sábado, abril 13, 2024
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Peronismos: ¿Hacia la unidad?

Luis Brunetto/El Furgón – La magnitud de la movilización del 21-F hizo resurgir las esperanzas del kirchnerismo en una posible unidad del peronismo. “Hay 2019”, dicen. Sin embargo, la gigantesca movilización antimacrista parece expresar un proceso que conduce hacia otros resultados, muy distintos de los que esperan los seguidores de la ex presidenta.

El kirchnerismo

El pesimismo con que el progresismo peronista recibió al gobierno de Mauricio Macri tuvo, paradójicamente, su expresión en la pretensión eufórica de reconstruir el liderazgo de Cristina Fernández de Kirchner. El rechazo callejero a la masacre social pasaba a segundo plano, desplazado por el “¡Vamos a volver!” y la política polarizadora con Macri, aunque tal estrategia ya había probado su fracaso en el 2015.

Rápidamente quedaron en claro tres cosas. La primera, que Cristina no tenía ningún interés en ocupar el papel de jefa de la oposición popular: así lo probaban sus intervenciones públicas, determinadas más por la agenda de Tribunales que por el ritmo de las luchas del pueblo trabajador. La segunda: que alrededor de Cristina no podía construirse una mayoría opositora. La tercera: que la masividad de las movilizaciones de protesta contra el expresaban una voluntad de lucha de masas que ella no tenía ningún interés en liderar.

Al republicanismo peronista no lo une solamente el espanto. Alrededor de la “Liga de Gobernadores”, tienen de común su rechazo al liderazgo de Cristina, pero también y fundamentalmente, el acompañamiento “crítico” del macrismo.

Así, dejado a la deriva por su jefa, el kirchnerismo debió disolver sus pretensiones exclusivistas y buscar calor y cobijo bajo la amplia sotana del ex Bergoglio. Alrededor de Francisco se configuró un nuevo bloque opositor moderado, que abarcaba desde los seguidores de Néstor y Cristina hasta el triunvirato cegetista, pasando por la CTEP (Confederación de Trabajadores de la Economía Popular) y Barrios de Pie. Desde entonces se ha convertido en una pieza más, aunque de mucha importancia, de la política papal.

El peronismo “republicano”

De entrada hay que decir que los límites entre kirchneristas y republicanos resultan tan difusos como los límites del infinito que, según la física, existen, pero se pueden correr infinitamente. Para muestra basta un botón: el ideólogo y líder de la fracción republicana es ni más ni menos que el ex jefe de la bancada senatorial kirchnerista, y a su vez ex jefe de la bancada de diputados menemistas, Miguel Pichetto. ¿Adónde lo ponemos a Daniel Scioli, quinto diputado de Unidad Ciudadana, que se retiró prudentemente a la hora de votar el asalto a las jubilaciones de diciembre? ¿Dónde a Alicia Kirchner, indudable aliada de Cristina, pero fiel aplicadora de la política ajustadora del macrismo? Tal vez, recurriendo nuevamente a la metáfora matemática, en la intersección…

Al republicanismo peronista no lo une solamente el espanto. Estructurados alrededor de la “Liga de Gobernadores”, tienen de común su rechazo al liderazgo de Cristina, pero también y fundamentalmente, el acompañamiento “crítico” de la reestructuración económica y social que lleva adelante el macrismo. Desde el 2001 en adelante, la “liga” ha sido el más importante factor de estabilidad del régimen capitalista argentino. Aunque hoy se repudien mutuamente, junto a la burocracia sindical hasta el 2011, y a un amplio sector de las capas medias, los gobernadores fueron una pieza clave de la construcción política en que se apoyó el gobierno anterior. Su desgajamiento actual responde a la necesidad de adaptarse al proceso de modernización capitalista que encaran Macri y sus secuaces.

El liderazgo fraccional de Cristina es indiscutible, y cuenta con una base social “personal” que, aún corroída por la sucesión de errores y fracasos del último lustro, nadie más posee.

Es que la victoria de Clarín abrió las puertas a la venganza de Magnetto, el ostracismo y la cárcel de Cristina como política del Gobierno. Scioli era la carta para una adaptación orgánica del peronismo en toda su infinitud: su victoria hubiera representado el relegamiento del “ala Clarín” y la reconciliación de las fracciones burguesas en pugna. Su derrota marcó las condiciones de salida del ciclo kirchnerista, y el veto a Cristina que hoy impide que los gobernadores le permitan el retorno a la liga, y que bloquea la unidad del peronismo.

¿Unidad?

Si agregamos al Frente Renovador, en tres grandes “bloques” se ha estructurado entonces el peronismo post- kirchnerista. Para todos ellos, corrientes políticas de la burguesía, la táctica electoral es el eje de toda actividad política.

En ese plano común el kirchnerismo pareciera correr con alguna ventaja. El liderazgo fraccional de Cristina es indiscutible, y cuenta con una base social “personal” que, aún corroída por la sucesión de errores y fracasos del último lustro, nadie más posee. Sin embargo, este atributo choca no solo contra los límites que su imagen tiene fuera de su base social, sino también, como hemos señalado, contra sus propios deseos personales.

Además, las relaciones internas entre sus dirigentes distan de la armonía: las declaraciones de Carlos Zannini a su salida de la cárcel, respecto a Luis D´Elía, muestran el empeño del entorno de Cristina por separarse de su ala más “plebeya”. La franja de dirigentes solidarios con Julio De Vido, encabezados por Aníbal Fernández, respiran malhumor por la indiferencia de la ex presidente para con sus “presos políticos”, y la propia Milagro Sala ha mendigado sin éxito un apoyo un poquito más activo.

Resulta cuando menos cómico, en estas condiciones, el reclamo de unidad del kirchnerismo a la izquierda, como el que recientemente realizó Agustín Rossi. Además, está absolutamente claro que la unidad con la izquierda, en el hipotético caso de que el kirchnerismo se la planteara seriamente, ocupa un lugar bastante alejado del primero en las opciones que baraja la jefatura “nacional y popular”. Antes están todas las opciones de unidad del peronismo, incluyendo a los gobernadores más impresentables o presentables (no se sabe qué es peor), de (Gildo) Insán a (Juan Manuel) Urtubey o (Sergio) Uñac.

El Frente Renovador ha virado progresivamente del “republicanismo” a la oposición. La ruptura de “ventajita” Massa condujo a una crisis de su “espacio”, sobre todo luego de las movilizaciones de diciembre y del inicio del ataque del gobierno contra Hugo Moyano. Graciela Caamaño y el propio Massa se oponen acérrimamente a un acercamiento al kirchnerismo: hacerlo representaría la explosión de la alianza con Margarita Stolbizer. Felipe Solá  y Daniel Arroyo, por el contrario, promueven el diálogo con los seguidores de la ex presidenta, y la creación de un conglomerado que incluya al jefe camionero. La apuesta, por ahora, es a una “agenda común” con Florencio Randazzo, que siente las bases de un acuerdo de más largo plazo.

El propio 7-M fue anticipado por la masividad de las movilizaciones queno bajaron de centenares de miles de personas. Parafraseando a Masetti, la táctica moderada de “los que lloran” fue rechazada por las bases trabajadoras.

Está claro que el ex Jefe de Gabinete de Cristina podría buscar erigirse en un factor de unidad del peronismo, siempre y cuando tal acuerdo incluya a kirchneristas y republicanos a la vez. Sólo en esas condiciones podría barajar romper su alianza con Stolbizer. Cultor explícito de la “ancha avenida del medio”, una alianza con solo una de las fracciones a su izquierda o a su derecha terminaría de licuar su influencia política.

El conglomerado republicano “puro”, por su parte, ha sido más que nadie víctima del “síndrome del camaleón”, que consiste en mimetizarse tanto con el gobierno que la gente termina confundiéndolos con él, y votando al original, o dejándolos de votar. El caso más notorio es el de Urtubey, el presidenciable que fue derrotado por Cambiemos en su Salta la linda. Sin embargo, a la hora de los porotos, este bloque es el interlocutor decisivo del macrismo por su control del Senado. En Diputados, Cambiemos puede construir mayorías circunstanciales (en algunos casos incluso con la ayudita de los amigos kirchneristas), pero en el Senado depende de Pichetto y los Gobernadores.

La novedad de las masas

Las movilizaciones de diciembre marcaron un antes y un después en la situación política nacional. Esas movilizaciones no salieron de la nada, sino que fueron la culminación de un proceso abierto por la manifestación del 7-M, cuando la dirección cegetista fue puesta en fuga por los trabajadores. El propio 7-M fue anticipado por la masividad de las movilizaciones que, desde la primera marcha de estatales en febrero de 2016, no bajaron de centenares de miles de personas. Parafraseando a Masetti, la táctica moderada de “los que lloran” fue rechazada por las bases trabajadoras  desde el primer día del gobierno macrista.

Es en ese contexto que se explica la magnitud del 21- F, la más grande manifestación contra el macrismo. La gigantesca convocatoria del moyanismo expresó un contenido y una diversidad que rebasan por mucho los límites del control peronista sobre la movilización de masas. Convocada por un peronista ex macrista en apuros judiciales, su magnitud alentó engañosamente las esperanzas unitarias de un movimiento en descomposición. Moyano quería una demostración de fuerzas. Las masas fueron porque querían luchar.

Es esta la gran novedad de la política argentina actual: la irrupción de una política, aun carente de expresión acabada (aunque el FIT puede ser un esbozo suyo), de la clase trabajadora. El ciclo histórico que se abrió en el 2001 y que el kirchnerismo cerró con su exitosa política de contención de las masas, retoma su movimiento. El pueblo trabajador, con su política movilizada, corre por izquierda, y con probada eficacia, al progresismo kirchnerista: no fueron los discursos parlamentarios de (Axel) Kicillof, sino los piedrazos de diciembre, los que pusieron al Gobierno en modo “perdurar”, según la categoría acuñada por el ex presidente del Banco Nación, Carlos Melconián.

Por derecha, al hegemónico peronismo republicano de los gobernadores, a quienes les corresponde la marca registrada del justicialismo, no le interesa en lo más mínimo la unidad con el kirchnerismo. Ya lo han dicho: para “volver”, si es necesario, están dispuestos a esperar al 2023…

Fotografía de portada: Hernán Piñera