jueves, junio 20, 2024
Por el mundo

Tempestades sobre México

“México, que ha hecho dos o tres revoluciones en un siglo, no tiene por qué temer una más; y es seguro que la próxima, si la hay, revestirá un carácter de gravedad excepcional, pues esta vez tendrá que resolver problemas fundamentales”.

Antonin Artaud

Por Jorge Montero/El Furgón

La amenaza del presidente Donald Trump de imponer aranceles del 5 por ciento a los productos mexicanos a partir del 10 de junio pasado -que podrían aumentar hasta legar al 25 por ciento- si el gobierno mexicano de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) no impedía la migración hacia Estados Unidos, abrió una fuerte crisis entre ambos países.

Trump exigió tres condiciones para dejar sin efecto las medidas: la primera, que el gobierno de AMLO garantice que los migrantes no lleguen a Estados Unidos a pedir asilo. La segunda, que México endurezca la vigilancia en su frontera sur. La tercera, que las autoridades mexicanas combatan la corrupción de sus agentes fronterizos. El acuerdo, rápidamente alcanzado, se basó en el compromiso por parte del gobierno de López Obrador de cumplir a rajatabla estas condiciones.

Represión a migrantes. Fuente: http://www.arquimediosgdl.org.mx

Así fue como AMLO se comprometió a enviar 6.000 efectivos de la militarizada Guardia Nacional a la frontera sur mexicana con Guatemala. En pleno desarrollo de las negociaciones comenzó la violencia, policías federales, marinos y agentes migratorios, reprimieron y deportaron migrantes que cruzaban la frontera para buscar asilo en Estados Unidos, respondiendo prontamente a las exigencias de Donald Trump. “Le dimos la espalda a Centroamérica”, criticaron no pocos mexicanos y mexicanas.

Desde que asumió la presidencia, el gobierno de México acató las órdenes de la Casa Blanca de contener la migración hacia Estados Unidos. Durante sus primeros seis meses el mandatario Andrés Manuel López Obrador deportó 80.500 migrantes, que huían de la miseria y la violencia que imperan en sus países de origen, producto de la aplicación de los planes imperialistas dictados desde Washington. Aquellos infortunados que no fueron deportados quedaron hacinados en los centros de detención o fueron perseguidos por la recientemente creada Guardia Nacional (policía militarizada), hostigamiento que ya causó varias muertes.

Seguramente esta movilización paramilitar no impedirá la migración proveniente de Honduras, Guatemala o El Salvador, pero sí la volverá más terrible y riesgosa para las familias impelidas al éxodo de sus lugares de origen.

Así, lejos de demostrar “firmeza y dignidad”, AMLO cedió en toda la línea al chantaje xenófobo de Trump, utilizando como moneda de cambio a los migrantes. Mientras que el déspota magnate yanqui se anotó un triunfo político. Insistir con el problema migratorio y el “peligro mexicano” puede ayudarlo a consolidar su base electoral de cara a la reelección presidencial.

En repetidas ocasiones, desde que asumió la presidencia el ‘reformista’ López Obrador, reiteró su búsqueda desesperada de “una relación de amistad con el gobierno y el pueblo de Estados Unidos”. Y cuando Trump amenazó con subir aranceles de los productos mexicanos que llegan a Estados Unidos, llegó a convocar un acto de “unidad nacional” en defensa de estos objetivos, apoyándose en los partidos patronales de oposición, el empresariado, los sindicatos y sectores populares.

Tanto del lado mexicano como del estadounidense, las patronales están en contra del aumento de los aranceles porque perjudicaría sus pingües negocios. Si los costos de los productos mexicanos suben, esto puede obligar a los capitalistas a empezar a producirlos en Estados Unidos. Pero esto elevaría los costos de producción. Las corporaciones estadounidenses no quieren perder el gran margen de ganancia que les deja la superexplotación de los trabajadores mexicanos -esencialmente con las maquiladoras-, y los salarios más bajos de todos los países que integran la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE).

Los capitalistas mexicanos, por su parte,pretenden disfrutar de su rol de principales ‘socios menores’ del capital yanqui, tras la firma del renovado tratado comercial T-MEC (Tratado México, Estados Unidos, Canadá). Mientras que la burguesía imperialista estadounidense tampoco quiere este escenario. Su ala republicana se opone al incremento de aranceles, que originaría un incremento en los precios para los ‘consumidores’ que les sería desfavorable en las próximas elecciones presidenciales. También el ala demócrata se opone a la suba arancelaria, en aras de la sacrosanta ganancia capitalista. Pero ambas fuerzas políticas apoyan a Trump en la construcción del muro y la militarización a ambos lados de la frontera.

Frontera en Tijuana, México. Foto: https://www.pxfuel.com

El principal factor de inestabilidad para México desde hace décadas viene del norte. Y ha obligado a los sucesivos gobiernos a responder ante eso, maniobrando para evitar su creciente desprestigio ante una población cada vez más descontenta con las amenazas de la Casa Blanca. Hoy, este fantasma amenaza a López Obrador. El “éxito” de su diplomacia y sus llamados al “diálogo” pueden agotar su utilidad si Trump, envalentonado por lo que ya consiguió, vuelve a la carga y exige una mayor subordinación, como seguramente ocurrirá más temprano que tarde. Esto puede afectar la alta popularidad con la que cuenta el gobernante mexicano, que descansa en la percepción de que su administración es distinta a los gobiernos capitalistas que lo precedieron, hincados hasta el extremo a los pies de Washington.

Las declaraciones altisonantes de Trump y las exigencias en materia migratoria son el corolario de la agresividad imperialista contra México. Ésta se basa en la subordinación a los dictados de la Casa Blanca y no es ajena a la política desplegada por las administraciones anteriores, republicanas o demócratas.

Cruce de la frontera entre México y Estados Unidos. Fuente: http://www.notiver.com.mx/

Los tratados comerciales son el armazón sobre el que se construyó la actual dependencia de la economía nacional a los intereses transnacionales, acompañados desde los ’80 y ’90 por la privatización de las principales empresas estatales, y más recientemente por la entrada del capital extranjero a usufructuar el sector energético, que monopolizara Pemex (Petróleos Mexicanos). La estructuración, a través de la frontera con Estados Unidos, de uno de los circuitos productivos más notables del orbe -la Cadena Automotriz del Valor– implicó la reconfiguración de la economía mexicana como plataforma de ensamble y exportación, la apertura comercial indiscriminada, y una precarización laboral que llevó a niveles salariales de los más bajos del mundo.

Acompañando la recolonización del país, los gobiernos mexicanos pagaron puntualmente una de las deudas externas más altas de la región, lo cual, no es ninguna novedad, implicó reducciones en los presupuestos para salud, educación y el conjunto del gasto público.

La dependencia económica fue acompañada de la aceptación de todas y cada una de las exigencias de Estados Unidos en los terrenos político, militar y diplomático, comenzando por la llamada “guerra contra el narcotráfico”. Su saldo: alrededor de 500 mil muertes en las últimas décadas, la desaparición de más de 61.000 personas según los datos que acaba de dar a conocer el gobierno mexicano, y una militarización que AMLO pretende perpetuar con la creación de la Guardia Nacional.

Todo esto de la mano de fenómenos aberrantes como las redes de trata, el feminicidio y la masacre de migrantes, lo cual es imposible de escindir de la descomposición que provoca la expoliación por parte del imperialismo estadounidense con el que México comparte 3.000 kilómetros de frontera.

El rol histórico de México como ‘estado tapón’ al sur del Río Bravo hoy tiene un nuevo significado: frenar la migración, un fenómeno estructural del capitalismo senil, protagonizado en el país por cientos de miles de personas de origen centroamericano, caribeño y, por supuesto, también mexicano.

Los ‘acuerdos’ migratorios impuestos por Estados Unidos y aceptados por las administraciones mexicanas, ya no se contentan con el muro fronterizo, existente desde los tiempos del demócrata Bill Clinton y que Trump continúa extendiendo. Han logrado -como acaba de demostrar la represión sufrida por 1.087 personas centroamericanas, la primera caravana migrante de enero de 2020- que el Estado mexicano haga de su territorio y en la frontera sur en particular, lo que la nefasta Border Patrol (Patrulla Fronteriza estadounidense) hace al norte del Río Bravo.

“El presidente Trump habla sobre la seguridad fronteriza con el comisionado de CBP McAleenan, el rector jefe interino de la Patrulla Fronteriza y el agente Scott de la Patrulla Fronteriza del Sector de la Patrulla Fronteriza de San Diego durante una visita a los prototipos y maquetas del muro fronterizo. Foto de DHS por Jetta Disco”.

Si los trabajadores de ambos lados de la frontera, la multiétnica clase obrera estadounidense y la mexicana, no levantan una política claramente antimperialista y en favor de los derechos de sus hermanos migrantes, independientemente de su país de origen; si no comprenden que no será mediante la ‘unidad nacional’ con los explotadores y sus representantes políticos como se podrá conquistar una verdadera independencia y soberanía; que estas tareas imprescindibles no las puede llevar adelante un gobierno de conciliación de clases como el que encabeza José Manuel López Obrador; entonces solo quedará repetir aquella frase atribuida a Porfirio Díaz: “Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos”.

Portada: Foto de https://www.nssoaxaca.com/2020/01/25/frontera-sur/