lunes, junio 17, 2024
Cultura

Racing: fútbol, pasión y memoria

El Furgón* – Con la consigna “¿por qué escribí el libro?”, Julián Scher nos regala unas líneas sobre Los desaparecidos de Racing. Además, presentamos un fragmento del capítulo dedicado al poeta y militante revolucionario Roberto Santoro, desaparecido en 1977 por la dictadura militar.

Y un día, después de mirar partidos hasta sentir dolor en los ojos, me puse a pensar qué había hecho el fútbol por la memoria, por la verdad y por la justicia. Y enseguida me dije que había hecho menos de lo que yo creía que podía haber hecho. Lo comparé con el cine, con el teatro, con la música y con la literatura y llegué inmediatamente a la conclusión de que el fútbol, sobre todo teniendo en cuenta lo que representa como identidad afectiva para millones en este país –entre los cuales estoy incluido-, había realizado un escaso aporte a la construcción de una sociedad que llame genocidio a lo que sucedió en Argentina entre 1974 y 1983. Y fue ahí entonces que decidí poner manos a la obra para tratar de armar, con la pasión por este juego como excusa, con el amor por Racing como señuelo, un proyecto que permitiera que más gente se arrimara a esta porción determinante de nuestra historia.

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Y un día, después de analizar hasta el hartazgo el rendimiento de aquel lateral derecho que me quitaba el sueño, me puse a pensar en los clubes. No sólo en mi club: en los clubes. Sociedades civiles sin fines de lucro, con sus socios como únicos dueños. Y ahí se me ocurrió que, frente a la certeza de tener socios desaparecidos, a los clubes ya no les sería tan sencillo sostener que no fueron víctimas del terrorismo de Estado. Y pregunté todo lo que pude preguntar y leí todo lo que pude leer hasta encontrar 11 historias de racinguistas desaparecidos –socios y no socios, todos hinchas de corazón- que compusieran un equipo como para salir por fin a la cancha a interpelar a todo lo que rodea a la número cinco.

Y un día, después de gritar un gol hasta perder completamente la voz, descubrí que ya estábamos en pleno partido: Alejandro Almeida, Diego Beigbeder, Jorge Caffati, Álvaro Cárdenas, Jacobo Chester, Dante Guede, Gustavo Juárez, Alberto Krug, Osvaldo Maciel, Roberto Santoro y Miguel Scarpato se movían por el césped al compás de la pasión por la Academia y de la pasión por ser parte de la gestación de un mundo más justo. Las palabras de quienes los conocieron a fondo los transformaban en las figuras de un clásico: sembrar conciencia para que no pase nunca más lo que ya pasó. Y yo, atónito ante semejantes figuras, me dediqué a aprender de ellos para intentar entender cómo se hace para respirar, en el mismo soplo aire, compromiso y alegría.

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Comienzo del capítulo dedicado a Roberto Santoro

Ahí, justo ahí, en el empedrado que hace del cruce de Fraga y Olleros una esquina bien de barrio, bien de Chacarita, un pibito con la camiseta celeste y blanca va y viene con la pelota pegada a su zapatilla derecha. Gambetea y gambetea. Una y otra vez. No le importa en lo más mínimo que el partido esté lleno de tipos más grandes que él: si los tiene que dejar pintados, lo hace; si se tiene que pelear, tampoco tiene problemas; y si tiene que romper el arco, se anima a ponerla en un rincón para dejar boquiabiertos a los espectadores ocasionales. Ni hay obstáculos insalvables en la cancha improvisada ni hay motivos suficientes para que un pibito en plena adolescencia no sueñe con el gol imposible. Es el principio de la década del cincuenta en una Argentina que tiene a Juan Domingo Perón en el gobierno y a Racing en la cúspide del fútbol argentino. Es 1952, un año marcado por la muerte de Eva Perón, por el comienzo del viaje de Ernesto Guevara por América, por la publicación de El Viejo y el Mar de Ernest Hemingway y por el estallido de la Revolución Nacional Boliviana. Sin embargo, en ese momento de picado jugado en serio, Roberto Jorge Santoro, que no sabe que será poeta, que será marido, que será cartonero, que será florista, que será papá y que será preceptor, sólo piensa en seguir gambeteando. Y en esa tarde a puro potrero, Santoro, que tampoco sabe que será un militante del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) y que será desaparecido por una dictadura asesina, encara al que se le para enfrente con una identidad en la piel que le es bien propia y que lo acompañará el resto de su vida: la Academia.

Roberto nació el 17 de abril de 1939 en el segundo piso de un edificio familiar tipo chorizo que conoció con lujo de detalles con el correr de las travesuras. De padres con ascendencia italiana, con una mamá modista que le enseñó a no creer en falsos lujos, Toto -o Totito, como lo conocían en ese rincón de la Ciudad de Buenos Aires- hizo de la calle una escuela. Pero una escuela de verdad, sin metáforas de por medio: de acá para allá y de allá para acá, recorrió pizzerías y bares y canchas y centros culturales y garages vueltos prostíbulos y tanguerías y aprendió muy bien qué les pasaba a los varones y a las mujeres de carne y hueso que debían hacer malabares para llegar a fin de mes. Antes que Karl Marx, el vecino; y, antes que Vladímir Lenin, el tipo de al lado que contaba las monedas. Ya habría momentos para sumergirse en los clásicos de la izquierda. Por ese entonces, el bien y el mal, lo justo y lo injusto, tenían que ver exclusivamente con el aire que se respiraba en cada baldosa. Traduciría Toto ese cúmulo de experiencias fundacionales en el plano de las ideas bastante más adelante, en el ejemplar del 16 de octubre de 1973 de la Revista Rescate: “Roberto Santoro. Sangre grupo A, factor Rh negativo, 34 años, una hija, 12 horas diarias a la búsqueda absurda, castradora, inhumana, del sueldo que no alcanza. Dos empleos. Vivo en una pieza. Hijo de obreros, tengo conciencia de clase. Rechazo ser travesti del sistema, esa podrida máquina social que hace que un hombre deje de ser un hombre, obligándolo a tener un despertador en el culo, un infarto en el cuore, una boleta de Prode en la cabeza y un candado en la boca”. Pero, en esas temporadas de niño porteño, lo importante era ser feliz con amigos y, sobre todo, ser un crack con la redonda en los pies.

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Algunas identidades solamente se pueden entender si se cabalga hasta sus orígenes. A diferencia de la política, que para Roberto llegó sobre todo por el fuego de una época, el fútbol fue una patria que mamó desde la cuna. ¿Cómo no iba a ser futbolero si tenía en su papá y en su tío a dos símbolos que le transmitieron lo grandioso de llevar la pelota atada a las zapatillas? ¿Cómo no iba a vibrar con Racing si Salvador Santoro, su papá, un inmigrante venido a Buenos Aires desde Paola, un pueblo perdido en la región italiana de Calabria, le enseñó que apasionarse por esos colores era algo preciado y precioso? ¿Cómo no iba a ser de Racing si Juan Delisio, el hermano de Emilia Delisio, su mamá, era tan fanático de la Academia como para asegurarle que nadie en el mundo jugaba mejor que Norberto Tucho Méndez, aquel fenomenal insider derecho que fue tricampeón en 1951?

*Producción: Marcelo Massarino