lunes, abril 22, 2024
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La Murga viene marchando

Miguel Russo/El Furgón/* – En la tierra de las murgas por excelencia, Falta y Resto es la más importante. Capaz de movilizar multitudes en Montevideo y de llenar un Luna Park del otro lado del charco, la murga cuenta con una larga historia detrás, que se refleja en sus letras, siempre ligadas a los problemas latinoamericanos. De esto hablamos con Raúl Castro, director de la Falta y Resto.

“Murga es el mar fraterno / que al pueblo atrae y lo hechiza. / La murga, eterna sonrisa / quijotesca del Pierrot”. Raúl Castro, director de Falta y Resto, recita a modo de respuesta su definición preferida de murga. Es que la murga es una expresión popular: es el barrio cantando sobre el escenario sus problemas, sus aconteceres, sus críticas, sus sátiras y sus mensajes. Es una expresión donde el coro es el artista y lo común tiene más peso que lo individual. Dice Castro: “Por eso la abracé con tanto cariño desde hace tantos años y lo sigo haciendo con más fe y más entusiasmo que el primer día. Ideológica y éticamente muy valorable, la murga. Está muy cerca de la gente. Y tiene que estarlo. Sobre todo cuando se hace con la conciencia de saber que lo que uno dice repercute en tanta gente”. Suena trascendental Raúl Castro, pero él mismo se sobrepone a las etiquetas serias: “No, no nada de trascendentalismo, sin creerse nada por el hecho de subirse al tablado. Al contrario: uno es un simple payaso de barrio que sube al escenario y canta y cuenta lo que dicen los demás.

-Parecería una diferencia bastante sustancial con la murga argentina…

-No sé, la diferencia me parece que pasa más por un problema estético. La murga argentina, al igual que la scola do samba brasilera, es más para desfile, de corso, de paso. La murga uruguaya es más de teatro porque el carnaval uruguayo es teatral. Impone 25 o 30 escenarios por todo Montevideo donde los grupos tienen que hacer entre media hora y 45 minutos de actuación. Es muy distinto llamar la atención con un pasaje de dos o tres minutos que estar casi tres cuarto de hora atrapando al público.

-Entonces, ¿la murga es un género netamente uruguayo?

-No. En realidad viene desde España, de Cádiz. Allá existen hoy en día las famosas “chirigotas”, que tienen una estructura bastante similar a la murga uruguaya. Pero, ¿qué pasó? Muy simple, en los cien años de evolución del género murga en el Uruguay, tuvieron mucho que ver la rítmica de la música negra y la poética del tango. Así tiene lo nostalgioso y lo alegre. La murga del Uruguay está entre Argentina y Brasil. Pero el inicio, la génesis, es española.

-Ahora, con el Frente Amplio en el gobierno parecería estar todo bien, pero ¿es posible ser de derecha, blanco o colorado, y ser murguero en el Uruguay?

-Sí, lo que pasa es que sería muy difícil que te creyeran. Por ahí sí lo hacían hace 30 o 40 años, pero ahora no. Lo que pasa es que la murga es un género de izquierda si entendemos por izquierda la expresión de lo popular, de los de abajo, de lo masivo, de lo anónimo. Si por izquierda entendemos eso, todas las murgas son de izquierda: la expresión del barrio.

-La Falta y Resto nació en el 80, En los 60 y 70, momento de politización mayor en Uruguay, ¿quién ocupaba ese lugar?

-Uh, muchas y mejores. La Soberana nació en 1969, fue la que le dio el tono más políticamente radicalizado al discurso de la murga. Y si seguimos rastreando, están en el año 1933, pleno gobierno del dictador Terra, Los Asaltantes con Patente. Ellos entraban al escenario cantando “Terra presidente, Dagnino intendente, adelante Asaltantes con patente”. Se los llevaron presos al tercer tablado. Siempre fue político el canto de la murga. La Soberana tenía momentos memorables: en los 70 salieron todos encadenados, llevando como sombreros el mapa de Uruguay. Se la pasaban adentro de los celulares en cana. Araca la Cana, los Diablos Verdes, consecuentes con las posturas sindicales. Pero, claro, aparece la Falta en una época, la dictadura, en la cual, con excepción de La Reina de la Teja, que había aparecido un año antes, no se podía cantar nada.

-¿Y cómo lo lograron?

-Y qué sé yo, nos largamos. Armamos nuestras letras utilizando músicas de compositores que estaban todos prohibidos. La gente las reconocía: la Guerra Civil Española, Viglietti, Zitarrosa, Numa Moraes. La gente nos aceptó de inmediato. Claro que nos censuraban a cada rato. Casi siempre aparecíamos leyendo las letras en papeles porque, al estar censuradas, teníamos que inventar rápido otra. Eso hizo que la gente sintiera como una solidaridad con la Falta. Y nos ayudó mucho a trascender.

-¿Cómo se banca la noche entera arriba de los tablados?

-Un poco de 7 y 3, vino cortado con gaseosa, y mucho de una mezcla más explosiva todavía: el amateurismo y el profesionalismo. El amateurismo te hace disfrutar muchísimo lo que hacés. Nosotros salimos a cantar con los amigos. ¿Y qué cosa más linda hay que cantar con los amigos? Claro que hay cansancios, momentos duros, escenarios donde la amplificación no es buena por las posibilidades de la gente del barrio. De repente trabajamos cuatro o cinco meses para armar un espectáculo y nos tenemos que conformar actuando con un micrófono para las 17 voces. Pero todo eso se salva con las cosas que te pasan al bajar o subir de un escenario. La comunión con la  murga es muy grande porque la gente siente que la murga canta lo que ella quisiera cantar, no escuchar, esa actitud pasiva: cantar. Ese es el gran secreto de la murga.

-¿Qué sintió aquel 25 de mayo en Buenos Aires, en un acto netamente nacional, liderando el grupo uruguayo que levanta a la multitud argentina?

-Un gran honor, un eterno compromiso a partir de ahí y una emoción y un orgullo que me van a acompañar toda la vida. Cantar para tanta gente, tantas familias, tantos tipos que no fueron llevados en camiones con promesas, tanta gente que quería participar, fue una cosa insólita y maravillosa. Se identificaron con nuestras cosas. Y nos hizo reconocer que estábamos en el mismo camino, que estábamos cantando un verbo común y que el latinoamericanismo no es sólo una palabra. Es un hecho, hoy todavía más consciente y más posible que en los años de la utopía de los 60 o en los años de las revoluciones de 1810. Este es un momento alucinante de la historia de Latinoamérica, sobre todo el sur. Y ese momento de la murga en el acto del 25 de mayo fue la presentación en sociedad de un género que estaba como medio dejado de lado en mucha gente. ¿Murga? A un cuadro de fútbol cuando anda mal se lo llama murga. En cambio, ese día, cuando la gente empezó a aplaudir, comprobé que los argentinos nos quieren más a los uruguayos que lo que nosotros a veces los queremos a ellos. Fue una tarde hermosa, y para la Falta es un mojón indiscutible de su historia, quizá la mejor experiencia que tuvimos acá en la Argentina.

-Es raro, usted dice que este es el momento más alucinante de la historia sudamericana y mientras tanto hay muchos que tratan de vender la premisa de que no hay más utopías…

-Bueno, los que tenemos algunos años más que los jóvenes y vivimos aquellos 70, vemos renacer un montón de ideas que, si bien no tienen el vuelo romántico de aquel momento, sí tienen mayores posibilidades de concretarse por el lado del poder político. Después veremos si se logra concretar ese sueño social. Ahí está Brasil, con todos sus problemas, pero ahí está. Acá está  lo que pasa en la Argentina, también con peleas y dificultades, pero latente. Y ahí está lo que pasa en el Uruguay a partir del cambio político. Ahí está Venezuela, con un Chávez enarbolando un discurso latinoamericanista. Con todo lo que sigue resistiendo Cuba. América Latina se aproxima más al sueño de lo que los propios latinoamericanos nos vamos creyendo.

-Es decir, ya no se puede seguir tragando el verso de la globalización…

-Claro que no, al contrario. Sabemos que debemos encarar esa globalización desde otro punto de vista. Un refresco hace una campaña de publicidad para todo el mundo, pero ahí están nuestras cervezas con su punto de vista personal. Si lo hacemos así, teniendo en cuenta el ideario de la Patria Grande, con San Marín, Artigas, Bolívar, todo va a ser mucho más fácil. También es un problema de inteligencia, ya que el día que cante una murga latinoamericana (no una uruguaya y otra argentina y otra brasilera), va a ser mucho más fácil que la escuchen en el mundo entero.

-¿Tocaría en los Estados Unidos?

-Lo planteamos muchas veces, pero ahora no lo haríamos. Hay una gran colonia latinoamericana allá, pero nuestro lugar está acá, en dar la batalla intramuros y no en las grandes metrópolis. No estoy en contra de los que se fueron a los Estados Unidos a laburar para tratar de zafar, pero mi lugar es cantar en esta región. La Falta canta los padeceres y los pareceres de la gente que vive acá. Si los que están en los Estados Unidos quieren escuchar a la Falta que se vengan: guita tienen, que sepan aprovecharla.

-Jaime Roos, el Canario Luna, usted, ¿son hijos de la murga o la murga heredó de ellos?

-Jaime es un músico alucinante, un poeta de la hostia y un amigo. ¿Qué puedo decir de él? Supo sintetizar el espíritu de la murga y mezclarlo con todas sus influencias musicales. Eso ayudó al género. Fue uno de los primeros, junto al Sabalero o Los Olimareños, que comprendieron que había en la murga un gran capital intelectual del pueblo uruguayo. El Canario Luna es una figura emblemática de la murga uruguaya. Y lo extraño es que no empezó haciendo murga. El Canario empezó como humorista, parodiando, y se pasó a la murga. Ya en la murga se transformó en la voz emblemática del carnaval. Pero Jaime, el Canario, yo y los que se pintaron la cara alguna vez somos todos hijos de la madre murga.

-¿En qué figura simbolizaría el carnaval?

-Pepino, el tipo que le puso bombo, platillo y redoblante a la murga. José Ministeri, Pepino, director histórico de los viejos y gloriosos Patos Cabreros. El tipo que primero se creyó la murga y dijo “es por acá”. Trajo la murga a Buenos Aires en los años 60. Hizo un seleccionado y se vino para acá. Cantó en la 9 de Julio una canción con la música de la Marcha Peronista. La gente se enloqueció, no entendían nada. El primer embajador uruguayo.

-¿Qué hace un murguero cuando no sale de tablado?

-Más allá de sufrir y sobrevivir, como todo el mundo, hace de todo. En la Falta hay muchachos que son desde médicos o ingenieros hasta desocupados. Una vuelta les pregunté esto mismo a los muchachos. Uno dijo que no hacía nada; otro, también, que no hacía nada, y un tercero dijo que él los ayudaba a los otros dos. Hay estudiantes, jardineros, pintores de obra, administrativos, músicos. Así que todos hacemos de todo debajo del escenario.

-¿Fue cambiando la vida del murguero en los últimos tiempos?

-Y sí, a medida que fue creciendo la popularidad de la murga, sus integrantes fueron cambiando. Ya no hace falta sólo una buena voz. Hay más preocupación en estudiar, en aprender música. Todo se fue profesionalizando, al menos en la dedicación.

-Quiere decir que la guita siempre es la misma…

-Claro, es que la murga es un regalo que te hace el destino. El que se mete en la murga no piensa en ser Ricky Martin, se mete porque le cabe cantar y cantar con los amigos. Trata de formarse, pero no quiere ser un ídolo.

-¿Por qué definieron el traje y el sombrero como vestuario para sus espectáculos?

-Porque nos disfrazamos de políticos.

-¿Qué significa para un murguero estar de traje y corbata, es un disfraz más?

-No, está buenísimo, no es un vestuario más. Cuando apareció la idea, dudamos muchísimo. Pero cuando nos pusimos el traje, llegamos a la Plaza de aquel 25 de mayo argentino y vimos lo que ocurría, supimos que la habíamos embocado. Que era por ahí la cosa. Un día, Atahualpa Yupanqui se sacó el poncho y se puso saco y corbata. Eso me convenció, vamo’ arriba con esto. Es que la murga nunca te da la sensación de ser en serio lo que hace. Nunca se podrá saber si estamos disfrazados o si ese es el traje de cada uno.

-¿Cuál fue su mejor tablado?

-De cajón: el del sábado que viene, seguro. Si no hay ganas no hay nada. Es un canto del payaso, del Pierrot del barrio. Y eso hay que hacerlo con muchas ganas, sin pensar en superar las noches anteriores porque son todas insuperables. La murga no es linda, es maravillosa. Los tipos que cantan juntos no se pelean. Y cuando uno tira ese mensaje: cantá tus penas y cantá tus alegrías, las penas se subdividen entre todos los que son y las alegrías se multiplican. Cantar murga no es una cuestión de ética, es una cuestión de inteligencia.

-¿A quién hay que convencer para que la Falta y Resto sea la selección uruguaya de fútbol y entren al Mundial de Alemania?

-No sé, pero ojo que podemos andar bien, seguro que vamos a meter un poquito más. Pero no, en serio, la selección de fútbol tiene que recuperarse. No hay que amargarse tanto. Estamos haciendo la jugada para agarrar las apuestas y juntarles la cabeza a los giles.

Entonces, Raúl Castro se mete en el territorio que más le gusta: el de las anécdotas. Y cuenta, cuenta. Cuenta una historia tan real como todas. La historia personal de un tipo que una noche decidió subirse al tablado para hacer lo mismo que hacía abajo: vivir.

Y cuenta, como quien no quiere la cosa, esa letra que inmortalizó Jaime Roos: Las luces del estadio. “Resulta que de un gran ventanal de la cantina del Club Tabaré, donde yo jugaba al básquet, se veía, detrás de los árboles del parque, el estadio Centenario. Después de los partidos, nos juntábamos con los más vagos a tomar unas copas. Y, tomando, empezaba a amanecer. Uno de los más encurdelados, para seguir tomando, dijo una noche de esas ‘qué va a estar amaneciendo, son las luces del Estadio’. Quedó, quedó para siempre”.

*Entrevista publicada en la Revista Sudestada Nº40, 2005