lunes, julio 15, 2024
Cultura

Pasajero en trance

El estreno de Transit es una chance de ver en salas el trabajo de uno de los mayores cineastas contemporáneos: el alemán Christian Petzold.

Por Fernando Chiappussi/El Furgón –

La trayectoria de Christian Petzold (1960) es inusual en el cine actual: la obra milennial de este realizador, compuesta de ocho largometrajes, no tiene fisuras, y ayudó a poner en el tapete a la llamada escuela berlinesa, de la que es principal estrella y quizá su cineasta más narrativo. El término hace referencia a la Academia Berlinesa de Cine y Televisión, donde en los años noventa se formó una nueva generación de cineastas con profesores de probado cuño teórico como Harun Farocki y Hartmut Bitomsky (Farocki escribiría varios guiones para Petzold antes de su muerte en 2014). Entre los nombres que salieron de esa generación están los de Angela Schanelec y Thomas Arslan (Dealer), suerte de hermano mayor del grupo; ellos, como Petzold, serían el modelo de otros más jóvenes que no habían estudiado allí como Ulrich Köhler, Christoph Hochhäusler, Maren Ade (Toni Erdmann) y Valeska Grisebach (Western).  Hoy constituyen lo más interesante de un nuevo cine alemán que por fin tiene logros comparables a los de sus héroes de los ’70 (Herzog, el alicaído Wenders, el siempre recordado Fassbinder).

Petzold y Nina Hoss en el rodaje de “Barbara” (2012)

Después de graduarse Petzold trabajó en televisión varios años, lo que explica que a la hora de hacer su primer largo, The state I am in (2000), su lenguaje visual estuviera completamente maduro. Es la primera de una serie de películas perfectas, dramas con un ritmo de thriller construido a través de la dosificación de la información -Petzold nunca se molesta en presentar a sus personajes, manteniendo cierta distancia entre ellos y el espectador- y la intensidad del trabajo de los actores, que sin embargo nunca roban escenas para sí: el cine de Petzold se nutre de silencios y sus criaturas, a menudo en soledad, parecen guardar un enigma que nos lleva a tratar de adivinar qué están pensando. En ese primer film, por ejemplo, seguimos a una familia itinerante a través de la mirada de su hija adolescente, y poco a poco nos vamos dando cuenta de que no se trata de hippies ni marginales, sino de fugitivos.

Trailer de “Transit”

Para el segundo, Wolfsburg (2003), Petzold ya se había traído de la televisión a su actriz fetiche, la bella y misteriosa Nina Hoss. Fue uno de los primeros films que puso en el tapete un motivo dramático luego muy imitado: el conductor que distraídamente atropella a alguien y luego escapa. Le siguió Ghosts (2005), retrato de una adolescente callejera que parece dedicada a sabotear el mundo que la rodea. Es un film trepidante, que sigue a su protagonista a todas partes cámara en mano, con un ritmo que recuerda a los hermanos Dardenne (El hijo).

Escena de “Ave Fénix” (2014)

Yella (2007) es el primero de sus films donde Nina Hoss es la protagonista absoluta, y la potencia de Petzold como narrador se despliega sin más límites que los de su acotada puesta en escena. Comienza con un accidente de automóvil que dará un tono intranquilo a todo lo que sigue. Yella llega a una nueva ciudad por un trabajo que le han prometido: pronto conoce a un hombre de negocios que la adopta como secretaria y con el que vive un clima entre la complicidad y la desconfianza. Mejor no contar más: vale la pena buscar la película, sin duda uno de los grandes títulos de la década pasada.  En Triángulo (Jerichow, 2008), el primer film de Petzold estrenado comercialmente en Argentina, la Hoss es el centro de un romance adúltero al estilo de El cartero llama dos veces, pero situado en Alemania Oriental. Luego vinieron Barbara (2012), donde su personaje trabajaba furtivamente en un hospital del lado “pobre” del Muro, y la extraordinaria Ave Fénix (Phoenix, 2014) donde Petzold va incluso más atrás en el tiempo y se mete en un terreno trillado como la Alemania de posguerra, que diera clásicos como Berlín Occidente o El matrimonio de María Braun. Aquí la actriz era una sobreviente del nazismo que intentaba recuperar el pasado enterrado en su memoria.

Nina Hoss en “Yella” (2007)

El período y sus efectos parecen estar también presentes en Transit (2018), su primer film sin la Hoss en mucho tiempo. Pero en realidad la historia, llena de motivos típicos del cine bélico -fronteras, pasaportes, oficiales de ceño fruncido- transcurre en un presente paralelo, que es quizá futuro. Su protagonista Georg (Franz Rogowski) usa celular aunque por lo demás bien podría estar viviendo en la época de la ocupación: la suya es la aventura típica del civil que quiere escapar de una dictadura sin ser notado (incluso hay una voz en off, como en los clásicos del género). Vagando por las calles de Marsella, esperando los papeles que le permitirán huir a otra parte, Georg termina usurpando una identidad ajena e influyendo en los destinos de otros fugitivos a la espera como él. Entre ellos, una mujer que viene a encontrarse con la persona que él va a fingir ser. La película tiene un suspenso kafkiano, donde nunca se sabe quién dice la verdad y quién es un traidor. Dadas las circunstancias todos pueden serlo, y el clima resultante lleva fácilmente a la fascinación. En nuestro caso, con la tentación adicional -una vez fuera del cine- de buscar paralelos entre el mundo de la ficción y la actualidad de un país catatónico, que parece recibir todo tipo de señales ominosas sin reaccionar.

Foto de portada: Escena de “Transit”.