martes, julio 16, 2024
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Viaje al abismo de una granja de rehabilitación

El Furgón – La comunidad. Viaje al abismo de una granja de rehabilitación es el libro del periodista Pablo Galfré y que hace apenas salió a la calle de la mano de la Editorial Sudestada.

En La comunidad…, Galfré investiga el negocio de las granjas de rehabilitación a partir del caso de la Fundación San Camilo, escenario de la dudosa muerte de un joven internado.

A continuación, en El Furgón publicamos el primer capítulo de un libro que se hunde en el submundo de estafas, abusos, violencia y la desidia total por parte del Estado.

tapa webDía 1 / Episodio 1: Lucas – “La violencia era todo el día. De la mañana a la noche”

Lucas Tabares hoy está acá, en esta esquina ruidosa de La Paternal, luego de dos años de exilio chileno autoimpuesto. Hoy está acá, pero once años atrás, cuando tenía veinte, una mujer que no amaba y una hija primeriza, a Lucas se le dio por sumar: laburo bien pago + merca barata y de la buena + muchos amigos drogones + separación + cambio de laburo mejor pago + merca a borbotones + peleas callejeras + 300 pesos de merca por día + “hay un hueco ahí que no recuerdo”= primera internación en una clínica psiquiátrica por una crisis aguda producto del abuso de consumo de cocaína. Según le narró su hermano, el hueco que Lucas no recuerda es un ataque de locura que lo hizo salir en bolas de su casa y cruzar Andrés Lamas corriendo, con todos los semáforos en verde. En ese momento, su hermano lo agarra, llega la ambulancia, le inyectan un tranquilizante, y se despierta atado con un chaleco de fuerza en una de esas habitaciones blancas y radiantes de las películas. “Aunque en este caso las paredes eran verde musgo”.

Del psiquiátrico lo derivan a la Fundación Belén de Escobar, una comunidad terapéutica (CT) de puertas abiertas, donde descubre el confronte, una metodología arcaica, parida por la psiquiatría en 1950, que consiste en que otros pacientes se caguen a gritos entre sí y se escupan cosas como “¡Falo-perodemierdaporquenodejásdedrogarte!”. Se supone que dos años así, de griterío frenético, los hacen dejar las drogas.

A los nueve meses abre la puerta del loquero y huye a la casa de una enamorada, de la cual se va eyectado por la ventana luego de adentrarse, nuevamente, en una espiral de drogas y alcohol. Con la ropa que tenía puesta, el desquicio que habitaba en su cabeza y 15 mil pesos, rumbea de gira: “Me fui Pinamar. ¡Pero nunca vi el mar! Agarraba cerveza y me quedaba encerrado en la habitación. ¡Era un desastre!”, se jacta y festeja con una risotada, como cada cosa que dice, este pibe que ya tiene 31 años.

De vuelta en Buenos Aires, sin tener donde caerse muerto, Lucas recala en la casa de mamá y papá. La vida tumultuosa sigue: así como las agujas del reloj están destinadas al tic tac eterno, Lucas estaba hecho para tomar merca. Tic, tac, una y otra vez. “Hasta que un día tengo una sobredosis, amotinado en mi habitación. Tranco la puerta con un mueble gigantesco y digo ‘¡acá no entra nadie!’. Me había aprovisionado mil pesos de merca y varias botellas de Seven Up”. Pasa cinco días en esa habitación de dos por dos, amueblada por sus padres para su nieta, tomando frula sobre un escritorio rosa, pispeado por muñecas Barbies y ositos cariñosos. “Daba vueltas como un tigre enjaulado. Me quedaba horas viendo la pared –relata este pibe de tez trigueña, melena morocha, de quien puedo decir que ya somos compadres después de tantas charlas, birras y pases de buena data–. Hasta que un día abrí las puertas porque me agarró una arritmia y quedé seco en la cama”.

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Luego de ser internado –estamos ya en 2008– aparecieron en la Clínica Flores “unos tipos grandotes, feúchos, que me dijeron ‘te tenemos que llevar a una fiscalía porque tenés una causa’. De lo empastillado que estaba, obedecí”. Lucas arrastró los pies –privado de su libertad a partir de una mentira porque no había causa alguna– hasta la camioneta de los tipos y se sentó detrás, escoltado por dos monigotes –uno de ellos se llama Carlos Ortiz–. En el asiento del acompañante posaba el finado Dr. González, “un viejo gordo, hecho mierda”. En el del conductor, reinaba un tal Martín Iribarne, ex falopero, por entonces mano derecha de Raúl Laureano Bonorino, a quien le gustaba referenciase como “Presidente de la Fundación San Camilo”. ¿Presidente?, pienso. Cuando se gobierna sobre otros que no lo han elegido, se es un dictador, no un presidente.

Dato: los padres de Lucas le habían pagado tres mil pesos a un tal Alejandro Merenzon para que se encargara de los trámites judiciales de la internación. Este hombre, quien se cree un profeta en la lucha contra las adicciones y ofrece un servicio de “internaciones compulsivas”, en realidad es un estafador que dice tener una comunidad pero en realidad lo que hace es captar incautos, quedarse con su dinero y pasarle el negocio a gente de su calaña. Alguien a quien le sigo sus andadas desde que armé la nota “Rebelión en la granja”, pero se mantiene extrañamente escurridizo.

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Lucas ahora está engullido en un cuarto chiquito. Uno de los dos monigotes le ordena que se saque la ropa y concluye con un cariñoso “date vuelta y abrí el orto”. Lucas obedece. Después, saca la lengua y le revisan el interior de su cavidad bucal. También le pasan la mano por el pelo. Nada por aquí, nada por allá. Como en una cárcel, como en una mazmorra, como en un cadalso. Concluido el vejamen, es depositado en el “engomado”, como ya había sido bautizada la habitación 109, cuarto con siete camas cucheta que se cerraba por fuera con una reja, donde los pacientes primerizos y los “problemáticos” eran depositados las 24 horas del día, vigilados con cámaras de seguridad.

Según la jerga tumbera, engomado significa estar castigado, encerrado en una celda. Sí, los jueputa de San Camilo, que se decían especialistas en adicciones y pacientes psiquiátricos, tenían calabozos en las entrañas de su fundación. “Me metieron y me dieron varias pastillas. Cerraron con llave y me dejaron ahí adentro, todo boludo, con ocho negros más que babeaban sin parar –describe Lucas, con un tono más calmado, no al palo como cuando rememoraba las epopeyas de mandanga–. Así empezaron mis días y no salí más, loco. No hacíamos nada. Estábamos todo el día tirados en esta habitación de mierda con paredes que se caían por la humedad. Nos pasaban un tarro de comida por entre medio de la reja, un poco de arroz con tuco. Y así 25 días. Lo peor de todo es que yo no sabía dónde estaba”. En el infierno estabas, Lucas, “en un infierno encantador”, te recitaría el Indio. En un infierno embriagador, gentileza de tu obra social, Omint.

06“Te limaban la cabeza con pastillas. Ese fue el daño más grave que me hicieron, loco. Más allá de la pérdida de tiempo, las palizas, los engomados eternos. Esos son malos recuerdos y te los sacás, pero las pastas, loco, y me enojo, loco, te queman la cabeza. Me daban pastas todos los días, todo el tiempo: Fenergan, Clonazepam, Risperidona y, sobre todo, Etumina, un antipsicótico muy potente”.

Así transcurren las jornadas de Lucas. Hasta que un día le abren la puerta y se integra a la rutina, que consiste en desayunar una mierda, limpiar toda la institución durante una hora y media, luego los “grupos” –esa rondas de perdidos en la vida cual El club de la pelea, donde “se habla de boludeces, se lee un librito de mierda, Sólo por hoy, con oraciones a un poder superior, y la concha de tu madre”–, un almuerzo de mierda, una siesta, grupos de nuevo, una merienda de mierda, grupos y la puta madre, una cena de mierda y a la cama a las 21:30. Y al otro día… lo mismo: mierda. Siempre en el engomado pero ahora ya con permiso para salir.

Al otro mes lo mismo. Con el agravante de que la medicación le encastra la cabeza y no lo deja pensar con claridad. Hasta que un día atestigua algo que le hace un click en los resquicios de su cabeza empastillada: “Un tipo de la DGI, internado por ludópata, le toca la cola a una piba. Entonces uno de seguridad, Javier, ex cana de San Martín, lo caga a trompadas. Le arruina la cara. Nunca vi una paliza así y me dije: ‘Yo soy el próximo’”.

Un par de semanas después, dos chabones “picantes, que además de drogones eran chorros”, aprovechan que por un desliz alguien deja abierta la puerta del engomado y tienen la brillante idea de comenzar un motín como indica el manual tumbero: ¡quema de colchones! El humo negro se empieza a esparcir por los pasillos y todo se va… a la mierda: gritos, aullidos, corridas. Los dos líderes se hacen de cuchillos en la cocina y toman a dos chicas de rehenes, las ensartan del cuello mientras van traspasando una a una las rejas de seguridad que iban abriendo los celadores, ‘¡porquesinolacortoconchatu-madregatoputo!’. “La gente estaba estupefacta. Hasta los que manejaban la historia no la podían creer”, rememora Lucas, que durante ese día de furia acompaña desde atrás, escondido como un bicho bolita, a los dos líderes de la rebelión, mientras las compuertas del infierno se abren, una a una, hacia el exilio. “Cuando vi la puerta me mandé, y corrí y corrí y corrí”.

La furia podría haberlo llevado corriendo hasta Bariloche, pero mejor opta por un colectivo hacia esa ciudad, donde durante un mes castiga su tarjeta de crédito, con una deuda enorme impaga hasta el día de hoy, hostigándose con alcohol y una actitud pendenciera. Donde había una pelea, estaba Lucas y su cara moretoneada, porque el boludo cobraba siempre. Huye del hotel y recala a 1.600 kilómetros, en lo de “Vero de Berazategui”, una enamorada, dama a quien en vez de ofrecerle un ramo de flores le luce su cabeza rapada y tajeada. “A las 3 horas tenía encima a los monos de San Camilo. La mina me vendió. Pero qué le podía decir”.

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Así, Lucas es nuevamente vendido a la faenadora San Camilo, frigorífico de la locura que sin embargo sólo estaba habilitada como “establecimiento” de “rehabilitación” de “drogadependientes” y no como clínica psiquiátrica, como ellos se publicitaban y autopublicitan aún desde la web. A su vez, desde el Ministerio de Salud de la Nación les pusieron un tope de “capacidad para veintiún (21) camas”, cuando en la época de Lucas había más de 50 reses a la deriva.

–¿Y cómo fue esta segunda estadía?

–Me dieron con un caño y me engomaron, pero en uno nuevo, que ya era realmente una celda en la planta baja, donde no había camas sino un colchón en el suelo, más fino que una feta de fiambre. Sin baño, meando en un tacho. Estaba marcado por la fuga y me vigilaban. Me di cuenta de que no me iba a volver a escapar. Me deprimí de verdad y empecé a lastimarme los brazos, a tajearme.

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–¿Y tu familia?

–Estuve siete meses sin verlos. Los odiaba. Los quería matar. Estaba planeando ejecutarlos uno por uno. A mi hermano, a mi mamá y a mi papá. No podía creer lo que estaba pasando. Las drogas y que fuera un enfermo no ameritaban todo lo que viví. Además, cuando venían a visitarme y les decía lo que me pasaba, no me creían. “Los adictos son todos mentirosos”, me contestaban. Esta segunda instancia en San Camilo duró más de un año. Estuve veinte meses exactos encerrado en ese antro. Salí en 2010.

–¿Qué fue lo que peor que te dejó San Camilo?

–La violencia me cagó la vida. La violencia era TODO el día. Desde la mañana hasta la noche. No era sólo que te cagaban a palos, sino ver también que les pegaban a los demás. Esa cuota de irracionalidad, de locura. Nada tenía sentido. Las pastas eran lo más violento. Hasta el día de hoy siento que tengo secuelas por eso. Me tocaron los cables, loco. A veces siento que hay algo que no anda bien en mí.