domingo, abril 21, 2024
Cultura

Murales y machetes en las comunidades campesinas de Honduras

Repo Bandini/El Furgón* – Durante el último año, las calles de Honduras fueron el escenario de la insólita propagación de murales, pintadas y grafittis que gritan al mismo tiempo: “¡Berta Vive, la lucha sigue!”. Es que, a partir del asesinato de la activista Berta Cáceres en 2016 y de otros miembros del Consejo de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras (COPINH), el país centroamericano pasó a ser un destino impostergable para el activismo y la militancia político/social.

Entre aquellos viajeros, sobresalen en particular el grafitero colombiano Stinkfish y el mexicano Mazatl quienes dejaron marcas indelebles por toda la arquitectura hondureña. Desde Sudestada hablamos con los artistas fundadores y responsables del Proyecto Cuma, iniciativa que buscó, durante varios meses, que la solidaridad internacional quedara plasmada a punta de pintura sintética sobre cada pared que se alzara en tierra Lenca.

–¿De qué se trata Proyecto Cuma?

–Cuma es una iniciativa que reúne a varios artistas independientes, entre fotógrafos y grafiteros, con el fin de visibilizar y dar voz a quienes continuamente son invisibilizados por los grandes medios, cuando no acallados o asesinados por los malos gobiernos. En este caso, frente a los gravísimos hechos que se vienen sucediendo en Honduras, hemos intentando mostrarle al mundo la cultura Lenca, su lucha y su resistencia frente a las grandes corporaciones hidroeléctricas. Siempre desde lo que sabemos hacer; desde el arte, el mural y la fotografía.

–Prendieron la mecha del Street Art para los pueblos de América Latina. ¿Qué relación tiene lo que ustedes hacen con lo que hizo Banksy en Palestina?

–Entendemos que lo nuestro se relaciona con cualquier expresión del arte que ayude a mostrar la realidad que las corporaciones mediáticas pretenden ocultarnos. Creemos en el potencial del street art porque estamos convencidos de que es una herramienta poderosa de solidaridad, que es libre, para todos y, fundamentalmente, es capaz de trasmitir sentimientos, de hacer pensar y relacionar a la gente sin importar de donde provenga. Tenemos amigos en todo el mundo, pero lo que nos urge hoy son los pueblos hermanos de América Latina.

–¿Cómo surgió la idea del viaje a Honduras? ¿Conocían previamente la lucha de los lencas?

–Empezamos a pensar en el proyecto a mediados de 2015 y la triste noticia del asesinato de Berta nos terminó de convencer de que el viaje se debía concretar de forma urgente. La idea original fue de Simone Fabbri, un amigo italiano que, durante sus viajes por Centroamérica, tuvo la oportunidad de conocer diferentes organizaciones campesinas, indígenas, ecologistas y activistas, una de esas el COPINH. Él nos incentivó a viajar.

–¿Por qué eligieron nombrarlo Proyecto Cuma?

–Empezamos sin ningún nombre, fue en el transcurso de los primeros viajes que pensamos en algo que funcionara en diferentes niveles e hiciera al mismo tiempo referencia a la lucha del pueblo Lenca, su territorio, su trabajo y su modo de vivir. Cuma es como ellos le dicen al machete, que es una herramienta fundamental para las comunidades campesinas de todo el mundo; lo usan tanto niños como ancianos en los cultivos y en el hogar. Nosotros, que mayormente vivimos en ciudades, no podríamos siquiera imaginar en lo más mínimo todo lo que se puede hacer con un machete; hasta que conocimos a los y las lencas. Además es un símbolo de lucha, porque es su arma más próxima a la hora de defenderse. Cualquiera de los que trabajamos ya sea en el campo, en la ciudad, en cualquier oficio, incluso en el arte, tenemos nuestra Cuma. Esa herramienta indispensable que muchas veces nos abre el camino.

–¿Cuántos artistas participaron y qué implicó pasar de pintar en las grandes capitales del mundo a pueblitos perdidos en el monte?

–En cuanto a los participantes, podríamos nombrarte las cinco personas que compusimos el staff fijo: Simone Fabbri, que se encargó de gran parte de la financiación, la planeación y la logística; Víctor Galeano, de Colombia, hizo el registro fotográfico y videográfico de los muros y además las entrevistas con los miembros de la COPINH y con el resto de las comunidades que visitamos. La artista filipina/americana Kill Joy, Mazatl y Stinkfish nos ocupamos de la mayoría de las pintadas. Claramente, no fuimos sólo esos cinco. Mucha gente nos ayudó y participó de múltiples maneras durante todo el recorrido. Uno de los objetivos era ese: conocer de cerca a la gente. Por eso, en cada lugar trabajamos con tranquilidad, sin prisa. Contrariamente a los clásicos proyectos urbanos en las ciudades, influenciados por sus rápidas dinámicas, el ambiente rural fue el espacio ideal para que pudiéramos conversar extensamente con la gente, aprendiendo de sus experiencias. Escuchar las historias de las familias que fuimos encontrando fue dramático. Sin embargo, fue sumamente revelador, porque a menudo leemos o escuchamos de cosas como políticas neoliberales, privatización de los recursos naturales, regímenes, represión de las organizaciones populares, pero no alcanzamos a entenderlo en su totalidad hasta que somos testigos de sus implicaciones en la vida cotidiana de la gente involucrada.

–Además de visitar los territorios donde está el COPINH pudieron recorrer otras comunidades. ¿Cómo fue la hoja de ruta?

–Comenzamos reuniéndonos en Tegucigalpa, la capital de Honduras; desde allí nos tomamos un micro hacia La Esperanza, la capital del estado de Intibucá donde está la sede de COPINH. Una vez que pudimos instalarnos en La Esperanza, planeamos nuestra ruta de trabajo para las tres semanas siguientes junto a gente que conocía bien la zona, para que pudiéramos visitar ciertas comunidades con la mayor seguridad posible y así trabajar en nuestras intervenciones a pesar del ambiente, digamos, acalorado. Sin embargo, durante los primeros días ya pudimos notar el hostigamiento y las amenazas constantes que comenzaron a intensificarse a medida que se sucedían los enfrentamientos con representantes de las hidroeléctricas por el asesinato de Berta. Las siguientes tres semanas tuvimos la oportunidad de visitar las comunidades de Llano Grande, La Ceibita, Las Delicias, Las Mesitas y Río Blanco. En su mayoría comunidades a las que sólo se puede acceder a pie y que, irónicamente, no tienen electricidad y cuentan con medios limitados de comunicación.

–¿Qué tanto modificó la construcción de represas hidroeléctricas la vida de los lencas?

–Los lencas son esencialmente agricultores, y todos estos megaproyectos causan un daño devastador a su ecosistema. El ciclo natural de las tierras cambia por completo, el agua se contamina producto de los innumerables residuos tóxicos y escasea, y los animales migran o mueren. Lamentablemente, en medio del conflicto, muchos pueblos son comprados por las multinacionales que, en ocasiones, no sólo destinan dinero sino que pagan con comida aprovechando la escasez o con la promesa de pavimentar caminos y rutas de acceso, por eso hay gente que los apoya. Sin embargo, la mayoría de lencas, que viven de lo que siembran, se oponen y en respuesta son ignorados o ninguneados, cuando no reprimidos y asesinados por el gobierno. En definitiva, es muy grave, si se callan… toda su cultura, sus modos de vivir, corren peligro, pero si protestan por lo que les corresponde, son perseguidos y asesinados.

–Después del asesinato de Berta Cáceres el mundo entero puso la mirada sobre el conflicto campesino e indígena en Honduras. ¿Creen que la violencia de parte del Estado y las Corporaciones se empezó a ver limitada gracias a la presión internacional?

–Las intimidaciones y la violencia siempre han estado presentes en la vida de los activistas, líderes y campesinos que luchan por su pueblo, no importa de dónde sean. Esto no se detuvo con el asesinato de Berta Cáceres, aún siguen amenazando y matando personas. Aunque se ha logrado detener varios de estos proyectos, el Gobierno, el Ejército y las multinacionales implicadas siguen presionando para seguir con la explotación del territorio Lenca. La impunidad con la que se manejan los empresarios y la magnitud de la corrupción que habita el Estado en Honduras, y muchos países latinoamericanos, son una expresión más de las relaciones que propaga este sistema que acumula en base al despojo y la explotación de los recursos, la tierra y las personas.

–¿Sufrieron amenazas o algún tipo de amedrentamiento mientras pintaban o recorrían la zona?

–Contra nosotros directamente no, pero compartimos con varios compañeros y compañeras que sí estaban amenazados, algunos de ellos sobrevivieron a atentados o perdieron familiares o amigos a manos de asesinos, de sicarios o del mismo Ejército. Afortunadamente no nos pasó nada grave, aunque todo el tiempo nos movimos en un ambiente de incertidumbre con respecto a lo que pudiera pasarnos o a quién nos fuéramos a encontrar. Sobre todo por la fecha en la que fuimos, apenas unas semanas después de la muerte de Berta Cáceres. En ese sentido, el contacto con el COPINH fue clave, ellos nos ayudaron a coordinar todos y cada uno de los movimientos que hacíamos. No sólo porque eran partícipes del proyecto, sino también por nuestra seguridad.

–¿Cómo sigue todo?¿Qué van a hacer con el registro del viaje?

–Cuma pretende organizar nuevas versiones, aunque todavía no sabemos cuándo ni dónde. Por ahora pensamos en sacar unas serigrafías de edición limitada para vender. Una parte de los ingresos va a financiar nuevas ediciones del proyecto y el resto será para el COPINH, como apoyo a su trabajo con las comunidades indígenas.

Las imágenes que difundimos desde Cuma son un breve resumen de las experiencias que tuvimos en aquellos días en el camino, en comunidades comprometidas con la lucha por sus tierras, sus ríos y su forma de vida, que compartieron con nosotros amablemente un plato de comida, una tarde nadando en el río, un partido de fútbol, sus experiencias, historia, conocimiento, problemas y victorias.

La lucha y el trabajo de gente como Berta Cáceres y organizaciones como COPINH es una realidad que late en América Latina y en muchas otras regiones del mundo; haber podido ser parte de eso por un instante nos emociona. Nosotros, desde nuestro humilde lugar, intentamos alentar su lucha a través de lo que hacemos que es el arte, el grafiti, y esperamos que mucha más gente se pueda enterar de lo que pasa en Honduras.

*Fotos: Proyecto Cuma / Artículo publicado en la revista Sudestada N° 149, Septiembre-Octubre de 2017