martes, julio 16, 2024
Ficciones

El Bueno, el Malo

Juan Fiorenza/El Furgón – Es una mañana de sol. El Bueno va: del gimnasio al trabajo. Se siente satisfecho por haber terminado su segunda semana de actividad. Es cierto que le da energía para empezar el día, también es cierto que está cansado; ya entrarás en ritmo, le dice el profesor cuando se queja. El Bueno maneja el auto que con mucho esfuerzo pudo comprar. Sobre el apoya-cabeza del acompañante distingue un mosquito, aminora la velocidad, mide el golpe, y baja intempestivamente la mano; en el mismo momento, en ese instante preciso, oye un estampido. El Bueno no pudo haber provocado ese ruido. Él solamente mató un mosquito que quería su sangre. Entonces comprende que ha sido una casualidad, que algo más está sucediendo en la calle y que no se trata de un hecho feliz. La vida continúa después de la muerte del mosquito, y no será fácil. Un patrullero, que es una camioneta, le bloquea el paso, y otra detonación lo saca del desconcierto y lo pone, lo sitúa, inexorablemente, en la escena del crimen. El auto ya no responde, se detiene, no enciende, hay otra explosión. El Bueno siente miedo, baja encorvado y corre sin una dirección precisa. Está paralizado en movimiento, incluso asume la paradoja, se lo dice a sí mismo, pensá, pensá, no te frenes, qué te pasa, mirá bien, cuidá tu vida, mirá mirá mirá. Detrás de la camioneta, como un cobarde, hay un policía. Así lo cataloga, hay un policía cobarde parapetado contra el paragolpes cromado, en cuclillas y con los ojos cerrados. Suena un disparo, es un zumbido que le pasa cerca. Un ruido molesto, agudo, como los mosquitos que buscan la sangre. Qué te pasa, qué te pasa. El policía cagón ahora lo mira; con una mano sostiene un revólver, con la otra señala un equipo de radio que está tirado a pocos metros. Un handy. El policía cobarde le indica que se lo alcance, necesita ese handy. Quizás se lo grite, aunque no llega escucharlo porque los tiros que salen del negocio, tanto trueno sumado, anulan la audición. El Bueno arriesga la vida que el policía no arriesga y corre agachado para levantar el equipo. Como en las películas, ahora está arrodillado, con la espalda pegada a la camioneta, con el brazo pegado al policía cagón. En ese lugar se siente cubierto, y se toma un tiempo para mirar el panorama. En la esquina hay una mujer que paseaba a un bebé que sale despavorida; los autos que circulaban ya no circulan; la casa que está enfrente tiene los vidrios rotos; a su derecha hay una mancha roja debajo de un bulto color petróleo uniformado, un policía que yace, en silencio, como aplastado contra el pavimento por una mano gigantesca. Como él y el mosquito. El Bueno se da cuenta de que está atrapado en medio de un robo a un comercio. El Bueno se dice que podría morir en cualquier momento y que correrá ya mismo, aunque debe buscar la oportunidad para hacerlo. No obstante, escucha voces cerca de la trompa de la camioneta; están saliendo del negocio, tenelo por si me tenés que cubrir, le dice el policía cobarde, y le entrega un revólver que tenía en la cintura. No sabe cómo se agarra, no sabe cómo se usa, pero es un hombre inteligente y tiene que aprender con velocidad para qué se usa. Supervivencia. Vos podés vos podés vos podés. Un zumbido le silva la oreja y astilla otra ventana. Con lo caro que está el vidrio, piensa, le parece increíble ponerse a pensar en eso, en el costo del vidrio. El policía que era valiente y que ahora es una pensión para la viuda no le indica nada, aunque lo mira con los ojos abiertos desde el asfalto; las moscas se acercan al cuerpo y el astigmatismo las vuelve mosquitos, son moscas mosquitos. El policía cagón transpira, transpira mucho, muchísimo, suspira, le tiemblan los párpados y suplica un código por la radio que el Bueno no entiende. Después, sin decir adiós o entendiste o tenés que hacer esto y evitar esto otro, rodea el vehículo gritando cosas que tapan las detonaciones, recoge el revólver que el policía muerto ya no necesita, y regresa raudamente. El Bueno subsiste en su lugar, cubierto por la camioneta, sosteniendo su arma. Es sólida, pesada, fría. Le acaricia el lomo, piensa en hablarle; no escucha sirenas que se estén acercando, balbucea un insulto. Más detonaciones, quizás son sus propios latidos. El Bueno siente la picadura en la pierna y se golpea el gemelo para aniquilar al insecto. Traidor. Mosquito de mierda. Mira su mano y hay sangre. Excesiva. Se mira con desesperación y se alivia al saber que solo fue un raspón. De una bala. De uno de los hombres que han salido del negocio y que escapan hacia la esquina y que ya entran en su campo de fuego; y él en el de ellos; y el policía que empieza a perseguirlos, agachado, mientras dispara. Y él, que descubre que: si ellos pueden tirarle, él puede tirarles, y ellos pueden tirarle a él. Es lógica, es lógico que el Bueno haga cosas ilógicas, se ponga de pie y grite y llore y dispare sin saber cómo se dispara y tumbe a los cuatro tipos, a los que escapan, y lamentablemente, al que los perseguía.

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***

El Malo revienta un mosquito contra la pared. Es una hembra y no lo sabe; los machos no son hematófagos, las hembras succionan sangre para una nueva puesta de huevos. Luego del golpe, retira la palma de la mano con lentitud y observa si el cadáver del zancudo es una mancha roja en su piel, en la pared, o en ambas. Esta vez no hay mancha. Por lo tanto, piensa que no ha habido picadura previa. La habitación continúa en silencio. La cama, un mueble, y sobre el mueble con cajones, un televisor mudo. Empieza a hacer calor, siempre hace calor en esa pensión de sábanas ásperas y pegajosas. El Malo mira el techo, ahora, y trata de distinguir un punto que se moviliza. Muchas veces se ha puesto de pie sobre la cama para atacar mosquitos que ya había aplastado días anteriores; otras veces eran solamente suciedades de la humedad del cielo raso; la minoría, bichitos que querían su sangre. Ésa es su escasa actividad. Fijar la vista para detectar movimiento. Los ojos lo engañan, suelen engañarlo, desde el techo a la cama la distancia es grande. En cambio, a las paredes las ve mejor, la vista se confunde menos. El mosquito reposado sobre el revoque fino; la mano lenta que mide; el embate contra la pared; la enésima mancha; la satisfacción. El ambiente está lleno de lunares minúsculos, rojos y negros. En contadas ocasiones logra interceptar el mosquito en pleno vuelo, el punto no se recorta del fondo blanco de la pared y es juntar las manos hacia un objetivo difuso y esquivo. Hay, podría haber, con torpeza puede contarlos, no menos de veinte mosquitos vivos en el ambiente. Lo esperan, lo acechan. Se comunican entre ellos, trazan planes para atacarlo. Mosquitos. Ni buenos ni malos. Mosquitos. En el techo, en los muros, incluso descansando sobre la campana del velador, allí, en el rincón. Todos contra él; todos contra mí, no me puedo esconder. Delatores. Le cuesta dormir, ya casi no sale. Se pregunta de dónde salen tantos insectos si la ventana está cerrada y la persiana está baja. Lleva la vista hacia la pantalla de TV. El noticiero muestra una foto suya, algo vieja, menos barbuda, menos ojerosa, de un hombre que no sería malo. Parece otro, no él. El Malo intuye que sería importante escuchar lo que dice el conductor; por ahora no tiene más información que la del zócalo: el asesino está cercado. Sin embargo, no sube el volumen. Han revelado su ubicación. No piensa en salir de ahí. Tendrá que defenderse; luego explicar. Aún tiene algunas balas. No hay nada para tomar. Empieza a hacer más calor. Empieza la primavera. Empieza a impacientarse. Empezaba a acostumbrarse al ostracismo. Se para sobre la cama mientras mastica galletitas húmedas. Abre fuego contra los mosquitos.

***

El Bueno baja el arma caliente y el silencio regresa, vuelve a la vereda para acompañar al sol, tibio de otoño. Los pájaros no cantan, lo harán cuando hayan detectado que no corren peligro. Se acabaron los disparos. Zumban los oídos del Bueno, no por un mosquito, sino por la ausencia de ruido. Tiembla el Bueno. Ve la sangre del policía valiente, seca por la sed del asfalto. El Bueno ve la sangre del policía cobarde, que brota sobre un cantero. El Bueno piensa con profundidad, proyecta; el gimnasio le trae mayor rapidez mental, se lo habían dicho. ¿Entregarse? ¿Explicar qué? ¿La buena puntería? ¿La mala puntería? Por buen tipo, carne de cañón, de cualquier juez. El Bueno resuelve. El Bueno va hasta la esquina. El Bueno la dobla. El Bueno huye caminando; no le avisa a nadie, nunca, nada. La pierna pica, arde como una roncha. El Bueno busca un lugar donde esconderse. El tiempo que sea. El Bueno guarda el arma. El Bueno ya no es bueno. Un mosquito le merodea la oreja. Lo comprime en un aplauso; en la duración de ese sonido, se ha logrado una transformación. El Bueno es el Malo.

Ilustración: Cabro