lunes, junio 17, 2024
Cultura

Libros ► ¿Qué pasó con el socialismo, Marx?

Por Marcelo Massarino/El Furgón

El siglo XXI está atravesado por los discursos que reproducen los medios de comunicación y las plataformas multimedias, con el innegable protagonismo de las redes sociales. Los monopolios informativos amplían audiencias a la par que instalan certezas, verdades. Entonces, se cree que la multiplicación de canales es sinónimo de pluralidad de voces, que las visiones son distintas e interactúan y confluyen. Sin embargo, el capital instala verdades a fuerza de dinero, compensaciones, monetizaciones. ¿Y las preguntas?

Tapa de ¿Qué pasó con el socialismo, Marx?

Rodolfo Guzmán es un argentino que nació en 1938. Viajó por Cuba, conoció a Ernesto Guevara y compartió el rumbo de sus ideales. Tras el asesinato del Ché en Bolivia dejó la militancia pero los principios del socialismo permanecieron firmes. Y hoy, con ochenta años, es consecuente con el pensamiento de izquierda, con la búsqueda de un mundo igualitario y plural, sin explotadores ni explotados. Una parte de esencial para llegar a ese objetivo es la crítica permanente, la negativa a abrazar dogmas que cristalicen las ideas. Guzmán, hombre consecuente, escribió “¿Qué pasó con el socialismo, Marx?” (Grupo Editorial Sur), un libro innovador desde el formato porque dialoga ni más ni menos que con Carlos Marx en un cruce imaginario que agrega preguntas a las frecuentes citas que el dogmatismo toma como verdades absolutas.

Mural de Diego Rivera

El autor señala que hizo el libro como un aporte para su nieta, quien le preguntaba acerca de la revolución y el compromiso militante. Entonces, qué hacer con la disciplina partidaria, cómo resolvemos en qué lugar asumimos tareas para construir una sociedad diferente. El texto no arroja verdades ni certezas, tampoco excluye visiones ni conceptos, sólo hay una matriz que lo recorre: la defensa del socialismo como destino para la humanidad.

Rodolfo Guzmán dialogó con El Furgón y refirió al “socialismo real” que cayó con el muro de Berlín; al autoritarismo de las burocracias stalinistas; su paso por Cuba y una notable crónica sobre China, donde conoció cómo trabajan en las fábricas y advierte sobre el costo para el pueblo chino que su país resulte una potencia industrial.

– De su libro se desprende una crítica fuerte a las burocracias stalinistas del denominado “socialismo real” ¿Cree que el componente esencial del fracaso fue la falta de libertad y democracia?

– Creo que fue uno de los componentes esenciales. Otro elemento fundamental para explicar el derrumbe del “socialismo real” es, a mi entender, la defección del proletariado de los países adelantados y el inesperado curso del proceso de revoluciones en países periféricos en los que aún no había madurado la revolución burguesa.

– Usted señala que vivió en Cuba hasta la muerte del Che ¿Cuál fue su participación en la Revolución Cubana? ¿Qué motivo su partida y la decisión de abandonar la militancia activa?

– Viajé a Cuba tres años después de producida la Revolución, como ingeniero contratado para ejercer determinadas tareas técnicas. Viví una experiencia revolucionaria maravillosa. Mi inserción en el proceso cubano me enriqueció políticamente y, en determinadas circunstancias, consideré que era mi obligación regresar y luchar en mi país. El Ché Guevara era todavía Ministro de Industria y pude analizar y cambiar ideas con él respecto de esa decisión. Pocos años después, cuando fue asesinado en Bolivia, decidí abandonar la militancia activa.

Ernesto Guevara

– En el diálogo imaginario con Carlos Marx se refiere a una batalla cultural, a una precaria madurez de la conciencia colectiva, una falta de preparación para la construcción de poder. ¿Cuál sería el camino para lograrlas?

– Ojalá lo tuviera claro. Soy consciente de haber escrito un libro que contiene más preguntas que respuestas. Ocurre que considero importante identificar temas, problemas, debilidades o encrucijadas, como forma de provocar o incitar a que personas más lúcidas, más profundas o más sabias que yo desarrollen y aporten las respuestas.

– ¿Qué reflexión le merece China que tras adoptar el socialismo como sistema, abraza los parámetros capitalistas para disputar la hegemonía global? ¿Se puede hablar aun de marxismo, de maoísmo en la China actual?

– En lugar de una reflexión, prefiero contar una experiencia personal que viví hace poco más de un año en China. No viajé como turista clásico a visitar la Gran Muralla, la Ciudad Oculta o el Ejército de Terracota. Encontré una manera para acceder a recorrer once fábricas privadas, observándolas en pleno funcionamiento y hablando con sus directivos y trabajadores. En diez de las once plantas que recorrí la jornada de trabajo era de once horas diarias, de lunes a sábado inclusive. Cuando me topé con la única empresa donde la jornada, en lugar de once era de “sólo” nueve horas por día, la sorpresa fue que allí se trabajaba todos los días del mes, sábados y domingo inclusive, menos dos domingos por mes que se reservaban para descanso. Lo que acabo de exponer sería suficiente para sacar una conclusión terminante. Pero permítaseme agregar una apostilla.

Al observar que todos los obreros eran muy jóvenes, pregunté al directivo de una de las fábricas por qué no se veían personas de más edad. Su respuesta inicial fue: “La gente como usted ya está retirada” (Mi rostro denota los ochenta años que tengo). Le contesté que no me refería a viejos como yo, sino a adultos de cuarenta a sesenta años cuya ausencia me llamaba la atención. Me explicó entonces que el ritmo de trabajo era tan intenso que la gente de desgastaba y se agotaba tempranamente. Que los obreros vivían en monobloques adyacentes a la planta, provista por la propia empresa igual que su comida. Varias personas compartían una habitación. Como prácticamente no tienen gastos, ni de transporte ni para mantenerse, el salario (que resultó ser parecido en dólares a un sueldo medio de un obrero argentino, y que consta de una parte fija y otra proporcional al rendimiento de su tarea y su esfuerzo), lo acumulan íntegro, y cuando se acercan a los cuarenta años de edad, ya agotados, se retiran a su zona de origen, generalmente en la China profunda donde con lo reunido pueden vivir humildemente el resto de su vida.

Si bien esta observación en once fábricas de tres ciudades distintas no me habilita a emitir conclusiones generales sobre un país que posee infinitas facetas que no conozco, tampoco puedo renegar del expresivo indicio que acabo de exponer. A esta trituradora de hombres humildes que posibilita el súbito enriquecimiento de una nueva burguesía y el crecimiento explosivo del país, al punto de convertirse en la segunda potencia mundial, no se la puede vinculars ni con el marxismo, ni con el maoísmo, ni con el socialismo. La única asociación que se me ocurre es con el capitalismo original de hace ciento cincuenta años, el de la “acumulación primitiva” que tan bien refleja Chaplin en su film Tiempos Modernos.

Tiempos modernos

– Usted comenta que su nieta le pregunta sobre la revolución ¿Encontró los argumentos para motivarla a que abrace la militancia por el socialismo? O, por el contrario, después de estudiar y cuestionar algunos elementos del marxismo ¿considera que se trata de un camino sin salida, una fábula de intelectuales.

– Mi nieta ha encontrado un cauce para sus inquietudes en la lucha por los derechos humanos. Digamos que se abocó a lo que Marx llamaría lucha de clases “ora velada”. Respecto a su otra pregunta, creo que un camino sin salida para la humanidad es el capitalismo, que la llevará inexorablemente a la concentración de la riqueza, al autoritarismo, a la alienación y a la destrucción del Planeta.

El marxismo, más allá de las debilidades que la realidad haya venido desnudándole, es el único fundamento teórico solido que la humanidad dispone para la construcción de una alternativa virtuosa a la catástrofe que propicia la sobrevida del capitalismo.

No pienso entonces que se trate de un camino sin salida ni una fábula de intelectuales. Pero ponerlo en valor es una tarea extremadamente compleja, que comienza por admitir que no es un texto sagrado que debe adorarse sin discutirlo, sino un patrimonio a partir del cual hay que construir. Hay dos tareas principales. Una es reivindicar el concepto de un socialismo no autoritario, para tratar de remontar el gol en contra que ha significado la experiencia del “socialismo real”, que tanto daño ha hecho al prestigio de la revolución. El otro es observar atentamente y acertar una respuesta adecuada a las defecciones y los cambios cualitativos en la clase social que se presume que es el agente del cambio. Pero no me pregunte nuevamente cual sería el camino para lograrlo porque tendría que repetirle la misma respuesta anterior.