lunes, junio 17, 2024
Por el mundo

Santiago de Chile. Una noche en la barricada

Por Luis Brunetto, desde Santiago de Chile/El Furgón –

I

Del choque entre Avenida Salvador y Avenida Grecia brota una rotonda que funciona como una especie de portal verde al barrio popular de Villa Olímpica. Por Grecia, a la izquierda, a unas cinco o seis cuadras, se llega al Estadio Nacional en el que Víctor Jara nos prometió, antes que los fascistas le cortaran las manos y lo asesinaran, que nuestro puño golpearía nuevamente.

Todas las noches, desde hace 14 días, los cabros del barrio prenden fuego y arman la Barricada de Villa Olímpica. Son los cabros, los pibes y las pibas, pero todo el barrio está atrás. En todas las esquinas, los viejos, veteranos miristas o del PC o del PS, salen también.  Y todas las noches llegan los pacos, con su guanaco, y se pudre. Ya es un clásico: Se podría decir que el éxito del Chile rebelde podría medirse, ya, por la suerte de la barricada de Villa Olímpica.

II

Serían las 8 de la noche cuando llego a la plaza rotonda de Villa Olímpica. Arden bolsas de basura, desechos de todo tipo, gomas, cajones. Unos doscientos manifestantes tiran piedras, detrás de la barricada, a la franja de pacos que avanza protegida por una muralla de escudos, delante del “guanaco multicolor”, el hidrante con que apagarán esta noche el fuego de la barricada. Los guanacos son multicolores porque los manifestantes desde hace años les tiran con bombas de pintura. No hay un guanaco ni un carro de asalto que no esté pintado de todos los colores.

Un guanaco con graffitis y pintura

Tengo que pasar por al lado de la columna de pacos, y doblar en la primera esquina, para entrar al barrio por atrás. Cuando se atraviesan los monoblocks, uno tiene la sensación de que nada está pasando. Los negocios siguen abiertos, la gente se junta en las esquinas a discutir la suerte diaria de la barricada. Y la suerte general de Chile.

Y la suerte del mundo.

III

Estaciono entre un montón de  autos que no parecen aguardar ninguna desgracia. Nadie tiene miedo. En el barrio no hay miedo. La mirada de Miguel Enriquez, desde un mural gigante, vigila. Mi contacto me espera atrás de la primera línea de cabros, que se han replegado de la plaza, y han entrado al barrio: su refugio, su retaguardia. En las puertas de los edificios los padres vigilan. Cada uno sabe dónde debe ir si entran los pacos. Ya han entrado otras veces, y las medidas de seguridad funcionaron con relativo éxito, me dice mi contacto.

Mi contacto es un veterano dirigente de una corriente de tradición mirista. Veterano: Unos treinta y pico. Su corriente ha pesado, por su influencia en los sindicatos industriales y el movimiento estudiantil, en algunas de las decisiones que permitieron dar continuidad al levantamiento, empezando por la huelga general de 48 horas del 23 y 24 de octubre. El es el jefe táctico de la barricada, quien decide si la acción se levanta, si el barrio se retira.

El, veterano de unos treinta y pico, y una cabra que no llega a los 25, militante de la misma corriente de tradición mirista.

IV

Cuando caen los gases hay compañeros con un baldecito que meten las granadas en agua con bicarbonato. Eso sirve para las granadas disparadas con pistola, pero no para las que los pacos tiran con la mano, que revientan apenas  caen en el piso. Una de esas cayó al lado mío, y los gases me hicieron llorar un rato, no demasiado, pero experimenté esa sensación de que se te queman los pulmones que producen los gases de ahora, y que ya había sentido en las movilizaciones contra la reforma previsional en Buenos Aires. Los cabros, en cambio, están preparados.

Pintadas en Santiago

Cuando caen los gases nadie corre. Se devuelve lo que se puede. Y se contesta granada con piedrazo. Nadie tiene miedo. Y se grita. Sobre todo, “Paco culiao!”.

V

“¡Qué en todas partes se vea/ el poder de la clase obrera!”, me cantan los cabros cuando mi contacto me presenta como un periodista argentino. Es que, a las 3 de la tarde, y como si el día fuera eterno y cupiera todo dentro de un día de estos, hubo un festival organizado por la asamblea barrial de Villa Olímpica en que tocaron Las manos de Filippi. Yo no pude llegar.

“Las manos de Filippi” en el Festival de la Asamblea de Villa Olímpica.

Y me preguntan por el 2001. Y por el Che. Y me dice uno que lleva el baldecito con agua y bicarbonato “hueón, que hemos estado discutiendo si esto es un levantamiento, es una rebelión, una revuelta, si esto es 1905 o es febrero, tu ¿qué dices?”. Y la “jefa”, la cabra, le dice al cabro del balde “qué hueón lo que si cachai es que esto es huelga política de masas”. “La revolución es lo único sensato, todo lo demás es absurdo”, les digo que decía Rosa. Están de acuerdo, me dicen.

V

El guanaco multicolor pasa, entra por la calle siguiente a la de la plaza de la barricada. Ahí estuvimos vigilando, a ver que hacía. Arremete a fondo y pasa por la calle al lado nuestro, suenan los estruendos de las bombas de gas, suenan los piedrazos sobre el blindado y suena el “Paco cualiao!”. Hay piedrazos y gritos desde los edificios. El guanaco pasa de largo y gira en U en otra esquina. Vuelve a arremeter y de nuevo la explosión de los disparos de las bombas de gas y el ruido de las piedras y los gritos.

Comunicado de la “Asamblea Villa Olímpica”

Pero ahora sigue, sigue, y no vuelve. Se pierde a la vista por la calle en que ha venido, y sobrevienen segundos de silencio y de espera. Alguien, de pronto, desde un edificio, grita “¡Viva Chile, mierda!”, y el barrio entero rompe en aplausos y en gritos contra los pacos, contra Piñera, contra los “cuicos”, contra los perkin.

Hoy, la barricada ha triunfado.

VI

Hay un pikachu que falta. Cada pikachu con su número. Por teléfono la jefa habla con alguien: “Que si está allí contigo el hueón”, y se ríe, con una risa desprovista de todo lo que hay que tirar a la mierda, una risa desalienada. El que faltaba era el pikachu número no importa. Vaya a saber.

En Santiago hay como una sensación de desalienación. A cualquier hora hay olor a gases, la gente anda por la mañana con barbijo por la Alameda, pisando el terreno que a la tarde será campo de batalla. Y de golpe, en cualquier momento, en cualquier esquina, se escucha el grito “¡Paco culiao!”, al carabinero que dirige el tránsito, por ejemplo.

Porque entre Plaza Italia y la Alameda, hasta un poco más allá de la Moneda, no ha quedado un solo semáforo entero. Ni una estación de metro, ni una parada de micro. Y no hay un centímetro cuadrado de pared donde no esté escrito con aerosol o con pintura el grito rebelde de Chile.

Un semáforo en “Plaza Italia”, Santiago.
VII

Esos días en que cabe todo son los días de revolución. Parafraseando a Trotsky, en un día caben meses, caben años. Y en este día viernes cupieron el festival con Las manos de Filippi y la barricada por la noche. Pero en el medio estuvo Plaza Italia, donde los cabros de Villa Olímpica y los cabros de todos los barrios de Santiago -obreros,  estudiantes, maestros, feministas- lo que sea, marcharon a dejar en claro que nadie se rinde, que Piñera se tiene que ir y que hace falta un Chile nuevo, en manos de su pueblo.

De Valparaíso se entra por la Alameda, cuyo boulevard es, desde hace años, vivienda improvisada de los sin techo de Santiago. Bajo Piñera, bajo Bachelet, bajo Lagos, bajo todos. Antes de ir a Villa Olímpica entro a eso de las 7 de la tarde a una Alameda llena de humo y barricadas. No se ven los pacos, que seguramente guardan La Moneda, pero sí gente que va y va y va y no vuelve y no le importan los gases ni los balines ni nada. Y que grita, uno tras otro, miles de veces, desde lo más profundo del alma, el grito de combate del Chile insurrecto: “¡Fuera Piñera!/ ¡paco culiao!”.