domingo, abril 21, 2024
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Renegados

Germán Duschatzky*/El Furgón – El viento sacudía las palmeras de la costanera. A través del vidrio de la camioneta se podía ver la garúa empinada que cortaba el perfil de las luces blancas sobre la avenida Aterro. Los carteles electrónicos marcaban 18 grados pero la noche, el viento y la humedad hacían sentir un fresco inusual.

No te preocupes -dijo Danilo, mientras palmeaba la espalda encorvada de su colega Pedro-, no hay riesgo, y tampoco vamos a hacer algo que esté tan mal como para cargarlo en nuestra consciencia.

Por el rabillo del ojo Pedro miró a Danilo con desdén, sin embargo afirmó con la cabeza, porque realmente creía que estaban por hacer algo que clasificaba entre las cosas aceptables de su profesión.

De verdad, no es grave -empezó a hablar Paulo que era el más nuevo y, tal vez por eso, el menos contrariado-. Una vez, de chico, con la pandilla de amigos del barrio, emboscamos a una señora que venía todos los días a la plaza a darle de comer a las palomas y le robamos la cartera. No la golpeamos. La rodeamos y me tocó a mí, que era el más fuerte, tironear de la cartera que llevaba colgada en el hombro hasta que cedió. Costó, y la hice trastabillar, pero tampoco se cayó al suelo. Sin embargo, su mirada con pena me lastimó profundamente. Y aún así, peor fue que después de ese día nunca más la vimos llegar para darle de comer a las palomas. El dueño del bar frente a la plaza, nos vio pero no nos puso en evidencia. Su relación con nosotros, igual cambió bastante. Hasta entonces, solíamos pasar por el bar a comprar refresco cuando teníamos plata, o a manguear un vaso con agua. A partir de entonces, nunca más nos dejó poner nuestros pies en su bar. Y cuando por casualidad mis ojos se atravesaban con los suyos, sentía que me censuraba con el desprecio en su labio mordido sin fuerza y la vista corrida a un lado para perderme, ocultarme para siempre en la vergüenza. Les digo que lo consiguió, porque mucho más que el hecho de robarle a la vieja, me atormenta desde entonces aquel gesto lleno de condena, no de la víctima, si no del testigo imparcial que me conocía desde antes de que supiera hablar, de cuando daba mis primeros pasos por la plaza de la mano de mi vieja, pobre, que nunca supo de nuestra sordidez.

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Se hizo un silencio sin incomodidad. Más bien cómplice. Los otros dos sabían dar sosiego para velar esas muertes de la dignidad en la memoria, las que escondemos en espacios oscuros mal resueltos.

Por ejemplo Pedro, que parecía el más atormentado entonces, cuando todavía no les tocaba salir de la camioneta pero ya bajo el castigo de la pesada consciencia, empezó otro relato todavía más vergonzante: Violé a mi prima -dijo, como si dijera que lo robó la cartera a una vieja-. Éramos chicos. Bah, yo era adolescente y ella era chica, tendría 10 años. Pasa que yo estaba con las hormonas amotinadas. Vieron cómo es a los 14 años; me machacaba el calamar con la mano untada con el aceite de soja que tenía mi abuela en la cocina, todos los días antes de ir al colegio y por le general cuando volvía también. Cuando la vieja me preguntaba si había visto el aceite, me moría de vergüenza. No, le decía, y esperaba que se distrajera para meterlo en algún lugar ridículo de la cocina, como el horno o el estante de los platos, para que ella pensara que lo había dejado ahí de distraída, porque la senilidad no tenía piedad. Ay, Pedrito, una mañana me voy a olvidar de despertarme, decía, pobre, convencida de que el aceite de soja se le perdía en los agujeros de la mente. Bueno, la cosa es que un día mis tíos dejaron a mi primita en casa, donde vivíamos mi abuela y yo, mientras ellos se iban al cine, o al telo, qué sé yo, a pasar un rato juntos. Mi primita era gordita, más bien rubia, bastante callada. No decía ni sí ni no, pero si le insistías mucho, era capaz de hacer cualquier cosa. Bueno, y la hice hacerme cualquier cosa. Esa vez solamente, porque no la dejaron más con nosotros. Capaz porque les había dicho a los padres. Mientras se lo hacía, yo creía que le gustaba, les digo sinceramente. Hasta me toqué varias veces pensando que ella volvía a buscar más. Pero unos años después, cuando yo estaba por cumplir los 18, mi tío, el papá de ella, cayó en casa con un whisky. Tomá Pedro, me dijo, es para vos. Yo se lo agradecí y le di un abrazo. Ya hacía años que me chupaba con amigos, también a veces sólo, porque a esa edad, sin nadie que me dijera que me tenía que poner a estudiar, limpiar, ir a bañarme ni nada, qué carajo iba a hacer. La cosa es que me dijo que lo abriera, que nos tomáramos unos tragos juntos. Y empezamos a vaciar vasos, uno atrás del otro. Hablábamos de fútbol, me acuerdo, si era mejor el Mencho o el Manteca. ¿No tenés novia? -me preguntó-. Le dije que no y quiso saber si no había alguna chica que me gustara. Chica que me gustara. Había como diez chicas que me gustaban. Yo iba al colegio para ver a las minas. Si estudiar no estudiaba ni iba a estudiar. Entonces le empecé a decir que me gustaban un montón de minas. Me pidió que se las describiera, y yo le decía; bueno, la Mary es así y asá, tiene unas tetas que están buenísimas, y la Yesi tiene la cola así, y las patas largas. Bueno, eso, le iba contando cómo eran las pibas que más me calentaban. En un momento me interrumpió diciendo que tenía que ir al baño, pero se quiso parar y volvió a caerse en la silla. No habíamos tomado tanto, pero estábamos alegres. Vení Pedro, ayudame, me dijo, así que me fui a parar al lado de él y lo agarré de la axila para ayudarlo a pararse. Y cuando lo tuve al lado, medio abrazado, me di cuenta que tenía la pija parada. Me dio risa. Les juro, lo primero que hice fue reírme, pero el hijo de puta me agarró la mano y me hizo tocarle la chota. Yo di un salto para atrás y le grité “eh, viejo de mierda, qué te pensás, qué hacés”, y él, como si nada, me dijo “lo mismo que le hiciste vos a mi hija cuando era una nena, forro de mierda”. Me quise morir. Sacó la pija y me dijo que se la chupara o me iba a cagar a trompadas. Entonces revoleamos trompadas, la mayoría al aire, hasta que se levantó mi abuela, que no entendía nada, pero hizo un escándalo del carajo. Lo sacó a escobazos a mi tío, que era su yerno. Al día siguiente yo me fui de la casa de mi abuela y no volví nunca más.

Un hijo de puta tu tío -dijo Paulo. Sí, un sádico -le contestó Pedro. Hace un par de años me lo crucé por casualidad en el centro. Me vio y se hizo el boludo, pero yo no se la iba a dejar pasar. Me acerqué, ya estaba viejo el forro, y le dije “qué hacés sorete”. Me miró con terror y le metí un empujón que lo dejé sentado de culo. Me le fui encima. Estaba enceguecido, me acordaba de su pija parada apuntando directamente a mi boca y él diciendo “chupamela”, me daban arcadas, y me le fui encima. Le pateé las costillas y cuando se fue para atrás le pisé la chota con todo mi peso. Entonces me agarraron de atrás. Decí que me agarraron, porque lo iba a destrozar. Eran como cinco los que se me colgaron del cuello, de los hombros, me agarraron las piernas, vino un policía, me tiró al suelo, me pidió documentos y me dijo que me tranquilice. Lo ayudaron a pararse al hijo de puta y se fue como si fuese una víctima. Igual a mí me da vergüenza contarlo. Sobre todo por lo de mi prima. Andá a saber los daños mentales que le produje sin querer -dejó de hablar, se mordió una uña, la escupió y volvió a encorvarse en su asiento contra la ventanilla.

El viento era cada vez más fuerte. La lluvia parecía haber parado. La bahía estaba negra y en el horizonte se veían algunos rayos que abrían la oscuridad del cielo. Por la avenida pasaban pocos autos. Danilo se sirvió café del termo en un vasito de plástico y dijo: todos tenemos un muerto en el placard. Yo lo tengo literalmente. Cuando era pibe, con la bandita del barrio íbamos a colgarnos de los trenes cuando salían de la estación. Era una joda que hacíamos, una manera de ponernos loquitos, de sentir la adrenalina. Bueno, la cosa es que uno de los pibes, el Tomy, era muy introvertido. Yo no tenía nada contra él, pero siempre lo agarrábamos de punto y lo verdugueábamos sin parar. Hasta que otro de los pibes, Sergio, que era el más grandote, de la nada se puso a defenderlo. Yo creo que lo cuidaba porque se lo trincaba, aunque nunca pudimos averiguarlo. Varios de los pibes teníamos esa sospecha. La cosa es que desde que Sergio empezó a defenderlo, el Tomy se empezó a hacer el vivo. Cada vez más. Y llegó un punto en el que el guacho me verdugueaba a mí. Yo no lo podía creer. Imagínense, el más gil me deliraba como si yo fuese no sé qué. Cosas de pendejos, ¿no? Pero yo llegaba al atardecer a casa y les juro que me atormentaban las deliradas que me comía del Tomy. Me decía cabezón, me jodía siempre con eso, o me hablaba de mi hermana, porque Sergio le dijo una vez que mi hermana estaba buena, entonces el Tomy deliraba unas cosas asquerosas, medio raras, que supuestamente le iba a hacer a mi hermana. La cosa es que yo iba juntando bronca y un día, cuando estábamos esperando que saliera el tren para treparnos, él estaba peor que nunca con eso de mi hermana. Antes de que saliera el tren, apareció la mamá de Sergio y le dijo que fuera ya mismo para la casa, que se dejara de vaguear y se pusiera a estudiar. Entonces el Tomy quedó solito, sin nadie que lo defendiera. Era mi oportunidad. Cuando salió el tren y empezamos a correr para emparejarnos con los vagones, yo me retrasé para quedar cerca de Tomy, pobre. Quedamos últimos. Corrimos y pegamos el salto casi al mismo tiempo, pero yo me agarré primero y le metí una patada cuando él todavía no había alcanzado la baranda. Cayó mal, se golpeó la cabeza con tanta mala suerte que rodó para la vía y lo vi cómo se rompía todo abajo de las ruedas del tren. Salpicó sangre como si fuese un sachet de leche explotado. Bajé y me puse a gritar enloquecido que el Tomy se había caído. Los otros pibes se bajaron también y vinieron corriendo. Había manchas de sangre, pero el cuerpo todavía estaba bajo los vagones que seguían pasando. Estábamos desesperados, gritábamos. Cuando pasó el tren lo vimos. Lo digo y se me hace un nudo en la garganta. Estaba destrozado. Obviamente yo no dije que yo le había pegado para que no pudiera agarrarse. Fue un accidente, ya sé, pero yo no dije que había tenido que ver con que las cosas pasaran así. Nadie dijo nada. Creo que en realidad ninguno de los pibes sospechó de mí, por lo menos nadie lo dijo. Pero todavía hoy, a veces, cuando me despierto a la noche, se me aparece la cara del Tomy llamándome cabezón, diciendo cosas de mi hermana, y siento bronca y siento pena, mucha pena por haberlo matado -Danilo suspiró, se hizo un silencio profundo, tomó un trago del café y agregó: esta es la primera vez que lo cuento.

Afuera, el viento y la noche amparaban el trance de Pedro, Danilo y Paulo. La ceremonia en la camioneta duró hasta que el oficial a cargo abrió la puerta y gritó “vamos muchachos, ya es hora”. Salieron los tres con los lanzagases cargados y las itacas atravesadas en la espalda. Se formaron entre los otros antimotines. Serían doscientos policías: primero una fila con escudos, atrás ellos y otros como ellos.

Che, ¿de quién es esta marcha? -preguntó Pedro. Estudiantes contra el golpe -dijo Paulo-, la orden es hacerlos mierda. Mejor -dijo Danilo-, tengo que descargar esta tensión.

Contra el viento, a través de la noche, vieron aproximarse la masa de pibas y pibes que hacían flamear las banderas a lo ancho de toda la avenida, saltaban y cantaban sus consignas. ¡Preparados! -gritó el Comisario, y los tres, entre todos los policías que hacían lo mismo, apuntaron sus armas a la multitud.

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