viernes, junio 21, 2024
Cultura

Fray Mocho o el ser argentino

Flavio Zalazar/El Furgón – Veinticuatro años son los que abarca, aproximadamente, la producción escrita de José Seferino (1) Álvarez (Fray Mocho) -desde 1879 a 1903- y coinciden con una serie de cambios bruscos efectuados en el país. La consolidación de la dependencia respecto del capital foráneo creaba una imagen de aparente prosperidad que encubría flagrantes contrastes económicos y sociales. Para velar tal contradicción, funcionaba una “burbuja mediática” (al término de hoy) proporcionada por los medios de entonces, los periódicos La Nación y La Prensa y las revistas Caras y Caretas y PBT, entre otros. En ellos resaltaba un modo, una gramática cuyos frutos eran el artículo, el cuadro de costumbres o las conversaciones indiscretas sin nominación de interlocutores; el canón literario lo reconoce como “Costumbrismo”. Una aparente escritura casual que enmascara xenofobia, exclusión, odio de clase y operaciones varias; el entrerriano fue una de sus plumas más conspicuas, además de constituirse en  distintivo de cómo los sectores medios prebendarios prestan servicios  a los dueños de la tierra y a la renta internacional.

Vida y obra

Fray Mocho nació en Gualeguaychú, Entre Ríos, el 26 de agosto de 1858 en el seno de una familia con un padre almacenero y una madre ama de casa, uruguayos ambos. El seudónimo fue proporcionado por los primeros compañeros del secundario. Así lo expresó en nota a Roberto Payró: “Fraile vendría de que era yo un socarrón y solapado, lo de Mocho se refería a mi cara de joven, carnosa para el lado de la nariz y la boca”. El “alias” también obedece a una tradición de la literatura de corte satírica de autores que se disimulan tras un mote. De juventud agitada, migró por todo el Litoral y Uruguay, para probar fortuna en Buenos Aires a los 21 años. Allí ingresó como reportero a El Nacional, de Sarmiento. Luego pasó a trabajar como cronista policial del diario La Pampa. Es en este medio donde comienza a aplicar un método: inventar noticias cuando las mismas escasean. Cuanto más alarmantes, mejor. Lo emplea con asiduidad y al poco tiempo lo contrata Bartolomé Mitre para su periódico La Nación, adosándole a su periodismo el efecto “tero” (desvío de la opinión pública hacia noticias parciales o deliberadas). Por esos años también escribe el libro Esmeraldas. Cuentos mundanos (1885).

Con la asunción de Juárez Celmán a la presidencia de Argentina, Álvarez es designado funcionario policial de alto rango, destacándose en la creación de una “galería pública” -que consistió en la exhibición ordenada de retratos de ladrones bien definidos y en actividad-, en las cuadras de las comisarías seccionales; medida que tendía a la retención fisonómica de lo que había que vigilar con mayor frecuencia. Son de ese período Galería de ladrones de la Capital (1887), Vida de ladrones célebres y de sus maneras de robar (1888) y Memorias de un vigilante (1897).

Su más recordada labor periodístico-literaria fue al frente del segundo ciclo de la revista Caras y Caretas, semanario comprado por el emporio Mitre al periodista español Eustaquio Pellicer y al dibujante Manuel Mayol. Allí eran comunes las operaciones de prensa del alicaído mitrismo hacia dentro de la oligárquica conservadora y una adhesión obcecada, por parte de la línea editorial, a la Ley de Residencia.

Fray Mocho muere en 1903, en el mes de agosto, a los 45 años, producto de un cáncer de próstata (según referencia propia de síntomas).

Obra y símbolo

Lo significativo, es decir, lo que nos trae al presente, son dos acciones o hechos que confluyen. Uno en el personaje Fray Mocho (valor literario, si se quiere, de incidencia social) y otro en la persona José Seferino Álvarez (arquetipo de clase). Desde las producciones escriturarias se destacan un efecto de distracción (Esmeralda. Cuentos mundanos), donde el prosista da avance de una literatura licenciosa centrada en el “delito de alcoba”, y la secuela represiva, iniciada con Galería de ladrones de la Capital de claro tono cancerbero. Pero lo revelador en el hombre es su valor sinecdótico (hago referencia aquí a la sinécdoque, figura retórica de pensamiento que consiste en designar una cosa con el nombre de otra con la que existe una relación de inclusión), su origen, de recursos limitados, no resultó en conciencia, transformándose en componente de una época para la propaganda de los de siempre. Porque José Seferino Álvarez hoy es el amplio abanico de la clase media, jubilados, gran parte del sector asalariado y el 95 por ciento del periodismo. Cuenta solo con salir a la calle para evidenciarlo, abrir las páginas del diario o prender el televisor.

Notas:

1- En el año 1979 Pedro Barcia exhumó su partida de nacimiento que indicaba su segundo nombre como Zeferino, aunque los compendios literarios lo siguen reconociendo Seferino.