martes, julio 16, 2024
Cultura

Vidas de fuego, el nuevo libro de Sudestada

El Furgón* – El ejemplo de tantos hombres y mujeres decididos es el motor que empuja esta compilación desde Sudestada. En ella, se entrelazan los relatos de Osvaldo Bayer, la epopeya de Radowitzky desde el penal de Ushuaia, la historia de amor de Severino Di Giovanni y América Scarfó, la leyenda de Buenaventura Durruti y el papel de los anarquistas durante la Guerra Civil Española, el ejemplo de mujeres valientes como Virginia Bolten y Juana Rouco.

En El Furgón presentamos un adelanto del libro, compilado por Walter Marini, que hoy sale a las calles de todo el país.

Introducción

Rebeldes e infatigables, lectores y editores, pasionales y discutidores, corajudos y solidarios, individualistas y colectivistas, idealistas y convencidos, pensadores y emprendedores, militantes del amor libre y agitadores en las barricadas, expropiadores y mutualistas. Los anarquistas han marcado a fuego la historia argentina desde principios del siglo pasado. A partir de entonces, se multiplicaron en cientos de ateneos, bibliotecas, periódicos, organizaciones, bandas y federaciones detrás de una lucha con un solo objetivo: imponer la Idea como alternativa al sistema dominante, opresor y explotador.

Mujeres A

Su voz se hizo escuchar en todas las obras en construcción, en pequeños pueblos de provincia, en manifestaciones multitudinarias, en reuniones clandestinas, en incendiarios editoriales de cada diario ácrata. Detrás de sus pasos, siempre, el Estado carcelero supo cómo perseguirlos y cercarlos, hasta dar con ellos e intentar apagar el fuego de sus voces condenándolos a las sombras de una prisión, aislándolos de su clase o parándolos frente a un pelotón de fusilamiento.

La historia del movimiento obrero argentino no puede ser contada sin registrar en sus páginas la irrupción de personajes de la talla de Simón Radowitzky, de Errico Malatesta, de Kurt Wilckens y de Severino Di Giovanni; sin dar cuenta de las internas entre los redactores de La Protesta y de La Antorcha, sin detenerse en los gritos y los puños en alto durante las marchas de la Semana Trágica, sin reparar en la lucha de los peones santacruceños o en la audacia de los expropiadores armados apenas de coraje y convicción.

El ejemplo de tantos hombres y mujeres decididos es el motor que empuja esta compilación desde Sudestada. En ella, se entrelazan la epopeya de Radowitzky desde el penal de Ushuaia, la historia de amor de Severino y América Scarfó, la leyenda de Buenaventura Durruti y el controvertido papel de los anarquistas durante la Guerra Civil Española, las polémicas y discusiones que desde siempre encienden cada debate y que van atomizando al movimiento desde hace décadas.

Pero en sus biografías insurrectas también es posible delinear los contornos de una utopía imaginada por miles de trabajadores y puesta en práctica por unos pocos: la de una sociedad sin opresores ni oprimidos, sin explotadores ni explotados. En las páginas que siguen es posible recorrer, con la fragilidad de los sueños a mitad de camino, los bordes de un pasado que continúa arrojando lecciones, proponiendo debates, abriendo nuevos caminos libertarios hasta nuestros días.

Simon vive

Simón Radowitzky: Un mito libertario (Fragmento), por Walter Marini y Hugo Montero

Se levanta temprano, un rato antes de las 6 de la mañana. Es domingo, por eso sus tres compañeros de pieza –también rusos, también obreros, también anarquistas– ni se mosquean cuando Simón se despereza y busca su ropa en la penumbra. Saco azul marino, pantalón negro, sombrero chambergo también negro, corbata verde. Se viste sin apuro en el baño, frente al espejo que utiliza cada tanto para emprolijar los contornos de su fino bigote rojizo. Agarra un paquete del baúl y, a tientas, sale de la pieza. No hay ruidos en el patio del conventillo de la calle Andes 394. Los laburantes descansan después de una semana agitada, y Simón respeta esa mínima tregua para los explotados de siempre. Para ser 14 de noviembre, está fresca la mañana. Se toma el tranvía 17 hasta Callao y Quintana. Abraza el paquete forrado con papel madera mientras camina por Quintana hasta las proximidades del cementerio de la Recoleta. Allí, se detiene y espera. Hace frío. Simón espera.

Era marzo de 1908 cuando el carguero que lo salvó del desquite de los cosacos atracó frente al puerto de Buenos Aires. Simón, casi un niño, pisaba tierra extraña, con una historia breve para contar. Sus años en Ucrania habían sido marcados por su oficio como aprendiz de herrero y, después, como jornalero en una metalúrgica. En las calles de Ekaterinoslav hojeó por primera vez un periódico anarquista: se lo había arrebatado a un compañero de trabajo. Apenas sabía leer, pero encontró algo cautivante en aquella prensa fogosa que arrojaba maldiciones contra el zar y todos sus descendientes, que procuraba despertar del letargo de la opresión al pueblo sometido, que llamaba a salir a las calles con el puño en alto para terminar con la barbarie de la tiranía de una vez por todas.

Y Simón, claro, salió a la calle. En una manifestación para exigir la reducción de la jornada laboral, conoció en la carne la ferocidad de una carga cosaca. Un esbirro, al galope, lo castigó con su sable y lo confinó durante casi seis meses a un reposo obligado. Desde entonces, la cicatriz del chacal cruza su pecho. Repuesto, conoció los calabozos y también la pasión de ajustar a letras de molde los sueños libertarios. Con la misma voluntad con la que se encaramó como segundo secretario del soviet en su fábrica, giraba la manivela del mimeógrafo hasta que el brazo se le dormía. Siberia parecía el destino inexorable para el silencioso muchacho ácrata que volanteaba consignas en los talleres y contagiaba con su entusiasmo revolucionario. Entonces debió huir de los esbirros, que andaban tras sus pasos. Sin opciones, tomó el dinero generoso que su familia alcanzó a juntar y se subió al primer barco rumbo a cualquier parte. Y cualquier parte, lo supo a bordo del carguero, se llamaba Argentina.

Severino

En tierra americana trabajó como obrero mecánico en los talleres del Ferrocarril Central Argentino, en Campana. Después viajó a una floreciente Buenos Aires de principios de siglo, donde consiguió empleo como medio oficial mecánico en el taller de León Gorinsky. Le pagaban 2,48 pesos por día. Disconforme, buscó nuevos aires. Recorrió las obras en construcción en la ciudad en busca de alguna chance, hasta que lo tomaron en los talleres Zamboni del centro porteño. Por las tardes, era un visitante asiduo de una biblioteca anarquista en Lavalle al 1800. Al parecer, se devoró Los miserables de Victor Hugo en pocos días, y después siguió con Máximo Gorki. Mientras tanto, escuchaba con atención las opiniones de Pablo Karaschini, ruso y anarquista, que trabajaba en una empresa de limpieza, camarada que hablaba de urgencias, de no esperar más, del futuro venturoso que aguardaba por el ideario ácrata en ese lejano rincón del mundo.

Pero ahora no es tiempo de charlas ni de lecturas para Simón Radowitzky. Aunque hay que decir que la atenta lectura de La Protesta le permitió darse maña y construir, en el taller y con sus herramientas, el rústico artefacto que oculta entre sus brazos. Si funcionará o no es un interrogante que sólo podrá dilucidar en el momento oportuno. Sabe Simón que es tiempo de actuar. En mayo de 1909 se limitó a su rol de espectador y testigo de la represión de los cosacos argentinos contra los obreros movilizados en la Plaza Lorea. La sangre de sus compañeros tiñó de rojo los charcos de la ciudad. La policía al mando de un tirano avanzó con una impunidad que no conoce fronteras ni cautelas. Ahora es tiempo de justicia. Ahora, Simón Radowitzky acecha al tirano.

El coronel Ramón Lorenzo Falcón es hombre de modos refinados y pocas palabras. Primer cadete del Colegio Militar, veterano de la Campaña del Desierto, diputado nacional y jefe de una Policía que se encargó de militarizar hasta volverla temible, el Coronel imposta un semblante señorial que no se condice demasiado con su afición por derramar la sangre obrera. Y si es rusa y anarquista, mucho mejor. Luce serio esta mañana el Coronel encargado del trabajo sucio del presidente Figueroa Alcorta. Acaba de asistir al entierro del camarada Antonio Balivé, director de la Penitenciaría Nacional, en Recoleta y no tiene tiempo que perder. Por eso mira su reloj, impaciente, y se sube a su coche Milord en compañía de su secretario, el joven Alberto Lartigau. El cochero conoce de las premuras del Coronel, y azota a los caballos para que atraviesen Quintana en pocos minutos. Dobla por Callao. El Coronel bufa por el tiempo perdido y acomoda su corbata.

Es ahora, dice Simón, y se larga al trote por la vereda y baja a la calle. Corre hasta que logra ponerse a la par del carruaje del jefe de policía. Prepara la bomba. La arroja con fuerza por la ventanilla abierta, contra las piernas del Coronel Falcón. Y se detiene. Una explosión.

La venganza ha sido ejecutada.

Los esbirros lo rodean. Lo golpean. Lo suben a un coche y se lo llevan. Arden de odio los chacales. Un obrero, un ruso, un anarquista casi niño, un demonio. Pero Radowitzky no habla, no dice ni una palabra. Jamás mencionará el nombre de los compañeros que lo ayudaron a preparar el atentado. Se limitará, cada tanto, a vociferar una consigna: “¡Viva la anarquía!”.

¿Quién es este joven ruso que con un explosivo artesanal atentó contra el alfil del sistema? ¿A cuántos parias como él protege con su silencio incorruptible? ¿Qué es lo que quieren estos hombres, qué pretenden? ¿Ensuciar con sus rojos panfletos el destino magnánimo de nuestra patria burguesa y agroexportadora? ¿Por qué no terminan con ellos, de una vez por todas, y aplastan sus utopías de mate y tortas fritas, sus voces rebeldes que rebotan en los sucios conventillos? ¿De qué mísero taller mecánico salió este energúmeno llamado Simón Radowitzky? Los chacales no logran comprender. La prensa explica lo inexplicable, pero nada termina por definir del todo aquello que persigue esta horda de obreros vindicadores.

Los burgueses, de noche, no pueden dormir. Algunos, en la comodidad de sus lujosas habitaciones, lejos del rumor de las máquinas de sus fábricas atestadas de mano de obra barata, cerca del sueño de sus pequeños hijos con destino de ganaderos, de industriales, de explotadores; no logran la paz necesaria para conciliar el sueño. Tienen pesadillas. Algo han escuchado que los inquieta. ¿Han escuchado a ese ruso anarquista proferir la amenaza maldita? ¿Han escuchado a ese paria escupirles en la cara esa frase? Sí, es Radowitzky quien estropea sus sueños delicados con una sentencia inquietante: “Yo tengo una bomba para cada uno de ustedes”.

*Ilustraciones: Repo Bandini