lunes, abril 22, 2024
Cultura

16 cuentos en la frontera entre vida y literatura

Gustavo Grazioli/El Furgón – Después de todo, lo que importan son las historias, y eso es lo que demuestra Griselda Perrotta en su libro Frontera (editorial Peces de Ciudad), que tuvo su aparición en 2016 y que ya va por su tercera edición.

Esta escritora sale a recorrer sin ningún tipo de temor el territorio del lenguaje y se mete en el cuerpo de ancianos, niños, hombres y mujeres. Narradores que saben ahondar la incertidumbre y calan hondo en las imágenes, muchas veces poéticas, que contienen esa dosis narcótica de querer más.

Libro cuentosLos 16 cuentos del libro conllevan el perfecto acto de la creación. La búsqueda no se dosifica y la aventura parece completarse en la soledad. Sus personajes salen a contar la vida y las diferentes experiencias de esa vida que está en constante litigio con la felicidad. Acá se pierden amores, se ríe y se llora.

Ese paseo por los talleres de Alberto Laiseca no quedó en el recuerdo de alguien que intentó escribir. Perrotta va hasta el máximo con algunas de las enseñanzas del “Conde Lai” y el leitmotiv de vivir para escribir se cuela, consciente o no, por los poros de cada uno de esos narradores. No hay pose ni reventados postmodernos. Hay vidas tratando de zafar las ausencias condenatorias y un lenguaje que no se calla. “Mamá se puso medio loca, me preguntaba si estaba segura, y me pedía más datos. Me preguntaba cómo le tocaba, y qué había hecho papá, y me hizo repetirlo un montón de veces. Y después salió re enojada y lo fue a buscar a papá, que estaba afuera fumando con los grandes. Se pelearon re fuerte, tan fuerte que los gritos se escuchaban desde adentro. Mamá le preguntaba a los gritos que por qué le había correspondido la caricia a la putaesa. Los chicos estábamos todos adentro, y nos quedamos escuchando. Yo tenía el diccionario y buscamos rápido correspondido pero no entendimos nada. Y putaesa también, pero no la encontramos”, arremete la niña que va narrando en el cuento En aquel lugar.

Perrotta, entonces, puso el ojo y prestó atención en las miserias que hacen al envase humano. Caminó por los barrios, se metió en las instituciones familiares y dejó sin chances al campo de lo benévolo y bienintencionado. “Yo no sé si mamá sabía del Moka. No debía saber, porque cuando el Moka te agarraba, te decía muchas cosas, cosas feas, pero la más fea era que, si contabas, iba a aparecerse en tu casa para matarlos a todos. Por eso lo del Moka era un secreto, nuestro, entre los chicos”, inicia en el cuento El Desdén. El tejido del drama está ahí, no se contiene ni especula con reventar a lo último. Así cuenta Perrotta, en ese ir y venir que cuadra de forma maravillosa en su ficción. En esta ficción que ya se comió a la literatura y que se conoce como vida.