lunes, junio 17, 2024
Cultura

Ezequiel Martínez Estrada: una vida en poesía

Controversial, depreciado o sobrevalorado, pero jamás olvidado, el escritor santafesino (nacido en San José de la Esquina a fines del siglo XIX) es transitado en su carácter de ensayista. Sin embargo, en palabras de Borges, fue el primer poeta contemporáneo. Sensibilidad, la del hombre de letras, depuesta en las formas a partir del golpe de Estado de 1930, aunque mantenida, no solo en las polémicas o indagaciones contraídas, sino en la propia vida. Los textos a continuación revelan el carácter de un hombre que supo estremecerse hasta con el vuelo del gorrión.

Por Flavio Zalazar, desde Rosario/El Furgón

Ezequiel Martínez Estrada fue un poeta autodidacta, empleado en el Correo Central y hacia el año 1923 fue nombrado profesor titular de Literatura en el colegio secundario dependiente de la Universidad Nacional de La Plata. Había ganado lugar con la edición de varios libros, además de una obra de teatro en versos. Por su labor, Leopoldo Lugones -considerado entonces el poeta nacional- lo había elogiado en el poema “Laureado en Gay Saber”, aparecido, por supuesto, en el diario La Nación; misma tribuna, que el bardo de Río Seco utilizó para su proclama de agitación con el título “La hora de la espada”. Pero Martínez Estrada eligió otro camino, el mismo que hace un piojo en la cabeza de un pelado: predicar en el desierto.

Así como a su amigo, mentor y maestro, los años treinta le significaron admiración al autoritarismo, para Martínez Estrada fueron un cambio de piel. Escribió: “el derrocamiento de Yrigoyen fue el advenimiento de una camarilla o casta militar al poder, la revelación de que debajo de la cobertura y apariencia de una nación en grado de alta cultura, permanecía la estructura de una nación de tipo colonizado, de plantación y trata”. A la sentencia, la revistió en nueva actitud, la del libre pensador, dentro de una realidad a la que estimaba, por lo menos en nuestro país, de asfixiante. Acentuó su incomodidad social con Perón en la presidencia.

Luego del golpe del ’55 -otro más- viajó por la Unión Soviética, trabajó en México en la editorial Fondo de Cultura Económica e impartió seminarios en la Universidad Autónoma, además de escribir un libro y viajar a Cuba. Es en el país azteca donde trasciende esta anécdota, en la voz de Héctor Tizón: “A Martínez Estrada lo conocí bastante en mis tiempos de diplomático. Una vez le renové el permiso de residencia, porque él no quería ir a buscarlo. Un día me llama Orfilia Reynal, del Fondo de Cultura, para decirme que no cobraba los sueldos de la universidad: se negaba a firmar los recibos si no le daban en el mismo momento la plata. Entonces le dije, Don Ezequiel, ¿usted va a vivir del aire? ¿Por qué no quiere firmar? A lo cual respondió: Porque no muestran el dinero, añadiendo, a esos burócratas no hay que creerles nada. Después se arregló, alguien debe haber firmado por él, porque era muy terco, a la vez de reactivo”.

De la experiencia centroamericana, y de una Cuba revolucionaria emergió,

La tumba de Martí

Que su tumba sea toda Cuba, repose aquí o allá; que su estatua sea, como la del soldado desconocido, una llama que arda y fulgure día y noche, por los siglos, irradiando luz y calor, fe y pasión sobre la isla, sobre el Caribe, sobre América y sobre el mundo, como faro, como estrella.

Pensaba así, agarrado a los barrotes del mausoleo, cuando advertí que el chicuelo había regresado de Jamaica, y en silencio estaba junto a mí. Me asustó por lo insólito y lo mágico de su presencia de fantasma, que eso era en efecto.

-Dime -le pregunté, por hablarle; más bien para justificar su situación que la mía, para que no tuviera que excusarse en mi lugar-; dime: ¿Tú quieres a Martí?

Me miró como si hubiese preguntado por algo inesperado y sabido; por los padres, por su nombre de pila, o por la casa en que vivía. O como si tuviera que hacer una confesión secreta, algo de todos modos íntimo mas no exclusivo, no suyo, no un bien propio. Y me contestó agrandándosele los ojos y llenándosele la cara de indulgencia: “Sí”.

-Y- para seguir hablándole sin decir nada-; ¿tú sabes quién fue Martí, que escribió para que se lo respete así?

Como si me hablara desde la cúpula del cielo, fulguró:

-Murió por nosotros.

Así como el texto transcripto lo demuestra, lo íntimo, la exaltación del hecho inefable de la creación, siempre irrumpía, muy a su pesar y de su rigurosidad-dado intelectual formado en los confines del positivismo-. El no poder ocultar el yo lírico redundaba en honduras y sentimentalismos, haciendo, por ejemplo, de la simple mateada en pareja, un símbolo.

“El Mate”

De tí a mí, mano a mano,

el mate viene y va.

 

El mate es como un diálogo

con pausas que llenar.

 

(Darío lo ha llamado

calumet de la paz).

Niño que se ha dormido

cansado de llorar

y aún suspira, la lluvia

cae sobre la ciudad.

 

El brasero sus brasas

aviva fraternal

y como en la charada

llena todo el hogar.

 

De tí a mí, mano a mano,

el mate viene y va.

 

Nos quedamos callados

mirando sin mirar

un cuadro, un libro abierto,

un reflejo fugaz.

Tenemos una pena

como de soledad;

nos falta un hijo y algo

que no tendremos ya.

El reloj da la hora

de la serenidad

y grano a grano cuenta

arenas en el mar.

La lluvia se diría

que liquida el cristal.

El brasero calienta

el frío del hogar.

 

De tí a mí, mano a mano,

el mate viene y va.

 

Hace poco perdimos

un amigo ejemplar,

perdimos un hermano

de exquisita bondad.

Se le acabó la vida

antes de comenzar.

Presente en el silencio

sabemos bien que está,

pero callamos porque

no podemos hablar.

Tu principiaste un cuadro,

yo un libro; y ahí están

sin terminar las manos,

la estrofa sin final.

 

De tí a mí, mano a mano,

el mate viene y va.

 

Llevamos siete años

de vida conyugal

y nuestro amor reclina

su frente en la amistad.

De los viejos proyectos

casi no hablamos más;

hay algo que nos dice

de un fracaso brutal.

 

Nos miramos con pena

durmiendo sin soñar;

nos ha engañado el sueño,

ya no soñamos más.

 

De ti a mí, mano a mano,

el mate viene y va;

viene a mí fervoroso,

casi frío a ti va.

 

No hay más luz que las brasas

ni más calor, quizá.

Mi cigarrillo quema

sustancia sideral

y como se ve poco

no nos vemos llorar.

Prestemos atención: la acción de cebar y tomar mate, de entregar y recibir el famoso recipiente, se transforma en alegoría; tanto, que al repetir el estribillo aguza una fuerte musicalidad de aliteración, juego retórico al servicio de la cohesión semántica de los diferentes momentos de la pareja. Esa voz que repica, la que rescata el narrador, como la del lector que sigue el poema, coinciden en una sola. Hasta ahí un buen poema; pero lo extraño resulta que esta suerte de fisgoneo, esta mirada al otro -a la intimidad del poeta-, en un momento de reflexión, nos toma, nos abarca en una viscosidad profunda, parecida al efecto de lo cursi, pero nada más alejado. Extraño.

Es que, en definitiva, Ezequiel Martínez Estrada fue esto: paradójico. Siendo corriente (en la acepción del pequeño burgués intelectualizado), se transformó en un terrible crítico del poder; siendo grave (serio) logró conmoverse y conmover con pequeñas cosas, el jugueteo de un perro, o la visita de un pájaro al balcón.