lunes, junio 17, 2024
Por el mundo

La exhumación del dictador Francisco Franco

Por María García Yeregui/El Furgón –

Justo una semana antes de la noche de los muertos, el pasado jueves 24 de octubre, el cuerpo de Francisco Franco era exhumado de su mausoleo, el Valle de los Caídos. El monumento -basílica y abadía incluida- fue proyectado por él en exaltación a su memoria, para “mayor gloria del dictador”, el que apareciendo ‘bajo palio’ se consideraba y proclamaba “enviado de Dios” para “salvar España de la anti-España”. Al año de ganar la Guerra Civil española, en 1940, encargó el proyecto para conmemorar la contienda bélica, exaltada por la dictadura como “la gloriosa Cruzada por Dios y por España”.

El mausoleo fue entonces convertido en una gran fosa común, de casi 34 mil cuerpos traslados. Fue construido con trabajo esclavo dentro del régimen penitenciario, es decir, con la fuerza de trabajo de los presos de la dictadura, sobre todo presos políticos.

En un segundo momento, tras casi 20 años del final de la guerra, en 1957, proclamó que, en virtud de la unidad de España de la que él aparecía como último hacedor, el monumento  rendiría honores a la memoria de los muertos, no sólo del denominado durante décadas con total naturalidad “bando nacional”, sino a todos los españoles caídos en el enfrentamiento bélico. Es decir, muertos de los dos bandos, que de esta forma no cesan de ser equiparados, desde entonces hasta hoy.

El mausoleo fue entonces convertido en una gran fosa común, de casi 34 mil cuerpos trasladados. Fue construido con trabajo esclavo dentro del régimen penitenciario, es decir, con la fuerza de trabajo de los presos de la dictadura, sobretodo presos políticos. Ellos, los compañeros de los que murieron en su construcción, algunos enterrados allí por decisión del régimen, lo llamaban Cuelgamuros, como el valle sobre el que está construido. El complejo monumental, propiedad de la Iglesia, está dentro de Patrimonio Nacional, por tanto, fue y es mantenido con dinero público, como consecuencia del acuerdo de 1979 con la Santa Sede, todavía vigente.

Franco fue exhumado de un espacio público que lo exaltaba, el pasado mes de octubre, el de la movilización antineoliberal en América Latina. El mes que recordaremos como el octubre contra el olvido, dada la memoria presente en el masivo despertar del pueblo chileno, en la práctica de la huelga y la movilización que iniciaron “hasta que valga la pena vivir” contra el modelo neoliberal, impuesto a sangre y fuego por otro ‘caudillo’ militar, Augusto Pinochet, acompañado también de las oligarquías del país y las cruces eclesiásticas. Un orden neoliberal impuesto sobre la eliminación  y el miedo a través del sistema represivo masivo operativo a partir del golpe de Estado contra Salvador Allende, aquel septiembre del 73.

La memoria se activa trayendo al presente la represión policial de la rebelión argentina del 2001, mientras somos testigos hoy al otro lado de los Andes, de personas asesinadas, heridas, detenidas, torturadas y violadas.

Una alargada sombra represiva que vimos otra vez con el despliegue militar en las calles, el estado de emergencia, el toque de queda y las declaraciones del presidente Piñera declarando “estar en guerra” contra “un enemigo poderoso”, junto a la puesta en marcha de la maquinaria de propaganda reaccionaria conspiranoica del “enemigo interno con inoculación extranjera”. El secretario de la OEA, Luis Almagro, declaraba la existencia de coordinaciones continentales con centro en -como no- “las dictaduras bolivariana y cubana”. Así lo pudimos leer en Clarín, de la mano de la valoración del todavía gabinete macrista: “no hay pruebas pero hay un escenario disruptivo vinculado a los institucional”.

Al otro lado del charco, en Catalunya, también fue un octubre de movilizaciones masivas, huelgas y enfrentamientos con la policía que han dejado detenidos, heridos, maltratados y tuertos por el uso de pelotas de goma en las cargas policiales.

La memoria se activa trayendo al presente la represión policial de la rebelión argentina del 2001, mientras somos testigos hoy al otro lado de los Andes, de personas asesinadas, heridas, detenidas, torturadas, violadas y, hasta hace una semana, veinte desaparecidas, en una acción represiva continuada, hasta que el mismo Piñera pedía un perdón táctico y citaba indecorosamente a Benedetti. Porque este ha sido el octubre de la victoria antineoliberal de la lucha, también reprimida, de los indígenas ecuatorianos. Mientras llorábamos los muertos en las calles de Quito, para con esas mismas lágrimas gritar en la celebración por la retirada del decreto de Lenin Moreno, recordábamos la masiva movilización boliviana del 2003. Octubre fue un mes de avance frente al neoliberalismo, en el que les argentines terminasteis de desterrar, en las elecciones presidenciales, al gobierno de las elites neoliberales del país con el fin de frenar el expolio masivo.

Al otro lado del charco, en Catalunya, también fue un octubre de movilizaciones masivas, huelgas y enfrentamientos con la policía que han dejado detenidos, heridos, maltratados y tuertos por el uso de pelotas de goma en las cargas policiales. Fue la reacción popular de sectores independentistas ante la sentencia del juicio al llamado ‘Procés’ independentista de 2017. El 14 de octubre se hacía pública la vergonzante condena por sedición a los dos presos políticos, “los Jordis”, y a siete de los otros diez presos de conciencia, cargos políticos catalanes, que, no se debe olvidar, habían sido también acusados, por parte de la fiscalía y abogacía del Estado central, de rebelión.

Ebullición independentista (2010). Foto: Lohen11 – Josep Renalias

Una acusación jurídica, la de rebelión, que ha sido voceada constantemente durante dos años por las tres derechas, tras apropiarse del significante de la Constitución falazmente, ya que ésta asentó un modelo de ‘Estado autonómico’ con fuerte descentralización, y quien hoy lo ataca -como hacen Ciudadanos, PP y Vox- simplemente no es constitucionalista. Pues bien, el autoerigido como “bloque constitucionalista” no ha dejado de denominar, con cinismo histórico macabro, al “proceso” independentista centrado en el ilegalizado referéndum del 1 de octubre de 2017, como “golpe de Estado” y “golpe a la democracia” (otro significante del que pugnan por apropiarse). No se ha parado de oír, con aval de los grandes medios de comunicación, una suerte de banalización del mal discursiva en el uso del término golpe de Estado, en el mismo país en el que una guerra de exterminio y las posteriores prácticas sociales genocidas fueron perpetradas a partir del fracaso parcial del último golpe de Estado militar, protagonizado entre otros por Franco.

En sectores independentistas catalanes y vascos, España no es una nación, sólo es una ficción que articula un  Estado opresor, y la guerra civil es entendida para dichos sentidos comunes como el enfrentamiento de España contra Cataluña, de España contra Euskadi.

Recordemos que el pasado 8 de febrero fue el 82 aniversario de La Desbandá: el desplazamiento masivo de población de la ciudad de Málaga ante la entrada del Ejército franquista: entre 150 mil y 300.000 personas en éxodo por la carretera fueron masacradas; las víctimas asesinadas se calculan entre 3.000 y 5.000; la sangre corrió también en la represión de la ciudad, 8.000 fusilados. Un mes después, el 1 de abril, se cumplían 80 años del comienzo de la dictadura franquista en todo el territorio nacional y del exilio masivo de cerca de medio millón de personas. Pues el mismo febrero de dicho aniversario, dos días después, en la plaza Colón de Madrid, el tridente de las derechas hacía su concentración “españolista”, pinchando en cuanto a expectativas, eso sí. Lo hicieron reproduciendo la matriz de apropiación de España que el pasado imperialista y colonial del reino castellano y la Corona, enraizó en un franquismo heredero directo del pacto de sangre: primero del ejército colonial en Marruecos y, después, de la Guerra Civil. Una idea de España que impregnó “estructuras históricas” del país a través del ejercicio de su victoria durante 40 años.

Son claras las palabras del propio Franco al periodista Jay Allen, en la conocida entrevista de julio del 36, después del fracaso parcial del golpe de estado militar que dio lugar a la guerra civil, ante su pregunta: “¿Ninguna tregua, ningún acuerdo es posible?”. “No, no, decididamente, no. Nosotros luchamos por España. Ellos luchan contra España. Seguiremos cueste lo que cueste”, contestó el militar golpista contra la Constitución republicana de 1931 y el gobierno del Frente Popular victorioso en las elecciones del 36. “Tendrán que fusilar a media España”, le dijo entonces el periodista. A lo que Franco contestó, “sonriendo y mirando fijamente”: “He dicho cueste lo que cueste”.

Volviendo a este octubre, como decíamos, el Tribunal Supremo desacreditó el discurso de la derecha españolista por una “verdad jurídica” estatal, la de sedición, proclamada a través de las condenas de la sentencia. Una sentencia que se hizo pública en plena campaña preelectoral, diez días antes de la exhumación del dictador.

Con esta historia, hoy nos encontramos con la ofensiva de las derechas españolistas, mientras en el catalanismo están asentadas ideas como que el franquismo fue “un apartheid contra los catalanes”. Hay una idea ontológica de España, sentida por el independentismo, según la cual la apropiación de la derecha, con raíces también históricas como explicamos, sería no una apropiación en pugna, sino lo que España es. En sectores independentistas catalanes y vascos, España no es una nación, sólo es una ficción que articula un  Estado opresor, y la guerra civil es entendida para dichos sentidos comunes como el enfrentamiento de España contra Cataluña, de España contra Euskadi. Sin duda hay también razones de identidades históricas y estrategias de políticas identitarias para desentrañar el por qué de esta articulación que, tristemente, borra, una vez más, la brutal y también sistemática represión perpetrada en el resto de territorios del país, entre otras cosas. Las prácticas sociales genocidas (Feierstein), las masacres administradas en la retaguardia y la guerra de conquista se practicaron en todos los territorios de la república española, con diferentes y complementarias metodologías represivas –también, por supuesto, en la posguerra y las diferentes etapas de la larga dictadura.

Hubo persecución política y cultural al nacionalismo vasco y al catalanismo, por supuesto, formaban parte de la “anti-España que pretendía romper la patria”. Pero comparar el franquismo con el apartheid sudafricano diciendo que en ambos se persiguieron «razas» y que “se trabajó para encontrar una raza aria española”, no responde a la verdad. Efectivamente, Vallejo Nágera fue uno de los referentes siniestros de la dictadura franquista, psiquiatra que teorizó sobre “la raza española” y la “eugenesia de la hispanidad” –sin olvidar la importancia en el calendario del ‘día de la raza’, usada por la dictadura pero heredada del imperio-. Sin duda violador perverso de los derechos humanos, lo hacía, no obstante, así: “lo que llamamos raza no está constituido exclusivamente por las características biológicas que pueden transmitirse a través del plasma germinal, sino por aquellas que son luz del espíritu, como el pensamiento y el idioma. (…) Depurada la civilización ibérica primeramente en el crisol hispano-romano-visigótico, pulimentada por la influencia arábiga, alcanza el máximo esplendor en el Siglo de Oro, para declinar, a partir de entonces, en triste decadencia”.

Diario “La Vanguardia”, 25 de octubre de 2019

Volviendo a este octubre, como decíamos, el Tribunal Supremo desacreditó el discurso de la derecha españolista por una “verdad jurídica” estatal, la de sedición, proclamada a través de las condenas de la sentencia. Una sentencia que se hizo pública en plena campaña preelectoral, diez días antes de la exhumación del dictador. El traslado de los restos de Franco a Mingorrubio fue en dicha fecha como consecuencia también de lo dictaminado por otros jueces, miembros de la misma Corte Suprema, al desestimar el recurso que la familia Franco había presentado -paralizando el traslado de los restos de Franco durante más de un año- contra el decreto gubernamental aprobado por el Congreso de los diputados, tras la moción de censura que invistió a Pedro Sánchez como presidente.

Así las cosas, la forma y el contexto no acompañaron la demorada aplicación de la ley de Memoria Histórica, aprobada por el PSOE de Zapatero en 2007. Las derechas mediáticas han venido trabajando sobre el sentido común con los disturbios en Catalunya como fondo, de cara a la campaña permanente. Han seguido con la presión contra el autogobierno catalán y practicando la táctica, con características de ‘doctrina del shock’, de presentar el escenario para abogar por la aplicación de la ley de seguridad nacional. Una exageración permanente que acompañaba a las imágenes de los enfrentamientos en las calles con los grupos policiales -cuyos responsables no ordenaron sacar, por ejemplo, camiones hidrantes, mientras las órdenes de cargar para la dispersión efectiva se daban ante cada corte de ruta que los CDR (comités de defensa de la república) hacían como medida de fuerza. La estrategia de los mandos policiales ha sido dejar el cuerpo a cuerpo para los grupos policiales, armados con pelotas de goma, prohibidas por el parlamento catalán.

Como guinda, la Vicepresidenta en funciones, Carmen Calvo, ejemplificaba la hegemonía que tuvo en la transición española la narrativa de reconciliación nacional, afirmando que el fascista Primo de Rivera, asesinado durante la guerra y enterrado en Cuelgamuros como héroe, “el ausente” lo llamaba el franquismo, es una víctima. Una víctima dijo cuando se le consultaba por los más de 33 mil enterrados, de los que se calcula que 5 mil eran republicanos cuyos cuerpos fueron trasladados sin aviso a sus familias.

Matutino “ABC”, 25 de octubre de 2019.

“Mil años tardó en morirse pero por fin la palmó”, cantaba Sabina con letra de Krahe, aquellos años de la transición política. Otros 44 han pasado para una medida reparatoria tan fundamental como no tener un monumento nacional-católico y fascista en honor al dictador. Pero una vez más, el logro de la lucha de las organizaciones memorialísticas ha sido doloroso por haber estado mal contextualizado y ejecutado. Como en el funeral de Estado de aquel 24 de noviembre de 1975, tras haber muerto en la cama, este 24 de octubre volvimos a cantar: “los muertos del cementerio están de fiesta mayor” (…) y es que “nunca enterrador alguno conoció tan alto honor, dar sepultura a quien era sepulturero mayor. Ese día en el infierno hubo gran agitación, muertos de asco y fusilados bailaban de sol a sol, siete días con siete noches duró la celebración (…) combatientes de Brunete, braceros de Castellón, los del exilio de fuera y los del exilio interior, celebraban la victoria que la historia les robo, más que alegría la suya era desesperación” (Adivina, adivinanza).