lunes, abril 22, 2024
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Semana Obrera: Una huella clasista

Hugo Montero/El Furgón – No es una fecha como cualquier otra. El 10 de noviembre de 1969, un despertador descompuesto cambia la historia del movimiento obrero para siempre. Es, claro, el despertador de René Salamanca. No suena en el horario previsto y provoca que el obrero de la fundición Mira SA llegue tarde al trabajo. Consecuencia de la demora: una implacable suspensión por parte de la patronal. Con el día perdido, Salamanca agarra el bolsito y sale a caminar en busca de un mejor destino. Prueba suerte en las oficinas céntricas de Fiat, rellena una solicitud de empleo y aprueba el examen de ingreso. Pero a la salida decide sacarle todo el jugo posible a la mañana perdida y repite la misma acción en una dependencia de la IKA-Renault. Con una diferencia sustancial: le ofrecen ingresar de inmediato, incorporarse como supernumerario en la sección matricería de Forja, en la planta de Santa Isabel.

Salamanca 2¿Quién era ese joven cordobés, dueño de aquel despertador traicionero que cambió el curso de su vida desde entonces? Saturnino María Laspiur es un pueblo campesino de menos de 5 mil habitantes, cercano a la ciudad de Las Varillas. En ese desolado paraje nació René Rufino Salamanca, hijo de un peón de campo que, con el tiempo, consiguió trabajo en una estación de servicio en Caracarañá. Pese a las dificultades económicas terminó la escuela primera en Las Varillas, pero apenas llegó a primer año de la secundaria, en la Escuela Industrial en San Francisco. La única salida posible era buscar trabajo, pero no cualquier trabajo. A René le gustaban las máquinas, la humedad del taller, el ruido de un torno: “Me gustaba el laburo, la grasa… eso de andar de cuello duro, de oficinista, no”. A los 17 años entró en el taller Alto Alberdi donde, según sus propias palabras, se “pudría haciendo piecitas”. Después pasó un año empleado en la firma Stabio, donde comenzó muy de a poco a adquirir conciencia como laburante, a indignarse ante los abusos de la patronal, a comprender que la unidad de los trabajadores es su única fortaleza para hacerse respetar y obtener algunas conquistas: “Era el primero que estaba parando las máquinas, sacando las correas de las poleas y me echaron por quilombero”, contó después.

Casi al mismo tiempo, a principios de los años sesenta, se casa con Olga y deja atrás el oficio ocasional de albañil y su paso por un pequeño taller, donde trabaja de tornero matricero con un grupo de amigos, para entrar en la fundición Mira SA. Otra vez, la crisis pega fuerte en las pequeñas industrias cordobesas y las huelgas se expanden en todos los obradores. Algo empezaba a cambiar en la mentalidad de aquel joven obrero, algunas certezas se van acomodando desde entonces: “Cuando la fundición quebró, se rompe en mí esa cosa de ascender, de trepar y aprendo dos cosas: que estaba equivocado en la huelga y que los patrones son unos hijos de puta que te dejan sin laburo cuando quieren”.

Córdoba, la chispa y la pradera

En los años sesenta, Córdoba se transforma en el corazón de la industria automotriz, particularmente luego de la instalación de las plantas de la italiana Fiat (tenía tres, Concord, Materfer y la de grandes motores Diesel) y de la norteamericana Kaiser (IKA), que más tarde se fusionaría con la francesa Renault. Sólo la planta de IKA-Renault, instalada en el barrio Santa Isabel, concentraba a más de 3 mil obreros.

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Si hay que poner un punto de inicio en la combativa historia de los trabajadores metalúrgicos cordobeses, la raíz puede ubicarse en la matricera Perdriel y en 1968. Entonces, los cerca de 500 obreros paran la fábrica durante quince días reclamando turnos rotativos, porque el horario nocturno era utilizado como “castigo” por parte de la patronal: el mecanismo usual era desplazar allí a los obreros que se destacaban como referentes entre sus compañeros. Asambleas, volantes, discusiones en lo que ellos mismos bautizaron como “baños democráticos”, van despertando un estado de discusión creciente y un paulatino avance en la conciencia. La percepción general es que la conducción del vandorista Elpidio Torres, al frente del Sindicato de Mecánicos y Afines del Transporte Automotor (SMATA) cordobés ya no era fiable, que el único camino era la unidad y la confianza en sus propias fuerzas. Al mismo tiempo, en la seccional Forja de IKA-Renault se genera un movimiento similar, y a partir de inicios de 1969 el vínculo con los delegados de Perdriel se consolida. Germina, muy de a poco, la idea de generar una oposición a la burocracia.

El 13 de mayo de 1969, la dictadura de Onganía suprime el “sábado inglés”, determina el congelamiento de convenios y salarios y, como efecto colateral, deja muy mal parado al Sindicato, que había presentado la medida de discutir paritarias cada cuatro meses como un gran éxito de su gestión. En ese agitado mayo cordobés, la asamblea multitudinaria que se desarrolla en la sede del Córdoba Sport Club es un termómetro preciso del estado de ánimo de los casi seis mil trabajadores que concurren. El horno no está para bollos… ni para burócratas: los silbidos e insultos contra Dirck Kloosterman, dirección del SMATA a nivel nacional, lo bajan del escenario a los pocos minutos de iniciado su frustrado discurso. Elpidio Torres, acostumbrado a jugar a dos puntas y con mucha cintura para manejar situaciones de efervescencia popular, esta vez no logra contener la bronca y corre la misma suerte: “¡Cuidado con Torres! ¡Nos va a traicionar!”, grita un laburante.

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Desde abajo, los obreros exigen que sean los delegados de Perdriel los que tomen la palabra. En medio del tumulto, la policía rodea el club y se prepara para entrar en acción. En cuestión de minutos todo se transforma en un infierno donde apenas se destacan los carros de asalto, los patrulleros y los uniformados a caballo, que desalojan a los obreros a fuerza de gases lacrimógenos y balazos de goma. Los burócratas huyen en sus coches a toda velocidad, bien custodiados por los matones de turno. La bronca crece en las calles, mientras vuelan botellazos y cascotes contra los uniformados. Pero contra los cálculos policiales, los obreros no retroceden: de modo desorganizado voltean colectivos, arman barricadas, se lanzan contra los agentes y disputan la calle en refriegas cuerpo a cuerpo. Algunos llegan a bajar de los caballos a la montada y le arrebatan los uniformes.

El estofado que se cocinará el 29 de mayo, con el llamado al paro general, arranca con un aperitivo de extraordinaria resistencia obrera en los alrededores del Córdoba Sport Club. Ahora, la mesa está servida: se viene el Cordobazo.

Un camino político

Desde 1964, la curiosidad empuja a Salamanca a interesarse por la problemática sindical e interviene en la vida interna de la UOM cordobesa. Escucha, camina, dialoga con trabajadores de otras plantas, entra en contacto con grupos políticos de raíces trotskistas, comienza a masticar la idea de avanzar más allá de la lucha sindical, de buscar un rumbo político que integre a los trabajadores como protagonistas excluyentes. “Me caminé todos los talleres, me conocí el sindicato”, explicó a la revista La Comuna, para después detallar su búsqueda en diversos espacios políticos de izquierda: “Ya veía la contradicción clase obrera-burguesía y empecé a visualizar un montón de cosas. Pero eso era lo mismo que una fábrica: te explicaban la línea y tenías que llevarla. Nos abrimos. Con gente de DINFIA y de metalúrgicos formamos la agrupación Felipe Vallese, que era una corriente peronista de izquierda. Pero mi idea era crear una corriente propia, independiente, no integrarnos a ningún sector. Después las cosas fueron mucho más claras”.

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En pleno proceso de aprendizaje de la política gremial, en mitad de esa búsqueda de una corriente que pudiera contener su mirada sobre el rol del proletariado industrial en Argentina, irrumpe en su vida el Cordobazo, y particularmente el impacto de las multitudinarias columnas del SMATA y sus trabajadores: “El Cordobazo me hace dar cuenta que yo, donde estoy –una pequeña fábrica metalúrgica– no sirvo para nada. Me impresiona la incidencia de las columnas, de las grandes masas. En esos meses rompo con los diez años de porquería que traía detrás y me decido a hacer una verdadera militancia política sindical. Adhiero a la ideología del proletariado, el marxismo-leninismo”, explica en referencia a su decisión de sumarse al Partido Comunista Revolucionario (PCR) que, apenas un año antes, rompe con el viejo Partido Comunista (PC).

“Yo hacía política amplia, general, sin mostrar las uñas. Me quería todo el mundo”, explica Salamanca sobre aquellos primeros pasos en la planta de Santa Isabel. En silencio, entre mates y charlas, su figura va creciendo, su mirada unitaria y clasista genera simpatía, su hostilidad hacia la burocracia va ganando adeptos. La agrupación 1º de Mayo comienza a crecer y presentarse como seria amenaza al torrismo, particularmente en los meses posteriores a la ocupación de la planta de Perdriel, que termina con 600 telegramas de despidos: la verdadera carta de defunción de Elpidio Torres y sus secuaces, que pierden cualquier legitimidad a los ojos de los trabajadores por su papel complaciente y claudicante, pese a persistir con un doble juego de presentarse como un polo combativo contra la dictadura de Onganía, pero ceder en negociaciones con las patronales. Las elecciones sindicales de 1970 son una muestra de la bronca creciente: gana la burocracia de la Azul pero el abstencionismo, impulsado por la 1º de Mayo, crece hasta los 1.200 votos.

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A pocos días del primer aniversario del Cordobazo, Perdriel vuelve a ser noticia: ante la amenaza patronal de desplazar a tres delegados y la indiferencia sindical, los operarios resuelven en asamblea ocupar la planta y tomar como rehenes a treinta directivos de la empresa. Para garantizar la seguridad de los ocupantes, rodean la fábrica con tanques de nafta y todo tipo de material inflamable. Durante tres días, los obreros resisten. En busca de la solidaridad obrera, una fábrica pequeña, ILASA, con mayoría de mujeres, es la primera en acercar su ayuda: juntan galletas y cigarrillos para los obreros de la ocupación. Mientras pasan las horas, la tensión comienza a tirar de la cuerda. Elpidio Torres, desencajado, minimiza la acción y se la adjudica al famoso “pequeño grupo de inadaptados”. Pero no parece tan pequeño el grupo: una asamblea en la puerta de la fábrica congrega a casi 5 mil trabajadores. Al mismo tiempo y en solidaridad con los compañeros de Perdriel, obreros de Fiat Concord y de Materfer ocupan sus plantas. La policía espera la orden para arrasar con todo.

Finamente, al tercer día, la empresa cede y reincorpora a los desplazados. En el interior de la Perdriel, los trabajadores festejan el triunfo. Hay lágrimas en sus rostros, hay alegría en los abrazos que se cruzan… Una vez más, han ganado una batalla.