sábado, abril 13, 2024
Cultura

El Mundial que no queremos mirar

  • Cuarenta años después del Mundial ‘78, repasar la película La fiesta de todos es una tarea necesaria pero deprimente.

Por Fernando Chiappussi/El Furgón – El cronista, que vio La fiesta de todos (1979) en el cine, se decide a volver a verla cuarenta años después en YouTube. Primera advertencia: el archivo, tomado del transfer televisivo emitido por el canal Volver, dura 96 minutos, esto es 15 minutos menos que los 111 de la ficha técnica que reproducen libros y sites especializados. Si ese dato es correcto, entonces la señal del Grupo Clarín hizo una edición de momentos difíciles de digerir hoy día, como la presencia de los jerarcas de la dictadura en canchas y discursos oficiales, que ciertamente los hubo. Este montaje no incluye entrevistas a funcionarios ni jugadores, y las imágenes del festejo final del equipo argentino duran unos pocos segundos. Habría que cotejar con una copia en fílmico, pero es probable que una mano perdonavidas -quizá la del propio director del film, Sergio Renán- haya recortado las escenas más embarazosas. Aun así, el primer rostro que aparece en la película es el del dictador Jorge Rafael Videla.

Vergüenza es una palabra clave al hablar de este documental hoy emblema de la dictadura. El tono de sus omnipresentes voces en off nunca es exaltado; la propaganda se intuye más en las ausencias, los disimulos. La película fue producida por dos empresas desconocidas en el medio: Inversiones Cinematográficas y Árbol Solo S.A. Al menos esta última era propiedad de Héctor Francisco Capózzolo, entonces dueño de La Forestal y empresario comprometido con el gobierno militar (su hijo Enrique fue marido de Graciela Alfano). Si bien La fiesta de todos fue la película argentina más taquillera del Proceso, con un millón ochocientos mil espectadores, uno de los productores dijo al periodista Daniel Enz que habían tenido pérdidas por 3 millones de dólares.

Malvina Pastorino y Luis Sandrini

Capózzolo fue a lo seguro: contrató a Renán, entonces director del único film argentino (La tregua, 1974) que había sido nominado a un Oscar de Hollywood. Renán -hincha de Racing- parece más el firmante de la obra que su verdadero realizador (el resto de su filmografía consiste en adaptaciones literarias de autores como Benedetti, Kordon, Saer o incluso Haroldo Conti). Unas tres cuartas partes del metraje consisten en imágenes documentales de los partidos, reforzadas con una poco creíble escenificación del relato de José María Muñoz. A diferencia de las tomas de Héroes, la película anglosajona sobre el Mundial ‘86, aquí el material futbolístico es valioso y hasta incluye algunos goles. Pero el mérito no es de Renán sino de la empresa brasileña Milton Reizs Corp, que había sido autorizada por el EAM ‘78 a filmar dentro de los estadios (recordemos que el presidente de la FIFA era el también brasileño Joao Havelange). La producción argentina se limitó a comprar las imágenes -por las que habría pagado 600 mil dólares, tres veces el costo medio de una película argentina de la época- y montarlas dando preponderancia al conjunto nacional, con la ayuda de una serie de voces en off: el periodista Roberto Maidana para el comentario principal, y los especialistas Enrique Macaya Márquez, Néstor Ibarra, Héctor Drazer y Diego Bonadeo en el relato de los partidos.

La zona documental de la película se limita a esas imágenes y los relatos, con el agregado del testimonio de figuras “confiables” como la escritora Martha Lynch -cuyo derrotero ideológico fue de Frondizi a Massera- o el historiador antiperonista Félix Luna, quien cierra el film bajo una lluvia de papelitos, y con frases que hoy dan vergüenza ajena. El único deportista entrevistado es César Luis Menotti, quien hace breves “copetes” a posteriori, con una evocación contenida del hecho futbolístico y su influencia sobre el país. En uno de esos copetes dice la frase más famosa del film: “fuimos el único centro de un país detenido”. Los defensores a ultranza del técnico aseguran que era una alusión velada a la situación política. Pero la verdad es que Menotti, que no tenía veinte años y estaba vinculado al Partido Comunista, jamás se arrepintió de su participación en los torneos de la dictadura; así como Renán -que murió en 2015- nunca renegó de La fiesta de todos. Sí aclararon una y otra vez que ellos no tenían nada que ver con la dictadura. Es decir, fue una cuestión de oportunismo y no de adhesión ideológica. Capózzolo, en cambio, apoyaba el proyecto político y no trató de ocultarlo.

Afiche de “La fiesta de todos”

La parte no documental de la película son los sketches con actores que remedan la pasión futbolera del “argentino medio”. Esta zona de ficción responde a los lugares comunes del humor televisivo y es atribuible a los guionistas del film, Hugo Sofovich y Mario Sábato, quien aquí firma con seudónimo: están las mujeres que no saben de fútbol, el abuelo inmigrante que hincha por Italia, los mozos del bar que lo hacen por España, etc. El que espere encontrarse con Fernando Siro o la Alfano se llevará una sorpresa: entre los actores están Aldo Barbero, Ulises Dumont y hasta un joven Ricardo Darín. El único momento que se sale del típico humor despreciativo y canchero -ese que hoy relacionamos con Tinelli- es la intervención del recordado Ricardo Espalter como un DT de la órbita soviética. Claro, Espalter era uruguayo.

La vinculación entre ambas zonas del film está en las palabras iniciales de Roberto Maidana: “el Mundial, para nosotros, fue un desafío donde el fútbol no tenía nada que ver. Sí, la malevolencia y el escepticismo; y respondimos con las obras realizadas” dice el periodista, en referencia a la gestión del tristemente célebre EAM. Como no hay voces críticas que puedan contestarle, la malevolencia y el escepticismo corren por cuenta de un villano de ficción: el Contra de Juan Carlos Calabró, que se dedica a despotricar contra los nuestros y ensalzar a los europeos, en sucesivas discusiones donde amigos y vecinos lo terminan surtiendo (en una escena llega a aparecer con la cabeza vendada). En un momento, Calabró responde en broma a las amenazas: “las ideas no se matan”. Frase que -como aquella de Menotti- crece retrospectivamente.

A tono con la época, el villano de La fiesta de todos no muere sino que desaparece. El día de la final, lo vemos reírse de los hinchas que van en un camión a festejar al Obelisco. Pero cuando se queda solo en la vereda, cambia de actitud: se pone un gorrito celeste y blanco, vigila que no lo vea algún conocido, y se aleja ensayando el cantito del campeón. El enemigo ha sido conquistado. En La fiesta de todos no se salva nadie.

La fiesta de todos