jueves, junio 20, 2024
Por el mundo

El asalto a la razón

“Cuando hagan las cuentas, cuando cuenten los cohetes palestinos cayendo en Israel, o las bombas israelíes cayendo sobre Gaza, cuando cuenten las y los palestinos muertos a lo largo de los años y los muertos israelíes, y las personas heridas, por favor no olviden contar los minutos, las horas, los días y los años de ocupación. Todos y cada uno de los días que los y las palestinas nacieron y murieron sin ciudadanía, todos y cada uno de los días que vivieron sin derechos, sin sueños, sin trabajo, sin agua, sin tierra, sin casa… No olviden contar el tiempo… el tiempo que los palestinos perdieron a merced de la ocupación militar más larga, más brutal y más opresiva del mundo”, dice la escritora y activista palestina Samah Sabawi.

Me indigna caer en la manipulación de tener que condenar hoy lo que muchos han silenciado durante décadas. No acepto el maniqueísmo de acudir al argumento espurio de “hacer uso del derecho de legítima defensa” cuando justifica el genocidio. Cuestiono el concepto de “terrorismo” cuando se maneja con tanta ligereza por quienes lo han desarrollado como política de Estado durante 75 años: bombardeos continuos a la población civil, niñeces mutiladas, odio y desprecio hacia la cultura árabe, pogromos de colonos sionistas armados de impunidad, cárceles siempre repletas de palestinos, muros levantados en Gaza y Cisjordania, kilómetros de hormigón custodiados por un ejército invasor que corta la electricidad, el agua, y decide cuándo y cómo entran, salen y mueren sus habitantes.

Casi ningún país levantó la voz -y menos Argentina anestesiada por la proverbial cobardía de sus gobernantes y la impudicia que demuestran sus principales candidatos presidenciales- y reclamó para Israel lo mismo que hoy se apura a condenar.

El periodista Gideon Levy escribió en el periódico Haaretz: “Detrás de todo esto está la arrogancia israelí. Pensamos que tenemos permiso para hacer cualquier cosa y suponer que nunca seremos castigados. Arrestaremos, mataremos, abusaremos, despojaremos, protegeremos a los colonos y sus pogromos… Dispararemos a inocentes, les arrancaremos los ojos y les destrozaremos la cara, los expulsaremos, expropiaremos, robaremos, los secuestraremos de sus camas, los someteremos a limpieza étnica y, por supuesto, continuaremos con el increíble asedio a Gaza. Y supondremos que todo seguirá como si nada.”

 

Ni medicinas, ni agua, ni electricidad, ni combustible. El hambre y la desesperación como arma política. “Estamos combatiendo contra animales y actuamos en consecuencia”, dijo hace nada el ministro de Defensa de Israel, Yoav Galant, al anunciar el cerco total contra Gaza. Los últimos datos registran desde el inicio de los bombardeos el asesinato de7.800 palestinos, incluidos 3.190 niños. Alrededor de 18.500 personas más con heridas y cientos que permanecen atrapadas bajo los escombros, mientras el sistema de salud está colapsado.

Para muchos, la “guerra palestino-israelí” comenzó el 7 de octubre. No hay historia, ni contexto, ni trasfondo. Es simplemente la respuesta a un ataque no provocado, perpetrado por aquellos que los medios animalizan. Siempre la pérdida de vidas humanas es trágica. “No utilicen nuestra muerte y nuestro dolor para provocar la muerte y el dolor de otros”, incomodó Noy Katsman en el entierro de su hermano, asesinado en el ataque de Hamas. Nadie osó acusarla de “cómplice del terrorismo”.

Pero una historia de 75 años de ocupación, de brutalidad y asesinatos, está enterrada hoy bajo el infierno de miles de toneladas de escombros de edificios, hospitales, panaderías o mezquitas y huesos triturados de palestinos y palestinas.

Edificios destruidos por los bombardeos israelíes sobre Gaza

Después de años de propaganda y mentiras, se ha logrado la normalización del genocidio. Décadas de crímenes de lesa humanidad impunes pesan sobre el Estado sionista de Israel y sus patrocinadores estadounidenses, que envían portaaviones a la zona para “luchar” contra un pueblo provisto sólo de toda la rabia acumulada por una historia de opresión. Para muchos, lo que está sucediendo, es un remedo del levantamiento del gueto de Varsovia contra los nazis. Suicida, heroica, brutal, provista sólo de su dignidad. También entonces las potencias imperialistas miraron en otra dirección, permitiendo la masacre fascista.

Primo Levi, sobreviviente de Monowice/Auschwitz, definió con limpidez la deshumanización: “Entonces, por primera vez, nos damos cuenta de que nuestra lengua no tiene palabras para expresar esta ofensa, la destrucción de un hombre. En un instante, con intuición casi profética, se nos ha revelado la realidad: hemos llegado al fondo. Más bajo no puede caerse: una condición humana más miserable no existe, y no puede imaginarse. No tenemos nada nuestro. (…) Nos quitarán hasta el nombre: y si queremos conservarlo deberemos encontrar en nosotros la fuerza de obrar de tal manera, que detrás del nombre, algo nuestro, algo de lo que hemos sido, permanezca (…). En la historia y en la vida, parece a veces discernirse una ley feroz que reza: A quien tiene, le será dado, a quien no tiene, le será quitado”.

Ese algo es la dignidad. Por eso se  resiste en Gaza, por eso se lucha en Palestina.