sábado, mayo 18, 2024
Cultura

Una llamarada arde en González Catán

Leandro Albani/El Furgón* – Son las tres de la tarde y el sol agujerea el asfalto. Están arreglando la rotonda, la tierra se mezcla con el calor del suelo, el sol enceguece y un reparito con sombra es el único lugar para respirar un poco. A un costado suena cumbia y salen birras bien frías. Los autos, motos y camiones frenan al llegar a la rotonda y cuando la sortean, vuelven a escupir un denso humo de los motores. Fumar un cigarrillo es como encender un lanzallamas en el pecho.

Es el kilómetro 29, un domingo de fin de año. En ese pedazo frágil de sombra esperamos, recostados sobre la pared de un kiosco. Esperamos apenas unos minutos, porque aparece un auto y el conductor nos hace señas con una mano. Caminamos y nos asomamos a la ventanilla. “Soy el hermano de Cristina. ¿Hace mucho que llegaron?”, pregunta Rubén. Subimos, miramos cuidadosos si viene alguien, esquivamos algunos tachos y carteles que indican, fríamente, sobre los esperados arreglos en la rotonda y enfilamos para la Chinaski. Porque así le dicen todas y todos: la Chinaski.

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Las calles están vacías. Nadie, salvo algunos, piensa en poner un pie en la vereda. El calor espanta. Pero siempre están los “algunos”, aunque González Catán duerma una siesta soporífera. No es para menos.

Llegamos. Otra vez llegamos. La dirección es exacta: Pacheco 571. Y desde hace casi un año no es cualquier dirección. “Todos aportamos con lo que podemos, ayudamos a levantar las paredes, otros dan charlas. Y siempre de una manera independiente, no partidista, porque si ya te ven de un partido la gente deja de ir”, dice Rubén mientras estaciona el auto.

Rubén es uno de los muchos (o “algunos”) que pusieron tiempo, manos, más tiempo, esperanzas y dedicación para levantar la Biblioteca Popular Chinaski, un espacio impensado tiempo atrás, pero que hoy es un punto de reunión, discusión y formación para los pibes y los no tan pibes no sólo del barrio, sino de otros lugares del Conurbano.

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La descripción es sencilla: la casa del Topo y de Cristina está al fondo del terreno. Ellos dos junto a sus hijos Carolina, Paula y Atila son muchas cosas: comprometidos con la realidad social, rockeros, un poco anarcos, lectores disciplinados de la obra de Charles Bukowski, pero sobre todo unas personas que llevan marcada en la piel el concepto de solidaridad. Y laburan. Todos los días y todo el tiempo. Y la biblioteca es fruto de esa militancia que siempre carga con carcajadas, abrazos y conmoverse por los dolores del otro.

Decía: la casa está al fondo y como el terreno es grande, qué mejor que construir una biblioteca adelante. Por eso, hace más de un año pusieron manos a la obra y con amigos, compañeros y vecinos levantaron una pared de madera, tiraron las vigas, techaron, levantaron otra pared de ladrillos, armaron los estantes para los libros, consiguieron sillas, mesas y uno que otro sillón, y pintaron una bandera. Una bandera que dice: “Transformando la teoría en la praktika. Leé y luchá”. Una consigna sencilla y precisa. Sin medias vueltas. Puro laburo.

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La biblioteca es un salón amplio, con las paredes cubiertas de dibujos, afiches y libros. Atrás hay una barra y el baño; adelante una mesa de madera firme y rústica; en uno de los costados reposa una consola y dos parlantes, junto a los pies de micrófonos y algunos tachos de luz; en el medio es donde la gente va llegando para participar en talleres, charlas y, sobre todo los fines de semanas, recitales del más puro heavy metal nacional. Porque en la biblioteca también las bandas del Conurbano encontraron un lugar, entonces en esas noche todo se transforma en un festival, un Monster of Rock en la puerta de tu casa.

Darío y Carolina acomodan las sillas, Foco y Nahuel preparan el mate, y afuera el calor no da tregua. La charla es amena y los lleva a agosto de 2015, cuando nació el proyecto de la biblioteca y, en apenas unos meses, se concretó. En un principio la idea fue armar un centro cultural, pero después de visitar la Biblioteca Popular Constancio Vigil, en Rosario, el Topo propuso que los libros tenían que estar en el primer frente de batalla. Y hacia allá fueron todas y todos.

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Rifas, recitales, eventos y una red de solidaridad les permitió ir levantando los cimientos de la Chinaski. “Fue todo autogestivo desde el principio, con colaboradores que cada vez que íbamos a construir o a hacer alguna actividad, avisábamos por Facebook, y siempre caía gente. Hubo muchísima colaboración, donaciones de libros de otras bibliotecas populares”, recuerda Darío.

“Tuvimos mucha colaboración de otros espacios. Compra de libros hacemos con lo que nos ayudan los socios. Nos ayudaron mucho el Centro Cultural El Transformador, de Haedo, la Biblioteca Popular José Ingenieros, Casa Mutantes, Espacio Cipreses, el Laboratorio Spacelab”, detalla Carolina.

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La inauguración de la Chinaski fue el 23 de marzo de 2016, con una actividad para conmemorar el golpe de Estado de 1976 y repudiar el genocidio cometido por la dictadura militar. Desde ese momento, la biblioteca no paró de crecer, de educar y de formar a quienes cruzan la puerta de entrada.

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La ausencia lleva a buscar algo con qué tapar ese vacío. Y en González Catán no existía una biblioteca con estas características, donde los más chiquitos van a jugar, a aprender y a decir muchas cosas que no se animan en la escuela y en sus casas.

“La respuesta de la gente es bárbara. Cada persona que me cruzo me dice que era lo que faltaba en Catán, porque nunca hubo una biblioteca así. Vienen pibes chiquitos y también parejas de viejitos que están re contentos estando acá. En tiempos donde todo se está cayendo, la biblioteca levantó muchísimo. También sirve como lugar de contención. Los vecinos terminaron de entender cuando vieron la biblioteca, ahí se terminaron los conflictos. Porque con los recitales y eventos los fines de semanas, algunos vecinos pensaron que era una pantalla para hacer jodas, pero cuando entendieron cómo funcionaba el lugar los problemas se cortaron”, señala Darío.

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Caro sigue la misma línea y dice que “mucha gente viene acá y descarga muchas ideas y cosas que le están pasando. Todos los días desde la mañana hasta la noche hay gente, sobre todo muchos nenes que, o están en la calle o están acá. Y también fue integrar al vecino que decía ‘para qué van a abrir una biblioteca si ahora está todo en internet’, entonces fue hacerlo pasar y que vea qué es una biblioteca”.

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En la actualidad, son entre seis y diez personas que apuesta a pleno en el proyecto de la Chinaski. Alrededor de ellos, decenas de colaboradores que aportan con lo que pueden. No es raro que ante un llamado desde la biblioteca, un sábado a la tarde se acerquen compañeras y compañeras a alisar el piso, colocar la puerta que faltaba o cortar caños para seguir expandiendo las estanterías.

Cuando piensan en el futuro, Darío y Caro coinciden que les gustaría integrar clases de apoyo escolar para los más pibes y que los talleres fijos sean más constantes. El año pasado hubo talleres de encuadernación, de huerta orgánica, yoga y dibujo, además de charlas sobre Medio Oriente, violencia institucional, abuso sexual infantil, violencia de género y ciclos de cine-debate. Pero el momento más emocionantes del año pasado fue cuando el historiador Osvaldo Bayer se acercó una tarde para hablar sobre anarquismo y actualidad.

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“Proyectamos algo y se multiplica por cuatro”, resume Caro. “Es lugar de encuentro y de mucho respeto entre todos, donde se da una mezcla cultural increíble. Acá cada uno tiene su pensamiento y se manifiesta a su manera en un lugar libre”, agrega Darío.

Cuando terminamos de charlar y el grabador se apaga, las sonrisas se esparcen por toda la biblioteca. Ahora hay más gente. En un rato arranca la presentación de un libro. Esta noche, cuentan, no toca ninguna banda, pero los próximos fines de semana vuelve el rock a la Chinaski. Los que siguen ahí, acomodados con prolijidad y cariño, son los libros. Ellos sí llegaron a González Catán para quedarse.

*Fotos: Roma Vaquero Diaz

Para comunicarse con la biblioteca: https://es-la.facebook.com/bpchinaski/