martes, julio 16, 2024
GénerosPor el mundo

Hacia una masculinidad consciente

Por Nicolás Falcoff, desde San Cristobal de las Casas, Chiapas/El Furgón –  Mientras millones de mujeres se hacían oír en el paro mundial del 8M ocupando las calles y cuestionando en sus centros el sistema heteropatriarcal imperante que domina el planeta, en las montañas del sureste mexicano comenzaba el Primer Encuentro Internacional, Político, Artístico, Deportivo y Cultural de Mujeres que Luchan convocado por las compañeras zapatistas. Miles de mujeres de distintos puntos de la tierra acudieron al encuentro que durante tres jornadas desveló al caracol zapatista de Morelia con actividades deportivas, políticas y artísticas en pleno territorio autónomo y rebelde.

Por supuesto que los hombres de por sí, no estábamos invitados. En la puerta de entrada del gigantesco predio destinado al encuentro y ubicado a unos cientos de metros del caracol  había un cartel que decía: Prohibido entrar hombres. Las compañeras en lucha generaron su tiempo y espacio para vivir en libertad como mujeres entre mujeres durante tres días y tres noches. Esa situación es casi imposible de reproducir cotidianamente en un mundo dominado por hombres, regido por la violencia y la mirada machista. Sin embargo, fuera del evento, las compañeras permitieron y establecieron un campamento destinado a los hombres que a pesar de no estar invitados decidiéramos ir tan solo en calidad de “acompañantes”. La credencial con nuestro nombre, colectivo y país nos sería dada siempre y cuando una compañera nos acreditara en dicha condición. “Acompañantes” hasta la puerta nomás ya que en cuanto nuestras compañeras ingresaran al predio exclusivo para las mujeres,  debíamos quedarnos en el campamento de hombres a esperar, cocinar o también a cuidar a lxsniñxs para que ellas pudieran disfrutar sin más del encuentro.

Algunas compañeras zapatistas se acercaron el primer día a pedir que quienes tuvieran tiendas de campaña (carpas), armadas bajo el techo de nylon sostenido por una estructura de madera y sin paredes, las pusieran fuera de la estructura para dejar lugar a los compañeros que no tuviéramos carpa. Allí podríamos echar nuestras bolsas de dormir y descansar por las noches en el pasto, pero al menos bajo techo. Fue recién en ese momento, ante la iniciativa y el pedido de las compañeras que se abrió un círculo en el campamento. Quienes allí estábamos como hombres que somos, ante el rostro del otro compañero nos miramos al espejo. Cierta inquietud se percibía en el ambiente y no por sentirnos excluidos sino más bien interpelados. Estábamos en la periferia de un encuentro que no nos pertenecía, sin tarea específica asignada más que estar allí por voluntad propia y gracias a las compañeras que permitieron que acampáramos como “acompañantes”, pero solos y entre hombres.

La inquietud se transformó en diálogo, el diálogo en círculo y el círculo encendió la llama de un fueguito necesario para nuestros corazones. La necesidad de encontrarnos y preguntarnos en ese espacio delimitado entre hombres cómo nos afecta a nosotros el machismo, el heteropatriarcado, el sistema imperante que también padecemos, que también reproducimos en micromachismos cotidianos. Las mujeres nos estaban enseñando la importancia de gestar, cuidar y preservar un espacio propio. A no escapar a la necesidad que tenemos como hombres de indagarnos en nuestra responsabilidad de que el mundo esté como esté. A no sucumbir ante la necedad de pensar que la lucha contra el sistema heteropatriarcal imperante no nos incluye. A dejar de mirar para otro lado y hacernos cargo de una vez de repensar nuestro hacer, decir y hacer como hombres que somos, para así poder habitar otras masculinidades posibles.

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Desde el campamento de hombres se oían las miles de mujeres cantando, gritando, aplaudiendo, celebrando la vida adentro del encuentro. Desde afuera los apenas ochenta hombres de distintos lugares del planeta nos disponíamos a sembrar una humilde semilla de cambio. Semilla que los otros hombres que allí estaban, los compañeros zapatistas, bases de apoyo, milicianos ya vienen germinando en su lucha y en su construcción de autonomía rebelde junto a las zapatistas. Aquella lucha que en el primero de enero de 1994 se hizo escuchar en el mundo bajo el grito de: ¡Ya basta!

Nos preguntamos qué pensaría, que sentiría, que diría la comandanta Ramona si viviera. Nos respondimos que esa mujer excepcional que impulsó la ley revolucionaria de mujeres, que fue tan inspiradora, de por sí vivía en los corazones de estas miles de mujeres plenas, hermosas en su rebeldía, en su digna rabia. Mujeres que luchan, propician el encuentro y alzan la voz sin miedo.

Así fue que nos sentimos como hombres que somos animados a mirarnos hacia adentro y comenzar a hacernos cargo de la parte que nos toca. Porque la lucha contra el patriarcado necesita también de un cambio radical por parte de nosotros los hombres. No se trata de opinar sobre los feminismos, o sobre las luchas que las mujeres vienen de por sí dando, sino más bien de tomar conciencia en primera instancia de los privilegios a los que debemos renunciar. Privilegios que como machos nos hemos impuesto en un mundo machista. Se trata de hacer consciente la necesidad de sanar nosotros como hombres el dolor que el patriarcado genera en este mundo que también nos hace sufrir. De trascender nuestras trabas, también impuestas por el heteropatriarcado, y expresar nuestras incomodidades con el machismo. De poder acecharnos con plena conciencia en cada acto machista que llevamos a cabo y naturalizamos. Se trata de poder encarnar nuestro “¡Ya Basta!”.

Si las feministas van pariendo mujeres nuevas que retoman y reviven el empoderamiento de las guerreras ancestrales para reformularse conscientes en un grito, un canto, una danza una lucha colectiva por la vida y la libertad; es necesario también despertar otra masculinidad posible. Una masculinidad consciente que propicie el nacimiento de un nuevo hombre que esté a la altura de los tiempos urgentes que corren. Una masculinidad consciente que cuestione y trascienda las cadenas heteropatriarcales que nos auto impusimos. Tan solo entonces, tan solo así, podremos sumarnos a las millones de compañeras en el mundo en la lucha por nacer una nueva, otra humanidad posible.