sábado, mayo 18, 2024
Géneros

Julieta Lanteri, la primera impulsora del voto femenino

Carolina Uribe*/El Furgón – La dama, vestida de blanco desde el sombrero hasta las botas, llegó a la iglesia San Juan Evangelista del barrio de La Boca y se sumó a la fila de caballeros que esperaban para votar. Se elegían concejales en la ciudad de Buenos Aires, y nadie entendía por qué estaba allí una mujer: en 1911, ese era un asunto de hombres. Todavía faltaban ocho años para que naciera Eva Duarte, emblema del sufragio femenino en la Argentina, cuando Julieta Lanteri se convirtió en la primera mujer latinoamericana en emitir su voto.

No había sido fácil llegar hasta ahí, y tampoco lo fue después. La sociedad de la época no estaba preparada todavía para aceptar semejante libertinaje y buscaría la manera de evitar que se repitiera, temiendo tal vez que el resto de las mujeres abandonara sus tareas hogareñas y saliera en estampida a reclamar sus derechos.

lanteri-2Mis actos son una afirmación de mi conciencia que me dice que cumplo con mi deber: una afirmación de mi independencia que satisface mi espíritu y no se somete a falsas cadenas de esclavitud moral e intelectual, y una afirmación de mi sexo, del cual estoy orgullosa y para el cual quiero luchar”, decía la apasionada Julieta, siempre en ebullición, llevando la contra al mundo de machos que la rodeaba

La sexta médica argentina

Julieta nació en Cuneo, Italia, en 1873, y cuando tenía seis años su familia se mudó a la Argentina. Desde niña supo que quería ser médica, pero para eso era obligatorio cursar el secundario en colegios a los que sólo concurrían varones. Se inscribió entonces en el Colegio Nacional de La Plata. Así empezaba una vida de lucha, siempre contra la corriente, encontrando huecos por donde colarse en las leyes y los reglamentos hechos a la medida de los hombres.

En ese tiempo, la educación para las mujeres estaba orientada a desarrollar las tareas que les correspondería realizar en la vida: coser, lavar la ropa, planchar, cocinar, limpiar la casa, atender al marido y criar a los hijos. Incluso la Ley 1420 de Educación Común (de 1884) lo dictaminaba así en su artículo 6: “Para las niñas será obligatorio el conocimiento de labores de manos y nociones de economía doméstica”. El caso de la medicina era especialmente controvertido porque se consideraba indigno de una dama el hecho de ver y tocar los órganos sexuales no sólo en un consultorio, sino también los de los cadáveres para estudiarlos. Claro que a Julieta esos prejuicios no le interesaban, e ingresó con su secundario aprobado en la Universidad de Medicina de Buenos Aires, de donde sólo habían egresado dos mujeres hasta entonces: Cecilia Grierson y Elvira Rawson de Dellepiane.

lanteri-3Tenía 34 años cuando se recibió, y aunque se interesaba especialmente por la neurología, su primer puesto fue en la Asistencia Pública de Buenos Aires, administrando la vacuna contra la viruela. Estaba claro que los mejores lugares no estaban destinados a una mujer, y menos si pretendía entrar con los tapones de punta en el selecto círculo de médicos. En un artículo para la revista La semana médica, escribió: “Muy pocos, salvo honrosas excepciones, son los que se empeñan en divulgar y en hacer cumplir aquellos conocimientos que tienen una absoluta y amplia confirmación, y la inmensa mayoría se contenta con vegetar en la esperanza del logro del bienestar y la riqueza”.

Al mismo tiempo, comenzaba a nacer su carrera política. En 1906 participó en el Congreso Internacional de Libre Pensamiento. Julieta pudo escuchar ahí a destacadas feministas y a científicos, intelectuales y escritores disertar sobre temas como la igualdad entre los sexos, la salud reproductiva, la independencia de las mujeres para administrar sus bienes, la libertad política y el divorcio. Su cabeza se colmó de ideas y de sueños; entendió que esa era su misión en el mundo.

Llevaba una vida austera y de mucho trabajo. Hacía prácticas de obstetricia y atendía su propio consultorio, en el que todos sus pacientes eran mujeres. Escribía, estudiaba, y organizaba actividades en el Centro Feminista al que se había incorporado. Quiso ser docente y solicitó en la Facultad de Medicina la incorporación a la cátedra de enfermedades mentales, pero después de tomarse casi un año para pensarlo, la rechazaron por ser italiana. Sin demora, Julieta inició el trámite para obtener la ciudadanía argentina.

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Amor y feminismo

Y un día, entre todo ese torbellino, se enamoró. El hombre se llamaba Alberto Luis Renshaw; había nacido en España y tenía catorce años menos. Se casaron el 6 de junio de 1910, pero Julieta no modificó un ápice su forma de vida. Siguió adelante con su pelea para obtener la ciudadanía, y recién la consiguió cuando presentó una carta firmada por su esposo donde la autorizaba a llevar adelante acciones legales. Ella, que luchaba todos los días por los derechos de las mujeres, tuvo que pedirle permiso al marido para hacer un trámite absolutamente personal. Sin detenerse en lamentos inútiles y con la ciudadanía bajo el brazo, fue a inscribirse en el padrón electoral. Cumplía todos los requisitos y el empleado municipal no tuvo más remedio que completarle la boleta de inscripción. Así fue como llegó a aquella votación en la iglesia San Juan Evangelista que dejó para siempre su marca en la historia.

El matrimonio duró solo un año. Alberto dejó a su esposa, quien en 1920 dijo a Caras y Caretas: “Estoy curada de engaños. Desde que mi marido se fue para no volver, se acabó mi credulidad en los afectos humanos”.

Durante los años siguientes, Julieta obtuvo el divorcio (a pesar de que aún no se había sancionado como ley) y continuó abocada a su consultorio y a las actividades del Centro Feminista. En las elecciones de 1919 intentó repetir la experiencia de votación, pero esta vez rechazaron su inscripción en el padrón alegando que debía contar con Libreta de Enrolamiento. Los enemigos de las libertades femeninas no sabían a quién se enfrentaban: Julieta estudió a fondo las leyes y la Constitución, y encontró que ninguna norma especificaba que una mujer no pudiera ser candidata.

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Así nació el Partido Feminista Nacional. “Yo no pertenezco a ningún partido político porque no me habría sentido a gusto actuando en un ambiente cuya lucha tiene una forma que no está de acuerdo con mi temperamento. Deseo combatir por ideas y con ideas, y me repugnan las recriminaciones y los ataques personales”, declaró en esos días a la Revista Fray Mocho. En el lanzamiento de su postulación, con su impecable traje blanco y la frente en alto, ofreció su primer discurso. El lema de campaña era: “En el Parlamento una banca me espera, llevadme a ella”. El salón estaba repleto, y no sólo eran mujeres las que habían acudido a escucharla. Habló de la necesidad de protección, por parte del Estado, de las madres trabajadoras y de sus hijos; de la igualdad civil para los hijos legítimos y “no legítimos”; de la educación mixta y hasta de la abolición de la pena de muerte. Y finalmente el punto principal, el eje de su lucha: sufragio universal para ambos sexos.

Su sistema de propaganda la convirtió en un personaje conocido, ya que aprovechaba todas las ocasiones posibles para dirigirse a la gente y pedirle su voto; hablaba en los intervalos de los cines, en la calle, en los bares, aunque su principal escenario eran las plazas. Elegía un banco desocupado, se paraba sobre él y comenzaba a hablarle a un público invisible que se iba corporizando a medida que algunos curiosos se detenían a escucharla. “Aquí está esta mujer que se proclama a sí misma candidata a diputado nacional, que aspira a esa banca en el parlamento y que pide a sus conciudadanos que la lleven a ella”. Dos mil personas reunió en su primer acto callejero en la plaza de Flores, y aunque los 1730 votos que obtuvo no le alcanzaron para entrar en el Congreso, no se achicó: “No me importan los números, me importa únicamente su significación. Mis proyectos son seguir machacando sin cesar”.

lanteri-6Terminadas las elecciones retomó su objetivo de votar. Debía obtener la Libreta de Enrolamiento, por lo que se presentó en el Registro Militar acompañada por un grupo de afiliadas a su partido. El oficial que las recibió no podía creer lo que estaba pasando, y sin dudarlo rechazó el pedido. Ante la insistencia, las mandó a hablar con el ministro de Guerra. Las damas, sin inmutarse, partieron raudas hacia el despacho del ministro, que también les negó la solicitud.

El camino hacia la igualdad

Además de proclamar los derechos femeninos, Julieta invitaba a las mujeres a involucrarse: “No es mi propósito educar a la mujer en el sentimiento de la mendicidad de sus derechos políticos, sino en el de conquistarlos, basándose en la Constitución Nacional, que le es enteramente favorable”. Para las elecciones de 1920, el Partido Socialista Argentino incluyó algunas de las propuestas en su programa, e incorporó a Alicia Riglos de Berón de Astrada como candidata a diputada. Fue un gran triunfo para Lanteri, quien apoyó la iniciativa aunque no formara parte de esa fuerza.

Al mismo tiempo, la Unión Feminista Nacional, dirigida por Alicia Moreau, organizó para el día de los comicios un ensayo de voto femenino. Para Julieta, ese ensayo constituía un error: “Así como la mujer no puede prestarse a un simulacro de maternidad, jamás debe prestarse a un simulacro de vida cívica, nueva maternidad de las democracias”. Contundente, escribió en el diario La Nación: “Las mujeres que luchamos de verdad, dentro de los derechos naturales que corresponden al ser humano, repudiamos toda clase de farsa y todo simulacro, cualquiera sea el pretexto que se tome para justificarlo”. Es que las mujeres elegirían en ese ensayo a los partidos que justamente eran los que no las tenían en cuenta. A pesar de su clara opinión al respecto, Julieta acompañó a la Unión Feminista el día de la votación. Sabía que lo último que necesitaban era una división entre ellas.

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Cinco veces más fue candidata, y a pesar de no haber accedido nunca a un cargo, vivió cada elección como un triunfo, un paso más en el camino a la libertad de las mujeres. Durante esos años soportó imperturbable las burlas de algunos diarios y revistas que la caricaturizaban y banalizaban sus acciones e ideas, y perdió poco a poco todo su capital, ya que pagaba de su bolsillo las campañas electorales. Vivía con su hermana Regina en Berazategui, donde criaban gallinas, cabras y perros. A partir de 1928 subsistieron gracias a un nuevo e insólito emprendimiento de la doctora: el tratamiento contra la calvicie. Su última postulación a diputada nacional por el Partido Feminista fue en 1930.

El 23 de febrero de 1932, días después de haber decidido retomar las actividades del Partido, Julieta fue atropellada por un auto al cruzar la calle. Aunque sus allegados sospecharon que se trató de una maniobra intencional, nunca se pudo comprobar. Murió dos días después, a los 59 años, sin saber que en 1947 se vería realizado su sueño con la sanción de la Ley 13.010. Probablemente no le hubiera importado saber que su nombre no sería recordado, porque Julieta Lanteri no buscaba el protagonismo personal sino el de todo su género: “Las mujeres argentinas hemos vivido intentos de estar a la par de los varones. ¿Qué hemos de temer? ¿No ser comprendidas? Dejaríamos de ser mujeres conocedoras de nuestro papel en la vida de los pueblos, de nuestro valor al lado de nuestros compañeros de humanidad y de vida, de nuestro arrojo y de nuestro espíritu de sacrificio. Siempre fuimos valientes, siempre fuimos confiadas al cumplimiento de la gran misión que la naturaleza nos ha confiado, y si en cada fecundación pusimos todo el amor que fue necesario, ¿por qué en la vida cívica de los pueblos habríamos de ser menos amorosas y menos valientes?”.

*Publicado en revista Sudestada, N° 137, Mayo-Junio 2015, Año 14