sábado, abril 13, 2024
Cultura

Charles Bukowski: El padre del realismo sucio

“¿Por qué hay tan poca gente interesante? De entre todos los millones, ¿por qué no hay unos cuantos? ¿Tenemos que continuar viviendo con esta monótona y pesada especie? Parece como si su único acto posible fuera la Violencia. Eso se les da muy bien. Les hace florecer de verdad. Flores de mierda, apestando nuestras posibilidades” Charles Bukowski, Diarios personales

Leandro Albani/El Furgón – Desagradable, grosero, soez, machista, peleador y borracho, un hombre que escribía con el olor nauseabundo de las cloacas y el aroma “del asesinato”, como alguna vez lo dejó plasmado en sus relatos. Escritor tan controvertido y criticado como admirado, de pluma directa y sencilla como los golpes de los boxeadores fracasados que alguna vez retrató, Charles Bukowski creó una obra de más de cincuenta libros –entre novelas, cuentos y poemas–, en la cual los temas circularon siempre por una misma (y oscura) avenida. Pasaron por allí las clases sociales más bajas de Estados Unidos, los invisibilizados por el mismo sistema de gobierno, los trabajadores y las trabajadoras explotados, los desclasados que vivían entre la drogadicción, el alcoholismo, la violencia sexual y la necesidad urgente de escapar de una pobreza marcada por las necesidades básicas pero, a su vez, por una cultura del consumo y el triunfo desmedido, como es la estadounidense.

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Algo que rodea todo el tiempo a los personajes de Bukowski (y a él mismo, bajo su alter ego Henry Chinaski) es una profunda soledad. Hombres y mujeres que no se configuran como solitarios románticos o vagabundos en busca de un destino, como aparecen en los libros de su contemporáneo Jack Kerouac. En Bukowski la soledad es parte estructural de esas personas sin rumbo, sometidas a la explotación, que no tienen un ápice de esperanza, pero que al ser retratadas por el autor se convierten en una instantánea de la sociedad en la que viven.

En las fotos en blanco y negro se pueden ver los rasgos físicos de “Hank”, el sobrenombre que lo acompañaría siempre: las mandíbulas y dientes de mandril, la cara ajada y curtida, una barba desprolija y teñida de canas, los ojos achinados que al sonreír casi desaparecían. Y una panza incipiente creciendo detrás de la ropa desalineada en un cuerpo macizo, por momentos tosco, y en alguna de sus manos una botella de cerveza o de whisky aferrada.

Nacido en 1920 en la ciudad alemana de Aldernach, Heinrich Karl fue el hijo de Henry Bukowski, un joven soldado norteamericano, y de Catherine Fett, quienes al poco tiempo se trasladaron a Los Ángeles, California, en busca de nuevos horizontes. El pequeño Charles creció en un ámbito de pobreza y penurias económicas, consecuencias de los coletazos de la Gran Depresión. Como escape a los severos castigos que le propinaba su padre, cuando Bukowski ingresó a su adolescencia fue encontrando sus dos pasiones que supieron confluir y también chocarse: el alcohol y la literatura. En el plano de la escritura, los autores que devoraba (y que marcarían su propia obra) fueron Upton Sinclair, Ernest Hemingway, Carson McCullers, D.H. Lawrence y Louis Ferdinand Céline.

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El caso de Hemingway es, quizás, el más cercano a Bukowski: los dos escritores sobresalieron con sus cuentos, marcados por una escritura en la que nunca sobraba ni faltaba nada, de líneas precisas y siempre relatando historias mínimas que, por debajo, mostraban los temas principales que cruzaron sus obras.

La relación de Bukowski con uno de sus maestros quedó detallada en el relato “Clase”, que aparece en el libro Se busca una mujer. En ese cuento Hemingway es un boxeador ganador y pedante, hasta que sube al ring Henry Chinaski, que con apenas unos golpes lo tumba, conquista a la mujer más linda del lugar y se consagra como un escritor inédito que comienza una ascendente carrera. La influencia de Céline también sobrevuela a Bukowski. En una entrevista realizada por el actor Sean Penn, Hank se refería al “escritor maldito” y además resumía la virtud de todo buen escritor: “La primera vez que leí a Céline, me fui a la cama con una caja grande de galletitas Ritz. Empecé a leerlo y me comía una galletita Ritz, me reía, me comía una Ritz, leía. Leí la novela entera de un tirón y me terminé la caja de galletitas. Y me levanté y tomé agua. Tendrías que haberme visto. No me podía mover. Eso es lo que un buen escritor te puede hacer. Casi te puede matar. Un mal escritor puede hacerlo, también”. Céline además aparece como uno de los personajes de Pulp, su última novela, un policial demencial, alucinado y bizarro.

Empleado en estaciones de servicios, ascensorista, lavaplatos, conductor de camiones, operario de una fábrica de alimentos para perros y cartero fueron algunos de los trabajos que Bukowski encaró mucho antes de que sus libros marcaran una época. En medio de los días de sobrevivencia, Hank deambulaba entre el alcohol, las carreras de caballos y amores desenfrenados. En sus libros, como en su propia vida, la necesidad de saltar y de dejar atrás los bajos fondos se proyecta en los juegos de azar, convertidos en una de las pocas salidas reales a la desesperación. “Traté de ganarme la vida con las carreras por un tiempo –contó alguna vez–. Es doloroso. Es vigorizante. Todo está al límite, el alquiler, todo. Pero uno tiende a ser cuidadoso. Una vez estaba sentado en una curva. Había doce caballos en la carrera y estaban todos amontonados. Parecía un gran ataque. Todo lo que veía era esos grandes culos de caballo subiendo y bajando. Parecían salvajes. Miré esos culos de caballos y pensé: ‘Esto es una locura total’. Pero hay otros días en los que ganás cuatrocientos o quinientos dólares, ganás ocho o nueve carreras al hilo, y te sentís Dios, como si lo supieras todo. Y todo queda en su lugar”.

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Recién en la década de 1950, Bukowski comenzaría a desarrollar el oficio de la escritura de una manera disciplinada y permanente, aunque resulte extraño que entre tantos litros de alcohol y desenfreno se pueda crear una obra tan extensa y precisa. De esa época en la que intentaba abrirse un camino en el mundo de las letras, Hank recordaría que durante un invierno “me estaba muriendo de hambre intentando ser escritor en Nueva York. No había comido en tres o cuatro días. Así que finalmente dije: ‘Me voy a comer una gran bolsa de popcorn’. Cada grano era como un churrasco. Tragaba y echaba popcorn a mi estómago que decía: ‘¡Gracias, gracias!’. Estaba en el paraíso, caminando por ahí, hasta que dos tipos pasaron a mi lado y uno le dijo al otro: ‘¡Jesús!’. El otro dijo: ‘¿Qué pasa?’. ‘¿Viste a ese tipo comiendo popcorn? Dios, era horrible’. Así que no pude disfrutar el resto del popcorn. Pensé en qué quisieron decir con eso de que ‘era horrible’. Yo estaba en el paraíso. Supongo que era un poco cochino. Ellos siempre pueden distinguir a un tipo hecho mierda”.

En 1959 vería la luz su primer libro de poemas Flor, puño y gemido bestial, mientras sus relatos se publicaban en revistas underground como National Underground Review y Open City. A su vez, Bukowski iniciaba un camino en paralelo con muchos de sus compañeros de ruta, como fueron Kerouac, William Burroughs, Allen Ginsberg y Lawrence Ferlinghetti, íconos de la generación beatnik. Aunque a Bukowski se lo intenta emparentar con esta generación, el creador del “realismo sucio” siempre mantuvo una prudencial distancia con estos escritores y artistas, convirtiéndose en un “francotirador”, en una posición similar a la de Hunter S. Thompson.

De sus columnas en revistas y periódicos underground saldría Escritos de un viejo indecente, volumen que recopila artículos en los que se mezclan ficción, opiniones personales y realidades. Sin análisis profundos, sino apelando a pensamientos llanos y descripciones demoledoras, Bukowski mostraba miserias y horrores a quienes los quisieran ver. En uno de esos escritos se metía con los “asesinos” que pueblan Estados Unidos. Con su forma descarnada e incómoda, analizaba el asesinato de John F. Kennedy: “Esta es la década de eso: la Década de los Especialistas y la Década de los Asesinos. Ninguno de ellos vale una cagada de perro cristalizado. El principal problema de una cosa como el último asesinato es que no sólo perdemos a un hombre de cierto mérito, sino que perdemos también beneficios políticos, espirituales y sociales, y esas cosas existen, aunque parezcan tan altisonantes. Lo que quiero decir es que en una crisis de asesinato las fuerzas reaccionarias y antihumanas tienden a solidificar sus prejuicios y a utilizar todas las brechas como medios de echar a la Libertad natural del jodido taburete del final de la barra”.

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Pero tal vez donde el funcionamiento del sistema estadounidense queda más en evidencia es en su primera novela, Cartero, que es su historia dentro del sistema postal, la explotación profunda de los trabajadores hasta en las más mínimas situaciones y las consecuencias en su carne, por lo cual renuncia agotado y se deja llevar (otra vez) por la marea de las carreras de caballos y el alcohol. Con el paso del tiempo, quebrado y cercado por las “responsabilidades”, decide volver al correo donde lo espera la repetición de sus días pasados con jefes cancerberos que, tan explotados como los trabajadores, asumen la postura de amos y señores sobre sus empleados.

En la descripción de G.G., uno de sus compañeros de trabajo, se puede rastrear los mecanismos de ese sistema de explotación: “Había empezado de cartero a los veintipocos años y ahora andaba ya por los sesenta. Había perdido la voz. No hablaba. Graznaba. Y cuando graznaba, no decía gran cosa. No era apreciado ni despreciado. Simplemente estaba allí. Su cara se había arrugado en extraños surcos y pliegues de carne poco atractivos. En ella no brillaba ninguna luz. No era más que un viejo tipejo que hacía su trabajo: G.G. Sus ojos parecían dos estúpidos pegotes de barro asomándose por las bolsas imprecisas de sus párpados. Era mejor no pensar en él, ni mirarle”. Y en la historia de G.G., que en el relato estalla en una crisis nerviosa mientras su jefe busca con quién reemplazarlo para que el reparto de cartas no se retrase, se revela un final repetido: “Nunca volví a ver a G.G. Nadie supo lo que le pasó. Tampoco nadie volvió a mencionarle. El ‘viejo buenazo’. El hombre con dedicación. Degollado por un puñado de circulares de un supermercado local, con su oferta: un paquete de un famoso detergente de regalo al presentar el cupón con cada compra superior a 3 dólares”.

En el relato “Un par de Winos” también detallaba en pocas líneas el sufrimiento de los trabajos en las clases estadounidenses más bajas, no sólo por la explotación sino por el robo de las esperanzas. “Era como cualquier otro trabajo imposible –escribía–, te cansabas y querías abandonarlo, te cansabas más y te olvidabas de abandonarlo, y los minutos no pasaban, vivías siempre en el mismo minuto, encerrado en él, sin esperanza, sin salida, atrapado, demasiado confundido para abandonar y sin ningún sitio a donde ir en caso de hacerlo”.

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Algunos de los relatos de Bukowski también desataron fuertes polémicas, principalmente aquellos en los que se retrataba la violencia sexual, por los cuales los repudios no se hicieron esperar. “Escribí un cuento desde el punto de vista de un violador de una niña muy pequeña. Y la gente me acusó. Me hicieron entrevistas –explicó–. Decían: ‘¿Le gusta violar a niñitas?’. Dije: ‘Por supuesto que no. Estoy fotografiando la vida’. Me metí en problemas con montones de cosas. Pero, por otro lado, los problemas venden libros. Pero, en última instancia, escribo para mí”.

Luego de cosechar fama, dinero y reconocimiento a nivel mundial, Bukowski no cambió demasiado su forma de vida. La rutina de escritura, el alcohol, las visitas al hipódromo y parejas más o menos estables lo acompañaron hasta 1994, año en que falleció a los 73 años, tras padecer leucemia.

Sobre la fama que lo rodeaba no dudó en expresar que era “la destructora más grande de todos los tiempos. A mí me tocó la mejor parte porque soy famoso en Europa y desconocido aquí, en Estados Unidos. Soy uno de los hombres más afortunados. La fama es terrible. Es una media en una escala del denominador común, la meten trabajando a un nivel bajo. No tiene valor. Una audiencia selecta es mucho mejor”.

Pero el legado más brillante fue su escritura y el trabajoso oficio de la perfección en cada palabra. Sin demasiadas vueltas, Hank explicaba ese estilo de una manera sencilla: las cientos de páginas de sus libros nacían del “trabajo”, del cual “proviene el vigor y el maldito proceso creativo. Sólo así podrás poner baile y música en tus huesos. Yo tengo que escribir, si me cortaran las manos, tipearía con mis pies. Y sepan: nunca he escrito por dinero, sólo para sobrevivir”.

*Publicado en revista Sudestada, N° 135, Diciembre 2014, Año 14