jueves, julio 18, 2024
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Miente, miente, miente que algo quedará

Tomás Astelarra/El Furgón – ¿Será el concepto de posverdad?¿Los medios masivos de comunicación? ¿El individualismo posmoderno?¿Será que nos cuesta asumir un compromiso frente a este bendito descalabro mundial?¿Asumir que no somos de ese uno por ciento de la población que quiere quedarse con el planeta? El discurso de Mauricio Macri en el CCK es la culminación o inicio, o confirmación del cinismo con el que se maneja el gobierno de Cambiemos y la rara aprobación de la masa mediática a su política de comunicación y a su política en general.

Nada mejor que leer a los voceros del poder para entender sus intenciones. Dice la nota de La Nación, en referencia al acto que iba a realizarse en el Centro Cultural Néstor Kirchner el lunes pasado: “El presidente Mauricio Macri no dará un detalle de las reformas que impulsará ni explicará el esfuerzo que les demandará a los gobernadores ajustar los números. Tampoco abordará minuciosamente la hoja de ruta que se planteó para los próximos dos años de su gestión de gobierno. El encuentro de hoy en el Centro Cultural Kirchner tiene un sentido más amplio y, sobre todo, más profundo. Se trata de saldar una vieja deuda que tiene la Argentina, algo que no logró la dirigencia al menos desde la recuperación de la democracia, en 1983: alcanzar acuerdos básicos. Puntos sobre los que no importan ni el partido político ni la ideología. Terminar con el país pendular, donde el que llega al poder destruye al que se fue”.

No es novedad. Lo simbólico ante todo. Pocas precisiones. Miente, miente, miente que algo quedará, decía Goebbels. Lo que el Ejecutivo presenta como un Pacto de la Moncloa, en referencia al acuerdo que hizo el gobierno socialista de Felipe González en la España post dictadura (y al que hacen referencia todos los gobiernos argentinos desde entonces), es más bien un apriete y acelerador de fondo de las reformas neoliberales que serán tratadas en el Congreso antes de fin de año, incluyendo sesiones extraordinarias. Y como para eso son vitales los votos de los diputados y senadores provinciales, parecería un poco exagerado la tajada que se les quiere quitar a las provincias: reducción de ingresos brutos, impuesto al cheque, límites al gasto público y venia para que María Eugenia Vidal no tenga límite para el Fondo del Conurbano, la compensación de coparticipación para las provincia de Buenos Aires, bastión del triunfo electoral de Cambiemos. Tampoco es nuevo en la política nacional: billetera nacional mata galán provincial. De herencia y largo trajinar en el Consejo Federal de Inversiones (CIF), el ministro del Interior Rogelio Frigerio, es uno de los mayores artífices de la estrategia electoral y parlamentaria al interior del país. Sólo los gobernadores de San Luis, Adolfo Rodriguez Saa, y La Pampa, Carlos Verna, luego del triunfo electoral que obtuvieron, vienen dando oposición a los planes del gobierno. Pero algo van a terminar negociando.
La anuncida reforma laboral, la baja de aportes patronales en el sistema jubilatorio y el clamado voto electrónico. Por Gils Carbó ya no se tienen que preocupar.

No es casual que haya elegido el mismo escenario donde se realizó el Mini Davos, y donde se realizará la reunión del OMC y el G20; que haya sido la misma semana en que el FMI vuelve a visitar la Argentina para revisar sus cuentas e imponer políticas. Las medidas anunciadas son un avance en la reforma neoliberal y pro-empresarial que el gobierno viene implementado desde su arribo a la Casa Rosada, pero, sobre todo, del cinismo con que maneja tres de sus principales patas de poder: la represión, la comunicación y el armado electoral. Las fuertes medidas de seguridad, como en un barrio privado del Conurbano, permitieron que las altas esferas del poder tuvieran su fiesta resguardados por el vallado que impedía expresarse a los movimientos populares. “No se nos invitó y consideramos que el sector de los trabajdores de la economía popular, los campesinos, los pueblos originarios, los habitantes de las villas tienen que estar presenten. Vamos a realizar una movilización con ollas populares frente al CCK o sino donde nos reciba el Estado, tal vez a unas cuadras con un vallado policial -anticipaba Juan Grabois de la CTEP-. Vamos a denunciar que es un debate muy sesgado donde esta incluido un sector social de la población, 25 o 30 por ciento, que no va a ser precisamente quien recibe el impacto de las reformas que se están planteando y que no nos están dando derecho a discutirlas”.

Ya de por sí una contradicción para el discurso fuertemente basado en la solución de la “pobreza”, con referencias a eufemismos para decir “pueblo”, hasta con supuestos retos a los empresarios por su responsabilidad social. Todo bajo el viejo paraguas neoliberal del “derrame”, el “libremercado” y la “reducción del Estado”. “Si no hay consensos básicos sobre el rumbo y los objetivos que comparitmos para el desarrollo de nuestro país no habrá sustentabilidad pública, ni inversiones, ni productividad, ni seguridad jurídica o competencia empresaria; no habrá equidad social ni una verdadera salida de la pobreza y la desiguladad. Detrás del miedo al cambio hay, a veces, una mirada reaccionaria y conservadora que defiende privilegios, y hay grupos que defienden el miedo para conservarlos”, dijo Macri. ¿Se habla a sí mismo? ¿A los empresarios? ¿Al público clase media? Claro, los movimientos sociales estaban lejos. “Poner la política al servicio de la gente y no de sus propios intereses. Trazar una línea de austeridad para los que vienen. Muchos de lo que estamos acá somos privilegiados. Sí, hemos tenido acceso a recursos y una oportunidad que muchos argentinos no tuvieron. Hay que ceder un poco, empezando por los que tienen más privilegios, porque en el camino del gradualismo hay quienes no pueden esperar”. ¿Pepe Mujica?¿Martin Luther King? Juan Grabois o cualquier doña de barrio lo hubiera dicho mucho mejor. Y con un poco más de picante y bronca. Siempre necesaria.

El tema del gradualismo asomará una y otra vez, en esa vieja disputa o demonio de “los buitres” en el gobierno. Tampoco es nuevo. Los mismos K más de una vez esbosaron los limitantes del “poder” empresario o internacional, cuando se les criticaba desde la pared de la izquierda sus políticas extractivistas o represivas. La necesidad de “robar para la corona”, y otras debilidades del ejercicio de la instituciones públicas. Las masas votantes y creyentes de Cambiemos son hijas de esa decepción de una sociedad de consumo que no llegó a concretarse, de ese anhelo de pertencer a ese 1 o 10 o 20 o 30 por ciento de privilegiados que hablan, en coincidencia, Macri y Grabois. Los votantes de Cambiemos son hijos de esa ilusión de que se puede manejar el Estado “sin corrupción”, o que la corrupción es del Estado, y no de los empresarios, esos señores que, con gesto adusto, escuchaban a Mauricio Macri como si de un sermón se tratara. Algunos más pícaros (sobre todo gobernadores y sindicalistas), esbozaban un brillo en los ojos o una mueca de esas que se traducen como: “No me chamuyes”. Momentos increíbles fueron su revival del “dicen que soy aburrido de De la Rúa”, “muchos dicen que a esta propueta de país ordenado le falta épica”, y su semi-slogan zapatista: “Vivimos esa sana rebeldía de creer”.

Más allá de las caras, la historia desmiente el discursos de Macri en el CCK. No solo su historia de empresario corrupto y cómplice de la corrupción estatal. También sus políticas de gobierno. ¿Como se puede hablar de gradualismo o seguridad jurídica, o respeto a las instituciones, cuando en menos de dos meses de gobierno por decreto, Cambiemos tumbó al presidente del AFCA, Martín Sabatella; el del Banco Central, Alejandro Vanoli y metió dos jueces de la Corte Suprema a dedo, entre otras cosas. Con Gils Carbo, se va la última funcionaria kircherista que seguía en pie.

Cientos de posteos en las redes sociales desmienten sus estadísticas sobre el despilfarro de la educación pública o la biblioteca nacional, su imagen de un Estado eficiente y austero, y otras “mentiras” que dijo sin decir.

Miente, miente, miente, que algó quedará.