lunes, junio 17, 2024
EntrevistasNacionales

Rescatar las vidas en las cárceles

Marcelo Massarino/El Furgón – La experiencia en el oficio de Eduardo Anguita y Daniel Cecchini, dos cronistas con la solvencia necesaria para abordar el género de la investigación periodística, hace de Cárceles. Otro subsuelo de la Patria (Aguilar) un libro atractivo y de lectura fluida. Capítulo a capítulo corren el velo sobre cómo se vive en el ámbito carcelario mediante una serie de entrevistas a presos y a presas que cuentan sus historias de vida: no sólo cómo llegaron a estar privados de su libertad, sino también de dónde vienen, cuál fue su entorno familiar y social, y por qué transitaron el camino del delito como una vía para sobrevivir. También está el caso del denominado perejil, un hombre acusado por un crimen que dice no haber cometido; y el del reportero gráfico Pablo Toranzo que, mientras hacía un ensayo fotográfico sobre la vida en la cárcel, fue perseguido por los guardias para romperle su cámara tras registrar la represión en un pabellón.

Cárceles 1Los presos y las presas tienen la necesidad conocer y adaptarse a los códigos tumberos, a un lenguaje donde las palabras tienen un significado propio y un error puede costar una paliza, el castigo del personal penitenciario, el aislamiento o un puntazo fatal de los propios reclusos del pabellón. Allí también existen las jerarquías y el derecho de piso es un costo que todos pagan, aunque el currículum vitae de cada delincuente, es decir, saber cuál fue el delito cometido y de dónde viene, son elementos que lo pueden favorecer o jugar en contra.

“Nosotros quisimos restituir voces. Es justo aclararlo: no se trata de las de los delincuentes, porque también abundan fuera de las prisiones, y suelen gozar de los servicios de buenos estudios de abogados y, muchas veces, de los de jueces y fiscales corruptos. Cárceles restituye algunas voces de quienes viven en un contexto de encierro y que, más tarde o temprano, van a viajar en el tren al lado tuyo o van a llegar a tu lugar de trabajo con una mochila a cuestas que se llama antecedentes penales”, afirman los autores.

Anguita y Cecchini explican que se propusieron “recorrer prisiones con el abc de todo cronista: mirar, observar, registrar, contar”. ¿La experiencia de pisar las cárceles modificó la mirada que tenían al comienzo de la investigación o ratificó la idea con la que tenían sobre este ámbito de encierro? En diálogo con El Furgón, Cecchini responde que “la mirada terminó siendo totalmente diferente, porque por más abierto que vayas, uno no puede desprenderse de su subjetividad y de cierto grado de prejuicio. Lo que queríamos contar eran estos casos, historias singulares que no conocíamos. De alguna manera aquí no funcionaban determinados arquetipos de presos, porque se fueron cayendo a pedazos a medida que avanzaban las entrevistas. En ese sentido, es el mismo proceso que pretendemos que el libro transmita, que le dé al lector la posibilidad de humanizar a la gente que está presa. Nos pasó a nosotros y eso hace a este trabajo más auténtico, porque en los relatos, aunque no se ve ni está escrito, los prejuicios se caen al contar las historias de vida”.

Vidas y cifras irrefutables

Cecchini fue director periodístico del semanario Miradas al Sur y corresponsal en Buenos Aires de la revista española Cambio 16 y otros medios; publicó diez libros, entre ellos La CNU. El terrorismo de Estado antes del golpe. Hoy publica artículos en el portal de noticias Socompa. El escritor señala que “en Cárceles no buscamos casos notorios ni de delitos de lesa humanidad, porque no queríamos entrevistar a sus autores. Lo que se dio fue una proporción porque la mayoría de los detenidos en las cárceles argentinas es gente excluida del sistema que no tuvo oportunidades. Leyendo las historias te das cuenta que ante la pregunta qué hago de mi vida, las elecciones eran muy pocas. También hay muchos casos de perejiles por droga y narcotráfico; esto tiene que ver con un fenómeno del que nos dimos cuenta a partir de conocer las historias de vida”.

Cárceles ´2

Para entender cómo funciona el sistema carcelario, Anguita y Cecchini ofrecen algunas estadísticas:

-“En la Argentina hay 70 mil presos y la tasa es de 155 cada 100 mil habitantes, más o menos el promedio mundial. Las prisiones argentinas están pobladas de jóvenes, morochos provenientes de hogares pobres. La desigualdad social está presente. Muy presente”.

-“No importa que la proporción de personas con procesos abiertos –es decir, sin condena firme- es muy alta (seis de cada diez en el sistema federal y siete de cada diez en el bonaerense) y que las denuncias elaboradas por la Procuraduría de Violencia Institucional sobre vejaciones y torturas en las cárceles desborden casos de crueldad”.

-“El Servicio Penitenciario Federal tiene 39 establecimientos carcelarios y alberga a 10 mil de los 70 mil presos que hay en la Argentina. En diciembre de 2015, el Servicio Penitenciario Bonaerense informaba que la población penitenciaria ascendía a 34.096 personas alojadas en las 20.732 plazas de los 56 establecimientos penitenciarios y las 7 alcaidías departamentales; había un 59,8 % de sobrepoblación”.

-“Según datos obtenidos por la Comisión Provincial por la Memoria, en los últimos diez años la población de las cárceles bonaerenses aumentó de 23.878 presos en 2006 a los más de 34 mil del año pasado. Los montos presupuestarios del SPF y el del SPB no son tan distintos, pese a que este último triplica la cantidad de presos en sus cárceles. Los resultados de esta desigualdad son notables”.

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Capitalismo y exclusión

Cecchini y Anguita tienen una primera aproximación de por qué hay tantos presos por casos vinculados a venta de estupefacientes: “En un capitalismo centrado en lo financiero, donde el trabajo está fuera del alcance de un montón de gente, hay un mercado paralelo con la distribución al menudeo de droga o de su procesamiento en una cocina. Es un mercado de laburo ilegal que por el nivel de exclusión del sistema que tiene la Argentina, hace que mucha gente no tenga otra alternativa. Es tan ilegal como un delito financiero, pero estas personas no tienen manera de defenderse y exponen sus vidas porque no tienen otra opción”.

Algunos de los detenidos que prestaron sus testimonios están en sectores como la Unidad 4 del Complejo de Ezeiza, las unidades 26 -de Jóvenes Adultos- y 24 en Marcos Paz. En algunos establecimientos penitenciarios hay sectores con un encierro morigerado y actividades educativas y laborales que preparan al preso para que, cuando cumpla la condena, pueda tener herramientas para la resocialización. Al respecto, Cecchini advierte que para todos los condenados “el problema es cuando sale, qué oportunidades tienen. En ese sentido, hay una cosa que está clara: terminan las condenas, salen y no hay nada de parte del Estado. Se hacen talleres para aprender oficios, pero luego el Estado no crea, por ejemplo, cooperativas por oficios para que sus integrantes puedan insertarse en el mercado laboral. Entonces, salen y no tienen recursos, vuelven a los mismos lugares donde delinquieron, donde quienes fueron sus pares les exigen los mismos comportamientos que antes. Así, lo que parece positivo de la metodología en el período de detención no tiene un correlato afuera, porque encuentran un mundo terriblemente hostil”.

Para Cecchini, la metodología de reinserción en Jóvenes Adultos tiene muchos defectos porque es conductista y es similar a una prédica evangelista. Además, “dentro de su flexibilidad tiene una disciplina muy rígida: el que se sale un paso de ciertas premisas, lo devuelven al depósito, por decirlo de alguna manera. Es más fácil hacer una carrera delincuencial dentro de la cárcel que un proceso de rehabilitación y reinserción en la sociedad. Ese es un punto. El otro es que salís de la cárcel y quedas en bolas y sin documentos, en la misma situación que estabas cuando entraste. Así, es muy difícil construir una nueva historia de vida”.