lunes, abril 22, 2024
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A la memoria del Viejo Pedro Milessi

Rafael Flores/El Furgón – Pedro Milessi (1888 -1981) fue una referencia insoslayable para la nueva izquierda clasista. Se inició en el anarquismo donde participó de la Semana Trágica y el Grito de Alcorta; el influjo de la Revolución Rusa lo empujó a la militancia bolchevique hasta que el Partido Comunista finalmente lo expulsó. Obrero de toda la vida, organizador y agitador; fue figura de consulta de las nuevas generaciones de luchadores que iban desde Agustín Tosco al Sitrac-Sitram. En este relato, el escritor Rafael Flores Montenegro comparte su recuerdo del “viejo Pedro” en los días del sindicato del caucho y la Mesa de Gremios en Lucha de Córdoba.

Era una referencia intensa, como una sombra que cobijaba en la intemperie ideológica, o una luz para los momentos oscuros en que debíamos aclarar posiciones. A comienzos de la década de los setenta había escuchado noticias de su existencia, es probable que combinadas con el Viborazo y el Sitrac-Sitram. Pero empecé a tratarlo en el 1975, expresa y aplicadamente.

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Propendieron a ello varios compañeros que con insistencia hablaban del Viejo Pedro. Como si dijeran qué pensará él de esto o de aquello. Me llevaron a su casa Soledad García y Eduardo Requena. Con ellos volví y también volví solo, no podría recordar cuántas veces. Visitarlo significaba una fiesta para el pensamiento político, a la vez que para el paladar pues siempre picábamos algo con el Viejo. Aunque al acercarnos a su casa sintiéramos que aumentaba nuestra alerta ante los husmeos policiales.

Se acrecentaba el estado de permanente desasosiego, pero la alegría de verlo compensaba las zozobras. Lo recuerdo en mañanas intempestivas cuando yo le caía sin avisar. Después de dar vueltas a la manzana haciéndole saber que andaba por allí, llamándolo desde la vereda o arrojando una piedrita contra la puerta. Entonces el Viejo la dejaba entreabierta y yo entraba. Solía encontrarlo en bata, muy cómodo en su casa, a veces con un saco tejido encima.

milessi-1En otras ocasiones me esperaba a comer. Le llevaba una botella de vino, Toro o Tosso, pan, salame, fruta. Sus comidas eran estupendas, hechas con mucha paciencia y cariño. Recuerdo especialmente las busecas y algunos tallarines. “Yo tengo tiempo para hacerlas, compañero”, decía, aunque sabía que en su fuero interno me llamaba “El Beduino”, según me lo habían contado. A mis amigos les preguntaba astutamente “¿qué piensa El Beduino de tal cosa”, “¿qué dijo en la asamblea?”.

Ahora estoy recordando que me llamó la atención su famosa Carta a los compañeros del Peronismo de Base. Luego, también me apasionaron los documentos que se empeñaba en ir escribiendo y que nosotros, no sé decir quiénes, a la vez le instábamos a escribir. Él trabajaba despacio, tenaz y concienzudo, con primor de ideas y de palabras. Había caminado con las masas obreras el 17 de octubre de 1945, pulsando ese entusiasmo contra la sed, el hambre y el sol en largos kilómetros en la ciudad de Buenos Aires. Y no se le olvidaba repudiar la actitud de dirigentes comunistas de entonces que llamaron “desclasados” a los manifestantes. Luego comentaba que concurrió con sindicalistas afines a reuniones con el famoso coronel Perón, en las que él pensaba para sus adentros “este tipo mira doble”.

He leído diversos textos suyos en hojas finitas de papel manteca, pasados a máquina con la tinta un poco aglomerada en sus caracteres. Creo que siempre fueron fragmentos que él mismo nos había leído antes a sus interlocutores. Trataban sobre la situación de los obreros, fundamentos doctrinarios de la lucha de clases, recuerdos… No se me van de la cabeza sus referencias a la Comuna de París, la Revolución Rusa o la historia del movimiento sindical argentino. En una ocasión en que yo había dado con un par de tomos de la Historia Sindical de Sebastián Marota me dijo que era una “buena crónica”. Sus palabras revelaban que se trataba de un apreciable registro de hechos, digamos. Incluso mantenía ese punto de vista cuando le dije que había visto su nombre en episodios sindicales de los años 1920. En la “crónica” saltaba varias veces la mención a Pedro Milessi. No obstante, desestimó hablar de eso. El presente le urgía en verdad.

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¿De qué hablábamos con el Viejo Pedro? Si tuviera que sintetizarlo en menos de un renglón diría que de la Mesa de Gremios en Lucha. Era la obsesión que intensamente compartíamos. La suya, a los 87 años de vida, y la nuestra, algunos muy jóvenes veinteañeros aún. Puedo señalar, esperando que se disculpe la insolencia al joven de entonces, que discutíamos frente a frente. Hacíamos un mano a mano con el Viejo Pedro en esas jornadas donde él jugaba con la enorme ventaja de su experiencia histórica que le permitía argumentar de dónde venía tal tendencia, cuáles antecedentes la anunciaban, cómo habría germinado. Escucharlo resultaba apasionante. Pero las cosas se precipitaban y allí jugaba de nuestra parte el contacto directo y permanente con los compañeros de planta en las asambleas. “La gente opina, Viejo”, “los compañeros dicen”, “hay una idea entre la gente”… Luego de escuchar lo que digo, el aire de la fábrica y de las calles de entonces, hablaba y sacaba conclusiones el Viejo. Su palabra era un enorme campo de luz en la maraña de caracterizaciones, prejuicios y consignas.

La ideas de Pedro Milessi

Si tuviera que dibujar una rúbrica de los pensamientos del Viejo Pedro, desde luego que partiría de un principio que no se cansaba de repetir: independencia de la clase obrera de las patronales, del Estado, de los partidos políticos y de cualquier otra tutela. “La clase tiene que pensar por sí misma”, decía. Lo recuerdo en días invernales a eso de las once o doce, con su saquito de lana sobre la bata, chasqueando la lengua tras probar la comida que hervía en la olla y repitiendo esos principios. Después le leía los documentos que redactábamos para la Mesa, o las solicitadas. Escuchaba muy respetuosamente. Indicaba correcciones, aunque en general los comentarios eran aprobatorios.

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Sus inquietudes permanentes en el proceso de organización de los obreros versaban sobre las posiciones que adoptaran el peronismo y el Partido Comunista. De alguna manera, en el país aquellos principios por él defendidos se habían trastocado. ¿Cómo recuperar la iniciativa? Recuerdo que los puntos de vista de la CGT los conocíamos por los diarios, pero no siempre los del PC, por los que preguntaba y analizaba para sus adentros. Quería que construyéramos un gran frente de acción con todas las tendencias de izquierda y aclaraba con énfasis que se acordaran puntos para luchar por ellos. Otra cosa sería el frente estratégico o la unidad programática, que se iría edificando hacia el futuro.

Los movimientos de acción conjunta, la unidad alrededor de las reivindicaciones sindicales y políticas de la clase caminaban a pasos agigantados. Vivíamos tiempos de altísima intensidad. A los pequeños sindicatos combativos, con cuyos pilares se construía la Mesa, acudían compañeros de todas las organizaciones de izquierda, incluso los movimientos de solidaridad, ligas agrarias, credos religiosos, etc. Acudió también Alfonsín, con quien alcanzamos a tener un par de reuniones: “Tenemos que juntarnos contra los fachos”, eran sus palabras. En ese contacto de constante agitación el Viejo Pedro, desde su casa, vivía feliz y esperanzado. Esperaba con entusiasmo expreso las noticias que le llevaba y se ponía a analizarlas. A veces, para mi frágil experiencia, sus categorías de análisis resultaban como cargadas de “pesada racionalidad”. Asimismo, yo me preguntaba en silencio: “¿Qué intuición le permitía al Viejo ver de antemano reacciones para nosotros insospechadas?”.

movilizacion-2Insistió siempre en que la movilización de la clase en ascenso provocaba aquel acercamiento de cuantos grupos y movimientos hubiera en la sociedad. Era un momento muy próspero para que se arrimaran a esa columna social que luchaba por sí misma y para todos. Día a día caían fichas a favor de esa idea sustentada por el Viejo Pedro. Por otra parte, me sentía tratado con cuidado por él, con cierto mimo. La sonrisa feliz cuando llegaba a su casa, su mirada vivaz a pesar del cansancio de los años.

Creo que en la mente, él tenía un cuadro bastante fidedigno sobre lo que eran las reuniones de la Mesa de Gremios en Lucha. Allí los pequeños sindicatos que quedaban sin ser intervenidos o reventados éramos los anfitriones y presidíamos. En general las reuniones se realizaron en el Sindicato de Perkins y en el Sindicato del Caucho. Teníamos locales y cierta legalidad de puertas abiertas, aunque vigiladas por la policía secreta y los paramilitares. En casos objetivos fuimos víctimas de atentados, como el que realizó el Comando Libertadores de América en el local del Caucho, el 11 de septiembre de 1975. Concurrían a las reuniones los representantes de sindicatos intervenidos, como el Smata y Luz y Fuerza, comisiones internas, agrupaciones de base, y organizaciones políticas. La Mesa era grande pero las reuniones ampliadas no admitían más de veinte personas. Es sorprendente pensar cómo se lograba que estuviesen los que estrictamente tenían que estar allí. Los distintos nucleamientos –lo pienso ahora– harían una rigurosa selección de quien acudiría o se quedaba en la reunión, según el peso específico de su representatividad social primero y luego política. La Mesa explicitaba sus puntos de vista y los puntos tras los cuales pensábamos se realizaría la convocatoria. Luego se desarrollaban los debates.

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Pasadas las reuniones me esmeraba en encontrar tiempo para conversar con el Viejo Pedro en su casa. Le refería las argumentaciones de los distintos agrupamientos y él comentaba esos argumentos como si los hubiera oído de primera mano. A mis años de entonces aquello resultaba poco menos que increíble.

Sólo una vez lo recuerdo fuera de su casa. Fue en una asamblea en la UEPC. Habló con énfasis, con voz potente, llamando a la unidad de acción. Sobresalían éstas palabras suyas: “Las organizaciones políticas tienen que cerrar filas alrededor del movimiento de la clase trabajadora”.

Otros saldos memorables

Tengo presente la tesis que el Viejo Pedro repetía sobre el retorno de Perón. Desde los años sesenta recuerdo panfletos, pintadas, títulos de escritos que pregonaban la consigna “Luche y vuelve”. Era una bandera poderosa que denunciaba la proscripción y encolumnaba las distintas tendencias del peronismo. Es sabido que una importante vanguardia de ese movimiento luchó con las armas en la mano y de manera espectacular. Tras valientes y denodados empeños consiguieron armarse para combatir a la policía y al ejército. Significaron acciones de muy vastos alcances en casi todo el país, al punto de que, con todo derecho, se plantearon influir decididamente en la voluntad de Perón.

En el año 1973 convocaron a miles y miles de argentinos, entre los que hubo muchos simpatizantes suyos, para recibir a Perón en el aeropuerto de Ezeiza. Su resultado fue la tristemente célebre masacre producida por los hombres de López Rega, secretario de Perón.

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Había llegado Perón en un clima de extraordinaria efervescencia obrera y popular, crecida en las luchas contra las sucesivas dictaduras que jalonaron aquellos años previos a su retorno. Las tendencias de los diversos frentes de lucha analizaban las cosas para tomar posiciones sobre el momento que vivía el país. Nos desvelaba realizar una buena caracterización política por la cual definir el camino que trazaría la acumulación revolucionaria. En ese contexto, el Viejo Pedro creyó crucial plantear su punto de vista. Lo recuerdo diciendo: “Perón no volvió a continuar ni dirigir la lucha revolucionaria. Vino a aplacarla”. Entendí en sus razonamientos que los militares se sentían políticamente incapaces de timonear la situación y que traían a Perón para que lo hiciera él. Incluso recuerdo palabras del dictador Lanuse: “Si Perón no viene es porque no le da el cuero”. Encarnaba ya un reto, una provocación para que el envejecido líder asumiera el papel dirigente. Sin embargo, en las fábricas veíamos que Perón era el anhelo de muchos compañeros, lo señalaban con felicidad y esperanza. Con ese dato teníamos que convivir y contar generosamente.

Para el Viejo Pedro una perspectiva clara sobre ese punto era la viga maestra que jugaba para construir cualquier análisis de la época. De entre las mallas del olvido puedo recuperar, más o menos fidedignas, palabras suyas: “La política se tensa entre dos polos. Al medio, el péndulo, un globo que oscila: ideas en la derecha, ideas en la izquierda. Y en el centro las corrientes de opinión donde la gente y las clases van haciendo gestos, añejando paciencias, capaces hasta de violencias extremas. La política pasa por el centro y el que rumbee el centro a su favor definirá la historia…”.

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Tiempo después, cuando la creciente movilización de los trabajadores comprometía a más capas sociales, el inmenso movimiento peronista mostraba ya una profunda división entre los que se abrían hacia la izquierda y los que lo hacían hacia la derecha burocrática y asesina. El Viejo Pedro redobló sus postulaciones. La vuelta de Perón significaba una maniobra para contener el avance del desarrollo independiente de la clase obrera. Los años en que a la resistencia la acaparaba el peronismo habían pasado. Ahora sus protagonistas fundamentales estaban en los obreros del Cordobazo, Rosariazo, Tucumanazo… que concitaban la confluencia de estudiantes y otros sectores importantes de la clase media preocupados por el futuro. Sobre esas bases pivotaba el pensamiento del Viejo Pedro. Lo hacían apostar al movimiento obrero como garantía de lucha y unidad en su independencia.

Tras la breve memoria trazada con los recuerdos fragmentarios que perseveran de su fulgurante personalidad, uno siente que en él está de alguna forma un paradigma del movimiento obrero argentino. Empezó con los anarquistas que estuvieron en los comienzos: ni Dios ni Estado, independencia en la organización de la clase. Luego se deslumbró con la Revolución Rusa y se afilió al Partido Comunista, del que dos veces lo expulsaron por diferencias políticas e ideológicas. Más tarde acompañó la solidaridad con la República Española, siguió en la calle después acompañando a las masas movilizadas el 17 de octubre del 1945. Estaba donde la clase obrera se manifestara, intentando incidir con sus puntos de vistas expresados en las asambleas. En décadas posteriores se conmovió con la izquierda revolucionaria que, ya jubilado, lo encontró entusiasta colaborando en lo que él mismo llamó “el grito de Córdoba”. Acompañó a Tosco, a Sitrac-Sitram, y a los que fuéramos a verle de la Mesa de Gremios en Lucha. Llevamos en el corazón su imagen de trabajador insobornable y lúcido.

Me cuesta recordar escenas, anécdotas, conversaciones. Eran tiempos en que se imponía el silencio, o saber lo menos posible sobre la vida de los otros como de la propia vida. Cualquier cosas podía servirle al enemigo en su voracidad represiva. Conforme arreciaba la represión, olvidar precisiones era una manera de preservarse, echar llaves en el fondo de la conciencia, clausurar recuerdos.

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Quizás el último recuerdo es el de un día en que ya era de noche. Llevaba yo tantas maldiciones a cuestas que vos, Viejo Pedro, pediste más precauciones. Simples. No llegar tan tarde a tu casa, a lo sumo dos o tres personas, cambiar medios de locomoción, indumentarias, observar obsesivamente los posibles husmeos de la cana. O tal vez fuera un mediodía con sol en que llevamos un pollo asado y vino. Vos habías saludado con un beso a cada uno, porque eras viejito y eras así. Tus ojos lucían muy vivaces en una esquina de la vida que daba vueltas alrededor de setenta años de lucha. Y de bastante ilustración política, digamos.

No lo sé. Nunca se sabe al fin cuál será la última vez en que dos personas se van a encontrar. ¡Y había tantas conspiraciones contra nosotros! En efecto, nos separaron.

A los años supe que me recordabas: “¡Ah, ese muchachito! Un practicón sindical”. Sí. Recuerdo que ya te oí las mismas calificaciones hablando de otros compañeros que eran verdaderamente grandes. Me sentí halagado por esas palabras… viniendo de vos.

Se me hace cuento… Viejo…

Al filo de acabar esta memoria, empobrecida por los “tabicamientos” ante la represión y por el tenaz paso de los años, me permitiré recuperar un recuerdo del día en que estando ya exilado en España, recibí la infausta noticia del fallecimiento del Viejo Pedro, creo que en el año 1981… (Al fin todo lo que cuento es pasado y se aumentará cuando acabemos de leerlo. Por eso a nadie va a confundir que le agregue aquello que escribí – o garabateé- en los días en que me  informaron de su muerte, en el año 1981 o 1982. Las noticias no acompañaban puntualmente los hechos como ahora que resultan muchas veces casi simultáneas a lo que va aconteciendo).

Trabajaba en un pequeño taller de carpintería y entre herramientas y olor a barnices… No importa. ¿Cómo convencerme de que has  muerto, si eras como una flor, un espíritu en llamas? Horas después de haberme enterado, aún no puedo creerlo, ni dormir, ni saber. Creí que no te morirías nunca. Esa chiquillada, Viejo.

Me puse en la fila de los que de a poco juntarán tus recuerdos: cartas, escritos, memorias pequeñas y grandes. Podré contar una anécdota, también. Así te harás más colectivo: incluso empezarías a vivir de esa forma mítica, tan hermosa, que inventa la gente al pensar en un desconocido con nombradía.

Sin embargo, ahora quiero proponerte que hagamos otra cosa. Como vos en estos tiempos ya serás una forma livianita -¡te das cuenta Viejo, cómo dejará de joder la arterioesclerosis!-, livianita, Viejo, te propongo que vengas conmigo. Cuando quieras. Deseo no verte con alas, de verdad. Así como sos te sentás al lado del banco de carpintero donde estoy trabajando. Y conversamos, o me haces recordar simplemente. Ahí, dulce Viejo, ligero como un niño.

Sé que los olores de la madera te van a gustar, aunque nos falten compañeros y compañeras. De todos modos vos tenés muchos adentro, de tantos años. Yo también tengo algunos. Y acá no se ha muerto nadie, Viejo. Nadie. Estamos todos.

Además en este momento en que te ha llegado la hora de descansar, vos tendrás mucho tiempo para visitarme. Si querés, en compensación de todo el que yo no tuve allá en Córdoba, para ir más veces a tu casa de calle Maestro Vidal por el número 2000.

Hace un rato pensaba si te habrías encontrado con tu compañera Dorita. Y ahora pienso en toda la gente que tendrás para ver. Y conocer, porque sabías de mucha, por referencias de vida y de obra. Seguramente aprovecharás ahora para encontrarte con ellas y preguntarles, argumentarles tantas cosas que tenías entre manos.

Pero te pido –otra vez, formalmente- que no dejes de darte otra vuelta por donde yo ando. Te quiero y te necesito, Viejo. Me parece que tengo todavía para un buen rato acá. Y cuando vuelva para la Argentina te voy a seguir necesitando. Si querés venirte con el Flaco Requena, me parece que me tirarán de las orejas algunas veces. Haré lo mismo con Ustedes, sabés que no me callo.

Para mí el trato está hecho, Viejo. Me parece lo más lógico esta oportunidad mientras va en marcha la transición… a ese mundo soñado que un día veremos juntos… Yo también convertido en una forma liviana, ligero de carne. Pero tal como haya sido en vida. Como Ustedes, digo.

*El presente texto forma parte del libro “Semblanzas, prólogos y vivencias”/ Rafael Flores Montenegro nació en Villa de María, Córdoba. Desde 1979 vive en Madrid. Su obra narrativa comprende libros de cuentos, poesías y ensayos.