Lo viejo sirve: “La Milonga”
Nacida como danza, a mediados del siglo XIX, la milonga cumple el precepto descripto por Ovidio en su obra: el de la metamorfosis. Así a lo largo de los tiempos, devino en un significado vacío, o si se quiere intercambiable a geografías y contextos
Contaba Amaro Villanueva, -ese notable poeta entrerriano-, que la milonga surge del traqueteo de un carro en las cuchillas mesopotámicas de la antigua Banda Oriental, la guitarra era la encargada de marcar su pulso. Tuvo su momento de auge a mediados del siglo XIX, pero nunca perdió vida. Afirman sus investigadores, que entrado el siglo XX, perdió solo el nombre, entreverada en el tango argentino:
“Tengo plantada una higuera/Que da al toque de oración/calzoncillos, pantalón/medias, botines, galeras. /Da unos trajes de primera, /camisas, cuellos corbatas:/da botones, da alpargatas, da alpargatas, /cintos, ligas tiradores, /y para los días mejores/da una cartera con plata.”
Milonga es también, en lenguaje coloquial, cualquier baile (hasta en el ámbito deportivo, más precisamente en el fútbol). A veces se usa despectivamente, y otras veces se denomina así a una reunión bulliciosa (designada en tal caso, por los vecinos que no fueron invitados). En Chile y en Bolivia equivale a chisme o enredo; y en lunfardo, “dudoso”, “incierto”.
De ella se origina el que la promueve: milonguero/a, que pueden ser confundidos-en letras alusivas del tango o de la literatura-, con el compadrito o la copera (“troteras” las llamaría Roberto Arlt). Entrado el siglo veinte y promovido por un clima de revisionismo histórico, o contestando a esa ola, Jorge Luis Borges da letra a una serie de milongas. En ellas informa sobre la vida de algún matón, en el mítico barrio de Palermo de la ciudad de Buenos Aires:
Para los otros la fiebre
Y el sudor de la agonía
Y para mí, cuatro balas
Cuando esté clareando el día
Manuel Flores va a morir
Eso es moneda corriente
Morir es una costumbre
Que sabe tener la gente
Mañana vendrá la bala
Y con la bala: El olvido
Lo dijo el sabio Merlín
Morir es haber nacido
Y sin embargo me cuesta
Decirle adiós a la vida
Esa cosa tan de siempre
Tan dulce y tan conocida
Miro en el alba mi mano
Miro en la mano las venas
Con extrañeza las miro
Como si fueran ajenas
¡Cuánto cosa estos ojos
En su camino habrán visto!
Quién sabe lo que verán
Después que me juzgue Cristo
Para los otros la fiebre
Y el sudor de la agonía
Y para mí, cuatro balas
Cuando esté clareando el día
(Milonga de Manuel Flores)
Hoy, atravesada por nuevos ritmos y generaciones, la milonga se mantiene incólume en el sitial otorgado por el sentir popular. Una forma que supo reconstruirse, no perdiendo nunca su esencia irónica y pícara sobre las costumbres. Si no veamos ésta, del grupo “La Milonga” (precisamente)
Soplame que me quemo,
soplame que me quemo,
soplame que me quemo.
tengo la garganta seca y la pista se prende fuego.
soplame que me quemo,
soplame que me quemo,
soplame que me quemo.
las pibitas en la barra mueven la cola y yo me muero.
sopplame que me quemo.
hace 40 grados que calor,
suena mi cumbia, suena mi cumbion.
yo quiero bailar hasta que salga el sol a ritmo de tumba
quiero bajo y bandoneón.
yo quiero tomar hasta el amanecer tengo la garganta seca me
estoy muriendo de sed, en la esquina la vagancia tiene
algo pa beber.
soplame que me quemo,
soplame que me quemo,
soplame que me quemo.
Entonces, bien podríamos reivindicar el latiguillo del título. Aunque cabría ser más específico e indicar la existencia de una huella en la cultura, donde se encausan las producciones artísticas de los pueblos;lo conocido regularmente como clásico.
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Portada: Foto en pickpik.com
