lunes, abril 22, 2024
Cultura

De Alejandra Pizarnik a Janis Joplin

Charlie Di Palma*/El Furgón – En un desdoblamiento acérrimo de las voces que invaden, territorializan, cantan y desandan estigmas que se hace carne en la atemporalidad de aquella inocencia que estimula y potencia, la atomicidad de Alejandra Pizarnik que -en clave oxímoron- se espeja con la cantante Janis Joplin, materializando uno de sus últimos poemas. Desde Alejandra a Janis; de Joplin a Pizarnik. Esta suerte dolorosa de epitafio anunciado las mantiene latentes en aquel corazón que ya no palpita y las mantiene vivas.

“A cantar dulce y a morirse luego. / No: / a ladrar”

Con un calibre duro de roer, la poesía y el lenguaje de Pizarnik nos corroen el alma como cualquier película de Fassbinder. Lo crudo que nos condiciona con la palabra fragmentada que nos desequilibra, nos induce la angustia que, al mismo tiempo, nos da paz: ella no nos carga, nos aliviana con ese misterio inestable, le designa peso a aquello que no nombramos, le entrega en versos y micromundos visuales como municiones a la lucha por quebrantar aquel rompecabezas de su universo que la hiere.

“Así como duerme la gitana de Rousseau / así cantás, más las lecciones de terror”

Amalgamada de identidades que vociferan desde un yo inestable, el estigma de cualquier final de película bonita parece deshacerse y que perdure lo que se nota: la ausencia, el silencio, las voces múltiples que nos llegan para rompernos. La rosa que pulveriza nuestros ojos es Alejandra, es Flora; es aquella que una vez leída, ha penetrado tan densamente en nuestra perspectiva, que se hace imposible tomar un camino hacia cualquier ángulo sin recordarla cada ciertos destellos de realidad, colapsos y silencios que nos aquejan. Como si dijéramos lo mismo de Joplin: aquella prolifera melenuda, mezzosoprana, andrógina belleza que nos despeina y nos transita hacia afuera, en un caos perpetuo que nos desanda hacia lo salvaje. Como un axioma entre ambas nace este hilo conductor, está bisagra de las “niñas monstruo”

“Hay que llorar hasta romperse/para crear o decir una pequeña canción”

El momento que las descubrimos, las leemos, las masticamos y que jamás digerimos, otrora mezcla de dolor y fuego, eternidad y sublimación que permanecerá para siempre en nuestro vientre, nos deserta en aquel trago amargo, pero necesario, para vivenciar intensamente, regresar a la residual niñez con ojos de cuervo y palpar en cada pieza del deseo desventurado en una melodía rota que equivale con nuestra entidad en las noches largas y mutantes en negación de la misma luz que nos separa del abismo de la otredad circundante que lastima innegablemente.

El espejo quebrado entre ambas nace de la misma sintonía/agonía de ser seres posibles, como enuncia en uno de sus diarios: “Hubiera preferido cantar blues en cualquier pequeño sitio lleno de humo en vez de pasarme las noches de mi vida escarbando en el lenguaje como una loca”.

Se dispara el cuerpo poético que quiere cantar, pero que elige trazar su viaje entre hojas incómodas, insertando el trazo duro entre tropos y muerte, lo cotidiano en lo excéntrico.

“Gritar tanto para cubrir los agujeros de la ausencia/eso hiciste vos, eso yo. / Me pregunto si eso no aumentó el error”

Se familiariza y se identifica con Janis en el fastidio de su esencia, de su irrefrenable quiebre, de lo entrópico de su dolor, de la intensidad en su tan necesario arte que traza la anecdoticidad de la periodicidad que las condena: son aquellos laberintos de espejos que ya no reflejan, sólo se pelean unos con otros, perdiéndose el original y donde se astilla la herida.

La ambigüedad de la materia es así su arma más potente: aquí están, esta es su respuesta, sutil muerte, longeva y furiosa. Fundidas en estos versos entre la causalidad y la infinitud, las infantes adultas autónomas que recorrieron el mundo desafiando instituciones, círculos selectos y esquemas alienantes, eclipsan e iluminan perentoriamente afilando las puertas de las jaulas, exponiendo el afuera en simetría tal que gritan y giran en el quiebre del silencio. El grito que emanan ambas -externo en el rodar de las cuerdas vocales de Joplin e interno quizá en los multiplicados y ambiguos decires de Alejandra-,  en este ambiguo devenir focalizado en la dolencia de la bruma espesa e insistente de aquellas pequeñas muertas, expresa la longevidad de sus deseos cabizbajos y obstinados que una vez desandados permanecerán íntegros y soldados en nuestra psiquis y materia, perdurando en nuestra oralidad más trillada, permeable, siniestra, dulce y sincera a la vez. Pero dura, dura como la nieve que no hace sino sonar seca en su relieve más fino.

“Hiciste bien en morir. / Por eso te hablo, / por eso me confío a una niña monstruo”

La corporeidad que confiere la muerte que lucha en ese terreno del abismo en este mundo-materia, no ha perdido en este espejada final: ha ganado el hedor, el rechazo, la trasnoche y su hechizo ha elevado su magnitud a lo más pragmático, pues cada letra y cada poema de ambas resuena en devenires cargados de prismas, sutiles preguntas, el error/acierto, el pensamiento como frontera de la nada, el Bartlebly enigmático dentro de cada unx de nosotrxs; la quimera de Alejandra se ha plasmado en nuestro andamiaje una vez puesto el ojo al servicio del sentir; al igual que la desafiante lírica de Janis seguirá retumbando y acompañando en nuestros oídos vueltos testigos, confiándose así ambas en el exilio del horizonte su historia/obra, fusión que genera discursos y conversaciones entre artistas. O como nos anunciaba -entre quejosos suspiros de rabia- Joplin: el tiempo sigue avanzando. Y no nos permitirán olvidarlo aunque no queramos.

*Agradecimientos: Sofía Martínez Yantorno y Carlos Battilana