lunes, abril 22, 2024
Cultura

De Sarmiento a El Silencio: Aguas, islas y palabras

Juan Bautista Duizeide/El Furgón* – El inmenso territorio formado por el Paraná, el Uruguay y el Río de La Plata es un imán para las más variadas escrituras. Desde los primeros navegantes europeos a los narradores actuales, pasando por Arlt, Conti, Wernicke, Walsh, Kordon y tantos otros autores, decenas de cuentos y novelas son prueba de ese atractivo.

“…porque el río teje su historia y uno es apenas un hilo que se entrelaza con otros diez mil” (Sudeste, 1962, Haroldo Conti)

La Argentina de “los ganados y las mieses” –celebrada con ¡3.500 versos! por Leopoldo Lugones en un número especial del diario La Nación, publicado al cumplirse el primer centenario de la Revolución de Mayo–, era una construcción política, económica y social. Se instalaba a la Argentina como país agro exportador dependiente de una metrópolis imperialista: en aquella circunstancia histórica concreta, el Imperio Británico. Nombrar (incluso ver) al país sólo a través de una de sus partes –la gran llanura productora de ganados y mieses– no era sino una de las tantas formas en que se manifestaba el unitarismo. Ese yugo deformante cuyos cimientos plantó el federal Juan Manuel de Rosas, notorio patrón de estancia al que distraídos y pícaros alaban como gran patriota. Aquella Argentina necesitaba del agua así como necesita del agua la Argentina de hoy: sojera, mineralera, dependiente. Por los ríos y luego por el mar partían y parten las exportaciones de productos primarios, por mar y ríos llegaban y llegan las (siempre caras) importaciones de productos manufacturados. Sin embargo, esos espacios acuáticos no tenían, no tienen mayor lugar en la cultura oficial. Son un ámbito negado. Casi una culpa secreta. Incluso alguien como Ricardo Rojas, que tempranamente discutió la organización del país, no los tuvo en cuenta. El autor de la primera historia de la literatura argentina planteó que Argentina, para realizarse, debía enfrentar y resolver cuatro misterios: el de la llanura, el de la montaña, el del desierto y el de la selva. No había en su inquietud ni mar ni mar dulce ni delta.

Todos los ríos el río

Otros ríos tienen notable presencia en la narrativa y la poesía argentinas. Sobre todo en las crónicas de los viajeros, las mal llamadas literaturas regionales, el cancionero popular y alguna poesía lírica (el caso de Ricardo Molinari, Vicente Barbieri, Juanele Ortiz, Carlos Mastronardi, Francisco Madariaga). Pero más allá de esa presencia –y de nuevo gracias al unitarismo– el río por antonomasia de las letras argentinas no es otro que el Plata. Y no son precisamente autores marginales al sistema literario quienes le dedicaron sus desvelos: Sarmiento, Mansilla, Payró, Tuñón, Arlt, Olivari, Martínez Estrada, Borges, Conti, Wernicke, Walsh, Bernardo Kordon, Saer, Silvina Ocampo, Sara Gallardo, Zelarayán, Piglia, Cortázar, Bioy Casares, Humberto Costantini. Curiosamente se trata de un conjunto no leído como tal: en conjuro. Los críticos no se han dado como problema o destino desentrañar sus relaciones. En ese corpus fantasma acechan algunos tópicos que reaparecen –con variaciones, tensiones, conflictos– de Sarmiento a hoy. De tal modo que podría escribirse una historia de la Argentina, de sus ideas, de sus estéticas, de sus discusiones políticas, a partir de textos que narran el río. ¿Por qué no surgió un género relacionado con nuestros grandes ámbitos acuáticos así como surgió uno relacionado con la llanura pampeana, la gauchesca? Hay un dato que tal vez ayude a esbozar algún principio de respuesta: Inglaterra, el gran imperio marítimo desde la batalla de Trafalgar (1805) hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial (1945), tuvo una gran literatura marinera. La de Daniel Defoe, Lord Byron, S. T. Coleridge, el capitán Marryat, Robert Louis Stevenson, Conrad; la que tuvo su declinación a partir de Kipling, y de la que actualmente pervive un eco, menos brillante a nivel literario pero no exento de interés, en las obras de C. S. Forester, Nicholas Monsarrat, Dudley Pope, Alexander Kent. Y sobre todo Patrick O´Brien, cuya novela más conocida –Capitán de mar y guerra (1969)– dio origen a la película homónima de  Peter Weir estrenada en 2003, una de las mejores de ambiente náutico jamás filmadas.

La creciente

¿Vuelve el río que nunca se fue?

Resulta llamativo que una revista libro dedicada a pensar la cultura y la política argentinas, creada en los 2000 por egresados de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, se llamara El río sin orillas. Por supuesto se trató de un claro homenaje a Saer, pero si de homenajear se trataba, bien podría haberse llamado Glosa o Nadie nada nunca. Sucede que en el río y sus orillas no es sólo agua lo que confluye, sube, baja, rompe. Esa potencialidad del Río de La Plata y el delta como nudos históricos, sociales y estéticos es aprovechada por otra revista libro de aparición más reciente: Carapachay o La guerrilla del junco, timoneada por Hernán Ronsino y Luciano Guiñazú. Por supuesto, su título es una metáfora, una alusión poética que alberga bastante más de lo que la precisión geográfica habilitaría. Sobre todo, la reivindicación de las posibles articulaciones entre literatura y territorios. Bienvenida después de años de crítica post post post moderna que se cansó, y nos cansó, de repetir el ideologema según el cual la literatura habla solo de literatura.

Además, durante el año pasado se publicaron textos narrativos muy importantes relacionados con el río y el delta. Se trata de un azar editorial, pero nada priva de leerlo como signo. Sucesivamente fueron publicándose las novelas El río, de Débora Mundani, y El rey del agua, de Claudia Aboaf. También un interesantísimo relato de Cecilia Ferreiroa: “La vuelta mala”, incluida en su primer libro de relatos: Señora planta.

Mientras miro las olas

El 1 de diciembre de 1531, ante el esplendor que sitiaba a su expedición, el navegante lusitano Pedro Lopes de Souza anotó en la bitácora: “Todos estaban espantados de la belleza de la tierra, y andábamos todos tan pasmados que no nos acordábamos de volver”. Coincidía, sin saberlo, con los habitantes originarios de nuestro litoral, para quienes en la confluencia de los ríos de La Plata, Paraná y Uruguay –según sus nomenclaturas actuales– se encontraba la tierra sin mal. En los primeros meses de 1979 era inminente una visita a la Argentina de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Miles de denuncias internacionales pesaban sobre el gobierno cívico militar del autodenominado Proceso de Reorganización Nacional. Ante esa molestia, los altos mandos de la Armada Argentina resolvieron vaciar temporariamente el campo de concentración que mantenían en la Escuela de Mecánica de la Armada, situada en plena Buenos Aires. Mudaron a los pocos prisioneros que aún sobrevivían a una isla llamada El Silencio, sobre el arroyo Chañá Mini, a menos de una milla del Paraná Miní. Aquel mismo año la iglesia católica le había vendido a la Armada Argentina ese predio de la segunda sección de islas del Delta, antes usado para el descanso de capitostes de la curia. Durante la permanencia de los cautivos en el lugar, la humedad y los insectos empeoraron sus condiciones de supervivencia.

Tanto las novelas de Mundani y Aboaf como el cuento de Ferreiroa aquí citados son obras posteriores a El Silencio. Propias de una dolorosa pérdida de la inocencia. ¿Cómo podríamos mirar de otra manera el río y las islas después de las torturas y los vuelos de la muerte?

La novela El río, de Débora Mundani, es una especie de summa de los libros de río desde Sarmiento a Conti pasando por Wernicke, Alfredo Varela o Saer. Relata cómo, en cumplimiento de la promesa hecha a su madre, llevar los restos a su pueblo natal cuando muera, un hombre remonta el Paraná hacia sus orígenes, que coinciden con su propio origen. La original estructura narrativa resulta especialmente eficaz para crear tensión pero sin impedir el disfrute moroso de cada pasaje, a la manera de las narraciones ribereñas de Haroldo Conti. No casualmente, abre el libro una cita de la novela Sudeste: “El río es memoria”. En esta summa literaria caben todas las violencias y todos los muertos que por el río bajaron: tanto los de los yerbales del alto Paraná como los de la última dictadura. La secuencia de una gran creciente resulta una alucinación: si ocurre o es un sueño o un desvarío del cansancio que atrapa al protagonista, es algo que el lector decide. Porque, por fortuna, la prosa de Mundani ve desde los personajes y no sabe más que ellos.

El Rey del Agua, de Claudia Aboaf, introduce la distopía en el mundo del río, alude a un genocidio futuro con ecos en el pasado reciente argentino y reflexiona acerca de la identidad. Todo eso en pocas páginas y con una prosa que parece de vidrio molido: brilla y es opaca a la vez, engaña su tersura y lastima. En la Argentina de El Rey del agua ha habido un cataclismo político económico, se ha disgregado la nación y en su lugar hay multitud de ciudades-Estado. Tigre es una de ellas. La gobierna el Rey del Agua. Vive de exportar agua –racionada a sus habitantes– a los países del mundo que ya carecen de ella.

El cuento “La vuelta mala”, de Cecilia Ferreiroa, también es toda una novedad en cuanto a narrativa del río. Se sabe, en la literatura y la política argentinas no suelen ser felices las vueltas. Basta pensar en Martín Fierro o en ese Viejo Vizcacha que fue el último Perón. “La vuelta mala” es un lugar preciso en el río Capitán, pero también es muchas otras cosas. Y de entrada el adjetivo mala condiciona de inminencia la lectura. Lo que se narra es el regreso de una mujer a la isla donde había sido feliz de niña, y de la cual la expulsaron acusada de un acto de violencia que no cometió. El cuento arranca de una manera contiana y rápidamente vira hacia el gótico. Tanto la novela de Aboaf como el cuento de Ferreiroa discuten una especie de extraterritorialidad –pensar la zona a salvo de las leyes y de las convenciones– que era un tópico desde Sarmiento. No casualmente, el autor de Facundo situó sus dos proyectos más utópicos en el río: la confederación sudamericana con capital en la isla Martín García que desarrolla en Argirópolis (1850), y un delta desarrollado a la manera del Mississippi en los artículos del diario El Nacional recopilados, de manera póstuma, en El Carapachay.

Si el río y las islas eran para Wernicke, Lobodón Garra o Ricardo Piglia el lugar adonde se puede ir para cambiar de nombre, para convertirse en otro, después de El Silencio ya son sitios adonde se va para ser lo que se es. Para enfrentar la postergada cita con la historia.

*Artículo publicado en la Revista Sudestada Nº146, Marzo-Abril 2017 / Fotos del río: Fabiana Di Luca