jueves, julio 18, 2024
Nacionales

Juan Carlos Rugilo, sobrino de León de Wembley

Por Coordinadora de Derechos Humanos del Fútbol Argentino/El Furgón 

Escena 1: Hay un arquero recostado contra un palo. Trata de acomodar la barrera para que la pelota no se le meta contra la ratonera. La cancha chica del Club Alvear es testigo de la imagen. Los árboles del Parque Avellaneda custodian desde cerca la situación. El tiro libre lo va a patear la figura del equipo de la Unidad Básica Nasser y Perón. Es descendiente de árabes pero en ese momento no le importa el origen de sus antepasados. Tampoco que el torneo sea una excusa para incorporarlos a la izquierda del peronismo. Sólo quiere ganarle la final a los de La 22 de Agosto. Juan Carlos Rugilo vuela contra el poste más lejano pero no llega. Se le llenan de tierra las medias, el pantaloncito y el buzo negro con el escudo de Vélez en el frente. Es el 2 a 0. Es el cuadrangular que se escapa.
Escena 2: Hay un arquero recostado contra un palo. No sabe aún que ese partido lo transformará en ídolo nacional. Viene sacando todo lo que le patean. O casi. Debutó en Vélez en 1937, pasó por el fútbol mexicano y regresó a Liniers para protagonizar hazañas: atajó cinco penales en cinco encuentros consecutivos y dos penales a River en la misma tarde. Por eso –y porque Estudiantes no quiso ceder a Gabriel Ogando- es titular el 9 de mayo de 1951 en el mítico Estadio de Wembley. La Selección está arriba con un gol de Mario Boyé pero Inglaterra no quiere saber nada con perder el invicto en su casa. Y ataca. Y ataca. Y ataca. Miguel Ángel Rugilo se luce una y otra vez. Se luce tanto que el relator Luis Elías Sojit lo apoda León de Wembley. Así pasará a la inmortalidad. Los británicos terminan ganando 2 a 1. Pero el héroe es el argentino que se marcha aplaudido desde los cuatro costados.
Juan Carlos, el sobrino de Miguel Ángel, no heredó de su tío el talento para plantarse debajo de los tres palos pero sí la pasión para salir a cortar centros. De Vélez por tradición familiar, hizo de Floresta una patria y del peronismo una identidad. Le decían Serenata y formaba parte del grupo de pibes que construyó una unidad básica para volverse referencia de quienes estaban obligados a vender su fuerza de trabajo para llegar a fin de mes. “Siempre se presentó como hincha del Fortín. Éramos jóvenes, éramos futboleros y soñábamos con un mundo justo”, apunta Daniel Villani, compañero de militancia en el arranque de los setenta. Sobre el campeonato inolvidable en el Club Alvear en el comienzo de 1974, detalla: “A mí me tocó jugar para el equipo de los árabes y lo fui a cargar cuando les ganamos. Me contestó, tratando de parecer serio, que yo no sabía nada de política: que se había dejado hacer los goles para que los campeones empezaran a militar con nosotros”.
No es que Juan Carlos fuera un fenómeno atajando. Ni en uno solo de todos los torneos que compartió con Daniel se destacó por encima de la media. Pero de lo que sí se encargó fue de avisar en cada picado, con la ambición de exponer el peso de la genética, que sus manos no eran manos cualquieras: eran de la estirpe de las del León de Wembley. Entre asamblea y asamblea, entre asado y asado, le repitió a quien quisiera escucharlo lo que le había relatado en su momento el gran Miguel Ángel, o sea su tío, o sea el arquero que brilló en Londres: “Durante todo el encuentro me habían ovacionado después de cada atajada, pero la del final fue tremenda. Ya nos íbamos de la cancha y la gente gritaba a lo loco”. Cuando no le tocaba conversar con expertos en la materia, Juan Carlos solía agregar que a su tío lo había alejado del José Amalfitani una severa lesión en el tobillo y que eso lo había obligado a terminar su carrera en el Palmeiras de Brasil.
Todavía era Miguel Ángel una leyenda del fútbol argentino cuando la dictadura genocida le arrancó la vida a su sobrino. Fue el 22 de agosto de 1978, menos de dos meses después del título mundial. Fue en un tiempo en el que a los arqueros profesionales, a los arqueros amateurs y a todos los arqueros indignados por las injusticias los secuestraban y los torturaban en los centros clandestinos de detención. A Juan Carlos lo llevaron a El Olimpo, que funcionó en la División de Automotores de la Policía Federal, a pocas cuadras del terreno en la que el capitán del equipo de La 22 de Agosto no pudo –o no quiso- evitar la alegría de los árabes.
Cuando las escenas se fusionan y los partidos se superponen, lo que queda en la memoria es la estampa del que lleva la 1 en la espalda. Se puede llamar Miguel Ángel o se puede llamar Juan Carlos. De lo que no hay dudas es del apellido: Rugilo. Y eso, en el césped de Wembley o en un potrero de Floresta, será siempre una victoria contra el cinismo de quienes venden olvido.