Chejov Chesterton, entre otros, y comienza a reflexionar sobre la identidad de los escritores y la cultura americana, dichas ideas las denominó Visión de Anáhuac.

El programa intelectual La visión de Anáhuac o el suicidio, lo inicia en 1921 y lo prolonga en sus estadías diplomáticas de París, Buenos Aires– embajador desde el año 1927 al 1937- y Río de Janeiro. En él Reyes distingue dos etapas en el proceso de transformación de las influencias y elaboración de la propia identidad. La primera una proyección de contraste “que nos ayude a dibujarnos desde afuera, a conocer la fisionomía que damos, como quien estudia en un espejo”, pasando a la segunda donde el intelectual, el escritor, en definitiva, el hombre americano, consciente de su encrucijada entre varias culturas, construye libremente su propia identidad.

Incompleto, a los ojos contemporáneos, y hasta inocente no dejaba de ser un avance del pensamiento filosófico Latinoamericano -menos potente claro está el del peruano Mariátegui -, ante los fuegos, por izquierda o por derecha, esparcidos desde las potencias centrales de esos años, las mismas de hoy. Recitaba don Alfonso:

“Que de México la fragua

resuelle hasta Nicaragua,

bien puede ser;

mas que al soplo del sajón

aumente la quemazón

no puede ser.

Que la mano del sajón

da bollo y da coscorrón,

bien puede ser;

mas que el centroamericano

no alce alguna vez la mano

no puede ser

Portada: Foto de http://lacajadecerillosediciones.com/