lunes, abril 22, 2024
Cultura

Lenguas, historias y rastros de un continente

El Furgón – El libro Lenguas, que reúne los ensayos de María Pia López y Juan Bautista Duizeide, es fruto de una serie de encuentros en la Biblioteca Nacional Mariano Moreno durante los años 2013 y 2014, alentados por el espacio allí tramado y empecinados en compartir una serie de preguntas.

El libro, que es la primera entrega de la colección Desierto y nación y publicado por la editorial Caterva, se presentará el próximo sábado 11 de noviembre, a las 19 horas, en México 620, en la ciudad de Buenos Aires.

En El Furgón presentamos como adelanto dos fragmentos de los ensayos de los autores.

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Banquetes, cautivas y revoluciones

Por María Pia López

La promesa de la revolución

La fe en el resurgimiento indígena no proviene de un proceso de “occidentalización” material de la tierra keswa. No es la civilización, no es el alfabeto del blanco, lo que levanta el alma del indio. Es el mito, es la idea de la revolución socialista.

José Carlos Mariátegui, Prólogo a Tempestad en los Andes

1928: Se publica el Manifiesto antropófago en el primer número de la Revista de Antropofagia. 1928: Mariátegui edita Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana. Lo hace en su propia editorial, Minerva, que tenía tres colecciones: la Biblioteca Moderna -destinada a publicar teoría y filosofía-, la Biblioteca de Vanguardia -textos literarios- y la Biblioteca Amauta -en la que se editaban obras vinculadas a cuestiones nacionales-, en la que salen los Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana. Cumple el programa, a conciencia, de devorar a Europa, para fundar una experiencia política latinoamericana, que no sea “calco ni copia”. Volver la mirada al mundo incaico no fue, para Mariátegui, nostalgia ni folklore sino búsqueda de redención de las masas populares del Perú. En 1915, el mundo quechua había dado uno de sus tenaces brotes rebeldes: el movimiento liderado por Rumi Maqui evidenció que la historia de insurgencia, iniciada poco después de la conquista, no había terminado. Esa historia tuvo su jalón más notorio en la rebelión de Tupac Amaru, a fines del siglo XVIII. El país independiente ahondó las lógicas excluyentes y el temor a una guerra de castas. El racismo tiñó la mirada hacia los pueblos indios, acusados de menguar la potencia de la nación. Responsables, por su sola presencia, de los límites de la nación. La derrota en la guerra del Pacífico, ante un Chile moderno y blanco, exasperó la acusación. Manuel González Prada escribió Nuestros indios, mezcla de estudio sociológico y llamado a la insurgencia. Sólo puede comprenderse la importancia de este escrito sobre el telón de fondo de los discursos de sus contemporáneos, que no interpretaban la condición indígena como resultado de una historia de sumisión sino como manifestación de taras naturales que los condenaban a una eterna esclavitud. Para González Prada la rebelión era necesaria y las desdichas del indio serían menores el día “en que aprovechara en rifles y cápsulas todo el dinero que se desperdicia en alcohol y fiestas”. El moralismo libertario deviene apología revolucionaria: se trata de responder a la violencia con violencia. Heterodoxia en el reino del positivismo racista. Durante las primeras décadas del siglo veinte, surgieron en Perú movimientos indigenistas, que iban desde la asistencia, la evangelización o la defensa jurídica, hasta la reivindicación cultural y política de la autonomía de las comunidades indias. Mariátegui encontró un interlocutor fundamental en Luis E. Valcárcel, del grupo Risorgimiento, que leía el mundo andino en una clave redentorista, articulando la denuncia de la situación de explotación con la esperanza milenarista. El mito andino -como analiza Alberto Flores Galindo en Buscando un Inca– no había muerto. Requería su conjunción con nuevos mitos: “a los Andes les falta un Lenin”, escribía Valcárcel y repetía entusiasta su prologuista.

Lo indio nombra lo inconcluso de la nación peruana; la ausencia de una clase dominante poscolonial con una estrategia de política hegemónica que reconozca e integre a los subalternos como tales. Perú es un nombre abstracto porque no incluye a la mayoría de los habitantes del territorio. No lo hace en términos lingüísticos, culturales, económicos. Al considerarlos sólo mano de obra servil y no plenos sujetos de ciudadanía, la clase dominante se priva de constituir un Estado-Nación, limitándose a la gestión de enclaves. La falta del indio en el entramado nacional devela hasta qué punto éste es falso. Si la nación es fallida, su defensa no deja de ser reaccionaria y, paradójicamente, inspirada en motivos europeístas. Se importan nacionalismos exóticos, sin raíces profundas en la cultura peruana. Son los vanguardistas, escribe Mariátegui en la revista Mundial, quienes expresan lo más nacional del país, al construir su acción sobre lo negado: las masas indígenas. No para deducir del pasado precolonial un programa sino para encontrar en él una raíz nutricia.

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Escrito sobre agua

Por Juan Bautista Duizeide

La pesada herencia

Ténganse su tesoro los que de un falso leño se confían; no es mío ver el lloro de los que desconfían cuando el cierzo y el ábrego porfían. La combatida antena cruje, y en ciega noche el claro día se torna, al cielo suena confusa vocería, y la mar enriquecen a porfía.

Fray Luis de León, Vida retirada (siglo XVI)

Pueden pensarse las relaciones de la Argentina con el mar en parte como herencia española. En tal sentido puede leerse un pasaje de Ezequiel Martínez Estrada en Radiografía de la Pampa (1933): “Barcos cargados de presidiarios, de locos de ambición y de fe, hacían el crucero de un océano de olvido”. España, estado plurinacional, se organizó bajo predominio de Castilla y Aragón, dos regiones no marineras, a diferencia de Galicia, Asturias, Cataluña y Euzkadi, todas con importante tradición marítima, tanto letrada como popular. En España no solía ser cuestión propia de los nobles ir al mar, sino de segundones, descastados, presos, pobres. Cuando en 1580 el galeón Golden Hind regresó de efectuar la primera circunnavegación británica, la reina Elizabeth I se costeó hasta los muelles para nombrar caballero a su comandante: el corsario Francis Drake. Cuando en 1522 la nao Victoria atracó en Sanlúcar de Barrameda, tras realizar la primera vuelta al mundo en la historia de la humanidad, iniciada por Fernando de Magallanes y completada bajo comando de Sebastián Elcano, la Casa de Contratación envió quince hombres para conducirla hasta Sevilla y vender las especias que cargaba.

En la época del descubrimiento, exploración, ocupación y saqueo de América, España adhirió a la máxima romana “navigare necesse est, vivere non est necesse” (Navegar es necesario, vivir no es necesario). Una consigna que no da cuenta de una inclinación popular, sino que plantea una razón de Estado. Algo bien diferente al regocijo implícito en la exclamación “Thalassa, thalassa” (¡El mar, el mar!) en la que prorrumpieron los soldados griegos de regreso de una expedición al Asia Menor, según cuenta Jenofonte en la Anábasis. La palabra usada por aquellos combatientes, que sentían haber regresado a casa al divisar de nuevo la extensión azul, es aludida irónicamente en Los lemmings (2002), de Fabián Casas: un jarabe con el que se droga un grupo de adolescentes del conurbano de fines de los ´80 se llama Talasa. La navigatio vitae es un tópico de antigua prosapia. En “Lectura y naufragio”, Diego Tatián lo desarrolla: “¿Cuáles son los implícitos de la navigatio vitae? Lo primero, el mar. No se trata de un viaje cualquiera; antes bien la vida es concebida aquí como un peregrinaje a través de un elemento de máxima inestabilidad como el agua, y a merced de poderes sordos como las tormentas (…) Por consiguiente, el implícito esencial de la metáfora de la vida como navegación es la posibilidad del naufragio (…) Pero la navegación es asimismo la promesa de mundos nuevos, la esperanza de alcanzar las tierras prometidas”. Sin embargo, en el imperio que desde 1492 revelaba a Europa un mundo incógnito, al punto de afirmar que en él “no se ponía el sol”, primó el polo del naufragio por sobre el de la promesa. Las letras clásicas de España expresan notablemente la hostilidad del (y hacia el) mar. Irrumpe como una amenaza en el siglo XV, cuando faltaba muy poco para el descubrimiento de América: “Nuestras vidas son los ríos / que van a dar a la mar / que es el morir…”, escribe Jorge Manrique en las Coplas a la muerte de su padre. Desde entonces, con muchísima frecuencia, mar, barcos y navegaciones fueron asociados en el idioma castellano a imágenes dolientes. (…)

En el actual territorio argentino vivieron antes de la conquista distintas etnias que navegaban: guaraníes en la zona de los grandes ríos del noreste, puelches en la zona lacustre patagónica, en Tierra del Fuego yámanas que habrían llegado con sus embarcaciones -tras sortear una de las zonas más difíciles del mundo- a la Isla de los Estados, a la que consideraban centro energético del mundo y por tanto una tierra sagrada. Aunque resulta menos conocido, también los mapuches navegaban por ríos y lagos, aunque sobre todo lo hacían del lado occidental de los Andes. Construían canoas monóxilas -troncos ahuecados generalmente valiéndose del fuego- a las que llamaban wampos. Su presencia mermó, hasta casi desaparecer, a causa de una expresa prohibición del gobierno chileno a comienzos del siglo XX. El objetivo confeso de apoyar la navegación en barcos a vapor resultó para ellos un despojo más.