lunes, abril 22, 2024
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Petete Almirón, rojo revolución

Por Coordinadora de Derechos Humanos del Fútbol Argentino/El Furgón –

Marta Almirón alimenta la versión de que Petete se hizo del Rojo gracias a su bisabuela, quien cuidó de él en su infancia cuando ella salía a trabajar para mantener a sus hijos. Pero también desliza que se encariñó con Independiente por su color: el rojo. El rojo de la Revolución. Su camiseta así lo sentenció mientras recorría el conurbano sur en búsqueda de su verdadera vocación: ayudar a los más pobres, pelear contra las desigualdades, arremangarse los pantalones los días de lluvia y meterse en los barrios de Lanús a ver cuál era el bardo principal. Y luchar. Siempre luchar en las calles por un mundo justo.

A Petete, de pibe, le gustaba jugar a la pelota con quienes luego serían sus compañeros de militancia. Estudió en la Escuela Media Número 2 de Lanús y ahí fue donde empezó a apegarse a la política. Intentó organizar el centro de estudiantes pero su faro era la lucha de los docentes por mejorar las condiciones laborales -cuyo símbolo era la carpa blanca-. Y en el medio, siempre estaba el fútbol. Marta no negocia: “Estoy casi segura de que más de una vez se escapó a la cancha a ver a Independiente cuando era chico”.

Su vida como militante arrancó en el Movimiento Independiente Revuelta Popular y continuó en el Movimiento Popular de Liberación -espacio que, luego de su muerte, se fusionó con el Teresa Rodríguez-. La pata estudiantil de su historia la escribió en la Agrupación Estudiantil Independiente, una organización en el CBC Avellaneda; y la del territorio, su favorita, la ocupó el C.P. 29 de Mayo. En la órbita de los Derechos Humanos, participó en CORREPI Zona Sur. Los viejos petroleros y los estallidos sociales en el interior del país guiaron su lucha, que no claudicó hasta el último segundo de su empuje.

Carlos nació el 16 de agosto de 1978. Un poco más de un año antes, el 25 de marzo de 1977, Rodolfo Walsh había sido asesinado por el Grupo de Tareas 3.3 que comandaron Alfredo Astiz y Jorge Acosta, y del cual participó Ernesto Frimón Weber, condenado por el crimen. Petete llegó a la Plaza de Mayo el 20 de diciembre de 2001 junto a otros 200 compañeros, llenos de alegría y con la certeza de que el “que se vayan todos” se haría una realidad irremediable. Ya son 17 años de una herida que el tiempo no cicatriza: el hijo de Ernesto Frimón, Sergio, dirigió el pelotón de policías que terminó con su vida de un balazo en medio de una brutal represión direccionada.

“Murió como él hubiese elegido morir”, susurra Marta, que también se acuerda de Beto Esperanza, amigo y compañero de militancia de Carlos. Con él pisó la Plaza el día de la masacre. Pero hubo una pasión que nunca compartieron: los colores futboleros. Beto era fanático de Racing y por eso discutían seguido. El 27 de diciembre, con el país en plena crisis, la Academia volvió a gritar campeón después de 35 años. Beto, luego de un acto en las escalinatas del Congreso en homenaje a los caídos que tuvo a Miguel Bonasso como orador principal, bromeó: “Petete se hizo matar a propósito para no ver a Racing campeón”. Todos rieron a pesar del dolor y la vida se dio el gusto, al menos en ese instante, de vencer otra vez a la muerte.