martes, julio 16, 2024
Nacionales

Una cacería PRO

Leandro Albani/El Furgón* – A la una de la tarde, el asfalto de avenida de Mayo se movía debajo de los pies. El calor abrazador y las miles de personas que caminaban hacia el Congreso de la Nación convertían la calle en un hervidero. A la dos de la tarde, los diputados y las diputadas iban a comenzar la discusión de la reforma jubilatoria propuesta por el gobierno del presidente Mauricio Macri. Desde las primeras horas de la mañana, el Parlamento era una fortaleza rodeada por las fuerzas de seguridad. Policías federales y aeronáuticos, gendarmes y agentes de civil formaban un muro oscuro y tenebroso frente a la Plaza de los Dos Congresos.

La orden oficial, emanada por la ministra de Seguridad Patricia Bullrich, era clara: las columnas de sindicatos, partidos de izquierda y movimientos sociales no podía perturbar la sesión parlamentaria. Por fuera de la mentalidad paranoica de la ministra, las personas que caminaban hacia el Congreso iban tranquilas, cantando, batiendo bombos y haciendo flamear banderas y carteles.

Unos minutos antes de las dos de la tarde se escucharon los primeros estampidos desde el Congreso. Detrás de las vallas de hierro, la policía anunciaba con gases lacrimógenos y balas de goma que los diputados de Cambiemos ya estaban en el recinto parlamentario. Las corridas y los pañuelos sobre la nariz fueron unánimes, como también las primeras piedras lanzadas por los manifestantes. A partir de ese momento, las fuerzas de seguridad desataron una cacería que duró hasta pasadas las ocho de la noche.

Adentro del Congreso, el escándalo se caldeaba entre las denuncias de los legisladores opositores y el soberbio misticismo de Elisa Carrió. Mientras Cambiemos buscaba el quórum para iniciar la sesión y votar a favor del desguazamiento del sistema previsional, en las calles del centro porteño más de mil policías -pertrechados como si el Parlamento argentino estuviera en plena Zona Verde de Bagdad- continuaban haciendo blanco contra hombres y mujeres que se negaban a retroceder. Diputados, periodistas, militantes y hasta personas que caminaban por la zona fueron alcanzados por los gases lacrimógenos y las balas de goma.

Cuando se anunció que la sesión del Congreso se levantaba, en las calles estallaron los gritos de alegría que, como una correntada frenética, en apenas unos segundos se expandieron desde el Congreso hasta la avenida 9 de Julio. En ese momento, comenzó lo peor de la represión. La policía, con vía libre para gastar cartuchos, no se detuvo y transformó el centro de la ciudad en un estado de sitio donde los derechos más básicos ya no existían.

“La paz social está absolutamente garantizada”, aseguró el Jefe de Gabinete Marcos Peña a media tarde. Mientras brindaba una conferencia de prensa para justificar la represión y culpaba a los “diputados piqueteros” por no alcanzar el quórum en el Congreso, en las calles los uniformados avanzaban en motos disparando hacia todos lados. “Empezamos a ver una acción deliberada de violencia, primero desde la calle y luego en el recinto, convirtiéndose en piqueteros de la Cámara de diputados”, argumentó Peña con el sonido de los balazos como telón de fondo.

Ya no quedaba casi nadie en los alrededores del Parlamento, pero la Gendarmería seguía avanzando. Por avenida Callao, una tropa marrón, con cascos, escudos y armamento empezó a cazar personas por diferentes calles. Cuando el diputado Horacio Pietragalla intentó frenarlos para que no se lo llevaron a un chico, los gendarmes no dudaron en pegarle y rociarlo con gas pimiento. Un rato antes, la diputada Mayra Mendoza recibía el mismo gas en la cara cuando trataba de detener a la policía en la Plaza de los Dos Congreso.

Al cierre de este artículo, más de cuarenta personas se encontraban detenidas y decenas más asistidas en los hospitales por las heridas de las balas de goma. A esta hora también había quedado claro que por más represión a la vista, una consigna que se coreó toda la tarde sigue de pie y fortalecida: “¡Unidad de los trabajadores y al que no le gusta, se jode, se jode!”.

Fotos: Gonzalo Pehuen