lunes, abril 22, 2024
Nacionales

Cuando nos prendíamos fuego

Santiago Brunetto/El Furgón – La reacción culpabilizante de los medios masivos no es una reacción que interpela al Indio Solari kirchnerista; es una reacción que va mucho más allá en el espacio y en el tiempo, que atañe a cualquier tipo de expresión artística de las masas. Es la expresión del sentimiento conservador ante el hecho de que el pueblo quiera sentirse libre, por lo menos en un instante estético, y eso excede a la figura de Solari, mal que le pese a su ego, posándose sobre la masa popular en general de su público, sean estos seguidores del Indio seisieteochista de moda o del Indio oktubrista clásico. Pero todo esto ya lo sabemos. Y resuena un poco a mirar para otro lado cargar sobre el discurso de los medios masivos. Es decir, ya sabemos lo que ellos son: son la expresión de empresas privadas. Ya sabemos también lo que Macri es, y su representación en el intendente Galli: el corrimiento absoluto del Estado. Sabemos que Macri es capaz de liberar zonas, de mandar gente a acuchillar, de hacer que 300 mil personas salgan por una puerta de 10 metros ¿Qué más se puede decir de todo eso que no esté dicho? Que “violencia es mentir” ya nos lo dijiste hace 28 años, Indio. Ya sabemos, muy bien lo sabemos y posiblemente gracias a vos, que los medios “venden pescado podrido” ¿Qué más querés que hagamos con eso?

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Por todo esto que ya se ha dicho se hace necesario, más bien, un análisis crítico de lo que hoy representa la figura del Indio Solari en el escenario del rock popular; lo que representa como, tal vez, último estandarte de una cultura del agite que hace doce años se llevó a 194 personas. Se hace necesario hablar desde nuestro lugar, el de jóvenes que hacen a la cultura del rock, y pensar en que es lo que queremos que sea a futuro esa cultura, pensar cómo vamos a hacer para que no se nos mueran más chicos en un contexto que se avecina peligroso.

Lo cierto es que existe un desfasaje entre el modo en que hoy se conciben los recitales de rock en la Argentina y el modo en que se conciben los del Indio Solari. Hay un desfasaje porque hace doce años, cuando se nos fueron 194 pibes, decidimos que nunca más se nos iba a morir nadie en un recital de rock. Y entonces abdicamos, entregamos la organización a empresas multinacionales y al Estado para que nos cuide en esas circunstancias; para que podamos disfrutar de la música sin morir, abdicamos. Hiere el orgullo pero es así, abdicamos porque entendimos, muy en nuestra profundidad, que nuestro proyecto de recitales organizados comunitariamente no estaba funcionando. Abdicamos porque vimos que nos estábamos matando entre nosotros, porque vimos que esos cuartuchos donde el capitalismo nos encerraba para que pudiéramos escuchar música no eran tan bellos, tan sublimemente estéticos como habíamos pensado. Cuando vimos que nos prendíamos fuego supimos que era imposible realizar los recitales por nuestra cuenta bajo las reglas de mercado, porque nosotros no contábamos con los recursos materiales y simbólicos para garantizarnos la no muerte en un recital. Porque las grandes empresas productoras, las que tienen los recursos, acaparan, por supuesto, los lugares lindos y seguros, los lugares donde nadie corre riesgo de morir escuchando música, y nos dejan los de mala muerte a nosotros.

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Luego de la dictadura y durante todo 1990 creímos que desde ese lugar de mala muerte podíamos construir algo propio, y lo hicimos. Así nacieron los Sumo y los Redondos que luego se fueron multiplicando; así nació una de las páginas más importantes de la historia de nuestra música, la del under, la que le dio voz y voto, por primera vez verdaderamente, a las masas obreras (desocupadas en la década del noventa). Ellos hablaron por nosotros, pusieron palabras a nuestro sentimiento y creímos que podíamos seguir construyendo desde allí. Pero de repente aparecieron las muertes, porque claro, nosotros no sólo somos recluidos a los lugares de mala muerte sino que somos los recluidos al hambre, a la mayor miseria, al peor alcohol y a las peores drogas, y no sabemos manejarlo. Claro, ¿cómo vamos a saber?, si de nosotros sólo se acuerdan para juzgarnos por televisión. Entonces nos dimos cuenta que no era todo tan bello; que, si bien desde allí podíamos ingeniárnosla y crear nuestra propia cultura, las condiciones materiales, la mala droga y el mal alcohol no tienen tanto de genial (sino serían consumidas por los burgueses). Y justo ahí, cuando teníamos la posibilidad de pensar en algo superior, se nos prendieron fuego los 194, y todo a la mierda.

Abdicamos, pero porque no nos quedaba otra, nos rendimos. Y puede ser vergonzante, pero más vergonzante suena seguir arrastrando a la muerte a la gente, cuando se tienen los recursos para hacer otra cosa. Hay algo que hay que decir y que nadie dice, porque para el progre medio suena políticamente incorrecto: y es que si en 1990 hacíamos rock en los lugares con las peores condiciones de seguridad era porque eran los espacios que la burguesía nos dejaba para hacerlo, eran los lugares donde nos rebuscábamos para no ser perseguidos, y no los que elegíamos. Allí se encuentra la base del desfasaje en el modo en que Solari concibe sus shows. Lo cierto es que el Indio elije no darle lo mejor a su público porque se mantiene en aquella concepción, y lo cierto es que tiene todos los recursos para hacerlo. Porque el Indio ya no es el Indio de los primeros Redondos; incluso no es el Indio de los últimos Redondos, que ya con recursos iguales debían ingeniárselas para sustentar un recital y organizarlo por su cuenta. El Indio hoy tiene los recursos para brindarle lo mejor al público, para sacarlo de los lugares de mala muerte a los que el capitalismo lo viene recluyendo desde la dictadura para acá. Tiene los recursos para organizar un recital en donde pueda entrar tanto el que puede pagar su entrada como el que no, donde pueda entrar cualquiera sin distinción de ropa, donde no haga falta fuerzas policiales del Estado y que eso no implique que alguien pueda llegar a morir en el intento. Y sin embargo no lo hace. Y esto no se reduce a un simplismo de avaricia, de tacañería, Solari no lo hace por esa estúpida mística que circula en torno a su “misa”. Esa de viajar horas, embarrarse hasta el cuello, asfixiarse, tal vez quedar varado en una ciudad lejana a casa. Esa que, allá en lo lejos, acarrea la posibilidad última de morir. Todo quien va a ver al Indio, de manera más o menos inconsciente, sabe que hay una posibilidad de muerte: aplastado, asfixiado, por una bengala perdida o por un cuchillazo; en el fondo está la posibilidad de morir. Y es un “morir por el Indio” como en algún momento fue “morir por los Redondos”. Un “morir por el Indio” que al Indio, mal que le pese a cualquiera, le rellena el ego.

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Ahora bien, esa estúpida mística es una estúpida mística que hemos sepultado nosotros mismos, los jóvenes de la cultura del rock, hace doce años, sí, cuando abdicamos, cuando se nos fueron 194. Y ahora, mientras por un lado se intenta inflar lo que sucedió en Olavarría y por el otro se intenta instalar que es todo “pescado podrido”, nosotros, los mismos jóvenes de la cultura del rock, deberíamos abstraernos y pensar si realmente queremos “morir por el Indio” o por cualquier artista hecho deidad. Porque entonces esto se erige como un momento clave, porque desde hace un par de años se viene percibiendo que el mensaje “post-Cromañón” empieza a diluirse, y alguno que otro mete una bengala, y algún que otro artista que antes paraba el show cuando veía fuego empieza a hacerse el boludo de nuevo y ese otro vuelve a hacerse el gil con la capacidad de los recintos, y ese de allá vuelve a coimear a un funcionario, y ese de allá, y ese de allá, y ese otro se mueren, nos morimos, nosotros, nunca ellos: ni los empresarios, ni los funcionarios, ni los músicos. Porque el paternalismo de doce años se ha ido y entonces volveremos a un Estado corrido, y ese Estado, con el que transamos luego de 2004 para que no nos maten más, recluidos en antros, vuelve a ser el mercado directo. Tal vez, como dijo el Indio, debemos empezar a pensar seriamente en “cuidarnos entre nosotros”, pero debemos pensarlo por nuestra cuenta, sin que un Dios subido al escenario nos lo ordene.

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Ya no hay nada de bello en la cultura del agite, ella se cargó a más de doscientas vidas. Está obsoleta. Todo lo bello está en la música y en lo que nosotros podamos hacer con ella y eso tiene un límite: el de poner en riesgo nuestras vidas. Claro que la música no mata, pero lo cierto es que nosotros no vamos a ver al Indio por la música y así lo decimos todo el tiempo. Hace rato que no nos importan sus letras ni sus acordes, no nos importa que su etapa solista no le llegue ni a los talones a los Redondos. Nosotros vamos a ver al Indio para agitar, y eso es lo que nos mata; no nos mata la música, nos mata eso y que él se haga cargo de una organización que no quiere organizar, que se divierta viéndonos agitar para él, que se masturbe artísticamente con nosotros mientras abajo nos morimos asfixiados.

Tal vez sea hora de bajarlo del pedestal, a él y a los adalides de la cultura del agite, como lo hicimos después de 2004; decirles que ya no podemos soportar la pendejada de que todo es igual, siempre igual, todo igual, todo lo mismo.