lunes, junio 17, 2024
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La Paloma: construcción colectiva desde la educación popular

Marcelo Massarino/El Furgón – Casita La Paloma es un centro de día que funciona en el barrio Villa Luzuriaga, La Matanza, donde niñas, niños y adolescentes con derechos vulnerados son incluidos desde la educación popular.

Hace treinta años que un equipo de profesionales, trabajadores sociales y docentes sostiene un proyecto que contiene a jóvenes y chicos en riesgo que nació por iniciativa de la Congregación Evangélica Alemana en Buenos Aires, una línea católica protestante que llegó a la Argentina a mediados del siglo XIX. El sector dedicado al trabajo con la comunidad le pidió a Susana Mai, coordinadora del proyecto hasta hace tres años, que hiciera, en 1986, un relevamiento sobre los chicos de la calle en la línea del Ferrocarril Sarmiento. Así nació un merendero cerca de la estación Flores, atendido por estudiantes de Teología que luego se trasladó a una casita en Morón, en el oeste del conurbano bonaerense.

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Con el sostén económico de la institución religiosa, La Paloma ofreció desde su origen una propuesta laica y una mirada progresista de trabajo con los chicos y las chicas. Fue así que a la merienda se incorporó el apoyo escolar y actividades recreativas con un equipo de trabajo integrado por trabajadores sociales, psicólogos y educadores que abordaban la tarea con pibes y pibas en situación de calle a quienes se los buscaba en la estación de trenes.

Los pibes iban poco y nada a la escuela, entonces una maestra los preparaba y luego rendían los exámenes, como una manera de encontrar una alternativa para que pudieran ejercer el derecho de asistir a la escuela.

“En 1994 llegamos al predio de San Justo gracias a que un miembro de la Congregación visitó el proyecto y consiguió el dinero para comprar la propiedad”, cuenta Carolina Magliotto, coordinadora de La Casita, sobre la llegada al distrito de La Matanza.

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La actividad educativa se enlaza con el deporte, el arte, la cultura, la promoción de derechos y la formación que inserte a los jóvenes en el trabajo. También se incentivan proyectos comunitarios y tareas sociales forjadas por promotores juveniles.

Luego de tres décadas, La Paloma interactúa con diversas instancias gubernamentales como el Consejo Local de Promoción y Protección de Derechos, el Consejo Municipal y la Red de Salud Mental. Al mismo tiempo, hay organizaciones que trabajan con la institución como la Liga Matancera de Fútbol Callejero, el Espacio de Jóvenes del Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos y Cine en Movimiento, entre otros.

También es un espacio de formación para estudiantes de Trabajo Social de la Universidad Nacional de La Matanza que hacen sus pasantías en La Casita, lo mismo que alumnos de profesorados mediante prácticas educativas no formales.

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En la medida que La Paloma adoptó un formato institucional y su trabajo fue reconocido por la comunidad, los niños y las niñas comenzaron a llegar por derivación de escuelas, de servicios locales de protección de derechos y centros de salud, aunque muchas veces los chicos son quienes traen a otras familias. “Los pibes tienen una lectura precisa. Con ellos tenemos las mejores derivaciones porque nos dicen ‘tengo un amigo que es para La Paloma’”, asegura Magliotto.

Los jóvenes asisten de lunes a viernes hasta las cinco de la tarde, divididos por edades. Cada grupo tiene un objetivo anual y usan distintas herramientas desde lo artístico, lo audiovisual, la literatura, la música y lo lúdico. El dispositivo diario incluye una apertura que tiene que ver con un juego, una actividad central y otra de cierre, en un marco cotidiano donde los pibes ponen la mesa, comen, hay una lista de quienes lavan los platos, barren, ordenan los baños y el salón. Hay una lógica colectiva donde cada uno tiene su tarea.

-¿Qué encuentran los jóvenes que llegan a la institución?

-Encuentran un lugar donde ser alojados en un clima familiar, siempre por grupo de edades. Así pueden establecer un lugar físico de pertenencia y lazos afectivos, hacer amigos. Hay una impronta por la cual todo se decide en conjunto a través de asambleas donde los chicos pueden discutir, tomar decisiones y establecer prioridades. Eso produce un sentido de identidad y pertenencia muy fuerte al proyecto. Al principio, la prioridad era que el chico se escolarice, entonces que estudiara en La Paloma y lo acompañáramos a rendir, era la manera a que accedieran a la educación. En los últimos años la cosa cambió. Creemos que el pibe no tiene que tener todo en La Casita, nos parece vital que pueda vincularse con el colegio de su barrio y fortalecer la escuela pública desde esta articulación y el trabajo cotidiano. En síntesis, que encuentre en la escuela otro espacio además de La Paloma. Desde un lugar diferente, cambia la mirada del otro, y la mirada de sí mismo.

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-¿Logran ese objetivo?

-Se logra mediante diversas estrategias que vamos cambiando. Por ejemplo, en un tiempo hicimos reuniones con las escuelas en las que los chicos cursaban, así la institución visualizaba que había un determinado pibe y también nuestro rol, con cuadernos que iban y venían. Con algunas se realizaban proyectos pedagógicos en común, con actividades que comenzaban en el colegio y seguían en La Paloma, o viceversa. Era una manera de pensar cómo integrar a los chicos. Por ejemplo, un grupo de trabajo de arte con talleres y técnicas de pintura llevaba la actividad en un recreo para los alumnos de primer a tercer año. Y los chicos de La Paloma eran los coordinadores. Entonces, el pibe que venía con muchas “dificultades” en la escuela aparecía coordinando un taller de arte.

-¿En La Casita los chicos tienen acceso a un mundo cultural que es difícil que tengan en la educación formal?

-Sí. Intentamos trabajar con el sujeto “niño”, entonces desplegamos todas las formas y estrategias que permitan la posibilidad de la palabra, la escucha, y el proceso singular de cada uno. El arte es la materia prima para expresarnos, por eso el cine, la poesía, la plástica son herramientas privilegiadas. En la escuela formal aun conservan la lógica de los contenidos, que son importantes, pero tiene que haber cuestiones previas. En otro plano, así como el psicoanálisis no tiene un objetivo terapéutico pero que, por añadidura, lo tiene. Acá me parece que sucede algo parecido. De esta manera, si se dispone trabajar con estas herramientas con las familias y los chicos, sucede la integración, que el pibe vaya más seguido a la escuela y tenga curiosidad por los contenidos, que la mamá se detenga en la organización para que el hijo pueda ir al colegio a la mañana y tenga el guardapolvo listo. Es decir, también suceden esas cosas. Pero apostar a la singularidad puede ser una estrategia diferente a la que tienen otras organizaciones más formales. En eso somos distintos y los resultados suelen ser diferentes. Por ejemplo, en la fiestita que tuvimos por los treinta años vinieron jóvenes que nos decían: “Vine con mis hijos porque les quería mostrar el lugar donde me crié” y después, bajito, susurraban: “Caro, ese es el único lugar donde fui feliz”. No sé si consiguió trabajo o qué le pasó, pero que un tipo me diga que ese lugar lo marcó y que ahí fue feliz, es un montón. Eso es lo que nosotros podemos ofrecer.

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La Paloma transitó las situaciones sociales más disímiles, como la crisis en 2001 cuando a los chicos les daban bolsones con alimentos para la noche y el fin de semana. También tenían un acompañamiento en cuestiones de salud porque llegaban sin las vacunas, sin ir al médico y ningún chequeo. Con las políticas públicas y la AUH, la madre llegaba con las fotocopias de documento de identidad y el comprobante de las vacunas. Eso permitía canalizar la energía de los educadores en la calidad del trabajo con los niños más que en “apagar los incendios”, recuerda Magliotto.  Y agrega: “Pero ahora la gente está de vuelta demandado la leche, otra vez los pibes piden el bolsón con mercadería porque en la casa no tienen para comer. Tampoco les alcanza para los viáticos. Antes tenían una parte por las becas de planes como Envión o Progresar, eran cuatrocientos pesos que una parte usaban para los viáticos, pero ahora esos pesos ni les alcanzan para cargar la SUBE”.

La Paloma tiene a 50 chicos participando mientras que Magliotto coordina un equipo de nueve personas al que se suman promotores de diferentes programas y ámbitos. Al presupuesto acotado lo refuerzan con proyectos para financiar materiales y la búsqueda de donaciones. El equipo, además de trabajar en lo  pedagógico, asume el compromiso de buscar recursos para el funcionamiento del proyecto ya que la Congregación Evangélica Alemana en Buenos Aires sostiene el programa a pesar de sus dificultades económicas.

En la actualidad, La Paloma también recibe el apoyo de la Fundación Alejandro Kipp, la Federación de Entidades de Socorro en la Argentina -mediante los Bomberos Voluntarios de Morón- y la recepción de becas estatales y la copa de leche del municipio de La Matanza.

*Los interesados en apoyar a La Casita La Paloma pueden ingresar a la página web https://www.casitalapaloma.org/ También pueden visitar el lugar ubicado en Lezica 1601, esquina Arribeños, Villa Luzuriaga, en el partido de La Matanza, a pocas cuadras de la rotonda de San Justo Fotos: La Paloma