martes, julio 16, 2024
Cultura

Lou Reed y los chicos de Berlín

Ramiro Montero / El Furgón – Después de Transformer, el mundo alrededor de Lewis Allen Reed había cambiado. Para los magnates de la discográfica RCA, por ejemplo, la aceptación de la crítica y del público le había significado cuantiosas regalías, y no esperaban otra cosa que seguir con esa tendencia. El problema, por supuesto, era Lou. Mientras muchos lo metían a la fuerza dentro del glam rock y lo comparaban con su amigo de travesuras extraterrestre, David Bowie, Lou buscaba ser un cronista urbano, un narrador de historias crudas manchadas por la ciudad y su mugre.

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Para dejarlo en claro se planteó como meta crear una ópera rock conceptual. Reunió a un grupo de sesionistas con chapa entre los que estaban, por ejemplo, Tony Levin, bajista de Peter Gabriel y King Crimson. Sin mucho entusiasmo se juntó también con Bob Ezrin, el productor que había trabajado con Pink Floyd en The Wall. Entonces ideó como tema central las trágicas desventuras de una pareja de marginales deshaciéndose en la amurada capital alemana de posguerra: Caroline, la prostituta que cambia sexo por drogas; Jim, el violento proxeneta con quien tuvo sus hijos.

En 1973 se publicó Berlín. Las ventas fueron un desastre. Los críticos lo destrozaron. Para la revista Rolling Stone, entre otras, el disco significó la caída de un pichón de crack incinerado por un relato tan doloroso, tan oscuramente violento, como aquel que se repartía entre sus diez canciones. Los mismos músicos que participaron en el álbum admitieron poco después que jamás habían trabajado en un proyecto tan lúgubre. Incluso Lou y Ezrin, al término de las grabaciones, se preguntaban si lo mejor no hubiera sido esconder las cintas en un cajón y dejarlas ahí, silenciadas para siempre.

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Uno de los temas, por ejemplo, cuenta el momento en que el Estado le saca los hijos a Caroline. Es también una sintética pero cuantiosa enumeración de las cosas que hizo en su cama, en los callejones, en los bares, y de los hombres y mujeres con quienes las hizo. Jim es el que observa, impávido, cansado y perdido en la heroína, pero un poco más feliz desde que se llevaron a los chicos. La siguiente canción lo encontraría hablando de una cama: la cama en la que dormían, en la que concibieron a sus hijos, y en la que Caroline se cortó las venas.

Una leyenda urbana asegura que Bob Ezrin llevó a sus hijos al estudio y les pidió entrar a la pecera. Allí, les dijo que su madre había muerto en un accidente. Ezrin grabó sus llantos, y los agregó a The kids.