sábado, mayo 18, 2024
Por el mundo

No hay mal que por bien no venga

Carlos Rodríguez/El Furgón* – (O cómo conocí a Fidel Castro –en forma fugaz y personal— gracias a un “director periodístico” de pacotilla).

En 1988, un año después de salir a la calle la primera edición de Página/12, todavía seguía trabajando en la agencia Noticias Argentinas, donde también fui delegado gremial. En N.A. empecé haciendo suplencias los fines de semana, en 1979, y me efectivizaron en enero de 1981. Como delegado, lo fui la mayor parte del tiempo con el Flaco Aguinaga y el Toro Luis Gramuglia, dos amigazos. Durante unos años disfrutamos la presencia de Raúl García como director periodístico, como antes lo habíamos hecho con Horacio Tato en el mismo cargo. Nunca fuimos censurados por ellos. Tato y Raúl nunca nos presionaron, todo lo contrario. Los dos eran periodistas en el más puro sentido del oficio, querían informar y nos dejaban pensar y expresarnos, en un ámbito que nos resguardaba del afuera, de la opresión que imponía la dictadura. Ninguno de ellos era ideólogo marxista, eran simplemente periodistas que querían informar.

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Con Raúl García como director, desde 1982, tuvimos algunos años de bonanza gremial, sobre todo después de la asunción de Raúl Alfonsín como presidente constitucional. Teníamos un acuerdo de “cláusula gatillo”, que nos permitía indexar nuestros salarios al ritmo de la inflación, incluso durante la “hiperinflación”. Eso se terminó cuando llegó a N.A. un tercer “Raúl”, Kraiselburd, quien asumió como nuevo presidente del directorio de N.A. Murió fusilada nuestra “cláusula gatillo” y el revólver de Kraiselburd empezó a apuntarnos a la cabeza. Raúl García renunció y R.K. lo reemplazó con un tal García Lerena. Un señor de físico importante y cabeza pequeña, que en la primera reunión con la interna me quiso trompear. Hubo rechazo, medidas de fuerza y las asambleas parecían una reunión llorosa de las “viudas de Raúl García” en la que nos habíamos convertido hombres y mujeres. Lo dije en una asamblea para tratar de terminar con el llanto y endurecernos. Raúl García me llamó para cagarse de risa y para pedir que levantáramos cabeza.

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Cuando terminé mi mandato como delegado en N.A., fui elegido para el mismo cargo en Página/12. García Lerena, el hombre a quien los jíbaros del Amazonas le habían reducido el cerebro, se vengó de mí y me mandó como acreditado de N.A. en la Casa de Gobierno, con Alfonsín en la presidencia. Me costó alejarme de la redacción y entrar en una sala donde prevalecía, todavía, un periodismo administrativo, sedentario. Por suerte llegaron compañeros como el Negrito Vargas, Patricia Grimberg, los chicos de La Razón y otra gente igualmente seria, amable y buenos profesionales como Luisa Valmaggia, Carmencita Coiro, el Negro Paillet o ese personaje querible llamado Susana Grassi. El Negro Eugenio Paillet, amigo y compañero, me cubría los miércoles cuando yo me escapaba unas horas para jugar al fútbol con la gente de Página. De 8 a 14 estaba en la sala de Gobierno y a las cinco de la tarde iba a Página, a la sección Política, donde me encargaba, buena parte del tiempo, de reescribir notas que firmaban algunos “famosos periodistas”.

No hay mal que… 

Bueno, aunque me pese, tengo que reconocer que mi estada en la sala de prensa de la Casa Rosada, gracias a la sanción que me aplicó nuestro verdugo sin cabeza, tuvo una inesperada y gozosa compensación: hice un viaje a Ecuador, con la comitiva de Alfonsín, y en ese país estuve a centímetros de Fidel Castro y hasta en un esfuerzo supremo, estirando mi mano derecha entre una multitud que lo seguía, tuve la suerte de apretar un segundo, o menos, la tercera falange de algunos de sus largos dedos, de su mano izquierda, extendida también para responder a los centenares que lo corríamos como fans de una estrella de rock, sólo para tocarlo y comprobar que era un ser humano, ni un mito, ni una leyenda. Creo que le apreté con fuerza el dedo mayor, llamado también el dedo del corazón.

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Con Alfonsín viajamos los periodistas en el Tango 01 o el 02, no recuerdo bien. Fui, designado por la agencia, para acompañar al Presidente y hacer la cobertura de su participación en el acto de asunción de su par ecuatoriano, Rodrigo Borja Cevallos, quien reemplazó al muy cuestionado, por autoritario, León Febres-Cordero. En ese viaje, del 9 al 13 de agosto de 1988, tuve dos oportunidades para cruzarme de cerca con Fidel. La primera vez fue en la sala de prensa, donde estábamos trabajando el 10 de agosto, después de la asunción de Borja.

En plena tarea, escuchamos una voz inconfundible y pensamos que era un noticiero de la TV que teníamos encendida. No, era en vivo, era Fidel que vino “a saludarlos”, según dijo. No hubo posibilidad de hacerle preguntas, las preguntas las hizo él. Hizo un rápido paneo, México, Perú, Bolivia y algún otro país, además de Argentina. Quería saber “cómo andan las cosas en sus países” y preguntaba con absoluto conocimiento de cada hecho político, de cada circunstancia, de cada malestar, de cada pequeño triunfo o gran derrota. De Argentina le interesó “la cuestión militar”, los levantamientos de los carapintada que se habían producido después del juicio a los ex comandantes por los crímenes de lesa humanidad, que se había hecho en 1985. La verdad es que no recuerdo si le dije algo sobre Argentina, éramos varios los enviados. No recuerdo más que su figura imponente, su voz y el saber. El saber de todo lo que ocurría en el continente; su preocupación era América Latina y la apertura democrática.

La segunda ocasión fue durante una visita que hizo a la casa-museo del pintor ecuatoriano y amigo personal suyo, Oswaldo Guayasamin. Allí, dentro de ese lugar, en uno de los sitios más hermosos de esa bella ciudad que es Quito –rodeada de montañas—, fue que tuve el breve contacto con la mano izquierda de Fidel. El 13 de agosto por la noche, en ese mismo lugar, cuando la comitiva argentina ya había dejado Ecuador, Fidel festejó con Guayasamin su cumpleaños número 62.

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Cuando volví a la Argentina, una noche le conté la experiencia con Fidel al Negro Federico Vergara, nuestro célebre y querido Jefe de Turno (de Turros decía en broma Paquito Diviesti, otro gran y viejo compañero). Había conocido Jefes de Turros en otros lugares, sobre todo en dictadura, pero eso nunca fue Vergara. El Negro me volvió a contar una de las tantas anécdotas del viaje que hizo a Cuba, para N.A., durante la Guerra por las Malvinas, acompañando al entonces canciller de la dictadura Nicanor Costa Méndez, quien hizo una gira para pedir “apoyo internacional”.

Contaba el Negro que en el despacho donde los recibió Fidel, luego de los saludos, el líder cubano fue hacia una pared o un pizarrón y bajó un enorme mapa de las Malvinas. Durante un largo rato, frente al sorprendido y atribulado Costa Méndez, dio su opinión sobre cómo debían defender las islas Malvinas los soldados argentinos y habló de lo clave que era el rol de la Fuerza Aérea. Claro que Fidel Castro dio la línea que debe seguir un país en una guerra anti-imperialista, algo que nunca fue la guerra de Malvinas en manos de los militares. Ese era Fidel, el mismo que nos deslumbró y nos dejó mudos en la sala de prensa de Quito.

Me costó mucho escribir esta mínima anécdota mía con Fidel. Muchos años después, en Argentina, escuché a Fidel en la parte final del discurso que dio en la Facultad de Derecho, el 26 de mayo de 2003. Para poder llegar, tuve que escribir en tiempo record una nota sobre otro tema y salir disparado hacia la facultad. Con Marisela, siempre deliramos con llegar a Cuba, golpear una puerta y entrevistar, fotografiar -y fotografiarnos-, con Fidel. No pudo ser, pero al menos me queda el recuerdo de su tercera falange y las fotos horribles que saqué con mi Pentax K1000 analógica. Fidel, entre decenas de líderes de todo el mundo, fue la figura más relevante de esos días en Quito.

*Carlos Rodríguez es periodista del diario Página/12