domingo, octubre 4, 2026
Cultura

La voz de Elvio Gandolfo

Elvio Gandolfo, narrador, poeta, editor y gestor cultural rosarino, atraviesa un mal momento de salud. Cofundador y director de la revista el lagrimal trifurca —cuyo título proviene de un verso del Poema IV del libro Trilce del poeta peruano César Vallejo: “Rechinan dos carretas contra los martillos / hasta los lagrimales trifurcas”—, ha colaborado en publicaciones argentinas y uruguayas (país donde reside), ejerciendo su labor de periodista; oficio que le permitió solventarse y a la vez producir muy buenos materiales de lectura e interpretación.

A modo de reconocimiento en el ejercicio de la profesión, presentamos un artículo escrito por él, a pedido de Jorge Rivera, que forma parte del libro “El periodismo cultural”, editado por Editorial Paidos en el año 1997.

Vale esto de alicientes, aunque más no sea de mitigo, en horas difíciles, pero prontamente superables.

El placer del arte de informar

Por Elvio Gandolfo

Desde que publicaba, entre 1968 y 1974, en la revista el lagrimal trifurca, mi enfoque para buena parte de lo que produje en crítica, ensayo, reportajes o informes estuvo enfocado de algún modo como “periodismo cultural”. Lo digo en el sentido de imaginar un lector parecido a mí mismo, alguien que está interesado en leer lo que se conoce como revista, ya sea independiente o unidas a un diario (lo que se conoce como suplemento cultural).

A lo largo de los años fui respetando sobre todo algunas figuras y algunas publicaciones que, a mi juicio, representaban mejor lo que yo buscaba. Entre otros, todo Edmund Wilson, Shklovski, la zona crítica de D. H. Lawrence, el primer Viñas ensayista, buena parte del Barthes tardío, los trabajos ensayísticos de Bianco o Rodríguez Monegal, las mejores notas del desparejo Marcelo Figueras o los brillantes microensayos de Marcelo Cohen incluyen una chispa tan específica en el apartado “periodismo cultural” como la que puede encenderse en los apartados “historietas”, “poesía”, “dibujo animado” o “género terrorífico”. Ese mismo componente específico lo he encontrado sobre todo en publicaciones anglosajonas tan variadas como cierta etapa de Esquire, de Harper’s, de Playboy o de Interview, en las actuales Details, Movieline o Premiere: una adrenalina mental, crítica, informativa o de sentido del humor o de organización dinámica de un tema.

Como todo plano ontológico, ese núcleo específico se difícil de definir. En mi caso podría hablar de curiosidad, de intento de precisión, de sentido del humor, de combinación de la seguridad del conocimiento con el riesgo de la especulación, de una meditación sobre el aspecto formal, de estilo o presentación, de la nota. También, en cuanto encargado muchas veces de definir la estructura de un producto de este campo, me interesó siempre el cruce, ya sea como productor o en los demás. Es algo muy distinto de la mezcla: son dos componentes que sin llegar a confundirse entre sí hacen saltar un vector nuevo, producen conocimiento. Ya sea un novelista escribiendo sobre ciencia, un científico escribiendo sobre cine o un especialista en literatura nipona a quien de pronto se le encarga escribir sobre serie negra, la clave (y el riesgo) está en que del cruce salga algo interesante, y no un monstruito de dos cabezas, un híbrido. Para elegir los dos componentes desde afuera, o para ejercer el cruce, hacen falta elementos una vez más elusivos y bautizables con palabras escurridizas: olfato, talento, imaginación. Pero cuando uno la “pega”, el resultado siempre es superior a la suma de las partes.

Una demostración por la negativa de los componentes esenciales del “género” periodismo cultural son los actuales suplementos literarios porteños. Incluso a pesar de ellos mismos a veces, se han convertido en reinos serenos de la especialización, de lo “dominado”, de la falta de cruces, de la anemia de ideas estilísticas, formales, todo unido a una simple y triste falta de trabajo, en el sentido lato. Las razones son múltiples. Desde el retroceso de lo cultural ante lo farandulesco, político o del espectáculo hasta la incidencia de gente que viene de una academia a su vez vaciada de libido productiva, que cree que basta con ejercer cierto cancherismo light para ser, digamos, periodista cultural. El resultado es lo contrario del periodismo cultural: aburrimiento y previsión, lo contrario de la curiosidad y el cruce, o incluso el placer que comunica el arte (no el oficio, ni el trabajo) de informar.